Wednesday



Una política nueva:  cambiar  
la prepotencia por la persuasión




Algún día esta pesadilla acabará y despertaremos, como se despierta de todas las pesadillas. En ese momento tendremos que pensar en reconstruir este país, que ha llegado a un estado de devastación lo que a esta altura, más que verlo como un drama no queda más remedio  que verlo como una oportunidad.


Hay que aclarar que no estamos hablando sólo de los últimos diez años, que fueron «la tempestad que lleva a puerto» como dijera el gran Libertador, sino de los últimos 70, o acaso de los últimos 90, para no salvar al pre-populismo de Irigoyen ni al fascismo militar-peronista que empezó en el 30 y sigue hasta hoy. 


Si miramos el banco de suplentes sin apasionamientos, nos vamos a poner muy nerviosos. Estos chicos no tienen ni la formación ni la jerarquía espiritual y ética como para realizar un cambio que valga la pena y merezca el esfuerzo y el sacrificio de intentarlo. 


Es obvio que este blog defiende el liberalismo, no sólo como actitud personal ante la vida, sino como la única posibilidad que tienen los países atrasados (sub-desarrollados, emergentes, en vías de desarrollo o cualquier otro apodo) para rescatar a su población de la decadencia y la ignorancia. La Argentina de hoy se parece demasiado, tristemente, al país que encontraron Alberdi, Sarmiento, Avellaneda, Roca.  Pero no tenemos nada parecido a esos héroes transformadores, vilipendiados en su época y ahora. Porque el argentino en general odia al liberalismo, tal vez porque requiere coraje personal y porque impide la victimización discepoliana que nos subyuga.


Se me ha dicho que lo que hay que cambiar son los sistemas, para no caer en el error de buscar líderes providenciales. Dead wrong. Los sistemas no los hacen ni los aplican las computadoras, sino los hombres (Y mujeres, eso sí). Toda la humanidad ha funcionado siempre con líderes, y el enunciado de esta sola frase evita la tarea de dar ejemplos.
El problema, parafraseando al santo, es que debemos buscar lo que buscamos, pero no donde lo buscamos.  Los políticos nos han ido acostumbrado al concepto de que la política se trata de la consecución del poder por el poder mismo. Eso no sólo es un pensamiento mezquino, sino que crea una raza de políticos minúsculos, que estudian con miedo las encuestas para complacer a las masas mediocres, sin el coraje para llevar a la gente por un camino de grandeza, siempre difícil y mediato, contra el facilismo de la prebenda y el reparto, siempre grato. 
Los líderes que necesitamos son aquellos capaces de encontrar un rumbo de grandeza, proponerlo a la sociedad y persuadirla  para que lo acepte y acepte el sacrificio implícito, en aras de un progreso real futuro. A eso se le llama un estadista. Y a alguien que entienda que la política no debe tratar del poder, sino de los derechos de la gente. 
Los pocos casos en que surgieron propuestas modificadoras, en cualquier sentido, fueron acompañados por conducciones prepotentes, que sin embargo se volvían blandas con los prebendarios y los corruptos amigos. También aquí el sólo enunciado de la frase me exime de dar ejemplos, que lloverán por su cuenta en la memoria del lector. 
Como buenos argentinos, entre los que orgullosamente milito, ya sé que la respuesta es que eso no es posible en la posmodernidad, que este país no hará ningún esfuerzo, que somos así desde 1810, que el mundo es hoy distinto, que no sea principista, que hay que ser pragmático y aceptar la realidad y no ser un soñador, que la economía ha evolucionado, que lo que valía antaño no vale hoy y que en todas partes la verdad es gris, ni blanca ni negra.
Bullshit. Lo mismo escucharon todos los reformadores de la historia, curiosamente de la boca de hombres sabios, que suelen ser conservadores envejecidos, no liberales ni valientes. (Avellaneda tenía 29 años cuando fue revolucionario ministro de Educación de Sarmiento) 
Para no ser insultante y despectivo, que es lo que me gustaría para refutar a tantos pomposos, me referiré al caso de Suecia, que para los pensadores locales, y para el común de la gente, sigue siendo un país socialista con altísimos impuestos, ¿no? 
Revisen muchachos. Desde su virtual bancarrota en 1993, Suecia hizo cambios en su Constitución y todo el sistema se obligó a tener una economía con superávit fiscal. Ha bajado el gasto público que ahora es igual al promedio europeo, y menor que el de Francia o Inglaterra. Bajó 27 puntos porcentuales su tasa máxima de Impuesto a la Renta y eliminó el impuesto a la herencia y muchos otros. Seguirá bajando gastos e impuestos, de acuerdo a los cambios constitucionales que han aprobado. Su educación es costeada por el estado pero gerenciada por privados, su sistema de jubilaciones, en la quiebra, fue reformado y ahora es sólido, financiable y bajó su peso sobre el gasto. De paso bajó su  deuda que está ahora muy por debajo de la deuda europea. Su economía no se parece en nada a lo que los argentinos creen.  Lo hicieron políticos honestos, que seguramente no sostienen la idea del poder por el poder mismo. Fuente: The Fourth Revolution, the global race to reinvent the state. John Micklethwait & Adrian Wooldridge. @Penguin Books
 Pero lo más notable, es que han hecho todo este cambio persuadiendo y convenciendo a la población, exponiendo argumentos, tomando compromisos y cumpliéndolos, no desde la prepotencia ni desde el argumento de que iban a cambiar porque la mayoría los había elegido. 
Los tangueros de la economía y la política autóctona, se apresurarán a emitir su veredicto: «Pero nosotros no somos suecos» Les podría contestar de varias maneras. Por educación, les repregunto: ¿Cuáles suecos no somos? Los que reventaban el presupuesto y llevaron al borde de la bancarrota a Suecia, o éstos de hoy, que están produciendo el mayor cambio de paradigma en democracia del siglo XXI? 
Los líderes que necesitamos son aquellos capaces de pensar un país nuevo, un modelo (con perdón de la palabra) ganador, y luego convencer a la ciudadanía de las ventajas de hacerlo. 
Carlos Menem dijo alguna vez «si les decía lo que iba a hacer no me votaban». Esa trampa consentida, esa viveza de gaucho taimado de radioteatro tipo Néstor Kirchner, es la que nos ha traído a este triste escenario que sufrimos.  Persuadir es en definitiva debatir ideas, mostrar que las propias son las mejores, obligarse a cumplir lo que se propone, a ser juzgado por los resultados, a ser honesto. Persuadir es haber pensado y obligar a pensar. Persuadir es DEMOCRACIA. Lo demás es basura. Esta basura que tenemos. La prepotencia es la falta de confianza en las propias ideas, o la falta de ideas, directamente.
Los discépolos de la resignación y la mediocridad argentina, que son mayoría creciente, (tanto legos como expertos) van a responder con su habitual rosario de pavadas, explicando lo que puede resumirse así: «es lo que hay». Así piensan no ya los ignorantes, sino gente en cuya formación el estado o sus padres han invertido miles de millones. Tal vez la primera tarea de un líder político sea la de persuadirlos de que hay una oportunidad de revolucionar para bien este país, y de que además, somos capaces de hacerlo.
En un año y medio no estará ya Cristina Kirchner, una pena porque entonces no tendremos excusas para explicar nuestro imposible e incomprensible fracaso como nación y como sociedad. La pesadilla puede terminar cuando despertemos, si nos despabilamos y pensamos. Pero si seguimos creyendo que los políticos mediocres, las ideas mediocres, la educación mediocre «es lo que hay» vamos a descubrir rápidamente que el próximo gobierno se parecerá a éste, y que la próxima sociedad también. 
Al fin y al cabo, Freddy Krueger, experto en proyectar la pesadilla a la vida real, también es K. 



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