Publicado en El Observador 01/02/22



¡Don’t Luc up!

 

El referéndum puede ser un ensayo general de un embate más a fondo sobre la democracia sin aditamentos

 




 




















Escuchando los argumentos que hasta ahora ha usado la oposición izquierdista para apoyar la derogación de la Ley de urgente consideración, queda claro que no existe en la gran mayoría de los casos ni siquiera un estudio concienzudo no ya de los efectos, sino del mero contenido del articulado de la norma. Desde la crítica a disposiciones que no existen, a algunas extrapolaciones tan ridículas como que la portación numérica ataca a los monopolios estatales y lleva al oligopolio, algo que, además de no tener soporte alguno de evidencias y de mostrar una discapacidad idiomática desconoce los derechos del usuario a tener su número de celular propio, que en el mundo internetizado de hoy es más importante que el documento de identidad. 

 

No debería causar sorpresa. Es una incoherencia coherente con el concepto de abrazarse a una protesta, a una causa, a una bandera para oponerse mucho más que a una medida o a un gobierno, a la decisión de la ciudadanía en las urnas. Transformar la LUC en LUCha. El concepto central sobre el que se legitimiza el reclamo es que, si está dentro de las posibilidades constitucionales, se debe ejercer, no sólo se puede ejercer. “Me opongo porque puedo y debo hacerlo” es el argumento único y válido que se esgrime. No tiene entonces importancia alguna analizar o conocer los temas en profundidad, lo que importa es no aceptar los resultados electorales, o al menos empastarlos, ensuciarlos, complicarlos, impedir que cualquier legislación se aparte un ápice del sendero de hierro trazado por el neomarxismo con sus mil nombres. Eso hace también imposible que cualquier defensa sea técnica o específica. No se trata de una discusión racional. 

 

Por eso es acertado el concepto generalizado de que se ha forzado un proceso que constituye una elección de medio término, que justamente recibe la acertada crítica de que impide gobernar porque la demagogia electoral mueve a evitar tomar toda medida que no sea simpática y dadivosa. Populismo, en otros términos.  Coima a los electores, diría Fukuyama. La Constitución oriental se ha ocupado de eliminar estos efectos. Por supuesto que también determina, con la misma validez y fuerza, el derecho de la población a promover la derogación de una ley que la agravie o la lesione mediante los referéndums. Y por supuesto que políticamente eso se puede interpretar como a cada uno le parezca, y hasta sentirse agraviado por una norma ómnibus con disposiciones bastante intrascendentes en cualquier sentido, salvo las que obligan a cumplir las disposiciones de la OIT, organización internacional que -en este único caso – no parece tener el valor de catecismo que tienen las otras organizaciones supranacionales para la izquierda. 

 

El neomarxismo mundial, (con todas las denominaciones que pretenda adoptar) vive adjetivando y de ese modo descalificando y devaluando la democracia. La democracia popular, por caso, es superior, en esa línea de pensamiento, a la simple democracia, sutilmente así descalificada. La pluridemocracia, la poliarquía, la democracia de masas, la democracia directa, son algunos de los mecanismos dialécticos no sólo para degradar o poner en segundo orden la democracia, sino para pasar por encima de ella y transformar el poder en un trofeo vitalicio que no tiene la posibilidad de referéndum alguno. En nombre de la democracia, se la ignora cuando se pierde enarbolando la bandera del agregado de algún adjetivo épico pro pueblo. También se la burla. En esa tesitura, además del ejemplo vergonzoso y cruel de Venezuela y Nicaragua, hay muchos países como China, Rusia, Chile, Argentina, que están en diversas etapas de democracia popular, como una línea de tiempo que muestra las distintas etapas que llevan a un destino final. Casualmente es este mismo Frente Amplio de hoy el que apoya a esos regímenes, sobre todo regionales, en una ofensa a la inteligencia colectiva nacional, seguramente amparado en su escudo de fondo: “los apoyamos porque podemos hacerlo”, o en la democracia latinoamericana, un nuevo aditamento. 

 

Este proceso se facilita por un viejo criterio oriental: la de que los opositores son amigos, de que el debate es posible, de que se discuten derechos de la sociedad, de que se puede comparar y poner en el mismo plano la libertad con la dictadura, el esfuerzo, el riesgo, el talento y el éxito con el “derecho humano” de haber nacido y de repartirse como despojo el fruto del esfuerzo y hasta el sacrificio de los otros. También el término derecho se ha desvirtuado con el aditamento de humano, una manera de eliminar el criterio de justicia, el derecho de propiedad y de libertad. El sueño de que todo gobierno o toda ideología promediará sus decisiones con las minorías. Eso tal vez fue posible con el marxismo blando del viejo Frente Amplio y sus viejos dirigentes, casi diletantes de la política, como el resto de los políticos. Pese a que en sus quince años de gobierno se fueron “sembrando” dentro de las leyes y las imposiciones sindicales vallas insalvables para cualquiera que intente romper el camino de hierro trazado por los herederos mejoradores de Marx. 

 

Este referéndum muestra que ningún cambio será tolerado. No importa lo que digan los resultados de una elección. Este Frente Amplio no es ni siquiera el de Mujica. Los nuevos líderes, con el soplo comunista, por más que se los quiera vestir de dialoguistas, no quieren dialogar. Quieren luchar. En la oposición o en el poder. Ese cambio debe ser tomado en cuenta, porque de esa lucha no se sale, no se retorna. Basta mirar los ejemplos.  No hay promedio en el marxismo multiapodo. Su lucha es incesante, no importa si es en nombre de los derechos humanos que son en su visión superiores al derecho, del Covid, de la pobreza, de la igualdad, de los impuestos a la energía, del cambio climático, del calentamiento global o del meteorito que causará el fin del mundo, de los monopolios estatales, de los asesinos dictadores latinoamericanos. 

 

¿Para qué es esa lucha? Para tomar el poder primero. Para perpetuarse usando la Constitución vigente para luego cambiarla, de modo de que su ideología se plasme como decisión de la democracia popular, no de la democracia a secas, para usar la posverdad, el relato, el gramscismo y el goebbelsismo como herramienta para enervar el pensamiento claro de la sociedad. No es una opinión. Es lo que está pasando. ¿O alguien cree que la Constitución chilena será otra cosa? ¿O alguien cree que Boric, que ahora aparece como moderado, tendrá alguna opción frente a la Carta Magna comunista que se avecina? 

 

El problema no es el Frente Amplio, cuyos integrantes y sus votantes tienen derecho a pensar como les plazca. El problema es el objetivo final del marxismo que lo posee, del que también la ciudadanía tiene derecho a defenderse, con armas similares. Porque del marxismo no se vuelve. Y porque la pregunta que surge naturalmente es: si el Frente perdiese este referéndum, ¿se quedaría tranquilo? ¿Aceptaría mansamente el resultado, como en toda democracia de amigos, tal como sueñan los uruguayos? ¿O cambiaría el estilo y se lanzaría a las marchas callejeras, a las huelgas masivas, o a algún otro mecanismo con idéntico objetivo de poder final, como ya se ha visto y no es ninguna novedad? 

 

Cuando en otro sueño del pasado se dice que aquí no hay grieta, se están omitiendo algunos análisis y al mismo tiempo se está domesticando el pensamiento social peligrosamente. En ciertos escenarios que se están desarrollando local, regional y mundialmente, que atacan la libertad, la propiedad, los ahorros, el esfuerzo, la educación, el trabajo, la grieta es la defensa inevitable.