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Publicado en El Observador, 22/02/2022




La absurda y ruinosa lucha contra los ciclos económicos

 

Cuando la política intenta derogar las leyes económicas, el desastre está a la vuelta de la esquina




 

















Nada odian y temen más las burocracias gobernantes del mundo que una recesión económica. Tienen razón, porque semejante fenómeno se opone por el vértice al principio mesiánico de los políticos para asegurarse su llegada y permanencia en el poder, único objetivo y razón de ser de la Nueva Clase gobernante. Sería incompatible con la demagogia de prometer la felicidad y bienestar infinitos a sus votantes y también con la esperanza y demanda de esos votantes, que esperan ansiosos a quienquiera les prometa esa felicidad que creen merecer, de ahí que vivan en una permanente frustración, que se merecen. 

 

Para recordar el concepto, la teoría de los ciclos sostiene que cuando la economía se recalienta debido a factores endógenos o exógenos, como una tasa de interés muy baja, o un nivel de empleo muy alto, que exceden las tasas naturales, errores en la inversión en proyectos fracasados, excesos en la oferta o la demanda que alteran la normal formación de precios o la asignación incorrecta de capital y situaciones similares, se produce una recesión que a modo de una purga, depura el mercado y corrige los excesos o defectos del sistema. Tal es el caso de cuando algún gobierno decreta a puro voluntarismo que la tasa de interés es cero, o emite en exceso por la razón que fuera y produce siempre, tarde o temprano una inflación que sólo se corrige con una recesión de algún nivel. 

 

Esa teoría tiene a su vez subteorías y subclasificaciones más elaboradas que sólo han servido para distorsionar o eludir el concepto. En el extremo de esas casi contrateorías está el keynesianismo, que por un breve tiempo logra en todos los casos demorar o enmascarar el problema, hasta que inexorablemente estalla la realidad. O el default, como el que sufrió el Reino Unido tras la deplorable gestión del matemático británico no-economista que da origen al término. 

 

Keynes es el no-economista preferido de los gobiernos, justamente porque su receta de emitir de más para aumentar la demanda, o gastar en obra pública como modo de derramar recursos sobre la comunidad, o en el extremo “poner platita” - diría un kirchnerista -  en el bolsillo del público y así crear más empleo, parece, en los primeros minutos, la panacea universal para no caer nunca en una recesión, mucho menos en una depresión, a la que se teme como Superman a la kryptonita, porque pone en evidencia todas las barbaridades en que han incurrido tanto el mercado como los gobernantes, como un río en bajante que exhibes las rocas puntiagudas de su cauce. Lamentablemente esa política obliga a doblar la apuesta y el intervencionismo cada vez con más frecuencia, hasta que se llega a una implosión inexorable. 

 

La teoría de los ciclos se ha corroborado cientos de veces - tantas como fracasó la teoría de evitarlos, en todos sus formatos – durante los últimos 75 años. Pero por conveniente ignorancia todos los participantes prefieren hacer abstracción de esa enseñanza. Basta recordar el fracaso del New Deal de Roosevelt, que condenó a la miseria al mundo por muchos años, o a la ya mencionada pulverización de la economía británica luego de la WWII, perfectos ejemplos del intento de evitar una recesión, que, lejos de cumplir su cometido, condenaron a una destrucción de riqueza y bienestar. Del otro lado, están los ciclos de gran progreso universal luego de la decidida acción de Paul Volcker contra la inflación, o la del Greenspan en su etapa de seriedad económica durante George Bush padre, que le costó la reelección al presidente pero que inició un ciclo de progreso global indiscutible. 

 

Como es de conocimiento público, la economía estadounidense viene postergando esa purga de la recesión desde 2001 al menos, con excusas y explicaciones diversas, teorías matemáticas, la Teoría Monetaria Moderna  - un embuste sin valor académico- las torres gemelas, las guerras salvadoras y la farsa del dólar como reserva de valor sostenida sobre el poderío bélico y económico de una gran nación que ha perdido el liderazgo económico y ha resuelto no ejercer su poderío bélico para mantener el Orden Mundial, fuera de una especie de guerra de zapa verbal digna de alguna película ficcional (o no) de Hollywood. (El sastre de Panamá, o Wag the Dog, para citar algún ejemplo), o con el recurso de mandar a la muerte a otros. 

 

Tal vez no sea casualidad que el presidente de la Reserva Federal, el mayor exponente de la independencia de los bancos centrales predicada como primer mandamiento de Occidente a lo largo de tantos años, no sea ni economista ni independiente. La teoría y la ciencia económica se oponen al concepto del negocio de la política, que ya no tiene estadistas, descalificados como idealistas, estúpidos, soñadores utópicos o anticuados. Tampoco parece tener patriotas, si se perdona la inocencia. 

 

Con la oportuna excusa de la pandemia, que además decretó un aislamiento mundial decidido por los políticos, caso único en la historia, no sólo Estados Unidos emitió adicionalmente el equivalente al 40% de su base monetaria, sino que emprendió una política simultánea de tasa cero, faltante de suministros tras sus sanciones a China y el desestímulo del parate pandémico, fuertes gastos en subsidios, empuje gubernamental al aumento de salarios sin correlato en la producción, y la determinación de combatir el cambio climático con impuestos a la energía y sanciones al mundo, una mezcla que garantiza la inflación universal, con la que se busca licuar la deuda pública y privada global, y por supuesto evitar la recesión. Un deliberado olvido de la evidencia empírica de la teoría de los ciclos. 

 

Tratando de evitar la kryptonita, se cae en la keynesita, de mucho más poder destructivo, si se presta atención a la evidencia empírica, por supuesto. Eso se hace notorio si se advierte que la FED habla y amenaza, pero no hace. Y, tratado de complacer a Wall Street, como si eso fuera la economía, amenaza con modestos aumentos de tasa que no detendrán la inflación y posterior recesión, depresión y estanflación inevitables. La inflación no se combate con amenazas. Mucho menos esgrimiendo un mondadientes, no un garrote. Suponiendo que se la quiera combatir. 

 

Los países no centrales corren un riesgo peor, que es plegarse a esa inflación, un impuesto que cae de lleno sobre el consumidor y el crédito, pero en especial sobre el ahorro y el capital. Ya se ha advertido aquí sobre el peligro de generar una inflación en dólares localmente. No sólo porque ese proceso termina por bajar la exportación y también el empleo, y de modo dramático, sino porque ahuyentará la radicación de los sectores de clase media alta que se busca fomentar, que no están dispuestos a triplicar su costo de vida. Finalmente, la promesa de no crear nuevos impuestos se incumple con una inflación en dólares que destruye los patrimonios, que no es otra cosa que un gravamen direccionado. Así como hay que cuidarse de no ser protagonista de una guerra inventada por otros, hay que cuidarse de no ser víctima de los efectos de una inflación inventada por otros. 

 

Es cierto que siempre es cómodo atribuir los males económicos a efectos mundiales, a causas exógenas y globales y patear los resultados y las malas noticias para más adelante. Pero justamente los países de economías más pequeñas necesitan estadistas, no burócratas. Y solidez conceptual que permita hacer lo que se debe, no lo que circunstancialmente produce votos.