Publicado en El Observador. 8.12.20


La convivencia democrática como ventaja geopolítica

 

El pretexto de defender la democracia con acción directa la desvirtúa fatalmente

 

Cuando en 2008 Barack Obama ganó la presidencia norteamericana el Partido Republicano empezó, antes de la asunción, una oposición salvaje al nuevo gobierno. Influido por una delirante Sarah Palin, candidata a vice derrotada, y otros desorbitados, creó el Tea Party, especie de rama interna de KuKluxKlan político, para oponerse por sistema a cualquier decisión o proyecto de la conducción demócrata. 

 

Si bien la mayoría demócrata en el Congreso impidió una real obstrucción al proceso legislativo, la acción del GOP anuló la formulación de políticas bipartidarias, que tanto necesitaba ese país, en especial en el manejo de la Crisis de los subprime la bomba de tiempo creada por George Bush (h) con la ayuda de un Alan Greenspan que a esa altura había dejado de ser serio. Los mandatos de Obama transcurrieron sin pena ni gloria, salvo en la duplicación de la deuda norteamericana, que sin llegar a la marca de Reagan se disparó, en buena parte como consecuencia de la crisis financiera de 2008 y el salvamento al sistema bancario y de varios banqueros ladrones, de paso. 

 

El Tea Party, una reacción rabiosa difícil de no conectar con la condición racial de Barak, se oponía a las políticas anticapitalistas y antibélicas que supuestamente aplicaría el ganador. Fue un precursor de lo que ocurre hoy en el mundo, empezando por el propio EEUU. 

 

Donald Trump, del que Palin fue mentora, está hoy yendo más lejos: fogonea una desobediencia civil para impedir gobernar al presidente recientemente elegido. Sus argumentos de un fraude masivo, (esgrimidos con sorprendente premonición precomicial) no han sido convalidados hasta hoy por ningún juez estatal ni federal en ninguna instancia, ni apoyados por el propio Procurador general de Trump. 

 

La importante masa de votantes del GOP sostiene que el Partido Demócrata está copado por el comunismo y que urge un movimiento de resistencia ciudadana ante lo que consideran el fin del capitalismo y de la propia democracia. Eso implica la parálisis del país, la invasión masiva de las calles, la rebelión fiscal y sus subproductos, con final impredecible. 

 

Para defender la democracia y el capitalismo, emprenden acciones que van frontalmente contra la democracia y el capitalismo. Cabe preguntarse cual de las dos líneas de pensamiento dinamitará más rápido al sistema, si la de quienes lo atacan o la de quienes lo pretenden defender. Este futuro inmediato, en pleno intento de recuperación de la pandemia, preanuncia un golpe durísimo a la confianza, la inversión y el empleo. 

 

Estados Unidos no es único en esta línea. Europa ya padece y padecerá diversas rebeliones en las calles, como las de París o peores, por razones totalmente opuestas: la lucha por la igualdad, contra la concentración de riqueza,  los supuestos derechos sociales, la ignominia del neoliberalismo - sea lo que significara ese apodo - el egoísmo del capitalismo y el clamor por un salario universal sin trabajar y por más bienestar provisto por el estado.  Orquestadas, como se vio y verá en Chile. Tanto la izquierda como la derecha, en una división simplificadora, creen en la democracia sólo cuando ganan, y desacatan sus resultados cuando pierden. Rara forma de democracia directa, una democracia optativa, según el resultado. 

 

El tema empeora cuando los partidos y los políticos – cuya calidad y grandeza disminuyen notoria y velozmente y que han hecho de la política un negocio, exacerban estos movimientos con la ayuda de empresarios interesados vía todos los mecanismos comunicacionales, desde las redes a los grandes entes burocráticos internacionales, formales o solapados. 

 

Como todo conduce a la desaparición de la democracia real y a un reemplazo de las decisiones populares por las del estado anónimo, a este paso la libertad es la próxima víctima. Y el atraso y subyugación de los pueblos su consecuencia última. Porque este golpear antidemocrático en nombre de la libertad y la protección del ciudadano, desemboca irremisiblemente en la esclavitud, el atraso y la sumisión. 

 

Ahora agréguese la pandemia. La columna ha sostenido que el superprotagonismo del estado, azuzado por el miedo inducido, lo transformó en policía bueno y repartidor de salarios y subsidios. Eso hace creer que tal proceder ha triunfado filosóficamente y es el nuevo paradigma. Al igual que el caos artificial callejero da pábulo a sostener que su origen es la injusticia, cuando su origen real es la manipulación. Tampoco parece resolverse con ese criterio el problema de la generación de riqueza. El mismo problema que el comunismo no pudo resolver hace 100 años.  

Mirando el panorama con la modesta lupa doméstica, para no ser arrastrado por la marea habrá que recordar que la democracia es el gobierno de muchas minorías que se unen para votar. Y que respetan a las otras minorías. Principio cuyo cumplimiento todos reclaman, y todos olvidan cuando ganan. 

 

La diferencia en la actitud y el recato de la familia del presidente Vázquez y la familia de Maradona, y el proceder del presidente Lacalle Pou contrastando con el del presidente Fernández, no son meramente una cuestión de estilo, ni de idiosincrasia. Reflejan una diferencia monumental de criterio sobre los hombres públicos. En los grandes países, los políticos son servidores, esclavos de la sociedad. (Borgen) En otros, la sociedad es esclava de los políticos con el riesgo de serlo más. 

 

Hace 200 años, desde el exilio, San Martín escribia a O’Higgins: “el país está dividido en dos partidos, y cada uno cree que por el bien de la Nación el otro debe desaparecer de la faz de la tierra. 

 

En el proceloso futuro, que el pueblo y los políticos respeten y defiendan la democracia, ganen o pierdan, será una ventaja geopolítica fundamental, que hay que preservar a toda costa.