Camino de servidumbre

Pocas veces como hoy la inmortal biblia ciudadana de Friedrich Hayek con ese título describe con tanta precisión el presente y el destino de una sociedad 

 



Hay que cambiar con urgencia el foco de la discusión. Para empezar, hay que llamar a las cosas por su nombre. Partir por reconocer, como un hecho incontrastable, que ésta es la tercera presidencia de Cristina Kirchner. Sostener de buena o mala fe que Alberto Fernández tiene un plan propio, o que se trata de un moderado que sufre diariamente la presión de su vicepresidente es no sólo equivocarse, sino regalarle tiempo y espacio al proyecto de unicato feudal de la virtual presidente, o presidenta, para complacerla en su lenguaje seudoreivindicador.

De modo que haría mejor la prensa bien intencionada si dejara de explicar la realidad en términos “Alberto es bueno, Cristina es mala”, un maniqueísmo forzado que a muchos todavía les hace pensar que hay alguna oportunidad de cambio, o que hay dos peronismos, o que existe alguna alternativa interna al camino de hierro que ha trazado la totalitaria conductora del peronismo. 

La tozudez conque la trimandataria insiste en recorrer los mismos fracasados caminos, a repetir las mismas precariedades conceptuales y a burlarse de todos los principios, de todos los acuerdos, comenzando por la Constitución y avasallando a su mansa oposición, obliga también a esta columna a repetirse en sus conceptos hasta el aburrimiento de la lectora. Pero habrá que hacerlo indefinidamente, hasta que se aprendan y entiendan las lecciones del pasado, como dijera Voltaire, un campeón de libertades. 

La viuda de Kirchner maneja su partido, movimiento, coalición o como se le quiera llamar, como siempre lo ha hecho: a los gritos. Esos gritos, no permiten que se escuche el grito de la gente en la calle, por eso se lo minimiza, desprecia, ningunea y persigue con la policía intimidante y pegadora y con intendentes y gobernadores mafiosos. Los calificativos usados contra los manifestantes por los dirigentes justicialistas al unísono, como correponde al unicato, son repudiables, antidemocráticos, ofensivos e insultantes para los ciudadanos que marcharon con todo derecho, con todo orden y con toda razón. 

Es obvio que la pandemia ha venido como anillo al dedo al sueño de la madrina del movimiento (lo de madrina no dicho en sentido religioso sino puzziano), que encuentra un terreno pavimentado de terror por el virus y por la acción intimidatoria de su sistema persecutorio y acusador, y a una población que ha naturalizado que la vida funciona solamente el día de la semana en que se le permite revivir según el número de DNI, el chip precario que maneja su libertad condicional de zombie. Nada más funcional para imponer controles, prohibiciones, destrozar la educación y desviar la atención de un país en vías de desaparición. Un ensayo general de dictadura. Y de paso, ha permitido hacer negocios con compras de insumos inútiles, testeos dudosos, vacunas que se promocionan como gratuitas y sin lucro y no lo son, y todos los manejos que han sido un estándar del sistema de salud nacional kirchnerista, que incluyó la provisión a los viejos de medicamentos oncológicos vencidos y hasta falsos. 

La triste súplica de una niña con una enfermedad terminal para poder despedirse de su padre, no es solamente una demostración de la imbecilidad de una fría y estúpida burocracia. Es una proyección del futuro en manos de alguien a quien los problemas de la sociedad no le importan. Le importan solamente sus negocios, sus resentimientos, sus necesidades, su egoísmo y mantener el poder. Y de paso, es una demostración de lo poco que vale la palabra de quien oficia de presidente, que dijo hace pocos días que no existía la cuarentena. 

Con el país en emergencia sanitaria y en agonía económica, avanza el proyecto de pulverización de la justicia, que es mucho más que un programa de impunidad y venganza. Aquí también se confunden los comunicadores y caen en una minimización del plan. Adueñarse del control de la justicia es silenciar a los ciudadanos, dejarlos indefensos, hacerlos sentir desamparados y atemorizados. El artículo propuesto por el amanuense Parrilli, seguramente instruido a los gritos (a los de la señora sí se los acata) no es meramente un ataque a la prensa, como clama al unísono corporativo el periodismo. También amenaza a cualquiera que opine o peticione, desde una carta de lectores a un tuit, que pueden ser reputados como presión a un juez, quién sabe con qué criterio. “Las presiones de las amistades” -dice el artículo propuesto. Suena a mazmorra lúgubre. No van por la prensa. Van por todos. ¿No lo están haciendo ya, cuando persiguen con multas y maltratos a los que manifestaron en el banderazo? La marcha es considerada una presión inaceptable por la subsidiaria local del chavismo. Para Cristina nada es peor que perder la calle, como ella predica.  

Lo mismo cabe aplicar a los análisis y opiniones sobre el futuro económico. Hay que ser más sinceros. No hay derecho a fomentar ninguna esperanza en un país con cepo cambiario dictatorial sin reservas ni crédito, sin ninguna inserción seria internacional, con fuertes restricciones a la importación, y con una exportación limitada por el control de cambios y las retenciones. En un país cuyo sistema productivo, en especial el agro, no cree en Cristina Kirchner, que lo ha esclavizado, arrodillado y explotado como otrora los mapuches a los tehuelches. No hay derecho a ignorar que ningún inversor externo ni empresa importante cree en ella. Cuando tras las PASO se sinceraron dramáticamente las expectativas y las calificaciones del país, Mauricio Macri soltó una frase que puede haber sonado antidemocrática y despectiva para los votantes: “eso votaron, eso tienen”. Se la puede calificar como a cada uno le guste, pero el diagnóstico implícito es certero. 

No es un servicio a la sociedad hacerle creer que hay oportunidades de ningún tipo mientras la viuda de Kirchner esté en el poder. No las hay por su propia incompetencia, sus precarias y genéticas convicciones y las de su partido, su manejo voluntarista y populista, y, sobre todo, porque nadie con un dedo de frente invertirá un centavo, a menos – como sostuvo esta columna- que sea un cómplice. Por eso los emprendedores y las empresas extranjeras se quieren ir, por eso nadie quiere venir. Por eso Google, radicará un centro de datos en Uruguay, no en un país donde Mercado Libre es perseguida por el poder y cercada y extorsionada por la famiglia Moyano. Sabido es que Argentina es un mercado sólo para proteccionistas que hacen plantas con créditos regalados por el estado y luego le venden a ese mismo estado sus productos o servicios, o se los venden oligopólicamente y caro a los consumidores. Es cierto que también es un error creer que a la mandataria de Recoleta le interesan las consecuencias de sus políticas o despolíticas económicas. La economía no le importa. Le importa el poder. Por la economía siempre se puede culpar a alguna potencia extranjera, a alguna conjura internacional, a la oligarquía, ahora a la pandemia (no a la cuarentena que no existe). Venezuela es un ejemplo de que todo es posible y de que la sociedad se traga a la larga cualquier patraña, y si no, siempre está el fraude. 

La improvisación sobre el manejo de las reservas y la venta de dólares a particulares, la confusión deliberada que hace pensar al gobierno que los dólares son del estado y no de la gente, en especial los que están en las cuentas bancarias, presagian peores alternativas. Por eso también es iluso proponer empezar a negociar ya con el FMI como sería recomendable, en vez de esperar a que pasen las elecciones. No ocurrirá. El manejo de la jefa del peronismo se basa en la prepotencia y la obstinación. No en la negociación. 

Por eso es importante no ayudar a crear ninguna expectativa sobre Alberto Fernández, un presidente nominal que debe sentirse muy mal al mirarse al espejo al afeitarse, con el triste papel que se le ha adjudicado, presidente de la pandemia.  Ello para no desviar la urgente atención de la ciudadanía sobre el proyecto hegemónico de Cristina Fernández, que no es la mera impunidad, ni la venganza, apenas un umbral en su hubris.  Se trata de su proyecto monárquico familiar que culmina en Máximo, que tiene nombre de emperador, al que quiere ver como heredero de su corona y como Lord Protector. En eso piensa cuando dice “la historia ya me absolvió”.

El Máximo mediador y componedor que ya está vendiendo alguna prensa, como el que impone su criterio en las luchas internas y modera a su madre, controla y negocia con Massa y es líder de La Cámpora. Otro héroe griego fabricado como antes Zaffaroni, Gils Carbó, la Cristina oradora y ahora gran política, la Carlotto buena, el Lavagna opositor y el Néstor prolijo administrador o el Berni Rambo. 

Máximo es el máximo peligro, porque para que se cumpla el sueño cristinista de legarle el poder, debe primero ser emperatriz y déspota, paralizar a la oposición, cambiar la ley electoral, silenciar toda crítica y profundizar el populismo a toda costa.  Y lo hará. El atropello de ayer a los servicios de Internet, Cable y Telefonía son un ejemplo de extorsión, revancha y estilo de negociación kirchnerista de baja estofa, de los que habrá muchos más. 

Quienes no quieran ese destino para Argentina, deberían declararse ya mismo en estado de movilización y marcha permanente, de rebeldía pacífica ciudadana, de reclamo continuo ante la prensa, los políticos, las instituciones locales e internacionales, como lo que ocurrió en la marcha del 17 A, cuyo grito el gobierno no quiso escuchar porque los que gritan no tienen razón. ¿Cómo George Floyd? 

El título de la nota y la referencia a Hayek no son un recurso periodístico. El maestro describió en su libro el comportamiento de todos los Stalin, los Hitler, los Chávez, los Perón, los Kirchner en distintos grados,  que pretenden saber más que los propios individuos lo que le conviene a cada uno y que terminan siempre en algún formato totalitario o dictatorial. 

Porque la fórmula de cualquier populista es muy sencilla. Primero hay que lograr un individuo temeroso y disciplinado, que se subordine a un estado que lo ha acostumbrado a depender de él para su seguridad, su salud, su sustento y su felicidad. Después, simplemente hay que apoderarse del estado. Y conservar el poder.




La inflación, el cruel impuesto a los pobres

Financiar el gasto con emisión es un facilismo político que termina costando muy caro a los supuestos beneficiarios de la bondad estatal




















Los reyes alteraban la ley de sus monedas para engañar a la población. Así les hacían creer que tenían el contenido habitual en oro o plata, cuando en realidad habían sido alteradas con algún metal de ley más baja para reducir el contenido de metales preciosos. Un simplista y tramposo dolo para no tener que aumentar los impuestos conque los soberanos financiaban sus guerras, sus prostitutas, sus orgías, sus cortes y sus disparates. - Al menos por un tiempo - diría Luis XVI. Lo mismo ocurre hoy cuando el estado emite más billetes que los que requiere la economía para un nivel de actividad dado, cualquiera fuera el propósito. La fórmula áurea MV=Py es inexorable. Casi una perogrullada: la cantidad de moneda en circulación multiplicada por la velocidad de rotación del dinero es igual al producto de todos los bienes y servicios que se adquieren multiplicados por sus precios. Toda economía gira en torno a esa equivalencia. Negarla es una dilación decisional que crea pobres y los eterniza cruelmente. 

Este fin de semana dos notas del diario, una de Ricardo Peirano y otra de Nelson Fernández, analizan el problema desde dos ángulos complementarios. La primera versa sobre la necesidad de dejar de usar la inflación como recurso técnico válido. La segunda, se refiere a la importancia de la seriedad presupuestaria, más importante cuanto más pequeña es la capacidad económica de un país. Ambos criterios debería ser un catecismo laico para cualquier gestión y para cualquier dirigente político, sindical o empresario que se precie de ser responsable. 

Tal cosa no ha venido ocurriendo. Se sabe que todo aumento de gasto del estado sólo puede financiarse de tres maneras: con más impuestos, con más deuda o con más emisión. La idea que aplica el peronismo argentino, y aún la de Macri, de sostener un nivel de gasto exorbitante y financiarlo con crecimiento, es técnicamente incompatible, políticamente suicida y socialmente caótica.

Endeudarse no tiene buena prensa y tomar deuda para pagar gastos corrientes es demasiado irresponsable aún para los estándares vernáculos. Y cualquier nuevo impuesto tiene costos políticos y económicos difíciles de encarar. Entonces la emisión es una solución fácil e indolora en el corto plazo, equivalente a sisar el oro de las monedas, como aquellos reyes, para financiar las mismas cosas que ellos, aunque con otros nombres y eufemismos. 

Los gobiernos frenteamplistas, que habían sacado pecho como redistribuidores de riqueza durante la bonanza sojera, no tuvieron el coraje de retroceder cuando se acabó la lluvia de maná, como ha sostenido esta columna. Cuando se agotó la tolerancia tributaria y se llegó al borde del crédito, el saldo deudor de las seudoconquistas sociales se financió con emisión. Y al empezarse a notar los efectos de tal mecanismo, para seguir manteniendo esas supuestas conquistas, se inventó otra conquista: el ajuste por inflación automático de todos los salarios y prácticamente de todo el gasto y la economía, más grave cuando los salarios del estado son más altos que los privados, otra aberración concesiva y distorsiva. 

Eso condena a un reciclaje inflacionario creciente y empobrecedor de solución virtualmente imposible. - ¿Y qué esperan, que la inflación la pague el trabajador? – Es la respuesta inmediata y fácil.  Eso pasa porque también para la sociedad la emisión-inflación es un método cómodo. E hipócrita. Se aplaude el gasto, se clama contra la inflación.  O se protesta contra el IVA, porque no es progresivo, un concepto ideológico irrelevante económicamente, pero se tolera la inflación que es un impuesto más regresivo y mucho más dañino para las clases trabajadoras y las de menos recursos.  Se abraza la emisión porque financia el ingreso propio, y se niegan sus efectos inflacionarios, como cuando se culpa al valor del dólar por la suba de precios y se finge ignorar que lo que ocurre es que el peso va perdiendo su valor y la divisa sólo lo refleja. 

La inflación tiene otro grave efecto: distorsiona los precios relativos, es decir que dirige mal los recursos financieros y de todo tipo. Daña así a sectores que deberían ser estimulados y premia a los ineficientes. Ahuyenta la inversión y lastima la generación de trabajo y el bienestar general, con lo que afecta más a quienes nominalmente se creen beneficiados por el exceso de gasto que la produce. Además de hipocresía de la sociedad, una estafa del estado. Como la de los reyes. 

El momento de corregir ese vicio, es la discusión presupuestaria. Allí se ve la capacidad de gestión, el coraje, la técnica, la capacidad de persuasión, la perseverancia, el detallismo y la firmeza de convicción. Particularmente necesarias en un país donde la Constitución consagra el derecho a la eternidad y la intangibilidad indexada del gasto que beneficia aparentemente al sector estatal, pero que no se ocupa de limitar con una regla fiscal el déficit fatal y la potestad de los reyes contemporáneos de seguir acuñando moneda cada vez con más cobre y menos oro.  

La impunidad de los países centrales hace creer que sus irresponsabilidades fiscales y monetarias no tendrán graves consecuencias. Lujo que no se pueden dar las economías más pequeñas. Cuando se critica al peronismo argentino se omite deliberadamente que su mayor culpa ha sido ignorar estos principios en nombre de su populismo y de haberlo contagiado a todo el sistema político. 

Defender o garantizar conquistas que no se puedan sostener con equilibrio presupuestario, es condenarse a la inflación, a la desinversión, o ambas. La inflación es siempre y en todo momento un fenómeno monetario, decía Friedman. Cabría agregar, irrespetuosamente, y un fenómeno de hipocresía.