La paradoja de Wall Street


A esta altura del partido, hasta las amas de casa, supuestamente analfabetas financieras, se preguntan: ¿Cómo puede ser que ahora que en Estados Unidos deciden bajar el gasto por primera vez en muchos años, que la Reserva Federal no está emitiendo a lo loco y que se ha alejado el fantasma del default, la Bolsa se desplome?



Buena pregunta, diría un político demagogo y precario.  Pero tiene sentido ensayar una respuesta.  Vamos.



Los inversores han comprendido finalmente que las empresas americanas son mayoritariamente incapaces de generar ganancias por los medios lícitos clásicos. 

Se han olvidado de la idea de salir a vender, a tocar timbre, a convencer a cada cliente, a cambiar un no por un sí, de crear, de inventar, de bajar costos, de competir.  Especialmente de competir. Lo más parecido a un sistema de ventas que tienen es un telemarketer o un call center. (Inútilmente tercerizados, eso sí)

Necesitan entonces que el gobierno provoque inflación, emisión masiva de dinero y déficit fiscal para que así los consumidores estén tentados de comprar cualquier cosa sin necesidad de ir a convencerlos.

Necesitaron de las hipotecas truchas que hicieron estallar el sistema financiero para provocar una falsa abundancia y así vender lo que no sabían vender de otro modo.

Sus ejecutivos están ocupados en subir falsamente el valor de las acciones a fin de ganar los suculentos bonus atados al precios de esos papeles y no al resultado de las empresas, ni a los dividendos, como debería ser.

Necesitan una gigantesca devaluación (pese al 45% que ya ha perdido el dólar) para animarse a competir con China, con Taiwan (perdón) con Asia, con cualquiera.

Han olvidado dos de los principios básicos del capitalismo: la competencia y la eficiencia.

Los ejecutivos han  preferido olvidar otro principio fundamental del sistema: Soy exitoso, entonces soy rico.  Ahora prefieren ser ricos, sin necesidad de pasar por el éxito, que era el justificativo moral del capitalismo.

No hace falta vender más, no hace falta que la empresa gane plata, no hace falta inventar nada para ganar dinero. No hace falta que las acciones paguen buenos dividendos para que suban

El posmodernismo del capitalismo.



El olvido principal: La Ética

Los ejecutivos y las empresas han dejado de lado otro principio central del capitalismo:  la ética. La proverbial ética protestante, que tanto elogiamos los que alguna vez creímos honestamente en el sistema.

¿Qué ética?, ¿la de los bancos, banqueros, auditores,  calificadoras, funcionarios supervisores (Reserva Federal),  que estafaron a sus clientes, al estado, a sus ahorristas, a sus accionistas, al sistema internacional con las hipotecas mal otorgadas y que terminaron destrozando la credibilidad, los ahorros y la confianza? La de los vendedores al estado americano, que necesitan de los acomodos, la manipulación pública, las guerras con Afganistán e Irak,  el terrorismo real y el publicitado para conseguir ganancias sin control?

¿Qué ética? ¿la de comprar empresas inútiles para aumentar el valor de las acciones y así ganar más bonus? ¿La de radicar filiales en los países emergentes, en deterioro del trabajador americano, pero luego utilizar todos los artilugios para no pagar impuestos en EEUU sobre la ganancia así obtenida, a veces con el costoso apoyo bélico americano?

 Entre la falta de ética y la incapacidad para salir a conquistar consumidores internos y externos, las empresas americanas dependen del gasto público, la inflación y el despilfarro del estado.

Eso es lo que ven los inversores. A la hora de poner su dinero en riesgo, nadie quiere apostar a un sistema que saben por experiencia propia que hace trampas, y que además es incompetente.



La deuda americana puede ser enorme e importante. La incapacidad de sus empresas y ejecutivos es mucho más preocupante.



Con justicia, Wall Street baja.

¡Es la población, estúpido!

Es la población, estúpido


Hace muchos años, un cura inglés, Thomas Malthus, escribió algo que todos mencionan y pocos leyeron. Un tratado sobre el crecimiento de la población.
Sostenía que como la población crecía en progresión geométrica y los recursos naturales en progresión aritmética, la gente tenía que morirse de hambre, y los que sobrevivieran soportarían en su mayoría una extema pobreza, hasta la desaparición de la humanidad.
Los economistas, empezando por el viejo Adam Smith, le destrozaron la teoría. Los teóricos modernos lo consideran una curiosidad histórica, tan equivocado como Ptolomeo cuando afirmó que la Tierra era el centro del universo.
La población mundial ha crecido a lo pavo,  pero sigue comiendo. Entonces Malthus estaba mamerto.

¿Seguro?
La pobreza, la indigencia y la marginalidad siguen creciendo en el mundo,  pese a todas las políticas redistributivas, y pese a que todos los países del mundo  han aumentado hasta la irresponsabilidad el gasto público para resolverlas. Esto con independencia del sistema de gobierno, la ideología o el signo político de los países. La llamada globalización está poniendo en evidencia que la manta económica es corta y que se destapan los pies si se tapa la cabeza.

Comida todavía  hay, porque la revolución de la genética y otros adelantos  científicos lo han permitido.  ¿Seguro que todos comen? O estamos mirando solamente a nuestro alrededor?
Y cómo andamos de sistemas de salud,  jubilación, educación, seguridad, vivienda? ¿Y qué pasa si le agregamos el rampante avance de la droga?

No se puede negar que todos esos sistemas están cada vez peor y van alegremente a un colapso, y que nadie sabe cómo resolverlos, salvo patearlos para adelante.

¿Seguro que Malthus estaba mamado?

OPINIÓN | Edición del día Martes 08 de Marzo de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

El duro trabajo de crear trabajo

Si hay un aspecto de la economía que preocupa a los gobiernos, las sociedades y las personas mundialmente, es la generación de empleo. Y con razón. Es el tejido mismo del bienestar, la autoestima, el progreso, el crecimiento personal y de la economía de los países y si se va a los principios, es la base del capital y de la riqueza.

Antes de avanzar un milímetro más, permítaseme definir el término empleo. Es el trabajo ofrecido y contratado por los privados. El estado no provee empleo genuino en ninguna de sus formas. Ni como parte de la burocracia estatal, se cumpla o no con un horario y con una tarea, ni en la forma de planes u otras dádivas, ni con el ropaje de proteccionismo.

Esto también es cierto en el caso de las mal llamadas empresas del estado o empresas públicas, penosos disfraces de emprendimiento sin riesgo ni eficiencia. Como es sabido y probado, el estado es incapaz de crear riqueza o ganancia. Lo que hace en cualesquiera de las personalidades que elige, es simplemente apoderarse de los bienes y la riqueza ajenos y repartirlos con más o menos justicia, más o menos honestidad.

Reformular entonces nuestra afirmación inicial: la gran preocupación de la economía moderna es generar empleo privado. Ciertamente eso es muy complejo, como se puede notar, pero no por eso se está exento de tener que lograrlo. Cuando se habla de que ha cesado el viento de cola, lo que se intenta decir son dos cosas: a) Cada vez es más difícil exportar bienes o servicios, en definitiva trabajo transformado. b) Para exportar hay que bajar los precios, o sea los salarios.

Ahora vamos a llevar esta radiografía al plano doméstico. El desempleo en el sector privado ha empezado a medir y es significativo. Eso es malo en sí mismo, porque la baja de empleo es causa y efecto de la falta de crecimiento y se recicla en una espiral “hacia adentro” que lleva a un estancamiento, a un decrecimiento o a una implosión. Pero también es grave por la muy desfavorable relación entre el empleo privado y eso que se llama “empleo público”. que es sólo riqueza confiscada en la forma de impuestos y tarifas que luego se redistribuye, con mayor o menor requerimiento de contraprestación, entre la población.

Baja el empleo y también baja el nivel de exportaciones. Lo que no es sorprendente. El sistema de indexación inflacionaria salarial tanto en el sector privado como en el público, es sencillamente suicida. Cada año ya parte de un sistema de costos privados y de gastos estatales que contienen la inflación del año previo. A partir de allí, si se emite para pagar esos gastos, se genera más inflación, y si no se emite o se esteriliza el circulante con intereses, se genera una recesión, como ocurre hoy.

Respeto el voluntarismo oriental que sostiene que no hay una crisis. Cada uno tiene derecho a llamar a su enfermedad como le de la gana. Lo cierto es que en las actuales circunstancias, los salarios en dólares deberían bajar más. Eso no ocurre. Los sueldos siguen subiendo por la indexación automática que orgullosamente se cree un logro, y el ritmo del tipo de cambio está muy lejos de alcanzar para tener costos competitivos, lo que es claro si se observan las devaluaciones de Brasil y Argentina.

Cuanto más se defienda el empleo público, más caerá el empleo privado, y los que conserven sus puestos tendrán que mantener a más empleados/beneficiarios/subsidiados o mendigos del estado. Para ello, se recurrirá a la clásica combinación de nuevos impuestos, aumentos de tarifas sin relación con la prestación, emisión/inflación, déficit y toma de deuda.

Las exportaciones de materias primas no están afectadas porque la formación de precios está a cargo del mercado global, pero las exportaciones que contengan un mínimo de valor agregado se encarecerán y disminuirán, que es lo que ya ha empezado a pasar. Eso es menos empleo.

Como los países de nuestra zona no han sabido crear un diferencial de calidad o de innovación –mucho menos de competitividad– cualquier mercado nuevo deberá conquistarse por precio, como hemos dicho tantas veces. De modo que parece bastante inútil hacer el esfuerzo de “insertarse en el mundo” si no se está dispuesto a bajar los precios, o sea a bajar los costos, el gasto, los impuestos y los sueldos en dólares.

Aún aceptando la hipótesis patriótica de que no hay crisis, es fácil advertir que la habrá si no se cambia algo. ¿Qué hacer?

Una idea sería endeudarse como parece querer hacer Argentina, y de ese modo sostener el gasto del estado y la “transformación” que nadie sabe exactamente qué es. Requiere esfuerzo apoyar semejante plan, que lleva directamente al default, a corto o mediano plazo.

Las otras ideas sería seguir haciendo lo mismo que hasta ahora. Indexar la inflación, neutralizar con monetarismo los efectos negativos del déficit, manosear las tarifas y las valuaciones, ordeñar a un campo cada vez más escuálido e ir “manejando” el tipo de cambio para mantenerlo en un nivel insatisfactorio hasta que las reservas aguanten.

Ese camino lleva a la creación de nuevos impuestos, a más inflación, más déficit y a una peligrosa espiralización auto reciclada que necesariamente termina en la peor de las crisis y la más destructiva para la sociedad.

El Frente Amplio ha demostrado su incapacidad para poder resolver esta ecuación. Por ignorancia en muchos casos, por voluntarismo en otros, por ineficacia casi siempre, por disputas ideológicas y populistas que le impiden digerir la realidad. Una realidad que es difícil para cualquier sociedad, cualquier funcionario y cualquier ideología, pero que empeora cuando se la quiere resolver con los enfoques arcaicos de la izquierda.

Cuando la sociedad acepte que enfrenta una crisis económica, o cuando ésta sea tan dura que ya no se pueda negar, inevitablemente sobrevendrá la otra doble crisis política y del modelo. Tal vez a partir de allí se pueda esperar una solución.

Mientras, la economía real se achicará cada vez más. 

OPINIÓN | Edición del día Martes 05 de Enero de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

La doble decadencia de la burocracia y la poliarquía 

AANCAP no es un tema para dejar de lado rápidamente. Es un síntoma grave y preciso. Es un marcador clínico que se dispara dramáticamente y súbitamente y llama la atención al médico con ojo avizor.

Como YPF y las múltiples estafas corporativas Kirchner-Eskenazi-Repsol-Chevron-China y quien venga, como Petrobras y su fatal Petrolão, este absceso ha estallado en Uruguay y no dejará de arrojar podredumbre. Y peor será cuánto más se empeñen en impedir la supuración.

Si se analiza con cuidado, no había razón alguna para que no se llegara a un desenlace, (o principio de desenlace, porque continuará) de características escandalosas y hasta policiales.

La burocracia del estado funciona siempre así. Se reproduce, se reindexa en costos, inventa nuevas funciones y tareas inútiles, se escuda en el bienestar popular que supuestamente garantiza. Usa los principios ideológicos, la soberanía y la patria para ser intocable.

En nombre de esa sagrada misión, extrae cada vez más recursos del estado, es decir del aparato productivo real vía impuestos o en este caso precios, que impone tiránicamente a la sociedad, sin apelación alguna, y sin competencia, que se ha tomado el trabajo de eliminar cuidadosamente desde el comienzo.

No persigue la eficiencia, palabra que ha eliminado de su vocabulario porque siempre se las ingenia para reemplazarla por algún valor superior: el autoabastecimiento, la soberanía, las fuentes de trabajo, la necesidad de mantener precios subsidiados en los casos más sensibles, o de distribuir en áreas marginales. O tal vez el mandato de algún líder lejano y perdido en el tiempo que explicó las ventajas del monopolio del estado sin conocer demasiado bien lo que monopolio implicaba.

Tampoco persigue la ganancia, por ser un concepto imperialista, burgués, egoísta y seguramente antipopular. Y de paso porque si la persiguiera se vería obligado a tomar decisiones racionales y efectivas, para los que no está preparada .

Y por supuesto, jamás genera riqueza. Eso va en contra de todos sus principios, además de que la obligaría a tener una dirección coherente, capaz, decente y creativa, algo incompatible con su esencia.

Por ahí, nada nuevo. Nada que no sepamos.

Entra ahora la poliarquía. Un sistema difuso, no escrito ni consagrado en ninguna parte, por lo cual los diputados son del partido, los cargos de las empresas son del partido, el ejecutivo es una especie de equilibrista en una convención permanente de locos.

Amparada en ese sistema de gobierno, llamémoslo de algún modo, en la ideología de la soberanía, en la fuente de trabajo, la burocracia utiliza luego la más conveniente herramienta que esa poliarquía le regala: la carencia de control. Al tornarse difusa la autoridad, también se vuelve difusa la responsabilidad. Los puestos de trabajo y los gastos son favores que se canjean, la democracia poliárquica ya no es ni siquiera una componenda política, es una asociación ilícita.

Entra en escena la corrupción, palabra que nadie quiere pronunciar con contundencia, pero quienes callan son los mismos que deberían demostrar que las pérdidas del patrimonio y de los impuestos de los uruguayos han tenido meramente origen en una pésima gestión, no en una arrebatiña. O que las necesidades de subsidiar increíblemente el consumo llevaron a esta catástrofe que ahora pagan consumidores y humildes asalariados por igual.

A 30 años de la caída del sistema estatista-socialista de la URSS, Uruguay repite aquellos mismos errores y resultados. Tanto en la gestión como en la sospecha de fraude.

¿Por qué no pasaría algo así? Sin objetivos de eficiencia, sin necesidad de utilidades ni de competir, sin controles o con controles que se pelean entre ellos, canjeando favores con quienes deben reclamarle resultado, escudándose en el partido, en el estado o en su propia estructura según le convenga, la empresa burocrática es poliárquica. O sea, navega a la deriva, sin control ni destino.

Se trata de un papelón ideológico, además del papelón de gestión. El aumento de capital es una estafa al ciudadano y al consumidor. Y no será la última exacción. Es también un porrazo a la teoría de que sólo el estado puede proveer al bienestar general, y a la teoría de la soberanía del combustible.

Pero más que cualquier otra cosa, es un papelón de la poliarquía, y una enseñanza de adónde puede terminar Uruguay con esta rara concepción de gobierno.

Y en un grotesco colofón, se conoció ayer el lacrimógeno “Yo pecador” de Esteban Valenti, más nafta al fuego de la ira del contribuyente, que muestra que los ideólogos del Frente Amplio no han aprendido nada de este triste proceso.

Bajo un manto de pedido de perdón, trata de convencerse de que todo hubiera ido mejor si se hubiera sido más de izquierda, y usa el desastre de los subprime americanos de 2008 para bajar la importancia relativa de este descalabro. Con más nivel intelectual, pero con el mismo grado de dialéctica que Cristina Kirchner usara para explicar sus desvaríos.

Curiosamente, o no, la retahíla de pedidos de perdón, casi en el tono de una nota de suicidio, no culmina ni en una renuncia ni en una denuncia penal, como hubiera sido de esperar ante una flagelación tan emotiva y contundente.

Más allá de esta cura en salud de Valenti, los orientales tienen mucho para meditar sobre lo que ocurre y ocurrirá con ANCAP. El primer paso sería empezar a analizar la realidad no desde la óptica de un ideólogo político, sino de un consumidor engañado y un contribuyente estafado.

Perdón por la claridad. Para estar a tono.



Periodista, economista. Fue director del diario El Cronista de Buenos Aires y del Multimedios América.