Publicado en El Observador, 27/07/2021


El insoportable Míster Bezos

 

El ejemplo que más molesta a la oligarquía de la burocracia: el éxito del riesgo, la ambición y el esfuerzo

 



Conocí a Jeff Bezos en 1995, en Atlanta, Georgia, donde estuvo a cargo de la keynote, la charla de fondo, en un seminario sobre emprendimientos en Internet, por entonces un misterio para muchos. En especial en el Río de la Plata, donde sólo las universidades y alguno que otro trasnochado accedía al nuevo universo usando el tal vez primer buscador más o menos amistoso, Mosaic, y cuando no existían ni AltaVista, ni Yahoo ni Google y las búsquedas de datos (con lógica booleana) tomaban toda la noche peregrinando entre ignotos servidores, y aún no se habían inventado las arañas-robots. 

 

Yo estaba del lado de los que lo creían un loquito más. Pero la charla entusiasta y coherente del ingeniero de Princeton obligaba a prestarle atención, pese a la audacia de su absurda propuesta de vender libros online. El norteamericano es un lector apasionado y comprador de libros compulsivo, pero ese rito incluía la búsqueda hurgadora y la compra en los negocios especializados, desde Barnes and Noble hasta las librerías de viejo. La idea parecía casi estúpida, además, por el hecho de que Amazon, (nombrada así en referencia al Amazonas, el vital río brasileño, sin omitir su similitud con “amazing”, sorprendente, maravilloso) tenía que competir con sus propios proveedores. Lo que fue más arduo que el propio desarrollo técnico. 

 

Más allá del proyecto específico, Bezos reinauguraba el más puro capitalismo. El mismo principio que a fines del siglo XIX iniciara el ciclo más brillante de bienestar de la historia: una idea, un visionario, una lucha para lograr financiamiento, un planteo de marketing que le de sustento financiero o monetización y una rentabilidad que haga sostenible el proyecto, una utilización distinta de factores preexistentes. Detrás de él, siguieron todos los proyectos, exitosos y fracasados, de la web y su correlato online. Un inventor suficientemente loco que, como Edison, puede apostar a que si en una fecha determinada no da luz eléctrica a New York no cobrará un centavo. 

 

También Tesla, brillante inventor, intenta el mismo camino, pero termina en la ruina al no poder manejar la disciplina y la conducta requerida por el mundo empresarial. La cómoda visión posmoderna transformó en héroe a Tesla, a quien se inventa como un Mozart de Salieri-Edison, olvidando de paso la realidad histórica de que Salieri fue maestro de Mozart, no su competidor envidioso. Los grandes inventores del siglo de oro norteamericano eran también los que conseguían financiamiento para sus proyectos, los modificaban, los corregían, los imponían comercialmente y los transformaban en empresas pujantes, sólidas, fuentes de trabajo y de progreso. Edison, para seguir con un solo ejemplo, crea algo más importante que el motor de corriente continua: la lámpara incandescente. Pero crea algo más trascendente aún: la compañía que diera luego origen, de la mano de JPMorgan, a la General Electric, la empresa insignia de los Estados Unidos durante una larga centuria. 

 

Con Bezos, y con todos los innovadores y emprendedores del nuevo mundo informático, pasa lo mismo que con la electricidad, el ascensor, el teléfono, los ferrocarriles, el auto, las cubiertas, el acero, el avión, el gramófono, el disco, la radio, el telégrafo.  El dueño de una idea busca la ayuda de sus más cercanos (friends and family, le dicen ahora), luego consiguen inversores que toman riesgos importantes, en busca de ganancias futuras igualmente importantes, y van perfeccionando, cambiando y adaptando sus productos hasta hacerlos exitosos. Eso vale para ingenieros en electrónica y en ciencias de la computación como para modestos asalariados. Vale para Edison, para Dunlop, para Goodyear, para Daimler, para Siemens y Martin, para Bezos, para Graham Bell, para Marconi y para Jobs. 

 

Por supuesto, semejante proceso tiene éxitos, excesos y fracasos. Como sabe cualquier inversor, cualquier inventor, cualquier autor, cualquier deportista, cualquier estudiante. Implica no solamente la capacidad de crear, sino la de enfrentar el riesgo, la de caer, o equivocarse y sobreponerse y empezar de nuevo. Amazon perdió plata más de una década, consistentemente. Sin embargo, nadie se retiró. Ni Bezos ni los mezquinos accionistas de Wall Street. 

 

Hoy la empresa emplea 1.400.000 personas, que acaban de decidir no agremiarse. Hoy quienes invirtieron en ella hacen su ganancia. Hoy Bezos es famoso y envidiado. ¿Cómo no concitar la crítica y aún el odio de quienes tienen miedo de encarar la vida por su propia cuenta? ¿Cómo no ser criticado, acusado, denostado y su logro minimizado por quienes son mendigos del estado y por quienes necesitan clientes votantes desprotegidos, miedosos y mendicantes para poder dominarlos? 

El “capricho” del magnate, Blue Origin, que lo impulsó a imitar el salto de pulga de Alan Shepard de hace 60 años, ya da trabajo a 3.000 personas. Se puede llamar ego, ¿qué importa?  “Es la plata de los accionistas y clientes”, dijo de su aventura. ¿Una broma? Un compromiso. 

 

Difícil sería sostener en el caso de Bezos que la riqueza de algunos produce la pobreza de otros. Razón de más para atacarlo. Por caso, se le endilga haber llegado al éxito porque su familia lo apoyó con 300,000 dólares en sus comienzos. Un intento de mostrar que la “riqueza” produce más riqueza. Como si quienes dicen tal cosa fuera capaces de hacer un Amazon si les dieran esos fondos, cuando en realidad no pueden ni siquiera mantenerse por su cuenta sin la ayuda de la limosna o el negocio del estado. 

 

Cínicamente, ignoran que ese mecanismo de financiamiento mediante “friends and family” fue el utilizado por todos los creadores de todas las épocas en sus principios, incluyendo el uso del garaje familiar. E ignoran deliberadamente que ni en este ni en otros casos se trata de familias millonarias que le regalan plata al nene para que juegue a empresario, sino que arriesgan sus ahorros, todos los que tienen a veces, apostando a una idea en la que creen.  Esa ignorancia es la defensa de quienes no soportan el miedo de tener que ser autoportantes de su propia vida y necesitan devaluar cualquier comparación que los ponga en evidencia. 

 

 

Bezos es la figura que encarna todo lo que le molesta al estatismo socialista, el contraejemplo que destroza todas las prédicas marxistas, incluida la del resentimiento. Un ejemplo liberador de la esclavitud del estado y sus burócratas.  Para los oligarcas de La Nueva Clase, que viven de la pobreza y el miedo a enfrentar la vida del que convencen a los pueblos, es un personaje insoportable. Se entiende. 

 

El ejemplo vale para los individuos y para los estados. Uruguay, su gobierno, sus políticos, su sociedad, tienen bastante que meditar y aprender de este caso. El coraje de emprender, de innovar, de arriesgar y de salirse del corsé mental, del proteccionismo psicológico y comercial, de la dialéctica y el relato de fracaso y resignación, en un mundo que compite con todas las buenas y malas artes posibles y que no perdona la mediocridad.  

 

¡Loor a Jeff Bezos! Como la rosa está, ya, dentro de su semilla, detrás de él se alza una aurora por venir de Leonardos, de Galileos y de Colones. Y esto, curiosamente, aunque referido a un ser imaginario e igualmente loco, lo dijo un oriental, fíjese.