Vicentin: madura el nocaut


La Argentina de Cristina se imita a sí misma obsesivamente en sus fracasos, pero en el fondo quiere ser Venezuela

















El canciller Talvi debería ir buscando algún eufemismo para definir el sistema de gobierno al que inevitablemente marcha Argentina, no sea cuestión de que cuando madure -o madurice- el plan de Cristina Kirchner no encuentre palabras para definirlo sin comprometer su neutralidad. Suponiendo que un canciller deba ser neutral. 

La intervención con anticipo de expropiación de la concursada aceitera y operadora de oleaginosas Vicentin, anunciada el lunes, es un compendio de la historia económica del estatismo argentino de los últimos 75 años, y también un vademécum de las barbaridades sistémicas en que ha incurrido el país cada vez que el mesías de turno decidió meter sus dedos en las empresas privadas con cualquier excusa. 

En primer lugar - aunque esto no sea relevante para una sociedad ya acostumbrada a que la Constitución es de goma y la ley es optativa, la medida de la intervención es tres veces inconstitucional. Primero, porque el Poder Ejecutivo no tiene facultad alguna para intervenir una empresa privada. Segundo porque una empresa en Concurso preventivo de acreedores sólo está bajo el poder del juez, y debe ser gestionada por sus dueños. Tercero, porque el presidente emite a estos efectos un DNU al que no está autorizado por el Congreso en su también inconstitucional delegación de poderes. 

Obviando esos detalles habrá que recordar que absolutamente en todos los casos, desde 1946 hasta aquí, en que el estado metió sus manos en una empresa privada, además de incurrir en gastos y dispendios (legítimos y no) exorbitantes, terminó perdiendo juicios monstruosos. Sin excepción. El caso YPF es un fácil ejemplo. Pero hay cientos de casos en que, al intervenir una empresa con deudas y problemas, el país se terminó comprando todas las culpas. Como se sabe, el estado argentino es especialista en perder juicios. Al punto que algunos mal pensados, como este columnista, creen que deliberadamente se cometen errores que dan pie a estos reclamos. La Corte del Distrito Sur de Nueva York y el Ciadi están llenos de los carísimos cadáveres de estos experimentos. 

El anuncio de que, además, se expropiará la empresa, (que exportó alrededor de 3000 millones de dólares el año pasado y es una de las 20 más grandes del país y propietaria mayoritaria de la mayor planta de procesamiento de soja del mundo) abre otra etapa costosísima y peligrosa. Al saltear el procedimiento concursal incipiente, el precio a pagar será siempre discutible. Nadie puede olvidar la bravata de Axel Kicillof, el minúsculo gobernador de Buenos Aires, que sostuvo que Repsol tendría que pagarle a Argentina por la expropiación, con el final – aún abierto – conocido. 

La insistencia discursiva innecesaria de Fernández explicando cual el doctor Strangelove de Peter Sellers que se trata de una idea de su coleto que viene elaborando hace tiempo, confirma que ha recibido instrucciones de la señora de Kirchner, que no hace estas cosas para la historia sino para su hijo y heredero político, a quien sueña ver con la banda (presidencial). Los bonistas y el FMI seguramente tomarán nota de que lo que más temían ha ocurrido: Cristina conducción. Más de un acreedor se está preguntando hoy si tiene sentido aceptar una reestructuración de una deuda que no hay modo de cobrar en un país que no tendrá dólares. Ni siquiera cabe hablar de lo que la medida significa para la inversión, porque la inversión no tenía ya oportunidades.

Cada uno de los argumentos de apuro esbozados en la decisión que se atribuye Fernández es evidentemente falso, al punto que se vuelven ofensivos para los ciudadanos. La soberanía alimentaria por caso, frase que retrotrae a Perón, a Castro, a Chávez a Maduro y a tantos populistas, no es aplicable a una empresa exportadora de productos no alimenticios, menos en un mercado que funciona hace más de un siglo y que es simplemente tomador de precios. 

Tampoco ayudará a los productores acreedores, ni el gobierno explica de dónde sacará los fondos para pagar la deuda de la empresa. Ni hacía falta asegurar la compra de la producción a los agricultores de la zona. Sobran acopiadores, operadores y factores en el mercado, además de que había interesados en participar de un rescate de Vicentin, que no parece haber incurrido en una maniobra dolosa, sino que llegó al Concurso por dificultades originadas en el tipo de cambio y los mercados futuros, avatares no desconocidos en la actividad agropecuaria. Tampoco despidió trabajadores ni incumplió con el pago de sus sueldos. 

El peronismo tiene un toc con el campo. Por los dólares que genera, porque no entiende el negocio y cree en complots cambiarios, y porque Cristina siempre quiso domar a un sector al que considera insubordinado y rebelde. Ahora se agrega la desesperación por la falta de divisas y la idea de crear una empresa testigo, argumento también estúpido en un mercado experimentado y global. No se puede omitir el recuerdo del IAPI, el engendro de Perón, que monopolizaba la exportación. 

La idea de pasar el gerenciamiento de la futura expropiada a YPF es todavía jurídicamente más delirante, como sabe Uruguay. No sólo la petrolera está al borde del nocaut, sino que se trata de una empresa que cotiza en bolsa en Argentina y sus ADR en Wall Street. Otra mezcolanza legal dudosa y litigiosa. 

El miedo a la intromisión de una empresa extranjera en la compañía en dificultades omite el hecho de que el kirchnerismo ha hecho todo lo posible por debilitar al sector local del negocio, partiendo del sistema de retenciones ahora exagerado por un mecanismo multi-tier cambiario que lo condena a la dependencia de grandes capitales. Nada mejor que el cepo y correlatos para debilitar a los acopiadores locales y ponerlos en manos del cuco extranjero. Queda por ver si los productores que vendían a Vicentin colocarán ahora sus cosechas en la Vicentin estatal, a menos que sean obligados, otro despropósito.  

Más allá de todas las declaraciones y dialécticas, el mensaje de esta medida, del tipo de las que Fernández aseguró hasta hace dos días que jamás tomaría, (su palabra también se devalúa) es un avance y un mensaje que no sólo el campo sino todos los mercados tomarán en cuenta. Con el temor y fuga correspondientes. Y con el riesgo de que todo populismo que fracasa se convierte en opresor, lo que la ciudadanía debe tomar en cuenta. 

El agro argentino es el equivalente al petróleo venezolano en varios sentidos. Y está sufriendo hace tiempo los mismos ataques. Y tendrá las mismas consecuencias que en Venezuela: pérdida de generación de dólares. Algo fatal para un país endeudado. Por eso los bonistas estarán ahora repensando y recalculando la sustentabilidad de la deuda, sobre la que tanto alardea el ministro Guzmán, que curiosamente, no parece ser parte ni opinión en este asunto crucial. Es cierto que él es sólo ministro de la deuda, no de economía. 

Subyacentemente, debe recordarse que el peronismo nunca toma medidas con un solo objetivo. Siempre sus reglas deben ser miradas al dorso. Siempre hay un negocio para alguien oculto. Mucho más en estos caprichos-imposiciones de la dueña del poder. 

Con la excusa de la pandemia, (el caso de Vicentino no se origina en ella) el gobierno viene tomando una serie de decisiones cambiarias y de exportaciones e importaciones que claramente atacan la única fuente de ingresos de divisas del país, además de su negocio más importante, y ahuyentan la creación de cualquier nuevo emprendimiento. Este es sólo un paso más. Así lo cree el mercado y así actuará en consecuencia. 

Es doloroso contemplar cómo Argentina marcha aceleradamente hacia su extinción-venezolanización. Aunque, para Uruguay, ofrece una vez más un gran ejemplo de lo que no hay que hacer. Y al mismo tiempo constituye una enorme múltiple oportunidad, sin necesidad de tener que hacer demasiado para aprovecharla.

Nota del autor. Luego de publicada esta nota, se conoció que uno de los accionistas principales de la empresa se había comunicado telefónicamente con Fernández, y segú el presidente habían tenido una "muy buena charla". 
Luego se hizo público un comunicado de la empresa donde en principio acata la intervención, aunque sometiéndola al juez de la quiebra. El proceso ahora se parece más al salvataje de Ciccone que a la expropiación de YPF, aunque las irregularidades, los costos, las sospechas y los delitos terminarán siendo los mismos, o peores. 
La aceptación de la empresa de la intervención no tiene efecto jurídico ni económico alguno, pero sí es un indicador de la gravedad que tiene esta compleja trama, y permite predecir que las irregularidades aumentarán en gravedad, costo y número. 




Volver al capitalismo (II)

La mano invisible es la solución, pero no debe ser una mano de tahúr


















¿Por qué la columna, en vez de hablar de la pandemia, se empecina en repasar las desviaciones del sistema capitalista? Porque cuando se canse el virus y cese la repartija de subsidios, el mundo deberá levantar de urgencia la hipoteca del miedo. Se sabe que el estado es incapaz de generar riqueza, y es iluso soñar con un capitalismo bondadoso repartiendo alegrías, ya en eso fracasa el populismo. En cambio, es imprescindible contar con un mejor capitalismo que borre los excesos en que incurrió gracias a su propio éxito, que ayudó a taparlos o disculparlos. Más que nunca hace falta un funcionamiento fluido y sano de los mercados, como demostró el fracaso keynesiano de Roosevelt en la depresión de los años 30. 

Las Stock Options de la nota anterior – un altísimo bonus a los ejecutivos basado sólo en el aumento del precio de la acción - luce lógico a primera vista. Como al accionista recibe más por su tenencia, cabe premiar a los CEO’s si la acción sube, un elemental criterio capitalista. Falso de toda falsedad. El capitalismo, que como se dijo aquí es la extensión aplicada del liberalismo bajo una ética protestante, pone énfasis en la empresa. La unión del capital, el trabajo, la innovación y la capacidad de anticipación de las necesidades del mercado. No en el valor de la acción, que es apenas uno de los modos en que puede financiarse.

Benjamin Graham, icono de Wall Street, jefe entonces del hoy billonario Warren Buffet, sostenía en su libro El Inversor inteligente que sólo había que tener acciones de empresas que pagaran sistemáticamente dividendos. Su discípulo agregó el concepto de mantener fuertes posiciones en las empresas que tuvieran buenos managements, ideas innovadoras y gran potencial, sin importar si las acciones no se apreciaban por años. Preguntado sobre el secreto de su rutilante éxito, Warren respondió: “hace 40 años que vivo en la casa que compré cuando me casé”. 

Todo lo opuesto ocurrió con los bonus sobre el valor accionario. Los ejecutivos se dedicaron a hacer subir el precio de la acción por cualquier método, no ya por el éxito de la empresa. Los Mergers & Acquisitons populares en los 80 y que aún hoy ocupan los titulares han servido casi siempre sólo para aumentar el valor de la acción sin correlato con la performance de las empresas. Muchas de esas operaciones jamás se justificaron operativamente, ni en los dividendos. Sólo fueron negocio para un grupo de ejecutivos, sus abogados y sus bancos. 

Esa práctica generó ineficiencias graves en las corporaciones, y traspasó varias veces los límites de la moral. Lejos de la esencia del liberalismo y de la infalibilidad de los mercados, la ley de oferta y demanda o la teoría subjetiva del valor. No es capitalismo. Al contrario. Lo lastima. Transforma a los CEO’s en millonarios sin ningún correlato con el éxito empresario, que sería lo justo. Concentra la riqueza entre pocos, pero no engrandece a la empresa, no colabora con la creación de bienestar, empleo o desarrollo. Una riqueza inmerecida, muchas veces un delito. 

La compra de un competidor, a veces una concentración monopólica, hace la magia de duplicar la ganancia de una compañía de modo instantáneo, creando el espejismo de un éxito de gestión, aunque en realidad se aumenta dramáticamente el nivel de endeudamiento, y/o se licua el poder del accionista. Se podría aducir que en un sistema liberal todo esto está permitido. Tampoco es cierto. O no debería serlo. Pero Wall Street, y la SEC convalidaron esta práctica. Buffet es una excepción. 

Por la misma razón, y con iguales efectos, se recurrió a la recompra de acciones. Como es sabido, las empresas se financian de dos modos: con la colocación de acciones, o con préstamos directos de bancos o emisión de bonos. La combinación de esos modos de financiamiento es lo que se conoce como levarage. La empresa usa el mix de financiamiento que le conviene, según las condiciones del mercado. Hasta que los ejecutivos deciden recomprar las acciones de la compañía. Para eso, consiguen la ayuda de un banco-socio, que presta los fondos y emite los bonos si hace falta. (y los ayudan a comprar previamente acciones de la empresa)

Las acciones se recompran en el mercado, lo que eleva inmediatamente el precio, y el ejecutivo consigue un bonus fenomenal al apreciarse su Stock Option. De paso, al haber menos acciones, el ejecutivo y el banco, con las acciones propias que no rescatan, se aseguran el control de la corporación. Se supone que esto también está permitido dentro del sistema capitalista. No debería estarlo. Se contrapone a los principios económicos y éticos. Para peor, aumenta dramáticamente el nivel de deuda general, que después se traduce en crisis de endeudamiento que siempre son subsanadas con emisión monetaria, intervención directa del estado en la bolsa, baja de tasas de interés, compra de activos basura por la FED, un estatismo que difícilmente tenga algo que ver con el liberalismo o el capitalismo. 

Cuando Donald Trump bajó los impuestos a las empresas con activos en el exterior y permitió el reingreso de capitales, supuso que se aplicarían a la inversión y consecuentemente a generar empleos y mejores sueldos. Salvo algunos gestos simbólicos, la mayor parte de esos fondos se aplicó a la recompra de acciones. 

Estos vicios no son “travesuras” o simples consecuencias no queridas. Están torpedeando la filosofía liberal-capitalista en sus mismas bases e impidiendo el juego libre del mercado, a la vez que recurriendo al salvavidas del estado cuando hacen crisis, aumentando la burbuja de la emisión y la deuda. El capitalismo es el único sistema que puede sacar al mundo de esta crisis. Por eso no hay que cambiarlo, hay que aplicarlo bien. 

La columna, ensañada, promete una nota más para el debate.