Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador


2017: inversión negativa, apenas crecimiento técnico, más impuestos

Finalmente los especialistas y comentaristas parecen haber aceptado que Uruguay no firmará un tratado comercial con nadie, ni siquiera con la FIFA. Esta columna ha venido explicando hasta el aburrimiento propio y ajeno por qué esa idea agitada sistemáticamente por el gobierno y sus cogobiernos se autoanula en el socialismo marxista a la violeta.

Como es conocido, el relato, el materialismo dialéctico o la venta de humo, como se prefiera, es esencial al estatismo distribucionista y planificador central, sobre todo cuando debe explicar o explicarse sus fracasos y al mismo tiempo tratar de seguir sacándole recursos a la sociedad productiva (Friedrich Hayek).

Es, por caso, patético escuchar a los líderes sindicales, que han determinado no obedecer las decisiones de su sacrosanta OIT, que ha limitado con criterio práctico las huelgas que terminaban chocándose con la apertura comercial que propugna la OMC. Y más triste es su argumento de que hay que hacer un acuerdo para evitar la vergüenza de estar en una lista negra. Como si no se tratase de un flagrante incumplimiento del PIT-CNT de las decisiones de su venerada organización. Incumplen y luego llaman a un acuerdo para evitar la vergüenza de la sanción. Relato casi ofensivo a la inteligencia. Faltaría agregarle la declamación de la soberanía.

Al mismo tiempo, la gremial marxista reclama tangencialmente que se considere parte del derecho de huelga la ocupación de fábricas. Se trata de otra sorprendente realidad virtual que pretende además tornar invisible o inexistente la Constitución y el Derecho de Propiedad. Cómo de ese ataque a la producción de riqueza puede generarse algo para repartir y lograr bienestar debe ser, seguramente, tema de otro relato.

En este telón de fondo se inscribe la triste imagen de Diego Lugano y Diego Godín, dos exitosos que intentan incurrir en el delito de invertir su bien ganado capital en su país, y que deben comparecer ante el Senado que los investiga –macarthismo izquierdoso– por el terrible hecho de importar cemento a precio más barato que la producción estatal protegida local. Como si fuera tan difícil mejorar el precio de la ineficiencia. Ni República, ni libertad, ni comercio.

Como si no hubiera bastante venta de humo, en la misma semana se pudo conocer que el ScotiaBank “aceptó quedar fuera del acuerdo por la quiebra de Pluna y seguir cobrando directamente del Estado uruguayo la deuda por los aviones”.

Traducido al español corriente, lo que ocurre es que, gracias a un estúpido aval firmado por el gobierno del Frente Amplio a favor de unos improvisados, (mis compatriotas) cuyos firmantes aún están siendo juzgados, el ScotiaBank no tendrá que entrar en la quiebra y perder una fortuna por haber prestado a unos irresponsables, sino que recibirá su acreencia completa gracias a la inmensa generosidad de la sociedad oriental.

También quiere decir que el Estado no podrá resarcirse ni siquiera de una mínima parte de ese gasto, porque los activos serán absorbidos en su totalidad por los sindicatos. País generoso. Me recuerda a otro, aquí cerca. Pero lo que permanecerá en la memoria popular, es que el ScotiaBank aceptó quedar fuera de la quiebra. Macabro.

Desde el materialismo dialéctico marxista en adelante, pasando por el nazismo, el supuesto socialismo moderno, el peronismo, el chavismo, el kirchnerismo, el populismo y otros “ismos”, la característica distintiva es que terminan creyéndose las farsas que elaboran para las masas. Así, creen, por ejemplo, que efectivamente la educación es adecuada, y que lo que Uruguay necesita no es lo que miden las pruebas PISA, sino vaya a saber qué esoterismo superador.

Creer en la futura inversión cuando se está en debate permanente para descubrir nuevos impuestos con cualquier formato, o cuando se aumentan las tarifas de servicios que ya son elevadas, es otra forma de relato que con el autoconvencimiento se transforma en peligroso. Y cuando pese a ese nivel tarifario se está cerca de la escasez de abastecimiento por falta de obras y se mendiga por más recursos fiscales, el mensaje al inversor es contundente.

En tal contexto, cualquier crecimiento de Argentina, en vez de ser una posibilidad favorable, como evalúa el gobierno, puede jugar en contra. Si el agro de la orilla occidental crece como se espera, igual que la ganadería, habrá una fuga de inversión y tecnología de Uruguay y un retorno al país vecino, sobre todo luego del impresionante blanqueo. Los manotazos impositivos y las amenazas de nuevos ataques al capital y al patrimonio, no son los mejores atractivos para ofrecer.

La reforma constitucional promarxista, ahora apoyada por algún diputado colorado en estado de irreflexión, ahuyenta inversión, riesgo, tecnología y futuro todo en uno, aún cuando se trate solamente de otro relato dialéctico.

La economía uruguaya, con un PIB cuyo crecimiento parece basarse solo en futuras desgravaciones –lo que muestra que la presión tributaria es inviable– debería hacer todo lo opuesto a lo que hace: por ejemplo, salir a atraer a la pyme argentina, una enorme generadora de empleo y de exportaciones, maltratada en mi país. Seguramente no se seguirá ese camino, ante la urgencia de seguir repartiendo felicidad monetaria entre la población, una estafa técnica, intelectual y moral. Por supuesto que se aplica además aquí una pregunta que parece obvia por su simpleza: si las desgravaciones son tan buenas para radicar pasteras, ¿no serán buenas para todo y para todos?

Los dos países del Plata son el prototipo de las sociedades divididas que empiezan a caracterizar al siglo XXI: una masa importante de la población que decide omitir el proceso de sacrificio, trabajo y riesgo como medio para obtener su bienestar y decide saltar todas las etapas y quitarle a la otra parte de la ciudadanía sus ahorros y sus bienes para lograrlo, amparada en la excusa de la inequidad, de la pobreza, de los derechos humanos o de cualquier otro argumento dialéctico. Para ello, apela a su mayoría circunstancial para crear un andamiaje permanente de exacción y expolio, que termina paralizando toda iniciativa y empobreciendo a todo el pueblo.

Entre el gremialismo que prefiere no entender que no hay inversión sin flexibilizar sueldos y cargas sociales y el Estado frenteamplista que no puede existir sin inventar nuevos impuestos a diario, el crecimiento es el mayor relato. Seguramente la tarea política principal en 2017 será buscar a quién culpar.

Que tengan un buen año. La seguimos en febrero. Si gustan

Perdiendo trenes


Argentina y Uruguay se asemejan en muchos aspectos. Entre otros, en una cierta discapacidad para analizar con objetividad la realidad que los rodea y actuar en consecuencia.

En esa línea han perdido varios trenes en la última década. Lo obvio es lo que se pudo hacer con la combinación de la bonanza de las materias primas y la tasa regalada de interés de los años recientes. Tiene sentido detallar algunas de esas omisiones:

- Crear una nueva infraestructura proyectada hacia el futuro, en cada país y bilateralmente.

- Bajar el gasto del Estado sin pagar un costo social y hacer eficiente la burocracia.

- Reformar el sistema jubilatorio ilusorio y explosivo.

- Sacar del Estado actividades que hace mal, sin el correlativo costo social.

- Crear un fondo anticíclico que permitiera suavizar la contrapartida del cambio irremediable de tendencia.

El listado puede extenderse varias hojas y varias notas. Simplemente no se hizo. La soberbia, la ignorancia, la ideología mal entendida usada como excusa, la burocracia, la inutilidad, la fácil demagogia de repartir y luego ganar elecciones, hicieron que ni siquiera se alcanzara a ver el vagón de cola del convoy.

Otra oportunidad perdida fue la de no abrirse al mercado internacional cuando crecían las exportaciones. Eso habría permitido mantener en caja la inflación, crear trabajo y aumentar el bienestar, como es sabido, y absorber cualquier pérdida de empleo con la demanda laboral de ese crecimiento llovido del cielo. Tampoco se hizo. Se prefirió seguir protegiendo a empresarios y gremios privilegiados que se beneficiaron por vía múltiple en detrimento de la sociedad y tolerar una inflación contenida con manoseo monetario. También aquí llegamos a la estación cuando la formación se había ido.

La combinación de esas medidas habría permitido negociar en serio tratados comerciales y más importante que eso, tener precios competitivos a nivel mundial. Esa posibilidad se ha perdido y no volverá. El mundo va hoy en otro sentido, y no por culpa de Trump, que es un mero símbolo de una tendencia.

Se probó acabadamente el fracaso de las economías planificadas de izquierda o de derecha y de la omnipresencia del Estado. Von Mises y Hayek habrían podido evitarse cientos de páginas de teoría en sus libros y reemplazarlas con una simple enumeración de los resultados de esos divagues y en el Río de la Plata y la pérdida de oportunidades invalorables y únicas.

En el caso específico de Uruguay, perdió la ocasión de transformarse en factor de decisión en el Mercosur, preso su gobierno de un sistema que cree que una doctrina muerta hace mucho es más importante que los intereses del país. También desperdició la trascendente oportunidad de convertirse en el centro financiero y fiduciario de la subregión. Al contrario: perdió el negocio de banca internacional y redujo a cero su presencia regional. Y de paso hirió gravemente la inversión inmobiliaria.

Es cierto que en la autodestrucción del negocio bancario influyó la presión insostenible de las naciones desarrolladas, que buscan la internacionalización de sus instituciones financieras, pero había muchos caminos y variantes por explorar, y no la subordinación resentida y complaciente conque se hizo el cambio a toda velocidad. Del mismo modo que ahora se pliega tardía y extemporáneamente al criterio de sancionar a las jurisdicciones con escasa o nula tributación, criterio fatal para los países emergentes.

En ese paquete están las leyes de lavado y antiterrorismo, que se impulsan ciegamente sin adecuarse a la Constitución y que se tratan de explicar con la necesidad de mantener la nota crediticia, que no sólo no tiene demasiado que ver con la sanción de estas normas sino que probablemente será rebajada de todos modos. Aún si se hubiera tratado de una imposición, se debió comunicar así a la sociedad. Por una u otra razón, todos estos son trenes perdidos, empleos que se fueron o que no fueron, que desgraciadamente no volverán.

La pregunta ahora es hacia dónde ir y cómo ir. Está claro que en la concepción del Frente Amplio, no se debe hacer nada, salvo aumentar los impuestos a diario para no perder ninguna de las conquistas llovidas del cielo y mantener el poder adquisitivo del salario que considera un derecho humano. En esa búsqueda desesperada raspa el fondo de la olla y busca eliminar exoneraciones a las radicaciones, una práctica universal. Como en tantos otros temas, se comporta aquí con desconocimiento y tozuda negación de la realidad.

Por eso es preocupante el conformismo que manifiesta el gobierno con la situación económica, dando por superada la recesión y confiando en una leve recuperación técnica de Argentina y Brasil, igualmente paralizados por su proteccionismo, su populismo, su gasto y su deuda. La esperanza de la regasificadora debería atenuarse para no seguir apostando a pérdida. Sobre la otra esperanza, la de la pastera, esta columna prefiere dejar pendiente su opinión para otra nota, trencito incluido.

No es sencillo imaginar un tratado comercial salvador (digno) con China sin otorgar fuertes reciprocidades, por lo que es predecible que cualquier acuerdo será vetado por el PIT-CNT, que paradojalmente se comporta igual que Donald Trump. Además, el marxismo no está preocupado por crecer, sino por repartir lo que queda. En cambio sí lo está el gobierno, que advierte que la manta se seguirá acortando.

Por eso busca exprimir a las pseudoempresas de servicio para que, vía las tarifas-impuestos que extraen del consumidor cautivo, lo ayuden a paliar el déficit (se le exige eficiencia recaudatoria a las mal llamadas empresas, pero no al resto de la burocracia). Busca también inversiones que serán escasas con la combinación de dólar bajo, costos y salarios altos en dólares, impuestos nuevos cada día, rigidez laboral y con un Mercosur exangüe.

Sin embargo, hay mucho que se puede hacer. Por ejemplo, un tratado con la lógica económico-social y con la realidad. Porque por muchos acuerdos que se firmen, no se vende a precios fuera de mercado. En cambio, con precios competitivos se exporta sin tratado alguno. Usar impuestos para financiar gasto o bienestar es la mejor manera de no crecer, no exportar, no tener inversiones. Más bien es el mejor modo de fundirse.

Uruguay debe dejar de creer que su burocracia puede generarle bienestar, crecimiento o empleo y huir del círculo vicioso de compensar los efectos de una desastrosa ideología vetusta con más gasto, más impuestos y más proteccionismo. Se impone encontrar un nuevo rumbo, una nueva meta, una nueva propuesta. Que, claramente, no estará exenta de sacrificios, que serán la multa por el facilismo y el desperdicio del pasado. El conformismo de hoy demora la aceptación de un fracaso y la búsqueda imperiosa de un nuevo destino común.

Porque cuando un país no sabe adónde va, pierde todos los trenes. 




OPINIÓN | Edición del día Martes 06 de Diciembre de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador


Lavado y República


Con la celeridad y diligencia de los culposos, el gobierno kirchnerista hizo aprobar varias leyes y reglas contra el lavado de activos y el financiamiento del terrorismo. Esas normas siguieron la línea habitual del GAFI de dar vueltas de tuerca sucesivas tanto en la tipificación y cantidad de los delitos que se penan como en la de los sujetos obligados.

Curiosamente el propio kirchnerismo se encargó de burlarlas posteriormente mediante el simple expediente de no reportar los casos sospechosos en su jurisdicción, o directamente al no prestar atención a las denuncias recibidas en la Unidad de Inteligencia Financiera. También fueron burladas alevosamente en todos los casos de corrupción que ahora se ventilan en la justicia y en los medios, sin resultados a la vista.

Cambiemos hizo recientemente malabarismos verbales y jurídicos para explicar que el nuevo blanqueo impositivo no perdona los delitos de lavado, pero que al mismo tiempo los bancos no tienen la obligación de pedir demasiadas explicaciones sobre el origen de fondos.

Al no haberse avanzado en las denuncias penales de modo relevante, no se han planteado aún los recursos de inconstitucionalidad que para muchos especialistas plantea el paquete de leyes comentado. Normas que juzgan sobre hechos retroactivos, referidas a supuestos delitos precedentes prescriptos, que obligan a exhibir comprobantes que no se requería conservar por la legislación vigente en cada momento, ofrecen sin duda flancos que chocan con el marco constitucional.

A ello se agrega el criterio implícito de tener que probar que no se han cometido delitos de los que el ciudadano no ha sido acusado, sin saber cuáles son ni cuando habrían sido cometidos, lo que tensa la lógica jurídica y sacude los derechos del individuo con exigencias kafkianas que lo ponen en manos de la decisión de un funcionario.

Por eso los países centrales han aplicado reglas que persiguen el objetivo conjunto, acertado e imprescindible de combatir el lavado de activos, pero respetando cada uno su marco constitucional. Intimidados por el riesgo de ser considerados parias por el sistema mundial y otras consecuencias, los países periféricos aplican el formato que se les requiere y esperan que el Poder Judicial se allane a la voluntad del mercado global.

Uruguay discute ahora dos nuevas piezas legales similares a las que aplicó Argentina en 2011, también a pedido. La ley contra la financiación del terrorismo, y una nueva ley que se supone replanteará, recopilará y perfeccionará las normas vigentes contra el lavado de activos, en otra vuelta de tuerca.

Por la importancia de esa legislación en los aspectos financieros y patrimoniales, las obligaciones que impone a numerosos sectores y las implicancias constitucionales que plantea, estos proyectos deberían ser conocidos ampliamente y debatidos por toda la comunidad. La impaciencia por aprobar la normativa y la exigencia por crear una norma preestandarizada pueden terminar desvirtuando el objetivo inicial y reduciendo la seguridad y seriedad financiera y jurídica que se intentan defender.

La modesta e insinuada observación del Presidente de la Suprema Corte de Justicia –que no ha abierto juicio alguno sobre la validez ni la constitucionalidad de estas leyes, como cabe a un profesional de experiencia– no debería ser descalificada sin sopesarla profundamente. El principio de dejar de lado las garantías de la Constitución en nombre de un fin superior, no existe en estos lares, ni es digerido por la ciudadanía. Nuestros sufridos países tienen todavía la esperanza, acaso última, de que su Estado y sus gobiernos respeten los derechos esenciales del ciudadano.

A ese sueño lo llamamos, con cierta inocencia, República.

Ese sueño ayuda a seguir caminando pese a todos los desaguisados de todos los políticos, a la demagogia, al populismo, a la burocracia y a la inutilidad. Pese a la falta de oportunidades, a la decadencia, a la mediocridad y a la frustración. La esencia de la República es la independencia de la Justicia. Esto es especialmente válido cuando el Poder Legislativo está inclinado a aprobar cualquier norma que en su criterio sancione al capital, lo que ciega cualquier decisión y la expone a la exageración.

La lucha contra el lavado de activos proveniente de delitos sociales es un objetivo global que todos los países y todas las personas deben apoyar. Pero cada país debe poder adoptar y adaptar los caminos para hacerlo, lo que no sólo tiene que ver con elementales cuestiones de soberanía, sino con una mejor aplicación de la legislación y el debido respeto a la ciudadanía. Las crecientes reacciones antisistema de las democracias mundiales tienen mucho que ver con este olvido.

No es cuestión de amparar a los verdaderos malhechores. Tampoco de desamparar a ciudadanos. Por ese camino del medio es posible construir objetivos comunes.



Por Dardo Gasparre Especial para El Observador

El daño de un sanguinario dictador



Con escasísimas excepciones, la prensa regional –incluyendo Argentina y Uruguay– ha eludido referirse a Fidel Castro con la definición que mejor le cabe: la del título. Se lo menciona como líder, luchador, forjador de sueños, idealista, como máximo se le agrega controvertido. Tal vez se deba al respeto que tenemos los latinos ante la muerte, que abuena a todos los finados, acaso al sueño infantil frustrado y oculto de ser un bucanero, quizá sea otra muestra más de la corrección política periodística deliberada que ha paralizado el pensamiento crítico o lisa y llanamente se deba a que se considera al salvajismo armado como una opción viable de acceder al poder. Siempre que esa violencia sea ejercida por el marxismo, obvio.

El único sueño de Fidel fue emular la revolución soviética en formato e ideología y así lo declaró en cuanto llegó al poder. Como Stalin, eliminó por sistema generaciones enteras de su sociedad para imponer el comunismo, con balas, purgas o con exilio de lujo o en balsa, hacia Miami o hacia la muerte. Las elaboraciones intelectuales que ahora lo muestran como un iluminado casi religioso, o un profeta, tergiversan ¿inadvertidamente? los crudos hechos.

Su sociedad con Ernesto Che Guevara, un psicópata asesino que viajó a Sierra Maestra en un tour de muerte, como quien va a un safari humano, exonera de la necesidad de un largo análisis. Castro y Guevara eligieron la aventura romántica de matar, casi con prescindencia de la obtención del poder. Es cierto que el dictador no era un teórico del comunismo, pero lo abrazó por necesidad psicológica, metodológica y por conveniencia. Necesitaba el subsidio de algún mentor y eligió la URSS. Tras la autoextinción soviética, postró a su país a los pies de China, mendigó a Venezuela y finalmente, en una vergonzosa pirueta, golpeó a la puerta de servicio de Estados Unidos para pedir algún mendrugo.

Excluyó a su país del mundo y lo condenó a la miseria. Sus supuestos logros en salud pública y educación son un relato que le ofrendó a los pobres cubanos, como la Unión Soviética convencía a su población cautiva de que su industria y su ciencia eran los mejores del mundo, o Hitler de que el Bismarck era indestructible. Transformó a sus ciudadanos en exiliados, escarneció a quienes se resistían y encarceló a cualquiera que levantara la voz para denunciar su barbarie. Aplastó la democracia y cualquier intento de pensar. Como Stalin, solo permitió sobrevivir a quienes se sometieron al vasallaje y a la opinión única. No fue un líder. Fue apenas un flautista de Hamelín que despeñó a su pueblo. Empezó exportando su modelo a América Latina, terminó exportando balseros. Su herencia es un colosal daño.

Pero también deja una gran lección.

Tras 60 años del experimento marxista, Cuba ha llegado a ser nada. Como sociedad, como economía, como país. Navega hoy en una balsa colectiva hecha con neumáticos, sin rumbo, sin objetivos, sin destino. La dictadura castrista fue la condición y consecuencia necesaria que describe Fredrik Hayek para imponer un sistema estatista de organización política y socioeconómica. La sociedad se rebela sin necesidad de armas a la tiranía económica del marxismo o del estatismo en todas sus formas. La reacción del planificador central es siempre la misma: cuando no se puede meter a la sociedad en el brete de la ideología, se cambia la sociedad por la fuerza, la violencia y la imposición.

La dictadura de Castro fue, además de una expresión natural de su sociopatía, la reacción de impotencia ante el fracaso de su concepción económica y social. El último estertor del marxismo perimido, con ese nombre o con cualquiera de sus apodos modernos: socialismo, estatismo, populismo, progresismo, economía de empresas del estado, gobierno del gremialismo o como se le quiera llamar. El modelo que exportó a Venezuela ha demostrado, en un trágica prueba de laboratorio a escala real, que no sirve para nada, que se agota en si mismo y termina en la miseria.

¿Por qué hay todavía sectores importantes que creen en ese modelo? Porque no se sienten capaces de participar del mundo y buscan la protección de algún ideal patriótico y revolucionario que les permita esconderse y sobrevivir. Como un insecto. Como los proverbiales gusanos que poblaron el lenguaje de Fidel. Por supuesto, esos sectores sociales creen que en su caso particular el experimento será distinto, exitoso, liberador y una defensa a sus tradiciones e independencia.

Nazca desde la violencia o desde la democracia, el sistema neomarxista termina siempre en la imposición, en el pensamiento único, en el exilio, en la expulsión, en la mediocridad, en alguna forma de dictadura. Cualquier sistema de planificación choca siempre contra el libre albedrío de los seres humanos. Cuando el sistema fracasa, la sociedad escapa de él. En ese momento la reacción es la limitación de la libertad, por la fuerza de las armas o por la fuerza de la ley, legítima o no.

Uruguay tiene algo para aprender en esta historia. El generoso sistema de reparto llega a la parte más estrecha del embudo. La creación de nuevos impuestos (o la ampliación de los viejos) no es viable sin ahogar del todo la producción. La inversión es una utopía con gremialismo comunista gobernante. La recaudación vía tarifas también estallará en aumentos de costos y baja de consumo. La exportación sin importación es impensable al no haber innovación y al empujar el dólar a la baja.

Entonces, al borde de perder la mayoría que le concede el particular armado que se denomina pomposamente poliarquía, el Frente Amplio sueña con modificar la Constitución, ahora en 2017. El otro modo de obligar a la sociedad a adherir a un modelo inservible. La dictadura económica por ley. En tal encrucijada, Cuba debe ser el faro que nos guíe. Para ir en sentido contrario.

Gracias, Comandante, por la enorme enseñanza que nos deja, si la sabemos aprovechar. Hasta la victoria, siempre.

OPINIÓN | Edición del día Martes 01 de Noviembre de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

La rebelión de los jóvenes


El Banco Central ha comenzado a plantear la necesidad de bajar el gasto del Estado. Una recomendación casi inevitable si se analiza con capacidad técnica y sin apasionamientos el proceso económico y el futuro.

El famoso y fatal viento de cola incrementó el PIB y consecuentemente permitió aumentar el Gasto sin que ello confluyera en porcentuales peligrosos (ver gráfico I). Al mismo tiempo, ese aumento inyectó una alta cuota de ineficiencia en el sistema e hizo perder la oportunidad de aplicar una política anticíclica. (El Frente Amplio quiere volverse anticíclico ahora, pero esa técnica se comienza a aplicar cuando los ingresos sobran, no cuando faltan.)


Hoy que el viento ha amainado, nadie quiere ceder lo que cree sus conquistas, en la línea suicida de pensamiento que sostiene que el gasto sólo puede subir. Eso produce una anemia terminal en el sistema productivo y en la inversión privada, de por sí escasa. Llamo a esto el proteccionismo estatal. Mientras en Argentina un auto construido localmente vale el doble que en Chile, para proteger a los privados prebendarios, en Uruguay un auto importado vale más caro aún para generar mayores ingresos al Estado y permitir más gasto. En esa línea, las tarifas de todas las empresas estatales son otro modo de proteccionismo y un nuevo impuesto a los sectores productivos y sobre todo al consumidor.

Estos mecanismos, como también ha alertado el Banco Central, carcomen la actividad privada y requieren aumentar continuamente la carga impositiva, círculo vicioso que puede llegar a extremos ridículos y graves. Eso justifica la desesperada búsqueda del presidente Vázquez de alguna clase de apertura, de algún tratado milagroso, de cualquier posibilidad que sea digerible para su Frente Amplio y que le permita aumentar el PIB y los puestos de trabajo privados. Esa búsqueda es bastante utópica, aunque elogiable, pero en realidad la apertura no requiere tratados y, como ya ha expresado esta columna, tiene que ver con la innovación o con la alternativa de producir a bajos costos, algo imposible en el sistema descripto.

Como también se ha demostrado hasta el hartazgo, la apertura comercial no afecta el empleo y en cambio aumenta vigorosamente el PIB. Esto se ve en la gráfica (II) que mostramos, donde Uruguay comparte orgullosamente un lugar mediocre junto con Argentina, fruto de su supuesta defensa de los puestos de trabajo y el crecimiento.


El gasto del Estado es también el alimento de la burocracia, un problema adicional a su efecto económico, porque la burocracia es veneno para cualquier actividad pública o privada, como tan bien lo ha explicitado en un reciente reportaje ese pintoresco filósofo viajero que es José Mujica.

El gasto y el proteccionismo, estatal o privado, son los hermanos gemelos que amenazan y empobrecen al consumidor y al contribuyente, las dos personalidades económicas del ciudadano. Por eso la prédica neomarxista de redistribución de la riqueza, además de totalitaria, injusta, paralizante y corrupta es ineficiente: la mejor manera de redistribuir la riqueza es mediante el consumo y lo prueban todas las mediciones de la historia. El problema es cuando ese consumo se intenta fomentar con aumento de emisión o gasto, porque ambos se convierten fatalmente en algún tipo de impuesto que castra todo crecimiento y todo progreso.

El inviable sistema económico oriental está teniendo consecuencias graves. Por un lado, ajusta por desempleo, que no es tan notorio porque el sistema estadístico de medición es inadecuado, porque está diseñado por los entes mundiales burocráticos (y consecuentemente incapaces). Y en el extremo, ajusta por expulsión. No sólo la juventud tiene poca propensión a buscar trabajo siquiera, sino que se marcha. Ese éxodo está reflejado en recientes análisis demográficos que prevén 10% de reducción en la población oriental en pocos años, con efectos muy serios en la pirámide poblacional.

Porque en esencia, en Uruguay, como en muchos aspectos Argentina, los jóvenes no tienen porvenir. El proteccionismo, tanto estatal como privado, es la concepción y al mismo tiempo la génesis de una sociedad de gerontes mentales. De empresarios, burócratas, sindicalistas,viejos y ricos, que buscan que nadie les compita ni les saque su ventaja, casi siempre con la excusa de las fuentes de trabajo, la industria nacional o la soberanía, todas declamadas víctimas de algún contubernio contra el país, con conclusiones que jamás se han probado, que no resisten la confrontación con los datos crudos, y que al contrario, han empobrecido a los pueblos.

Frente a tales enemigos, los jóvenes rioplatenses deberían abogar por un sistema liberal tanto social como económico. Una Constitución liberal. Es el único que les dará un lugar para desafiar a la vieja riqueza y el viejo establishment, el que les ahorrará la penuria de tener que irse de su patria o de tener que transformarse en un subsidiado mendigo a los 25 años, según cómo venga la mano en cada momento dado. El que les permitirá abrir su cabeza y sentirse capaces de innovar, de arriesgar, de medir sus fuerzas, de hacer un mundo nuevo.

Se suele admirar la audacia de los entrepreneurs de internet, de los jóvenes que rompen los cánones, los que crean UBER, Facebook, Amazon o Google, los que desafían la fuerza de la gravedad, los que cambian los mercados e imponen sus nuevos enfoques, los que no temen competir, los que se sienten seguros de sí mismo y jamás, jamás le piden nada al Estado, salvo que no los moleste. Los que cambian de rumbo cada vez que la tecnología cambia o cuando alguien mejor que ellos les quita mercado. Esos jóvenes, sabiéndolo o no, son liberales.

Internet es liberal. De ahí el empecinamiento en regularla. Por el miedo que produce la competencia y cualquier nueva idea, y por el miedo que produce la destrucción creativa de que hablaba Schumpeter cuando ataca en carne propia.

El estatismo y el proteccionismo son en definitiva las defensas de un mundo obsoleto contra el empuje de la juventud. Se ataca con ideología la innovación y se ataca el conocimiento torpedeando la calidad educativa.

A los jóvenes les queda el liberalismo o el éxodo.


OPINIÓN | Edición del día Martes 11 de Octubre de 2016



Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

El drama de Tabaré



Es encomiable el empeño del presidente Tabaré Vázquez en negociar tratados comerciales. No se discute ya que las oportunidades de crecimiento pasan por el intercambio. Vázquez se enfrenta en este propósito a una doble oposición: la de la contraparte en cada caso –que obviamente defiende sus conveniencias– y la de su propia coalición, a veces un contrapeso rayano en lo antipatriótico.

Habrá que ser prudente con las expectativas. Los tratados de la actualidad, llamados “de última generación” eufemísticamente, no son de apertura. Más bien tienden a equilibrar las balanzas comerciales bilaterales o a disminuir las ventajas comparativas que crean los distintos grados de flexibilidad laboral de cada país.

Para ejemplificar, el TPP, la alianza transpacífica, no es un tratado de apertura comercial, sino las condiciones que pone EEUU para comprar y lo que ofrece a cambio de aceptarlas. Por eso la lista de requisitos de los americanos es minuciosa, larga, prolija y detallada, como otrora las reglas del Comecon soviético.

Los países emergentes, que antes podían usar sus bajos salarios o menores cargas sociales para exportar a menor precio, (la historia inicial de Japón, Corea del Sur, Taiwán, la propia China) ahora se enfrentan a la acusación de dumping laboral si usan el recurso comparativo de su propio subdesarrollo.

Vázquez tendrá un trabajo muy duro. No será fácil convencer a los chinos de aumentar su déficit comercial con Uruguay. Al revés, como han hecho con Argentina, buscarán reducirlo. Entonces se debe estar preparado para hacer concesiones y ofrecer alternativas de negociación suficientemente interesantes y creativas. De lo contrario, la posición de China será muy simple: comprará menos.

El PIT-CNT, para ayudar, rechazará cualquier acuerdo que implique comprar bienes chinos. Es entonces fácil concluir que habrá retaliaciones. Salvo que se llegue a algún tipo de acuerdo de inversión en áreas estratégicas como los firmados por China con Argentina, cuyo alcance y conveniencia todavía están en discusión, amparados por el secreto de Estado de Cristina primero, y de Macri y su padre ahora.

Más allá del resultado de esta misión, la búsqueda de Vázquez es el único camino. No hay otro recurso salvo la apertura comercial, en especial para las economías más pequeñas. En esto coinciden hoy todas las teorías y tendencias: el comercio como oportunidad de crecimiento y bienestar.

El problema es que la izquierda oriental odia el comercio. Lo ignora en los dos sentidos del término, como lo hacía el marxismo. Considera que el comercio es intermediación innecesaria en el mercado interno y explotación, imperialismo y quita de oportunidades en el mercado externo. Para el marxismo, como para la nobleza medieval, el comercio es denigrante. Como máximo acepta la idea de exportar, a veces con contrasentidos que lo impiden. Importar es concebido como una entrega de soberanía y del trabajo local. En esas condiciones, los intereses ideológicos y gremiales se enfrentan a los intereses del país. China no es el enemigo. El enemigo es interno.

Más allá del logro o no de los tratados, cuya eficacia y oportunidad son menos relevantes con el renacimiento del proteccionismo, como lo atestiguan el brexit, el trumpxit y otros movimientos, el concepto de incrementar el comercio sigue valiendo. De lo contrario, conducir la economía será nada más que una búsqueda innovadora de nuevos impuestos. Y la izquierda no quiere darse por enterada de que el éxodo de la inversión privada ha comenzado.

Salvo con el falso recurso de la inflación y el impuesto a mansalva, el crecimiento interno no tiene más plafón. Queda la posibilidad de crecer hacia afuera. Eso no se logra porque algún país generoso firme un tratado, una ensoñación infantil. Se logra solo de dos maneras: bajando costos laborales e impuestos o con innovación.

A menos que una monumental crisis lo enfrente a la realidad, la alternativa de flexibilización no figura en el ideario del Frente Amplio, de modo que esa variante no ocurrirá. Como cualquiera que no odie el comercio sabe, los precios bajos suelen ser mejor herramienta de persuasión que los tratados, con efectos más rápidos.

Sin la posibilidad de exportar valor agregado en la forma de alfajores rellenos con dulce de leche, que es la aspiración gremial de máxima, habrá que pensar en la innovación como única alternativa para exportar y crecer. Y aquí empezamos de nuevo. Por innovación no entendemos un sitio web, un chico lleno de ilusiones y granitos que crea una red social, ni a una diseñadora de apps. Nos referimos a inventar productos, técnicas y procesos. Si no se exporta por reciprocidad o por precio, el único camino es exportar nuevos productos.

En la teoría del comercio, el valor agregado se obtiene por el fenómeno de dominancia: ser el primero en un rubro, ser el mejor, o ser el único. Cuando se admira a Suecia, o a Noruega, se suele omitir lo que han logrado con esos conceptos. Como lo hace Gran Bretaña con su industria médica, nave insignia de la quinta economía del mundo.

¿Y como se inventa? Con educación y estímulo económico. Dos cosas que también ignora la izquierda, pese a su relato. El mayor crecimiento y bienestar de la historia se logró entre 1870 y 1970. Fruto del estímulo de las leyes de patente y de una generación de inventores y emprendedores como no se ha visto ni antes ni después. Un ferrocarril, una lamparita eléctrica o un refrigerador hicieron más por la sociedad y por los trabajadores que 20 comunismos y 20 Facebooks.

Por eso no basta con educar, sino que hay que formar ingenieros, físicos, bioquímicos, técnicos terciarios, mentes abiertas e inquietas. Y hay que cuidar ayudar y estimular a las pymes, que son también la mayor fuente de exportación con valor agregado, trabajo e innovación. Ahí también se equivoca el neomarxismo cuando insiste tercamente con repartir gratuidad educativa facilista sin límite, excelencia ni orientación alguna. Como se equivoca cuando ataca a las pequeñas empresas con leyes laborales y juicios agobiantes que las aniquilan.

La manta calentita de la supuesta protección gremial-estatal, aleja toda capacidad de crear y transforma a cualquier país en inseguro, timorato y sin confianza en sus capacidades. En definitiva, en un sometido al fantasma del imperialismo que él mismo imagina. Porque en ese miedo, se empieza por sentirse esclavo de las grandes potencias y se termina siendo vasallo de cualquiera.

Ese tratado con el fracaso, de su propio Frente, es el que nunca debe firmar Tabaré Vázquez.


OPINIÓN | Edición del día Martes 04 de Octubre de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

En busca de la juventud perdida


En una muy bien fundamentada nota de Miguel Arregui publicada por El Observador la semana pasada, se plantea el problema de la pirámide poblacional uruguaya y la peligrosa reducción en su base, o sea la falta de jóvenes en la sociedad. La nota finaliza planteando el doble desafío de evitar la fuga de la juventud y de fomentar la inmigración de ese grupo etario.

El planteo, que parece específico, es, sin embargo, esencial y de fondo, lo que se advierte al transformarlo en una simple pregunta: ¿cómo puede Uruguay atraer la inmigración joven? Vamo’ arriba.

El marco elemental es ofrecer un mercado laboral flexible. Se ven claramente en Europa los efectos de mecanismos salariales y laborales rígidos y regimentados combinados con sistemas jubilatorios garantizados a una población que insiste en no morirse: se termina aumentando sistemáticamente la edad jubilatoria y provocando desempleo juvenil por encima del 20%.

La teoría clásica –y única probada– dice que todo aumento poblacional implica una mayor oferta de mano de obra, lo que baja los costos laborales y genera una reactivación económica que permite absorber esa oferta, llevando bienestar en ese proceso. Eso solamente es cierto en un mercado laboral flexible, de oferta y demanda. La rigidez de los mercados –el oriental también– excluye la inmigración masiva y también a los jóvenes uruguayos que quieren trabajar.

En tales condiciones no se puede atraer a la juventud con oportunidades laborales importantes; al contrario, se estaría convocando al subsidio o los planes populistas. Puesto en términos más crudos, el gremialismo, en la concepción actual, condena a los jóvenes, tanto residentes como potenciales inmigrantes, a penar por un empleo, casi con prescindencia de su capacidad y formación.

Siguiendo la línea de pensamiento, debería crearse un escenario de gran participación de empresas e inversión privadas que asegure una demanda de trabajo fluida y diversa, lo que equilibraría los términos y condiciones salariales y tornaría atractiva una radicación personal estable. No resulta fácil imaginar a gran cantidad de jóvenes con ambiciones viniendo a trabajar a ALUR, por ejemplo. De lo contrario, se estaría importando marginales o futuros marginales, lo que menos necesita Uruguay.

No parece que un sistema de proteccionismo, con una renuencia absoluta a la apertura como el actual, responda a las necesidades apuntadas, pero tal es el papel que el sindicalismo de hoy se ha reservado en muchos países; por eso el gobierno de Francia, por caso, está enfrentado con sus centrales obreras para lograr una flexibilización imprescindible que transforme a los mendigos de sus calles en oferta laboral.

Otro imán importante para la juventud es la educación. Desde la inmigración temporaria para asistir a una universidad de prestigio internacional, se llega a la investigación y la fuente de trabajo y la residencia permanente. Una variante de inserción global. Una alternativa potente es fomentar la inversión extranjera y local privada en esos ámbitos. Además de una fuente de prestigio para el país (y de divisas), es un polo de atracción notable y de calidad, sobre todo regional, de docentes y alumnos. Argentina lo hizo por muchos años de modo estúpidamente gratuito. Aquí se puede hacer rentadamente. No es casual que Estados Unidos ofrezca tratamientos preferenciales a los estudiantes universitarios extranjeros, tanto en la inmigración como en el tratamiento económico y fiscal.

Se dirá que es un objetivo utópico. Todos los emprendimientos exitosos lo son en algún momento. Y ciertamente tiene más posibilidades y es más factible que tratar de encontrar petróleo en el mar uruguayo. Basta con abrir el juego a privados para que tomen los riesgos correspondientes. Por supuesto que si se pretende hacerlo vía el Estado, el fracaso es seguro.

Como parte de la oferta, un tratamiento impositivo generoso es imprescindible. Esto se aplicó cuando en 2003 se empezó a recibir a los agricultores y silvicultores argentinos con gran éxito, pero el constante ataque tributario y la persecución de la izquierda en búsqueda de nuevas víctimas hace que resulte difícil que se radiquen nuevos emprendimientos tecnológicos que atraigan a la juventud. No se trata de crear un paraíso fiscal, sino de ser fiscalmente inteligente. La tendencia es todo lo opuesto. La persecución contra el éxito económico o empresario no suele fomentar la inmigración.

La salud ofrece similares oportunidades, si se pueden crear centros regionales prestigiosos, privados y con gran tecnología. Tampoco se trata de un imposible. Los famosos tours hospitalarios de ciudadanos limítrofes a Argentina son un fenomenal negocio, aprovechado por las mafias que cobran por ellos, gracias a la gratuidad ciega del Estado idiota de mi país. ¿Por qué no hacerlo bien y rentadamente y con inversión privada? Implicaría una demanda laboral específica sumamente atractiva, además de una actividad formativa que también fomenta la inmigración.

Por supuesto que, como parte de ese marco, es importante resolver el problema de la inseguridad, que fulmina cualquier proyecto de radicación y que existe y se agrava, pese a las estadísticas oficiales. Se puede creer que no es así. Pero sería una comodidad intelectual no aconsejable a efectos específicos.

Puestos a pensar, seguramente se pueden encontrar muchas otras y mejores ideas, además de exportar dulce de leche con trufas. Convertir el ballet del Sodre en una escuela internacional paga, para citar una. (Previo exorcizar al gremialismo paralizador) La cultura es un fuerte incentivo y un buen negocio, como muchos otros rubros que impliquen una propuesta vital. Basta con tener confianza en los propios recursos y capacidades y convocar a los privados a una inversión y riesgo verdaderos, sin que el Estado, en su afán de meterse en todo, termine en trampas aeronáuticas o petroleras como le ha sucedido y le sucede. De paso las embajadas tendrían una fantástica tarea, además de estrechar vínculos con los países perdedores del mundo.

Porque, en definitiva, lo que hace falta para atraer a los jóvenes del mundo es lo mismo que se requiere para que los orientales no se vayan ni sean desempleados: apertura mental y económica; inversión privada; menos impuestos; menos gasto del Estado; menos subsidios; menos proteccionismo; menos monopolio gremial; menos reglas bondadosas y protectoras; menos populismo jurídico.

Y confianza en las propias fuerzas. Bienvenidos al mundo si se marcha por ese camino. Por supuesto, también se pude elegir llegar a ser tres millones y medio de viejos. l

OPINIÓN | Edición del día Martes 27 de Septiembre de 2016


Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Otra vuelta de tuerca

Con su persistencia asnal y destructiva, el Frente Amplio vuelve a la carga en su búsqueda de nuevos impuestos con los que saquear al sector productivo y trabajador. Alentado por un supuesto repunte de la economía que ni siquiera hay derecho a suponer, ahora redescubre la idea de gravar los grandes patrimonios.

Como esta columna viene sosteniendo, esta gabela es una de las preferidas por el neomarxismo del mundo, que ha vuelto a la carga disfrazado de populismo, de progresismo y de gastomanía, casi siempre con el mascarón de proa de la declamación de democracia.

Está acompañado en esa línea por el socialismo populista europeo, que luego de inundar de gasto a la Unión, ahora la inunda de emisión creyendo que eso no tendrá consecuencia alguna. Por supuesto que llegando a tasas de empleo escuálidas o negativas y con la perspectiva de elevar la edad jubilatoria a 75 años, con lo cual los jóvenes jamás tendrán trabajo. Y eso que Europa se escuda en supuestos socialismos modernos, otro oxímoron ridículo.

En el caso particular de Uruguay, esgrime además la poliarquía, ese invento de la izquierda para tratar de explicar un contrasentido inmanente: que la democracia es incompatible con el marxismo en cualquiera de sus formatos o disfraces. Simplemente tarde o temprano el marxismo necesita de la prepotencia para que su falacia económica se pueda aplicar.

La exacción impositiva ha sido la cimitarra del Frente, con gravámenes que creó y que siguió aumentando aún durante la gestión actual del presidente Vázquez, que prometió no hacerlo. Mediante la eliminación de exoneraciones, o con sobretasas en casos especiales, con inclusión de nuevas categorías en el impuesto al patrimonio y el IRPF y con las tarifas y precios de las “empresas” del estado o ahora con el aumento de alícuota en los casos de sociedades off shore, que duplica la tasa sin ninguna razón ni derecho, ya que se grava al doble por el mismo concepto a alguien que está declarando una renta legítima, nada más que porque su sociedad está constituida en determinados países. Solo un desprevenido o un estúpido no se da cuenta de que se está dando un paso previo para duplicar el gravamen general a las rentas en el exterior, (Renta mundial) otra barbaridad que una economía pequeña no puede permitirse.

Paralizado el crecimiento y la generación de empleo por el proteccionismo y por la rigidez laboral, y tras hurgar todos los días minuciosamente para hallar de dónde chupar más sangre, se intenta recurrir al manotazo sobre los patrimonios, fatal para el país. Cuando escasea la inversión y todo indica que los capitales se dirigirán a Brasil o Argentina, nada mejor que asustar a los inversores con estas medidas, ¿verdad?

La feta diaria del salame u otra vuelta de tuerca cada día, The Turn of the Screw, como el título de la emblemática novela de Henry James. De a poquito para que no se note el efecto y para que nadie advierta la tendencia. Apretando el crique suavemente para que no se rompa la rosca, como saben los mecánicos y los dentistas.

Cuando se los confronta con las inevitables consecuencias de estas decisiones, los neomarxistas dejan aflorar su verdadera personalidad y aceptan abiertamente que es hora de que los que más tengan más contribuyan. Es decir, no se trata de economía, se trata de sacarle el patrimonio a los demás, un despojo en toda la línea aunque se haga bajo el amparo de la democracia, perdón, de la poliarquía.

Otra vuelta de tuerca. Que también se quiere aplicar en lo político. No conforme con el desaguisado que implica una ley de lemas encubierta, esencial a la conservación del poder por parte del Frente, ahora, como si se tratase de grandes patriarcas con grandes logros y grandes éxitos y de prohombres juristas, el Plenario frenteamplista intenta modificar la Constitución. No sabe qué, ni por qué, ni cómo, ni cuándo. Pero la quiere modificar para que perduren las insensateces cometidas. Exactamente lo mismo que hizo canallescamente Cristina Fernández de Kirchner, que no es comunista ni nada, pero es ignorante, populista, totalitaria e irresponsable.

No hace falta ser un genio, tampoco, para saber el rumbo que puede tener un cambio en la Constitución, ni ser un adivino para advertir que el mecanismo electoral será convenientemente manoseado para obligar al voto poliárquico en montón. Tampoco hace falta demasiado talento para colegir las consecuencias de semejante cambio.

Mientras tanto, se buscan inversiones como si se creyese que los inversores no perciben estos disparates, y se promueve la firma de tratados comerciales seguramente creyendo que los que compren no pedirán nada a cambio. Y sobre todo, con el convencimiento que con la creciente rigidez laboral y salarial se podrá ser competitivo.

Si no diera rabia provocaría algo de ternura percibir semejante inocencia en la lectura del mercado global, como cuando se considera un gran triunfo diplomático haber demorado el cachetazo a Venezuela para “no caer en las manos de Argentina y Brasil”, un infantilismo conceptual preocupante. No menor a la creencia de que refugiarse en el articulado meticuloso y enredado del Mercosur los protege de sus socios malvados o a la idea de que basta eliminar la cláusula 32 para poder negociar con el mundo, cuando no hay voluntad ni flexibilidad para ello.

Es inquietante que todavía la sociedad oriental no perciba exactamente el rumbo que se está tomando y hasta siga creyendo que sus leyes son las más avanzadas del mundo en materia laboral y hasta impositivas, por ejemplo. Evidentemente el populismo y su dialéctica confunde aún a los más preparados.

Porque de una vuelta de tuerca por vez, se lleva a Uruguay a venezolanizarse, sin remedio ni opción. Quien crea que esa definición es exagerada, no entiende los mecanismos de la decadencia, ni la deliberada pauperización a la que se somete a los pueblos para dominarlos. Hace pocos años, nadie creía que Venezuela estaría donde está. Todavía el Frente sigue creyendo que la nación bolivariana se está liberando y que los golpistas de derecha quieren impedirlo.

The Turn of the Screw. Otra vuelta de tuerca. Mejor decirlo en español.