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Publicado en El Observador  05/07/2022





Entre la limosna obligatoria y el impuesto infinito

 

En su eterno día de la marmota, Argentina vuelve a intentar la fórmula con la que fracasara tantas veces: el socioperonismo voluntarista y la lealtad militante

 


















Una breve descripción de la nueva ministra de Economía argentina, Silvina Batakis: se trata de una burócrata con muchos años en el Estado, de mala gestión durante la gobernación en la Provincia de Buenos Aires del también malísimo Daniel Scioli. De su gestión, sus acciones, su actuación política previa, sus declaraciones, sus escritos y tuits, es fácil afirmar que cree en la emisión monetaria sin consecuencias inflacionarias, en el aumento de impuestos para subvencionar a las clases pobres, en el aumento de retenciones al campo y es una militante peronista ferviente que funcionará como amanuense de Cristina Kirchner. Mencionada antes de la mascarada del domingo como una alternativa de emergencia, se debió recurrir a ella luego de que el gobierno y la jefa del peronismo argentino se encontraran con un escenario absolutamente previsible en el que ningún economista serio y respetado aceptaba hacerse cargo de la doble bomba de tiempo que estallará: la económica y la política. 

 

Cristina y su hijo reinan ahora en ambos frentes. Y ambos frentes llevan a un porrazo fatal. El redistribucionismo, la emisión de pesos para generar la sensación de riqueza, el apoderamiento de todo ingreso o ahorro visible, el cepo al dólar, la burla al Fondo Monetario y el reciente acuerdo y el plan de usar el populismo para volver a ganar la adhesión necesaria para que un nuevo candidato designado triunfe en las elecciones presidenciales de 2023. El Maquiavelo de cabotaje, Sergio Massa, tampoco quiso hasta ahora arriesgarse a ser el Jefe de Gabinete de un gobierno moribundo. Cristina y los gobernadores tienen chances nulas de conformar el consenso político o Acuerdo Nacional que todos los opinadores consideran fundamental para encontrar un punto de inflexión al desastre que ellos mismos provocaron. Massa no lo ignora y su patriotismo no alcanza para inmolarse en semejante sacrificio. 

 

El divorcio entre la realidad y el relato peronista – todo totalitario tiende a creerse sus propios mitos - se notará en el dólar paralelo, cuya distancia del tipo de cambio oficial puede alcanzar niveles siderales. También en las góndolas vacías de los supermercados, en la desinversión de lo poco que queda, y en una recesión que será una mala recesión porque no será parte imprescindible de un proceso sanador sino de la recaída en viejos y errores y viejas ignorancias. La ex clase media argentina padecerá aún más la redistribución de pobreza inherente a estos modelos que mezclan el facilismo del reparto de bienes ajenos con la ignorancia deliberada o fingida, con la negación de las consecuencias económicas y los efectos de las propias acciones. El modelo de inimputables, tanto por su corrupción como por sus medidas. La clase baja está drogada textual y simbólicamente, sumergida hasta el vasallaje.  Los mercados, y el FMI, incluyendo sus principales socios, pueden jugar un papel lapidario en el futuro inmediato (lapidario viene de lápida).

 

Si bien Argentina, y el peronismo, colaboran a caricaturizar la realidad, a exagerarla tangueramente y a transformar en sainete las consecuencias de sus errores, no se deberían desperdiciar ni minimizar las lecciones que este proceso brinda, ni atribuirlas solamente al mecanismo payasesco del dúo Kirchner-Fernández y su troupe. 

 

Lo que le ocurre y le ocurrirá al país vecino es la inexorable consecuencia de intentar redistribuir la riqueza por decreto, usando la lapicera - diría Cristina. La creencia de que el impuesto sobre cualquier manifestación de capital que se encuentre a mano es una herramienta válida para apoderarse de los bienes ajenos, relativizar el derecho de propiedad, y repartir platita ajena alegremente a los pobres y a los postergados vaya a saber por quién, la amenaza permanente sobre cualquier ganancia empresaria o ahorro personal con el formato que fuere, gravámenes, tipo de cambio controlado, retenciones, no tienen ningún efecto negativo. Ni siquiera hace sentido volver a mencionar la absurda convicción de que la emisión sin correlación con la producción no ocasiona inflación creciente, despropósito suicida. Ni sirve advertir a los supuestos beneficiarios, los pobres y desiguales, que esos intentos boligráficos que parecen populares terminarán empeorando su situación, no mejorándola. El resentimiento y la desesperación llevan a más mendicidad feudal. 

 

Aunque no al mismo ritmo veloz acelerado de vodevil argentino, único en su género, las consecuencias del uso de la lapicera sin correlato y sin crecimiento previo, se hacen sentir siempre y en todo lugar. La confiscación o la prepotencia impositiva también. Porque ciertas leyes económicas, ciertos resultados, no son eludibles con ninguna teoría disponible con validez académica. El ataque contra la producción, el ahorro y el capital que en nombre de la justicia social y la equidad emprendió el peronismo franquicia Kirchner, llegan siempre a este mismo final, cualquiera fuera el que lo intentase, o el país que lo hiciera. Siempre se puede argüir que se ha descubierto un impuesto, una retención, una Renta Universal, una limosna obligatoria manejada por burócratas que no tiene efectos negativos. Es falso. Siempre se termina como Argentina. (Válido para Gran Bretaña, Europa, EEUU y Uruguay también)

 

El modelo es el de la Patria Grande, cuyos resultados se pueden verificar en los países que más han avanzado en la profundización del uso de la lapicera y en el tiempo. Sin excepción. Y no se trata solamente de consecuencias económicas. También se llega a la grieta política. La misma que hace hoy imposible un acuerdo de fondo en el vecino, tanto entre sus políticos como en la sociedad. La misma que hace huir y exiliarse a los individuos que quieren producir, trabajar, estudiar, progresar, de todos los países invadidos por el repartismo. No hay acuerdo posible, ni siquiera el pacto democrático, cuando una mitad quiere vivir a costa de la limosna obligatoria de la otra mitad. Sin excepciones. 

 

Por supuesto que se puede sostener que Argentina es una excepción, y hasta gozar de su tragedia. Sería un error. Sería caer una vez más en el “a mí no me va a pasar, porque yo lo haré mejor y no fallaré”, un paso de soberbia prolegómeno de la pobreza general y la sumisión al Estado burócrata.