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OPINIÓN | Edición del día Martes 23 de Agosto de 2016


Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Inversión, no proteccionismo estatal


La posibilidad de una nueva radicación industrial de UPM, con todas sus implicancias positivas y sus complejidades, enfrenta a Uruguay a una de las tareas que le resultan más difíciles: negociar con una empresa privada, entenderla, digerirla, y conseguir que invierta y arriesgue.

Como pasa en otros países emergentes, o casi emergentes, la renuencia del socialismo vintage a comprender que la única posibilidad de crecimiento y bienestar es el capital privado resulta paralizante y culmina en la elección de las peores opciones.

Esto no implica creer que todo lo privado es bueno, pero si evita terminar asociándose con la peor cara del capitalismo, de lo que sobran ejemplos locales, que no hace falta enumerar o cayendo en el endeudamiento para inventar seudoempresas estatales o paraestatales conducidas por una estudiantina en dulce montón.

Lo que tiene por delante el presidente Vázquez y su gobierno, es una negociación lisa y llana, que parece que está en el final, pero que recién empieza. Entran allí los componentes clásicos de estas instancias, con sus pros y contras. El problema sería si además de negociar con UPM, debiera negociar con la auditoría permanente de tábanos marxistas, en el raro cogobierno que le impone el tumulto partidista poliárquico.

Y ese es el mayor problema, porque la contraparte conoce esa situación y será usada para torcer la mano oriental, como toda debilidad. También la rigidez-tozudez ideológica impedirá la apertura mental imprescindible para que una negociación sea exitosa y redituable para ambas partes.

Esta columna ya ha citado el comentario del presidente en oportunidad de la campaña para su primer mandato: la pobreza y la necesidad de empleo condena a los países con pocos recursos a postergar sus preocupaciones ambientales. También debería postergar la declamación anticapitalista.

Es fundamental sacar del medio la obsesión antiprivada para poder analizar con claridad las opciones y conseguir el mejor resultado, que puede ser muy bueno con el enfoque adecuado. Porque, pese a lo que diga la empresa finlandesa, sus opciones no son infinitas. Su estrategia, como la de otras corporaciones en la mira de los cuidadores del medioambiente, es trasladar la etapa polucionante de su producción fuera de su país.

Eso significa encontrar un entorno de forestación programada, en lo que Uruguay ha hecho un trabajo descollante y estratégico, que no es tan fácil de hallar disponible, y contar con las adecuadas vías y caudal de agua, que no se construyen con la facilidad de un camino o un ferrocarril, lo que solo implica dinero.

De ese lado de la evaluación, el hecho de ya tener una operación local también pesa en cualquier decisión de radicación, tanto por el ahorro inherente como por la ventaja de estar familiarizado con las leyes y costumbres y los organismos de contralor. Es decir que las opciones no son tantas como dicen los finlandeses, lo que ayuda a poner ciertas exigencias.

En este punto es trascendente que cualquier cálculo de inversiones se haga basado en el aporte al empleo y al crecimiento de la nueva planta sobre bases continuas y constantes, no sobre el incremento de la demanda laboral de 8.000 puestos durante el período de construcción, una ilusión de corto plazo.

Estos presupuestos permitirán tener más comodidad para sentirse seguros en algunos requerimientos. Uno de ellos, como se ha sugerido en otra columna en El Observador, es no extender el régimen de zona franca a esta actividad, un encuadre ciertamente forzado, que hace de Uruguay con toda injusticia una maquiladora, absolutamente fuera de la actualidad económica mundial y de la proporción del aporte ecológico y de materia prima que realiza.

Otro punto obvio que seguramente se está teniendo en cuenta es la posibilidad de negociar que se agregue alguna etapa más en el proceso de producción, para generar algún aporte más trascendente al empleo y al crecimiento. Esto iría en línea con la idea de salir de la condición de factoría que se plantea en el punto anterior.

Es de suponer que el gobierno dispone de estudios comprensivos y ciertos del impacto integral actual de la actividad de producción de pulpa sobre el Producto Bruto, y si no lo tiene debería tenerlo, ya que es un elemento esencial para cualquier negociación. Porque el otro tema en discusión, la mejora de la infraestructura y el tendido de una línea ferroviaria que funcione, también requiere creatividad y muchas negociaciones.

Sería un grave error endeudarse para construir un ferrocarril ad hoc y mejorar un puerto, y más grave hacerse cargo de su operación. Hay otras opciones más adecuadas, tanto dentro del paquete de discusión con UPM como en el mercado internacional. Justamente por estas variantes es que tiene validez la reflexión del principio. Los estatistas aman el endeudamiento, porque así el que construye es el estado, lo que permite extraordinarias oportunidades al sector contratista. Y no se engañe, eso no pasa en Argentina solamente, como le han hecho creer. Hay ejemplos locales de sobra, si mira bien.

Hacer esas obras solamente para conseguir la radicación de una nueva planta suena a dislate imposible de justificar financieramente. Ese emprendimiento debe estar dentro del cash flow de la pastera. De lo contrario será una forma de proteccionismo estatal tan nociva como cualquier otra, con un costo por empleo indefendible.

Y luego vienen los aspectos ambientales y la eterna discusión con Argentina, que tiene aspectos válidos y aspectos ficticios. Pero que requiere algún tipo de acuerdo y relación más profunda que un asado o un lejano mundial de fútbol y que de paso puede crear algunas oportunidades interesantes.

Este repaso superficial muestra la complejidad de la negociación, si se hace bien. Por eso es que me permito sostener que el Ejecutivo necesita, sin resignar los controles institucionales, un amplio margen de acción en este tema, que además debe ser perceptible para la contraparte. La mochila de una asamblea permanente detrás de cada propuesta sería carísima, entorpecedora y seguramente carente de ideas superadoras.

El concepto de innovación, creatividad y toma de riesgos como modo de crecer, también se aplica a las negociaciones. Esta instancia requiere de esos atributos. Y también de confianza en las propias capacidades. Como en todos los órdenes. 


OPINIÓN | Edición del día Martes 16 de Agosto de 2016


Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador


Despeje expeditivo: deuda 

Es sabido que un relator deportivo dice “despeje expeditivo” cuando el central le da un patadón al balón y lo manda 50 metros lejos del arco, sin importar lo que pase luego, sino resolviendo la urgencia de la instantaneidad.

En términos económicos, el despeje expeditivo es el endeudamiento. Cuando no se puede bajar el déficit, cuando la presión populista desde dentro del gobierno, desde la oposición y desde la gente es muy grande, cuando para parar la inflación hay que crear recesión y desempleo o para crecer hay que crear emisión vía inflación, la solución de emergencia que deja conforme a todos, por un tiempito, es patear la pelota para más adelante, lo más lejos posible: tomar deuda.

Argentina no tiene en su gobierno un genio como Messi que haga magia, ni un metedor como Suárez que haga goles, pero sí tiene una hinchada que no quiere perder, no importa cómo. En esa línea de pensamiento homínido, los argentinos no queremos pagar las tarifas energéticas que corresponden, cosa que sí estamos dispuestos a hacer con el celular, el cable, la wifi y otras conquistas sociales. El país sigue soñando que tiene autoabastecimiento energético.

El gobierno ha claudicado al dejar incólume el gasto –suponiendo que alguna vez haya tenido voluntad de hacer lo contrario–. Debe bajar impuestos y reactivar si quiere tener alguna oportunidad de mejorar el empleo y de ganar las elecciones clave de 2017. En medio de ese panorama y ante el abismo presupuestario e inflacionario que se abre si no puede subir las tarifas, oscila entre la amenaza de cortar la obra pública –un tiro por elevación sobre el área chica de los gobernadores– y la idea de emitir más deuda externa.

Debe recordarse que tomar deuda es un camino que tiene despejado tras la vaga autorización de endeudamiento que le otorgara el Congreso, con lo que le resultaría más fácil conseguir US$ 6.000 millones por año que lograr que los argentinos paguen un promedio de US$ 20 de luz por mes.

Tampoco es muy factible postergar el plan de obra pública, por lo menos en la concepción de Cambiemos, que tiene cifrada allí su esperanza de aumento de empleo en los sectores de menos especialización y sobre todo, su mayor poder de negociación con el peronismo y sus gobernadores e intendentes pragmáticos.

En un mundo de bajas tasas y crédito largo, la opción de endeudarse es tentadora para cualquier gobierno y en el caso de Argentina, más fácil, porque el nivel de deuda externa es bajo. No podía ser distinto, tras el desastre que Cristina Fernández de Kirchner llamó “desendeudamiento”, una mezcla del colosal default de 2001, el pago al FMI a pedido de ese ente, que se vendió como épica, el regalo al Club de París de US$ 3.000 millones y otras insensateces , para no llamarlas de otro modo, que costaron carísimo.

Pero tal opción es una falacia. Tomar deuda externa implica una cuestión práctica: convertir esos dólares a pesos para pagar gastos u obra pública, da lo mismo. Si el Estado decide venderlos en el mercado como cualquier vecino, valorizará de tal manera el peso que el crecimiento, la inversión y el empleo serán imposibles y la exportación de valor agregado será cero.

Si en cambio decide emitir y quedarse con esos dólares en las Reservas, la emisión tendrá el mismo efecto que cualquier otra emisión: será inflacionaria, que es lo último que se necesita. Tal disyuntiva también es válida en el caso de los pagos que se originarán en el blanqueo mágico. En ese caso, se pagaría una tasa de interés sin contrapartida alguna.

La concepción teórica de que tomar deuda para infraestructura aumenta la productividad es una especulación muy de largo plazo en el mejor de los casos. Peor aun si, como es sabido, la obra pública de mi país contiene 30% de robo y otro 30% de impuestos, o sea más robo. De modo que el efecto de esa supuesta inversión virtuosa se diluye en el tiempo y estalla en el corto y mediano plazo.

Tampoco ha demostrado ser cierta la conveniente teoría de que si la entrada de dólares atrasa la paridad cambiaria, ello obra como ancla monetaria de la inflación. Desde Martínez de Hoz en la dictadura militar de 1976 hasta Kicillof en la dictadura de precariedad de la década ganada, pasando por Cavallo en su dictadura jurídica de los años 90, esa teoría ha estallado siempre y conducido a defaults múltiples y a desempleo. Por qué ahora sí funcionaría tal vez pueda explicarse por una intercesión de Francisco.

Eso deja una opción única: la realidad. Se debe crear empleo privado, bajar la pobreza y aumentar el bienestar, bajar el gasto y los impuestos, restablecer los términos relativos, empezando por las tarifas –elemental– y tener proyectos que solo nacen cuando se empiezan a discutir los temas en serio. Para nada de todo eso hace falta tomar deuda.

Se podrá argumentar que cualquier entrada de dólares subirá el valor del peso. Cierto, las exportaciones, por ejemplo. Por eso es vital bajar los recargos y protecciones y abrir la importación, que resolverá ese problema, bajará la inflación y mejorará notablemente el bienestar. Por supuesto que el gran empresariado odia esa idea y ama la deuda. Para los prebendarios proteccionistas, todo lo que esta nota sostiene cae bajo la guadaña de la calificación de fundamentalismo económico.

Ahora viene donde usted me pregunta qué conclusión puede sacarse de todo esto que le resulte útil a Uruguay. Salvo el reemplazo de “empresariado” por el de “empresas del Estado” , las consideraciones técnicas son igualmente válidas. El resto es solo una cuestión de matices y de velocidades.

Suárez y Messi juegan en el Barça, no en el Río de la Plata. Llegue cada uno a sus conclusiones y haga sus propias comparaciones, pero por las dudas, no saque platea Olímpica: los despejes de los centrales tienden a ser tan expeditivos que se puede comer un pelotazo. l

OPINIÓN | Edición del día Martes 09 de Agosto de 2016

Por Dardo Gasparre - Especial para El Observador

Las mil caras del estatismo 

Es muy difícil en una sociedad restaurar la relación de precios de la economía. La alineación de esos términos de intercambio es pacífica, continua, invisible y constante. Su equilibrio es vital para la convivencia, y también para la inversión, el ahorro y la planificación pública y privada.

El populismo, el socialismo vetusto, el proteccionismo y el progresismo –formas del estatismo – necesitan jugar súbitamente con esos términos con controles, precios máximos, matrices de insumo-producto, prepotencia, intervencionismo o vía empresas del estado.

Si a eso se agrega la inflación y las leyes que eternizan los desajustes y rigidizan el desequilibrio, el daño es de largo plazo. Tal el problema que enfrenta Argentina, el mayor desafío para Macri: restablecer los términos relativos. La población en general no percibe el problema de este modo porque razona con precaria conveniencia: quiere que no suban los precios que bajaron, que bajen los precios que subieron y que su ingreso aumente.

El resultado es una puja desordenada y dura. Por eso es pueril pedirle al gobierno que “aplique un sistema tarifario justo y gradual”, una manera de torpedear cualquier solución. Al consumidor no le interesa oír que pagará la cuarta parte de lo que paga un usuario uruguayo o un brasileño por la energía, o que la factura de luz es la mitad de lo que paga por su celular o su cable. Protestaría aún cuando el mismísimo Salomón dictaminara cuál es el valor correcto del kilovatio o el metro cúbico de gas.

Todo empeora cuando entra la discursiva de los políticos, casi siempre culpables de lo que se intenta resolver, y los ideólogos de la lucha contra la desigualdad y a favor de vivir con lo nuestro, casi siempre idiotas útiles.

La lucha es total y final. Decidido a no bajar el gasto, Macri sabe que debe restaurar esos equilibrios para lograr la inversión que permita el crecimiento y la transformación que lleve a un aumento del empleo, vital para su plan y para el país. Tropieza no sólo contra los problemas descriptos, sino contra la aversión del empresario argentino por esa palabra.

Si la inversión es interna, el empresariado prefiere no hacerla él y que la haga el estado y le contrate las obras, que es la manera en que ha hecho su fortuna. Si la inversión es externa, prefiere que no exista, ya que le crea una competencia a la que no puede coimear.

Además de las distorsiones en los precios, salarios, impuestos y tarifas, y detrás de todas ellas, está el proteccionismo. Ahí la cosa no es tan fácil. Macri, como sostuvo esta columna, amamantó desde la cuna ese proteccionismo y su alianza con el estado y los sindicatos, triunvirato eterno del fracaso circular argentino. De modo que los que temen una apertura comercial y se están curando en salud, pueden estar tranquilos, al igual que los que no sabrían cómo vivir si bajara el gasto: ninguna de las dos cosas pasará, lamentablemente.

Desde 1916, en que asumió el primer presidente elegido por voto secreto-universal-obligatorio-Su-Santo-Nombre, hasta hoy, el país nunca tuvo apertura comercial. Salvo en el ventanuco entre 1922 - 1928, siempre se aplicó el criterio de la autosuficiencia, casi una definición del ser nacional. Curiosamente, ese período fue el mejor de la historia argentina, cuando se alcanzó el sexto puesto entre las economías mundiales.

La llegada del nazismo en los años de 1930 y la del fascismo militar-industrial con Perón, con la ayuda de la nefasta Cepal, fijó indeleblemente el pacto proteccionista que condena al estatismo, a la pérdida de bienestar y a las crisis cíclicas de inflación, devaluación y a alguna forma de default.

Salvo ese momento del siglo XX, nunca más se aplicaron políticas de apertura y libertad cambiaria, ni con gobiernos de derecha, de izquierda, de cualquier partido, ni dictaduras benignas o malignas. Por eso los ataques que se hacen contra los criterios liberales son dialécticos, carentes de rigor técnico o histórico.

El proteccionismo, estatal o privado le cuesta al consumidor-contribuyente en todo el mundo entre 10 y 20 veces más por año lo que la actividad protegida paga de salarios directos e indirectos. Y esto no es una opinión. Es además falso que una apertura comercial implique la desaparición de esos puestos. Tampoco es una opinión. Las actividades protegidas le quitan a toda la sociedad bienestar y calidad de vida, y posibilidad de crecimiento. Y tampoco es una opinión.

Por supuesto que todo país tiende a protegerse. Pero está probado que la apertura en un solo sentido favorece también al país que decide abrirse. Y es falso el argumento de que países como China ahora o Japón o Corea antes, crecieron en base al trabajo esclavo o a algún mote descalificatorio. Al contrario, todos ellos mejoraron notablemente la calidad laboral, previsional y las condiciones de vida de su gente.

Estados Unidos, ahora cada vez más proteccionista, no ha mejorado sus condiciones de bienestar desde mediados de los años 1970. Europa tampoco, salvo cuando se endeudó gracias al euro, con la precariedad que ahora se ve con claridad.

A pesar de estos argumentos, Macri garantiza la continuidad del proteccionismo empresario, gremial y estatal. Y larga vida a los contratistas del estado. De modo que no hay por qué preocuparse, billonarios de la lucha por la igualdad.

Lo que vale para Argentina, vale también para Uruguay, viene sosteniendo esta columna. Con beneplácito se observa que el presidente Vázquez avanza firmemente en un tratado de libre comercio con Chile, un paso inteligentísimo para su país, atrapado en la misma maraña de dialéctica, intereses creados y conveniente ignorancia que el mío.

Por casualidad, seguramente, Chile, el país más sólido de la subregión, es el único con apertura en serio. Los ideólogos pueden tomarse un tiempo en ponerle un rótulo a este hecho. Mientras eso ocurre, pueden preguntarse por qué en el país trasandino un auto vale la menos de la mitad que entre nosotros, al igual que un plasma o un celular. O por qué su sistema jubilatorio es tanto mejor que los nuestros. ¿Será que su gobierno socialista lo logra sobre la esclavitud, el desempleo y el sudor del pueblo chileno?

Como se ve, no importa si el ideólogo es de izquierda o de derecha. Lo importante es que ayude a los industriales prebendarios, a los entes protegidos y a los líderes gremiales, ¿verdad? 

OPINIÓN | Edición del día Martes 02 de Agosto de 2016


Por Dardo Gasparre - Especial para El Observador

Economía, tango melancólico y milonga triste

Además del insulto fácil y merecido, hay otra posible definición para aplicarle a Donald Trump: encarna el epitafio de la globalización de doble mano de Estados Unidos.

La sorprendente adhesión de los trabajadores de la industria tradicional americana al delirante y fallido serial candidato republicano, condicionará las decisiones del próximo presidente y del Congreso, al mostrar dramáticamente la disconformidad del sistema con la apertura comercial de la que la primera potencia mundial fuera pionera y motor.

La elaboración sobre el desarrollo y los modos de ese proceso de apertura es tema de otras notas, pero el cambio de rumbo mundial, antes esbozado y ahora con una tendencia clara, es un dato de fondo para evaluar el futuro de las economías rioplatenses.

Por el lado argentino se apunta hoy a dos objetivos únicos: el éxito del blanqueo de patrimonios y el crecimiento. Los dos tienen grandes signos de interrogación. Por muy exitoso que fuere el blanqueo, esa “lluvia de dólares” no se transformará en inversión salvadora, por lo menos mientras no se den muchas otras condiciones para ello. Una lluvia de inversiones puede generar una lluvia de dólares, pero lo opuesto no se verifica.

El impuesto que se percibirá por la regularización patrimonial puede ser alto, entre US$ 5.000 millones y US$ 7.000 millones, pero si se usara para financiar gasto de cualquier tipo –como se informó– terminará en una baja del tipo de cambio o en una fuerte emisión; ninguna de las dos resultantes conducen a un final positivo.

La cruda realidad es que, tal como anticipáramos hace meses en esta columna, el gobierno de Cambiemos no bajó el déficit, sino que lo aumentó y desperdició así los seis meses de amor con la sociedad. Los depredadores del presupuesto reinan hoy en la opinión pública, tanto del lado sindical como del empresario. El gradualismo fue el nadismo, como no era difícil pronosticar.

Queda entonces el crecimiento como opción válida, que está condicionada internamente por el alto costo laboral, impositivo e inflacionario del país, que aleja inversiones propias y extrañas y torna la competencia en declamación. A eso se une la reticencia ahora mundial de los que han ganado algo y no quieren perderlo y de los que creen que han cedido demasiado y quieren recuperarlo.

Como telón de fondo están las fuerzas del proteccionismo privado, que tiene al propio presidente Macri como firme partidario, que no dará un paso atrás en su épica de defender los privilegios que tan caro le cuestan al consumidor y al contribuyente, en definitiva a la sociedad. Por eso Macri, en su discurso del sábado pasado en la inauguración de la muestra de la Sociedad Rural, puso énfasis excluyente en la necesidad de que el agro se industrialice aún más para ayudar al crecimiento y la exportación. No puede pedirle lo mismo a la cómoda industria argentina, infantilizada hasta el autismo por el bondadoso manto de la protección del estado. El campo no será suficiente para alimentar el sector prebendario industrial y al sector público. Ese es el eterno dilema, con el eterno resultado.

A Uruguay le pasan las mismas cosas, como siempre decimos, aunque en otra velocidad y con menos dramatismo. Y con algunas diferencias teóricas, pero con consecuencias similares. El proteccionismo argentino es privado. El estado existe para ser explotado por los privados (gremios y empresas) y para garantizar esos privilegios con perjuicio directo del trabajador no estatal y el productor de riqueza.

En el caso uruguayo, el proteccionismo es del Estado al Estado. Las empresas que se protegen son las públicas, y si obtiene ganancias, como en el caso de algunas de las empresas de servicio, son ingresos que entran a las arcas nacionales. La tarifa funciona como un impuesto. Las víctimas son las mismas.

Los dos sistemas terminan por ser injustos e ineficientes. Ahuyentan la inversión, la laboriosidad, la creatividad, la innovación, la competencia, el empleo privado y el crecimiento. Terminan por llegar a niveles de presión fiscal-inflacionaria insostenible, a promover el atraso y el desempleo.

A este diagnóstico se suma ahora el retroceso en la tendencia a la apertura global, que seguramente servirá de excusa, una vez más, para mantener incólume el statu quo. Sin embargo, lo racional e inteligente sería impulsar de todas maneras la apertura de mercados. Eso dice la ortodoxia económica, la experiencia, los ejemplos exitosos de los últimos siglos y la realidad evidente que nos rodea. Y ello tiene especial validez para los países más pequeños y menos desarrollados.

Un dato paradigmático: Argentina comienza hoy un sainete de huelgas de docentes en buena parte del país. Son reclamos gremiales, que nada tiene que ver con la educación y menos con la excelencia. Sólo una repartija miserable.

Uruguay nos sorprende también con la idea de quitar estímulo a las contribuciones del sistema privado que posibilitaban las becas a las universidades privadas. Una extraordinaria manera de fomentar el elitismo educativo que supuestamente se intenta eliminar, en nombre de las cuestiones programáticas. (La dialéctica es el alma y el arma del marxismo.)

Justamente una enseñanza superior de excelencia sería la estrategia más importante que podrían usar los dos melancólicos hermanos para salir del atolladero descripto en esta nota. La innovación es función directa de esa excelencia, y el clave valor agregado de la producción es función de ambas. No se saldrá de la mediocridad exportando dulce de leche.

Por supuesto que no lo haremos. Ni en una orilla ni en la otra. Lo que muestra que el fracaso no tiene que ver con la ideología. Se puede fracasar por izquierda y por derecha. Curiosamente, con la misma fórmula.

OPINIÓN | Edición del día Martes 26 de Julio de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Eligiendo al capitán del Titanic

En un relato dialéctico de manual, el Frente Amplio ha transformado en celebración haber convocado a poco más de 90 mil votantes. Con el entrenamiento de alta exigencia en celebraciones de la nada impartido por Cristina Fernández de Kirchner, esta columna no se engañará por prestidigitaciones. Sin embargo, este pase de magia no es el tema principal de la nota.

La izquierda, el marxismo o como se le quiera llamar, nunca ha tenido en el mundo una teoría económica basada en parámetro serio alguno. Solamente un conjunto de ensoñaciones, reclamos, declamaciones, acusaciones y demandas que le permitiesen apoderarse de los patrimonios ajenos y distribuirlos a su arbitrio. Lo mismo ocurre con la izquierda uruguaya.

Tampoco el comunismo antes y sus primos ahora tuvieron una propuesta de organización política orgánica. Simplemente han tratado de tomar el poder o una parte de él por cualquiera de los métodos disponibles, legales o ilegales, de modo de poder aplicar sus principios a ultranza. En una comparación con la medicina, el marxismo no es un médico, sino un curandero voluntarista y precario. Con los mismos resultados.

Si se quiere prescindir de los conocimientos y fundamentos técnicos y recurrir a los resultados concretos de aplicación, el balance es todavía peor y muestra el efecto de los gobiernos de manosantas. Desde la URSS a Cuba, desde China a Vietnam, la ensoñación marxista fracasó sociopolítica y económicamente. (No usaré el fácil ejemplo de Venezuela por ser demasiado obvio.)



El caso emblemático de Suecia, esgrimido como paradigma por los teóricos superficiales, terminó en un fracaso estrepitoso en los años de 1990, del que se salió justamente cuando se utilizaron conceptos y fundamentos de la economía ortodoxa, ajuste incluido.

Lo que se conoce como socialismo moderno no guarda ninguna relación con los modelos de izquierda histórica, ni en lo político ni en lo económico. Alcanza con repasar los casos de gobiernos exitosos de esa línea para comprenderlo. El Frente Amplio no se encuadra en esta definición, ni quiere. Defiende su obsolescencia nostálgica como un credo que repite hasta languidecer y morir.

Este marxismo-socialismo uruguayo es un caso único en su género, probablemente el último espécimen de la construcción del materialismo dialéctico que creyó poder reemplazar la realidad con un silogismo mágico por el que, si se destruían la riqueza y la ganancia se eliminaban sus supuestas consecuencias: la pobreza y la injusticia.

Pero no es solo en lo económico que se aplica el relato mitómano, también en lo político. Es falaz la afirmación de que el confuso y abigarrado experimento político de hoy es democrático. Bajo el eufemismo de que se trata de una poliarquía –una suerte de utopía de salones elitistas angloyanquis del siglo XVIII– se ha transformado el sistema constitucional en un mecanismo de gobierno por amontonamiento, donde todos opinan, presionan, deciden y sancionan.

No importa en ese sistema el nivel de representación de cada sector o persona. Es una suerte de griterío, de tribuna futbolera donde todos insultan, dan recetas sobre la formación del equipo, quieren cambiar al técnico, y si se cuadra, se ponen los cortos y salen a jugar. Por eso se termina en un triste espectáculo como el del PIT-CNT haciendo un paro contra el presidente y aun contra su propio Frente Amplio y celebrando el éxito de haber paralizado el país.

Todo ello, bajo el lema de que esa construcción representa y defiende la tradición democrática y socialista de Uruguay. Cabe preguntar: ¿eso creen los uruguayos?

El resultado está empezando a notarse. Tras haber desperdiciado el mejor momento económico de la historia sin construir nada, solo populismo, la realidad golpea a la puerta con la factura en la mano. La ignorancia económica se nota en todo su esplendor. Pero el Frente Amplio solo sabe pedir, como un chico.

En esas circunstancias, algo más de 90 mil ciudadanos eligen al nuevo capitán del barco chocado y escorado, que guiará los reclamos, los pedidos de más impuestos, aumentos de salarios y trabas comerciales y completará la destrucción de empleo privado al imposibilitar cualquier flexibilización imprescindible.

Hay quienes esperan de este proceso electoral un recambio de dirigentes. Aun cuando ello ocurriere, es una esperanza irrelevante. Lo que hay que cambiar es el modelo, la concepción perversa que ha sufrido el sistema democrático y en términos puntuales, la planificada ignorancia económica de este marxismo nocivo y perimido. Es ese modelo político y socioeconómico lo que hay que reemplazar, no ya los dirigentes. Salvo que se lograse que lo condujera Stalin, por una cuestión de coherencia, metodología y unanimidad.

El presidente Vázquez tomó la inteligente decisión de no concurrir a votar ni participar de este proceso electoral. Hace bien. Por una cuestión de respeto institucional, porque su misión y su lealtad debe ser para con su sociedad, porque tiene la tarea superior de llevar a Uruguay a un destino superador, y porque debe procurar alejarse de los viejos barcos que se hunden, por su bien y por el bien del país cuya ciudadanía sí lo ha elegido democráticamente. 

OPINIÓN | Edición del día Martes 19 de Julio de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

La ignorancia, el real opio de los pueblos 

Hubo una época en que Argentina tenía el mejor sistema educativo al sur del río Grande. Ello la llevó a la riqueza y al bienestar. Nadie en América tenía mayor movilidad social. La pionera educación gratuita, laica, universal y obligatoria fue un fenomenal elemento integrador, creador de oportunidades y ascenso social y económico.

El sueño del inmigrante que estereotipara genialmente Florencio Sánchez se hacía realidad. La escuela era naturalmente un conjunto social de cohesión y unidad. Coincidían en ella todas las clases sociales, las creencias y las ideas.

El liceo era una etapa de maduración y aprendizaje, todo en cuatro horas por día, y los colegios privados sólo eran el lugar de refugio de aquellos que no habían hecho el mérito suficiente como para alcanzar las metas colectivas. Era natural en ese tiempo que un alumno repitiera el grado si no alcanzaba las calificaciones necesarias.

Nadie cuestionaba que si se reprobaba en marzo dos materias, el año debía repetirse. Ni siquiera existía la posibilidad de llevar materias previas. La educación era de excelencia y era para todos. Quienes estudiamos desde la modestia del hogar de un asalariado, somos testigos de esas garantías que daba el sistema.

Las universidades eran pocas, siguiendo el concepto de concentración del conocimiento en polos, pero también gratuitas y abiertas. La educación secundaria permitía muchas veces no requerir un examen de ingreso, sin temor a que los alumnos no estuvieran capacitados para comprender lo que se enseñaba en el Ciclo Superior.

La Universidad era también solidaria. Sesenta por ciento de los profesores de la Universidad de Buenos Aires ejercían ad honorem. Era un honor y un compromiso devolver de ese modo lo que se había recibido. Y un compromiso para el alumno.

Las escuelas de oficios eran una solución para quienes no podían completar una carrera universitaria. Las pymes argentinas, una enorme fuente de recursos, empleo y crecimiento, todavía se asientan en la cultura y el orgullo del oficio.

Esta descripción parecería idílica si no estuviera avalada por la realidad de un siglo, de la que aún muchos sudamericanos disfrutan residual y gratuitamente y sobre la que se cimentó el desarrollo que se sostuvo tantos años.

Un día, al conjuro del discurso de un dictador populista, entró al sistema educativo el virus mortal de la inclusión. El concepto luce socialmente impecable. Hasta que se intenta aplicar. Allí se descubre que se trata de reemplazar el esfuerzo y el mérito por una dádiva. Entonces se baja la vara y los requisitos, y el juego consiste en aprobar a mansalva con prescindencia del conocimiento, en exigir menos y en enseñar nada. Una escenografía.

Se trata en definitiva de conseguir estadísticas para exhibir, con prescindencia de la formación del niño o el joven. Una estafa a la sociedad y a los individuos. Una falta meditada de estímulos a la excelencia y a los más capaces. Una pérdida de soberanía educativa gravísima.

Entra ahora el gremialismo docente (no los docentes) que desprecia la vocación de enseñar y por ende la de aprender, que niega el valor de las evaluaciones como las pruebas PISA o cualquier otra, a las que ve como un capanga esclavista. Su sola presencia, en cualquier parte del mundo, termina por destrozar la educación. Solo países muy evolucionados, o con gobiernos tiránicos, están logrando sobrevivir a esta combinación de seudoinclusión y corporativismo que torpedea la formación de los jóvenes.

La ley educativa argentina aprobada en 1994 por unanimidad, entroniza a las gremiales y sepulta toda esperanza para los estudiantes y para el país. La educación ha sido así condenada a ser elitista, desintegradora y para privilegiados. El resto tendrá –con suerte– títulos en los que nadie creerá. El mismo valor y credibilidad que el título universitario de la expresidenta. La educación pública de mi país es hoy una colosal estafa económica, docente y social. Una maquinaria de producir vasallos.

¿Y por qué estas reflexiones sobre la educación argentina, que poco importan en el medio local?

Porque Uruguay es en este plano muy similar a Argentina. Por muchos años su sociedad estuvo orgullosa, con justa razón, de su educación elemental gratuita, cuyo paso natural iba a ser avanzar al ciclo del liceo.

Hasta que llegó la inclusión y también el concepto de no humillar al alumno poniéndole notas, como si todos los que se formaron en la excelencia y el mérito hubieran sido galeotes. Una suerte de garantismo, como en la justicia penal, pero aplicado a la educación. La excelencia pasó así a ser una manifestación de elitismo, de carné de oligarquía, cuando en realidad es el máximo elemento igualador y creador de progreso y movilidad social.

La izquierda necesita subeducados. Se nutre de ellos y les tiene que injertar su dialéctica y su doctrina como un dogma. El conocimiento y la independencia de la razón y el saber les molesta. Lo que es bueno para Uruguay no es bueno para el marxismo.

Las pruebas PISA en mis dos orillas rioplatenses demuestran la mentira de la inclusión concebida como el facilismo. También demuestran el atraso. Y sobre todo, exponen el cinismo de quienes tienen la responsabilidad del futuro de tanta gente y lo rifan irresponsablemente.

Con motivo del desastre de las PISA, escucho algunas conclusiones indignantes. Así, se sostiene que el problema es que se exige demasiado a los estudiantes. O que se reprueba a los chicos, cuando en realidad se debería aprobarlos sin tanto requisito. O que se imparten demasiados conocimientos. Irreflexiva y livianamente, se afirma que en otros países de la región no se les exige tanto, como si esto fuera una olimpíada de ignorancia.

Se asiste a una reproducción del fenómeno argentino, siempre en nombre de la igualdad, la inclusión, la no humillación del alumno, y la sublimación de la ignorancia en todos sus disfraces y sus eufemismos.

En un mundo en competencia feroz, Uruguay, con recursos que no producen un alto output, con un gasto desproporcionado, un bajo empleo privado y escasas chances de crecimiento, tiene un solo camino posible para el bienestar: el de la innovación y la creación.

Los que tendrán esa tarea son los jóvenes que ahora se están formando. Engañarlos bajando la vara de la excelencia no es educarlos. Es traicionarlos. La educación, de la que la sociedad estuvo orgullosa, debe ser el estandarte del Estado y de todos los orientales.

Inclusión es incluir en la excelencia, en el mérito, en el esfuerzo y en el trabajo. Eso es democracia y solidaridad.

En cambio, la ideología, el facilismo, la mediocridad, el resentimiento y el culto del fracaso son la verdadera humillación a la que se somete a los chicos.

Las pruebas PISA dicen que lo estamos haciendo muy mal. Podemos insistir en más garantismo educativo, en más hipocresía, en más engaños con títulos inservibles. O se puede pensar y obrar con responsabilidad.

Los padres también deben elegir lo que quieren, cosa que no están haciendo en general. Y eso incluye elegir quiénes serán los ideólogos y los hacedores del futuro de sus hijos y de su país. 



Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

El presidente preso

La conspicua ausencia del presidente Tabaré Vázquez en la celebración del Bicentenario entristeció a mis compatriotas. Uruguay es para Argentina un hermano en serio, aunque exista la posibilidad de que la inversa no sea totalmente válida. Nos unen muchos vínculos culturales, deportivos, afectos, rencillas, el tango, Borges, Gardel, la migración de los que buscaron muchas veces una oportunidad laboral en la orilla occidental, y de los que buscaron refugio tantas veces en la orilla oriental, cuando las tiranías democráticas y las dictatoriales apretaron.

Nos unen Florencio Sánchez y Julio Bocca, Cambiaso y Pelón, Les Luthiers y China Zorrilla, La Cumparsita y Julio Sosa, Fattoruso y Charlie, Severino Varela y El Enzo, muchas solidaridades y luchas, muchas alegrías, penas y sueños. Pero nos une algo más: nos une la historia. Y la historia es más fuerte que los hombres, que las ideologías que mueren inexorablemente con el tiempo, que cualquier miedo o cualquier especulación.

La gesta de la Independencia argentina, nació del mismo brote, del mismo árbol que la uruguaya. Desde la batalla de Las Piedras, cuando el colosal Artigas, al mando del ejército de la Junta Grande de Buenos Aires libró la primera batalla común contra el español. Con la epopeya de los 33 Orientales que partieron de Buenos Aires con cuatro argentinos entre ellos, para plantarse ante el portugués.

Otros intereses que no fueron rioplatenses nos empujaron a ser dos países, pero eso no cambia el origen, el sendero común ni el afecto. Cuando en años recientes un gobernador corrupto y una presidente desquiciada intentaron primero aislar a la orilla oriental y luego atacarla económica y políticamente, muchos en la orilla occidental luchamos de todos los modos para oponernos a tales barbaridades y para hacerles saber a los uruguayos que los problemas psiquiátricos de los mandatarios jamás harían mella en la hermandad. Esa hermandad que los propios mandatarios orientales tuvieron que invocar varias veces ante el absurdo.

Sin embargo, no nos ofendimos por esta ausencia de ahora; al contrario, comprendimos. Uruguay tiene hoy un presidente preso, preferimos creer. Preso de una ideología económica y social vetusta, decadente, perdedora. Preso de un sistema político antidemocrático aunque parezca lo opuesto, que lo engrilla con la lealtad a la poliarquía en vez de la lealtad al país, que le impide soñar, volar, crear, como al resto de los habitantes del país.

Preso también del Mercosur, del pasado, de los preconceptos, del estatismo, del proteccionismo, del miedo a competir, de la inseguridad que crea la mano protectora del estado, de la falta de confianza en las propias fuerzas y en las propias capacidades. Preso de la obligación de negociar solamente con Europa tratados comerciales que Europa no quiere ni puede firmar y Uruguay no quiere negociar en serio.

En esas circunstancias, Argentina es una oportunidad, no solo como socio comercial, sino como socio político en un minibloque para salir de un atolladero que no lleva a ninguna salida, salvo a Venezuela y a la pequeñez.

Las medias tintas que usó el presidente Vázquez en este Bicentenario, lastiman a los argentinos. Pero le hacen mucho más daño a Uruguay. Las relaciones rioplatenses no deben estar teñidas de hipocresía, sino llenas de puentes de todo tipo, incluso de puentes físicos. Se dirá que no asistió el presidente de ningún otro país. Tal vez sea posible entender que para Argentina, Uruguay no es “otro país”, simplemente. Vázquez desperdicia esa relación, la transforma en anecdótica, cursi y tanguera.

Es posible que el Frente Amplio esté satisfecho con el desplante que se le hizo a un presidente del otro lado del río supuestamente neoliberal, de derecha y prorricos, sea lo que fuere que crean que significan esos encasillamientos. Sin embargo, esa política va a dejar a la República Oriental en soledad –como es fácil advertir– y cada vez más lejos del futuro.

Como dijera el emblemático Deng Xiaoping cuando impulsó la apertura económica y los acuerdos con Estados Unidos, no importa si el gato es negro o blanco, sino que cace ratones. Pero ni la afinidad ideológica con el líder comunista hace que el Frente libere las cadenas de la prisión a que somete a los funcionarios elegidos por el pueblo. Porque el frenteamplismo no es ya socialista, ni comunista. Es estatista, sin contrapesos doctrinarios de ningún tipo. Su criterio es luchar contra la riqueza, no reducir la pobreza hasta eliminarla. Quiere que el que tiene tenga menos, no que el que no tiene gane más: una filosofía de perdedores, fracasados y resentidos.

En algún punto, con este desplante, se ha caído en la actitud simétrica a la de Cristina Fernández de Kirchner. Ella, presa de su ignorancia y espíritu vengativo. Tabaré Vázquez, preso del Frente Amplio y su lealtad patética a él, no a su país. Distintos grados éticos. Igual nivel de mezquina concepción política.

Se puede argumentar que las relaciones entre países se rigen solo por intereses, no por otros conceptos. Cierto. Justamente eso es lo que reprocha esta nota. El haber hecho pasar a segundo plano los intereses de la Nación, para conformar a las enfermizas supersticiones de la poliarquía arcaica.

Cuando amigos y colegas uruguayos dicen “somos un país chico”, como justificando por qué no pueden volar más alto y más lejos, indigna y desespera. No estoy en capacidad de dar lecciones de grandeza a nadie, pero pareciera que tengo más confianza en los orientales que ellos mismos.

Ese miedo disfrazado de cualquier otra cosa que parezca patriotismo o liberación es el que lleva al estatismo y al proteccionismo. Provengo de un país que fue grande y que gracias a esas prácticas se hizo pequeño. Es por eso difícil callar mientras Uruguay insiste en ese camino que le hará mucho daño en un mundo como el que se perfila hoy.

La ausencia de Tabaré fue triste para Argentina. Debe serlo más para Uruguay.


OPINIÓN | Edición del día Martes 05 de Julio de 2016

Por Dardo Gasparré* Especial para El Observador

Ahora, una constitución chavista

En el último año y medio de su mandato, nuestra señora de Kirchner y sus asociados acariciaron la idea de proponer una reforma de la Constitución. El argumento central era inmortalizar las supuestas conquistas sociales para que nadie osara retroceder sobre semejantes logros e infalibilidades. No lo logró totalmente, pero dejó por otras vías un grave campo minado de serios costos y daños.

Siguiendo con la impronta de la izquierda de copiar las mayores estupideces argentinas, el Frente Amplio avanza ahora con el mismo sueño y parecidos argumentos. Hay un contrasentido notable en esa idea: el populismo suele repartir beneficios en el corto plazo, que son maleficios en el largo plazo. Sería irresponsable condenar a la sociedad al estampar muchas de sus barrabasadas en la Constitución. Y el Frente Amplio –no hace falta ya pruebas– es una coalición populista de la más pura raigambre.

Con los continuos cambios en el escenario mundial, los gobiernos deben hacer lo que más convenga a sus países, no a su ideología. Plasmar esas ideologías sectoriales sobre aspectos concretos en una carta magna es condenar a futuros gobernantes a ataduras que no garantizan ningún derecho verdadero, ni ninguna conquista duradera. Para usar términos más comprensibles, el riesgo es condenar a Uruguay a la parálisis ideológica inducida, tras ponerlo de rodillas dentro de la región y dejarlo sin alternativas.

Porque el Frente, con la unanimidad de sus cuatro presidenciables, quiere justamente embretar a la sociedad uruguaya para que no tenga sino un solo camino: la dictadura a la venezolana. Eso surge claramente de la declarada pretensión de la supuesta reforma de apuntar a la integración con la Patria Grande, un disparate en el que nadie cree y que agoniza antes de nacer por obra de la realidad.

La Constitución ya tiene algunas hipotecas insalvables contenidas, como la garantía ad eternum del empleo público, que se han incorporado como la voz de Dios pero que implican rigideces que tornan muy difícil la adaptación a un mundo cambiante, y que llevan al atraso. Sería grave agregar más rigideces precisas y puntuales, cuando lo que se discute globalmente es la necesidad de flexibilizarlas, no de entronizarlas.

La idea de crear tal herencia jurídica forzosa es antidemocrática, totalitaria y ciertamente poco inteligente, para no decir poco patriótica, un adjetivo que al Frente no le interesa. Se puede esgrimir el falaz argumento de que en el futuro si el pueblo quiere puede hacer otra reforma. Simplemente es mentira y no permitirán hacerlo, con algunos de los métodos del posgrado dictatorial de Maduro. Tampoco suena serio el planteo de legislar cualquier extremismo porque si no funciona se podrá cambiar.

Una constitución no es un manifiesto partidario, ni una imposición de un gobierno a sus sucesores. Por eso es adecuado que trate de principios y garantías, pero no de derechos otorgados al por mayor irresponsablemente, sin contrapartidas ni obligaciones.

Tampoco es el reglamento interno de un partido o de una corriente ideológica o política. Transformar al presidente en una marioneta es una aspiración que es continuidad de algunas incoherencias que ya se han filtrado en el sistema político. El mecanismo de alianzas, el ilegal procedimiento de votación interna vinculante dentro del Frente, el debate permanente y por capas que criban cada decisión, más bien debe ser fulminado por una hipotética nueva constitución, no profundizado. Difícilmente esos procederes puedan denominarse democráticos, a pesar de que se esgrima ese adjetivo como una cruz frente a los vampiros que propongan eliminar la estudiantina gremialista como método de gobierno.

La futura constitución frentista pretende, según confiesan, condicionar al máximo los tratados de libre comercio que tanto temor parecen causar y atar a Uruguay a un mundo imaginario de perdedores. La idea es catastrófica. Plantarla en el texto constitucional es suicida.

Esta vieja confusión socialista de creer que la carta magna es un punteo de deseos y buenas intenciones, una lista de compras de bienestar y comodidad, ha dado terribles resultados y ha condenado a muchos pueblos no solo al atraso sino a situaciones extremas.

Por otra parte, el Frente ha demostrado su incapacidad absoluta para cumplir los compromisos del Estado con la sociedad que sí debería haber cumplido a toda costa: la seguridad y la educación por ejemplo, garantías elementales que ha licuado entre su garantismo, su dispendio y su incapacidad de gestión. Agregar ahora el derecho a la felicidad y similares, como todo populismo, no parece una propuesta seria.

–No es el momento –dicen algunos sectores frentistas para bajar la guardia de la población. Argumento oportunista si los hay, que muestra la poca solidez y convicción de la propuesta, que tiene solamente propósitos continuistas. Nunca es momento para crear semejante grieta en la sociedad oriental, que debe preocuparse y ocuparse de temas más acuciantes y concretos.

Porque al lanzar esta desesperada idea el Frente Amplio está aceptando que su tiempo y su momento han pasado y su oportunidad de realizar el sueño de la vieja guerrilla, el experimento tercermundista obsoleto de fusionar la Patria en la Patria Grande chavista, se está extinguiendo.

Por eso quiere sabotear la Constitución y transformarla en un campo minado. Como nuestra señora de Kirchner.

OPINIÓN | Edición del día Martes 28 de Junio de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Murió el sueño del tratado con Europa

La decisión del pueblo británico, irracional, en mi percepción, tiene sin embargo la virtud de permitir predecir matemáticamente el futuro. Las sociedades de los países miembros de la Unión Europea van a exigir más irresponsabilidad fiscal de los gobiernos, y Bruselas –chivo expiatorio del Brexit– lo convalidará y bendecirá.

La ficción del euro, sostenida hace rato con alfileres monetarios y emisionistas, continuará con más programas de compra de activos, refinanciaciones de deudas, rescates bancarios, salvatajes de países y empresas. Ahora se le agregarán tolerancias y déficits mayores.

Como consecuencia de estas políticas, los términos competitivos se deteriorarán. Eso, unido a la necesidad de crear trabajo para compensar el que fue supuestamente expropiado por la migración, llevará a políticas proteccionistas que cerrarán el intercambio extrazona y transformarán el bloque de un espacio de libre comercio imperfecto, como era, en una unión aduanera.

Los ajustes que se preveían en los sistemas jubilatorios y laborales, como en el caso de Francia, se retrotraerán o suavizarán hasta la nada, para evitar más Euroexits. El Reino Unido será tratado con poca consideración con fines ejemplificantes y porque el resto de Europa se repartirá sus exportaciones como la herencia de un gitano muerto.

La amenaza de secesiones o separatismos en cada país, o de fuertes presiones para salir de la Unión, es un germen mortal de populismo que se ha plantado ya en Europa y que se reproducirá durante varios años. El populismo acaba de mudarse de América del Sur al viejo continente.

Ese populismo se extenderá a los temas de inmigración, de modo que preparémonos para hacer aflorar nuestra proverbial sensibilidad con dinero ajeno cuando los camiones con migrantes no puedan entrar a ningún país y sean abandonados al hambre, lo que de paso vendrá bien para obligar a tomar posición en el tema del Islam, lo que se ha evitado hacer con declaraciones políticamente correctas, pero inconducentes. Y no habría que excluir a priori una mayor participación bélica de la OTAN en las zonas de terrorismo.

(Uruguay ya aprendió, por otra parte, que los migrantes islamitas no huyen desesperados por la guerra, sino que usan la guerra para conseguir emigrar con ventajas a los países más ricos del sistema, no a cualquier refugio).

La situación en el Reino Unido no será distinta. Tras el gigantesco error político de Cameron, sus sucesores serán complacientes y lábiles, la tendencia será proteccionista y populista, las ideas arcaicas. No hay razón alguna para creer que detrás de este exabrupto democrático descansa un intento de grandeza, de libertad de comercio, de apuesta a la creatividad y la innovación, de seriedad fiscal ni de ortodoxia económica.

Coherente con esas tendencias, y también con la enorme incertidumbre que se ha creado en el área, no es difícil prever que la inversión se retaceará, con lo que también caerá el empleo, agudizando el círculo vicioso que describimos y por la tozudez en seguir aumentando salarios contra toda lógica.

Se ha profundizado la grieta en Europa y dentro de cada uno de sus países. La que tanto conocemos por estas tierras. Entre los que crean, trabajan, estudian, se forman, producen y los que votan por un mundo de bienestar donde el estado garantiza la felicidad, ya se trate de las naciones o de las uniones supranacionales. Entre los que creen en la libertad de comerciar y progresar y los que sostienen que “Bruselas es insensible”. Europa volverá a ser un mundo de desempleados caros y de jóvenes timoratos de competir y hasta de tomar el riesgo de vivir.

Esta predicción no es para amargar al lector, simplemente, aunque a veces creo que se lo merece, sino porque interesa para repasar las opciones del Río de la Plata.

Durante años, cada vez que Uruguay llegó a la conclusión imperiosa de que debía abrirse comercialmente, la frase que surgía a continuación era “se están haciendo los acercamientos con la Unión Europea”. Tenía una razón. Europa no era el capitalismo yanqui y se soñaba conque ese bloque no exigiría reciprocidades, y hasta se especulaba con que abandonaría su proteccionismo agrícola.

Esas posibilidades, suponiendo que alguna vez hayan existido, han desaparecido, tanto en Europa como en el Reino Unido. Salvo la afinidad del populismo y algunas ideas obsoletas compartidas o que irán resucitando, el viejo mundo será nuevamente para los uruguayos un lugar turístico, de museos, shopping y buena comida, tan solo.

El panorama es similar para Argentina, pero mi país tiene más esperanzas puestas en Estados Unidos y eventualmente en China, y más posibilidades y alternativas de intercambio. Con lo que Uruguay se sigue quedando atrapado en su ideología, sus temores, su proteccionismo sindical-empresario y su dialéctica.

Un importante estudio internacional de auditoría y servicios empresarios decía hace pocos días que –como el sistema uruguayo se negaba a bajar el gasto– la alternativa, si se requería algún ajuste adicional, eran nuevos impuestos. No querría ser asesorado por especialistas con este pensamiento limitado y complaciente, pero la aseveración tiene una dosis de verdad: la única alternativa que parece restarle al gobierno es seguir aumentando impuestos o tarifas, que es lo mismo pero solapadamente.

Esto es lo que técnicamente se llama populismo. Esto es lo que ha llevado a Europa al Brexit: el voto popular decidiendo que para no ser insensible y en nombre de la libertad, hay que aumentar el déficit, el reparto y el cierre de la economía. Aunque, en un mundo de dialéctica vacua, no se le llama populismo. Se le llama democracia.

OPINIÓN | Edición del día Martes 21 de Junio de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

La importación del relato K

El kirchnerismo maltrató a los argentinos con pensamiento, palabra y obra. Uno de los máximos maltratos fue lo que se conoció como “el relato”, un modo generoso de referirse a las mentiras instaladas en la sociedad vía la repetición histérica goebbeliana de falacias que la población compró por inocencia, fanatismo o simple ignorancia conveniente.

La izquierda uruguaya, amante del materialismo dialéctico, una versión sublimada de ese mecanismo perverso de tornar inexistente la realidad incómoda, ha importado el relato K hace tiempo. No se trata solo de una cuestión ética, sino de una grave práctica, que impide el acertado diagnóstico de los problemas y un correcto enfoque para su solución.

Desde los inicios de la repartija del botín fruto del despojo al sector productivo, los analistas y los expertos vienen pronosticando que el proceso de expoliación terminaría en un agotamiento de recursos, de actividad productiva, de consumo y de empleo. En definitiva, desembocaría en una recesión.

Tales críticas fueron rebatidas con el relato de la equidad, la justicia redistributiva, las reivindicaciones pendientes, el derecho conferido por las urnas a los que menos tenían y otras consabidas cantinelas retóricas.

Cuando la realidad inapelable empezó hace un año largo a golpear la puerta, se acuñó el relato de que no había una crisis, sino que había interesados en que la hubiera. Curiosa superstición campestre que sostenía que no había que concitar la desgracia, más o menos.

Luego, también en un clásico de la negación, se sostuvo que los problemas tenían que ver con la baja de los precios de las commodities, que sin embargo están hoy 50% mejor que al comienzo del gobierno del Frente Amplio. Y por último, la culpa se atribuyó a los desastres del populismo amigo de Argentina y Brasil.

Enfrentada a la caída de consumo, de exportación, de empleo, de actividad y de nota crediticia, la administración no tuvo más remedio que propugnar medidas que tendiesen a morigerar el déficit al que todo populismo lleva. Esas medidas, que se han dado en llamar “el ajuste”, en otro giro del relato, terminan –tras el paso por las horcas caudinas de la poliarquía– por ser un tenue gesto de seriedad, que tampoco será efectivo.

En medio de esa puesta en escena se profundizan las caídas que confirman la recesión que era inevitable tras las absurdas prácticas económicas de la década. Y entonces, ¡la izquierda acusa “al ajuste” de haber provocado la recesión y el desempleo! Como todos los populismos, el Frente cree que los orientales son estúpidos.

La caída de actividad y el empleo han ocurrido mucho antes de empezar la discusión por la seudocorrección. Sería falaz e injusto culpar a este supuesto ajuste–aún no nacido– de una recesión y un desempleo a los que se llegó pese a las advertencias que se descalificaron, ridiculizaron, desoyeron y negaron durante años.

Esto que se empieza a vivir es la crisis que no existía, la recesión que no llegaría, el desempleo que nunca habría, la caída de inversión y producción y exportación que nunca ocurriría según el relato de la redistribución y del bienestar fácil. Frente a tal realidad, lo que se propone es mayor carga impositiva y mayor proteccionismo. Y por supuesto, las consecuencias de tal obcecación serán otra vez achacadas al ajuste y al ataque sobre el gasto irresponsable.

Uruguay ha perdido ya toda su industria bancaria, por presiones internacionales atendibles. Pero la ha perdido, y con ella calidad de empleo importante, junto con los consumos relacionados. Accesoriamente, también ha sufrido duramente la inversión inmobiliaria. La caída en los precios de las propiedades no es nada más que una decisión postergada desde hace dos años, porque el relato hizo creer a mucha gente que sus casas valían lo que no valían.

La recuperación comenzará con esas bajas, justamente. La inversión cae como consecuencia de los altos costos laborales y la inflación absurdamente reciclada con los ajustes automáticos de salarios. No es casualidad de la suerte que caiga la actividad y el empleo en la construcción, cuando son sus salarios y costos laborales los que más han crecido y el financiamiento ha desaparecido.

Como no es casualidad ni fruto del ajuste que caiga el trabajo doméstico, tras las generosas concesiones que se le han otorgado, más allá de la equidad o procedencia de tales prestaciones. Ni tampoco es casual que resulte imposible exportar con los costos actuales.

Pero el relato insiste en encontrar explicaciones que le eviten la autocrítica y que divorcien las causas de los efectos. Esa negación hace que se sientan impunes para proponer como remedio el mismo virus que causó la enfermedad, con lo cual el problema se agudizará. Al no bajar en serio el gasto, no hay con qué desaparezca el déficit, ni razón alguna para que se genere empleo privado ni crecimiento.

Comprendo que corro el riesgo de repetirme al volver sobre estos temas. Pero no se trata de una falta de temática ni de creatividad. Si se persiste en el error, los analistas no tenemos más remedio que persistir en nuestras predicciones y advertencias. Por supuesto que los magos de la dialéctica nos calificarán de pesimistas y hasta de agoreros, en el mejor estilo de la luz mala, el lobizón y otros cuentos. O relatos.

La mentira y la manipulación de la opinión pública es la ortodoxia del populismo y la demagogia. La vieja izquierda morirá con tales consignas en sus labios. El tema es no acompañarla a la tumba en esa épica. 
Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Desempleados del mundo: ¡uníos! (online)

Se ha alzado la voz uruguaya en la OIT pidiendo la regulación internacional del trabajo en los distintos formatos online. No es una posición solitaria: es acompañada por muchos Estados, organizaciones sindicales y toda la ideología marxista que ha devenido en el gran negocio del proteccionismo laboral organizado.

También las grandes empresas monopólicas están de su lado, ratificando una lucrativa sociedad que ha sobrevivido dos siglos y que en una curiosa fusión, culmina aglutinando en un mazacote imposible la dialéctica de la izquierda con la concepción empresaria fascista.

No se trata de una cuestión del mundo internet. Se trata de un núcleo crucial que afecta el crecimiento, el desarrollo y el bienestar de los pueblos. Y aquí vale recordar algunos principios elementales de economía.

Como la población mundial es siempre creciente –ya sin guerras ni epidemias que la diezmen– se plantea continuamente el problema del empleo para las nuevas generaciones. Eso tiene su propia solución contenida. Consiste en la flexibilización laboral en todos sus aspectos. La baja del costo del trabajo vuelve a generar demanda de trabajadores, igual que el alivio en las rigideces contractuales.

Eso viabiliza nuevos emprendimientos, genera crecimiento y crea nuevos empleos. Hasta que a alguien se le ocurre “defender las conquistas laborales”. Entonces el empleo se paraliza o cae. Los jóvenes no tienen acceso al mercado de trabajo y entonces el único empleo – ficticio– es el que provee el Estado, se profundiza la necesidad de subsidios y la marginalidad.

Como se ha dicho tantas veces, el sistema mafioso les cobra caro una supuesta protección a los que tienen trabajo, en detrimento de los que no lo tienen. Pero a la larga todos pueden quedarse sin trabajo, si los costos aumentan lo suficiente.

Entra ahora en escena la mal llamada seguridad social, también monopolizada por el Estado en la forma de los sistemas jubilatorios de reparto. Se sabe que tal sistema no existe en ninguna parte. Es una estafa dialéctica: los trabajadores y empleadores pagan un impuesto que lastima el empleo y el ingreso para conseguir un beneficio difuso al cabo de un plazo cada vez más lejano. Una limosna.

En el mundo de ladrillo y mezcla esa trampa no se puede eludir. Empresas, sindicatos y Estados son un contubernio infranqueable que defienden ese negocio que nada tiene que ver con el bien de los trabajadores. El foro de discusión de ese contubernio se llama OIT.

No es casual que los grandes emprendimientos de lo que va del siglo hayan ocurrido en el mundo online. Allí se puedo crear toda clase de arreglos laborales y societarios simplemente con un intercambio de emails, fuera de los límites castrantes del Estado.

En ese mundo virtual no fue necesaria la rémora de la burocracia, ni el costo fijo impagable de los sistemas laborales corporativos que disuaden a los creadores y emprendedores. Como ocurrió en el siglo XIX con los grandes inventos que llevaron la prosperidad a la humanidad. El sistema sindical de hoy habría hecho imposible los emprendimientos de Edison, Graham Bell, Dunlop, Ford, el ferrocarril y otros.

Google, Facebook, Microsoft, Apple, Alibaba, Amazon, Mercado Libre, eBay, nacieron en y por esa estructura de libertad y de oferta y demanda. El mundo online, que ahora se quiere castrar, retomó el camino de la libertad de contratación que es la base de la economía ortodoxa, del crecimiento y del bienestar.

La globalización, que tanto ayudó al desarrollo del mundo emergente, muere de muerte súbita frente al proteccionismo empresario, al proteccionismo sindical y al proteccionismo cambiario-aduanero. Por supuesto que se prefiere ignorar ese riesgo inmediato para defender los intereses de los gremios (usando la definición medieval de gremios).

Por eso Francia está reaccionando y trata de cambiar dramática e ímprobamente su cómoda y proverbial siesta laboral, porque ha comprendido que en el mundo global la rigidez y los altos costos terminan reduciendo el empleo en vez de protegerlo.

Son los jóvenes que entran a la plaza laboral los que eligen trabajar online, incluyendo todas sus inseguridades pero todas sus libertades. No se sienten tentados por la dudosa solidaridad troglodita que los condena a ser mendigos en su vejez, o desempleados a los 50. Esos jóvenes han comprendido que son empresarios de su propio trabajo. No quieren ser desempleados del mundo real. Quieren ser protagonistas en el mundo online, que todavía es un mundo de libertades y meritocracia.

El error de los gerontes intelectuales es creer que internet se tiene que encorsetar en un modelo ya agotado de corporativismo casi feudal. Al revés. Es ese mundo arcaico el que debe retomar los modelos que rescata el universo online, que no son diferentes a los que llevaron a los 100 años de mayor bienestar y crecimiento de la historia, hasta los ‘70.

En vez de proponer la castración de la imparable actividad que la tecnología y la hipercomunicación generan a diario, la OIT y los abogados del retroceso deben ser humildes y aceptar que su tiempo y sus prebendas han terminado. De lo contrario, los desempleados del mundo (y de Uruguay) se lo demandarán de otras maneras.
Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Las hienas del presupuesto

Antes de meternos con la economía es imprescindible destacar la valiente propuesta del secretario general de la OEA , Luis Almagro, de aplicar la Carta Democrática a Venezuela, lamentablemente sepultada por la vergonzosa defección del gobierno argentino –seguramente en pro de una candidatura estéril de su canciller a la Secretaría General de la ONU– secundado en la blandura por Uruguay, seguramente por razones ideológicas, y por Chile, seguramente por alguna conveniencia certera.

En términos económicos, este despropósito se encuadra en la inutilidad del Mercosur, transformado en una costosa tapadera para cubrir la huida impune del populismo regional y en una rémora para la apertura comercial.

Este no es el único punto en el que los hermanitos rioplatenses están de acuerdo. Una convicción central los une: la que estipula que el gasto público es inexorable, inamovible, indexable, preferentemente creciente y un derecho adquirido constitucional si no divino. Con algunas pequeñas rebajas cosméticas para mostrar cierta disciplina presupuestaria al mundo externo.

Esa unanimidad en el error no responde a ninguna teoría económica respetable, salvo la del fracaso y la pobreza, pero sigue siendo populismo, cualquiera fuera el signo del gobierno que la sostuviere, con los consabidos efectos.

Pero mientras Argentina tiene más recursos potenciales para seguir dilapidando alegremente, Uruguay está llegando a su momento de decisión, que no es la Rendición de Cuentas ante el Congreso, sino la hora de enfrentarse a las consecuencias.

Los límites del endeudamiento a tasas de primer mundo se han alcanzado, con lo que pensar en financiar déficits por ese medio es suicida, además de irresponsable.

Intentar el truco de licuar la importancia del gasto con crecimiento es una doble falacia. Se consiguen inversiones y se crece cuando baja el gasto, no a la inversa. Y por otra parte, el estatismo indexa el gasto por inflación o por crecimiento del PIB según le convenga, volviendo siempre a la misma situación, aunque cada vez más exagerada.

Lo mismo ocurre si se analiza el problema desde el ángulo de las exportaciones: el gasto alto obliga a la emisión, y luego a usar el tipo de cambio como ancla, lo que frena tanto la exportación como el crecimiento.

Esa emisión, por otra parte, empuja la inflación y eso lleva a la fatal indexación salarial, que se retroalimentahasta el infinito la pérdida de poder adquisitivo y desata la absurda persecución a comerciantes y productores, otra ignorancia unánime compartida con Argentina.

Aferrados al gasto, sin posibilidad de tomar más deuda barata, sin poder emitir para no alejarse todavía más del umbral de riesgo de la inflación ya rebasado, sólo queda el discurso del crecimiento.

Pero ese crecimiento es imposible, no por el mundo, que no está tan mal, sino porque los términos relativos que se han alterado lo hacen inviable, además de la ideología de la nada que hace creer que se puede conseguir la apertura comercial en un solo sentido.

Es deliberadamente errado sostener que el mundo justo ahora se puso en nuestra contra: solo estuvo transitoriamente muy a favor durante pocos años, que se desperdiciaron.

En esas circunstancias, es triste ver cómo legisladores, expertos y aficionados del Frente Amplio hurgan en cada actividad privada para ver qué otro impuesto se puede aplicar, qué otra alícuota se puede elevar, qué otra triquiñuela dialéctica se puede inventar para meter la mano en los bienes de otros sin bajar un gasto que creció por una situación global circunstancial y que ahora se ha vuelto eterno.

Como las hienas que esperan que la leona cace su presa para luego atacarla en manada y alzarse con el producto de su esfuerzo, los depredadores incapaces de crear riqueza buscan el fruto del trabajo ajeno para quitárselo. Hienas del presupuesto.

Paradójica y previsiblemente, el tipo de ajuste que se ha malparido (del sector privado, obviamente) creará mucha más retracción que una baja del gasto, tanto en el consumo como en la inversión, con lo cual en seis meses nos encontraremos en la misma situación pero agudizada, con menos recursos disponibles.

Si la Constitución declara la inamovilidad del gasto, como se interpreta en la práctica, debería tener igual rigidez a la hora de crear o aumentar ese gasto y exigir una correlación permanente con el financiamiento.

Eso sería democracia seria y en serio. Y también seriedad económica. El resto es relato del socialismo dialéctico.