El desempleo también mata

La tarea de recrear el trabajo debe comenzar ahora mismo y empieza por sacarle el peso de los impuestos y los obstáculos al sector privado 




La economía está llegando al borde de la destrucción en lo que alguna vez se llamó el mundo occidental. Cuando se habla de economía en este momento - o siempre -  hay quienes conectan el término con materialismo, deshumanización y explotación y lo consideran un factor secundario y despreciable frente a las muertes que produce y producirá la pandemia.
Ese simplismo se sostiene por el momento porque todos los países han arrojado toneladas de dinero sobre el mercado para garantizar subsidios a los desempleados con motivo del aislamiento masivo y ayuda y préstamos a las empresas para que paguen los salarios y las deudas y hasta a los sectores informales y marginales, y porque hay algunos factores, como el caso del agro y otras materias primas que aún siguen haciendo su aporte fundamental para proveer de ingresos a los sistemas.
Tal mecanismo tiene límites en el tiempo, los montos, la generalización, la financiación y las consecuencias. Y esos límites ya se han sobrepasado. Partiendo del simple hecho de que no hay manera de que se recaude impuestos al ritmo previo, mucho menos al nivel actual de gasto estatal, tanto porque la menor actividad genera menor recaudación impositiva, como porque los privados tampoco pueden pagarlos, con lo que se llegará a una rebelión fiscal inducida, tarde o temprano.
Este es sólo el efecto sobre el financiamiento del gasto estatal en la coyuntura. Pero el costo social es pavoroso cuando se analiza desde el punto de vista del empleo, finalmente la resultante más importante de la actividad económica, y acaso el mayor logro del capitalismo como aporte al bienestar universal. Estados Unidos, tras un mes de una relativa cuarentena parcial e imperfecta, roza ya los 20 millones de desempleados, todo el empleo que se ganó desde la crisis de 2008 a hoy, y continúa perdiendo a razón de 5 ó 6 millones de empleos por semana.



La disyuntiva no es entonces entre economía o lucha contra el covid-19, sino entre muertes por desempleo o muertes por el coronavirus. En esta terrible frase se condensa la importancia de la economía, que no es nada más que la consecuencia de la acción humana, como ha explicado la columna, siguiendo a von Mises. Como se vio en la depresión de los años 30, el delito, los suicidios, la enfermedad, la depresión anímica, el hambre, la violencia, generan más muertes que cualquier virus y mayor drama social, si tiene sentido comparar.
Lo que lleva al paso inexorable que viene: moderar la cuarentena para que la actividad económica resucite lo más rápidamente posible. Y en esa línea, los gobiernos, además de buscar soluciones, están buscando palabras para tratar de explicar el trade off inevitable entre uno y otro drama humano. De modo que pronto, mañana mismo, la humanidad se estará enfrentando al “mundo que no volverá a ser como lo conocimos”, frase a la que cada uno le da el sentido que más le gusta o le conviene.

Y aquí se testeará una vez más la opción del estatismo versus la acción privada y la libertad de comercio y de empresa.  El socialismo contra el capitalismo, para decirlo con claridad y llaneza. El estado no genera empleo, apenas genera puestos cuyos salarios son casi siempre gasto. No produce, o cuando se mete a hacerlo lo hace mal. Y como se ve claramente ahora, no puede funcionar si no tiene un sector privado al que extraerle los impuestos que necesita para subsistir, hasta que no quede sector privado.
La idea de hacer obra pública para salir de la recesión, por caso, no funcionó nunca, tampoco durante las presidencias de Roosevelt. El mundo que se viene tampoco será un mundo de salario universal pagado por el estado, porque no habrá suficientes impuestos para financiarlos. Esa idea europea de bienestar infinito es para soñar en momentos florecientes, no en una depresión como la que viene. Tampoco servirá un mundo proteccionista, como se aprendió en esa década del 30, porque prolongaría la depresión indefinidamente.  De modo que Trump deberá revisar su fobia tarifaria y hasta su fobia migratoria. Con lo que la nueva idea de demonizar a China para aislarla en el comercio mundial no debería comprarse tan rápido, por lo menos si se trata del bienestar de la sociedad.
El empleo será recuperado – y aún a un ritmo no tan acelerado como se querría – sólo con la acción privada, con la empresa, con los emprendedores, con los inversores, con las Pyme de todo el mundo, con la innovación y la toma de riesgo. Todo lo que ahuyente o complique ese accionar, impuestos, restricciones o recargos a la importación y a la inmigración, al comercio internacional, a la libertad de comercio e industria, a la libertad en todas sus formas, o que dañe o restrinja el derecho a la propiedad o el simple derecho, demorará ese proceso o fracasará.

Dentro de lo dramático del futuro que se visualiza, nunca hubo una oportunidad tan clara de confirmar lo que ya ha demostrado largamente la evidencia empírica: el estado no produce, no crea empleo, no crea riqueza. Sólo puedo destruir o deteriorar todo eso si se empeña.

Por supuesto que se pueden intentar el estatismo, el proteccionismo y el populismo, sobre todo con la democracia demagógica que impera casi globalmente en grados diversos. Claro que simplemente volverán a obtenerse los mismos resultados de siempre. Por eso lograrán ventajas aquellos países que apuesten de entrada al sector privado y lo estimulen para que genere una explosión de empleo.
Para meditar, un ejemplo: al ritmo actual, Argentina tendrá al fin de año 6 millones de trabajadores privados formales manteniendo a 25 millones de personas que viven del estado.
El mundo que se viene será distinto al que se conocía hasta ayer, siempre lo es. Pero no será socialista.