Publicado en El Observador el 17/03/2020

Recalcular no es renunciar






En los momentos más difíciles hay que aferrarse a las convicciones y persistir en los objetivos



La víctima fatal de la pandemia es la economía global. Paralizar la acción humana es bueno para combatir el virus, pero mortal (sic) para la actividad productiva y el consumo, porque finalmente la forma de combate contra la enfermedad consiste en provocar una recesión – depresión – universal. Entonces, cualquier accionar sobre la economía oriental debe insertarse en un contexto casi catastrófico del mundo financiero, un castillo de naipes levantado en los últimos 12 años o más, que sólo esperaba un viento para derrumbarse.
Eso no significa que haya que acompañar al abismo a los dueños de la triturada riqueza mundial. Al contrario, para los países de economías pequeñas la opción de sumarse a la quiebra del sistema no está disponible porque ello se asimilaría demasiado a la extinción, como muestra la historia.
Es útil en esta instancia recordar la lección de cualquier app de GPS. Ante una alteración, accidente, imprevisto o complicación en el tránsito, su reacción es decir “recalculando”; no hay una opción que diga “imposible llegar al destino elegido”. Habrá entonces que recalcular, no que abandonar. Y en esa tesitura, hay que analizar qué opciones están disponibles y cuales no. Qué acciones son pertinentes y cuáles son inocuas o contraproducentes.
Está claro que el estado deberá incurrir en todos los gastos inherentes a la lucha contra la pandemia, incluyendo la mitigación de los efectos colaterales de las cuarentenas, suspensiones, licencias y ausencias sobre los trabajadores. Será más difícil compensar los cierres de establecimientos, temporarios o definitivos y las pérdidas que la recesión ocasione. Con lo que el sector privado aportará una dura cuota de sufrimiento y el empleo caerá aún más. La recaudación también. Es decir que el déficit tenderá a incrementarse y el PIB tenderá a bajar.
La variante de tomar deuda externa para financiar el déficit no está disponible, aún manteniendo el investment grade. No existe voluntad alguna en los inversores de tomar riesgo crediticio, salvo a tasas extravagantes. Tampoco emitir sería una solución, porque tarde o temprano resultaría inflacionario. (La pandemia se irá)  Tomar deuda en el mercado interno tendrá también una fuerte limitación, por la carencia de fondos y de voluntad de riesgo, lo que subiría las tasas de interés de toda la deuda en pesos.
Queda el recurso amado por tantos economistas de aumentar los impuestos. Solución que terminaría de paralizar al sector privado y ahuyentaría para siempre una de las pocas oportunidades de Uruguay, que es la de atraer nuevos emprendedores y nuevas inversiones y radicaciones. Y queda por verse si ese tipo de medidas impactaría en los niveles de recaudación, como se sueña.
El riesgo de fondo es que, por el efecto combinado de una recesión inducida en el sector privado y un aumento en el gasto público, se termine agrandando la participación del estado en la economía a expensas del sector privado, que es todo lo opuesto a lo que la plataforma de la coalición de gobierno propone y una garantía de involución en el crecimiento y el bienestar orientales.
En tal situación, no se debería abandonar el plan de reducción del gasto que estaba
previsto, más bien profundizar el análisis y el estudio de calidad del gasto, lo más
cercano posible al presupuesto de base cero. Si bien los interesados (en todo sentido)
insisten en que el gasto es imprescindible, irreductible, justo y perfecto, ello no es
cierto tan pronto se desbrozan cuidadosamente las partidas, los destinos y las
funciones. Cuando se dice que no se puede bajar el gasto en educación, por ejemplo,
se está suponiendo que el número de maestros por clase es el óptimo, que todos los
sueldos se pagan a docentes, que todos los gastos se hacen para educar. Eso suele
no ser así cuando se hurga, si se permite hurgar.
Que se esté en recesión no impide que se haga un ajuste, mucho más si es basado
en la eficiencia. De lo contrario cada recesión aumentará el tamaño del estado y
pondrá más carga sobre los privados y sobre la producción. Y como ha demostrado
la evidencia empírica, el modo más rápido de salir de una situación de déficit es vía
la baja del gasto, proceso que sigue siendo imprescindible.
Hay que recurrir a los atajos tipo Waze o Google maps, sin perder de vista el objetivo final. Por ejemplo, se debe estudiar la viabilidad de eliminar por completo la devolución del IVA en los pagos con tarjeta y aplicar esos ahorros a paliar los efectos del toque de queda virtual que produce la lucha contra el coronavirus. Ese incentivo no tenía una función social, sino la de fomentar la bancarización, innecesario a esta altura y también fuera del programa de la coalición de gobierno.

Y habrá que convivir con un salvador tipo de cambio más fluctuante, ya que la volatilidad hace riesgoso el uso de reservas para morigerarlo, que no se sabe si se podrán recomprar. 
Al igual que en la lucha contra el virus, en que los países con gobiernos de más predicamento sobre la sociedad logran los mejores resultados, el liderazgo es esencial en una crisis económica. La prédica, la insistencia, la perseverancia, la capacidad de encontrar y descartar variantes, la vocación de tomar compromisos, explicarlos y rendir cuentas, son herramientas primordiales, además de democráticas. Nunca hay que olvidar el caso de Suecia y sus importantes reformas tras la quiebra de 1993 sustentada en dos pilares: el trabajo y compromiso inagotable de sus funcionarios, y la apelación a la gestión privada.
La pesadilla de la pandemia durará varios meses. Habrá que convivir con todos sus efectos en todos los planos y tener la capacidad de recalcular rumbos y decisiones. Pero sin perder la terca obsesión del GPS en llegar a destino.