Publicado en El Observador, 01/03//2022


El peor momento del siglo XXI

 

Una suma de decisiones erróneas políticas y económicas en el siglo, culminando con las más recientes, pavimentaron la agresión rusa y universalizarán sus efectos

 

 



















Disclaimer: el autor de esta columna ha voceado por todos los medios su solidaridad y apoyo a Ucrania ante el ataque invasor ruso, que desprecia su soberanía y pretende avasallarla y anexarla a su cacareado imperio con métodos que retroceden a la barbarie. El ucraniano es un pueblo trabajador, productor, campesino, dicho con todo orgullo, y también con una elite de científicos que fueron la envidia del imperio de la URSS y que desarrollaron su energía atómica, tanto bélica como tecnológica. Por la maravillosa inmigración europea que enriqueció al Río de la Plata, los ucranianos también son compatriotas de argentinos y uruguayos. De modo que no hay otro lugar dónde pararse. 

 

Pero la misión de este espacio - o al menos su pretensión – es analizar, desbrozar, expurgar la realidad y ofrecer su óptica fría de los hechos y sus consecuencias, con todo el grado de error que esa tarea supone. Con tal criterio se encara el análisis. 

 

Para medir la gravedad del momento y del futuro, es útil la tapa falsa de la revista Time, que muestra la cara de Putin mimetizada y photoshopeada en parte con los rasgos inconfundibles de Hitler, un meme trágico y ominoso, que mira al futuro con una negra perspectiva. Por supuesto que no hay derecho en esta instancia a pensar que el neozar de la KGB tiene la maldad y perversión del monstruo austríaco, ni su psicosociopatía asesina incorporada y planificada. Pero las características de Lebensraum y Blitzkrieg que muestra este ataque hacen considerar como posible la reiteración de anexiones sucesivas que fueron la estrategia nazi en la previa de la segunda guerra. Eso garantiza que sus agresiones y desprecio por el Orden Mundial no han terminado. 

 

Ese mesianismo de Putin sólo es posible por la renuncia explícita a la tarea de rector de ese Orden Mundial que viene pregonando y practicando Estados Unidos desde 2000 en adelante, tanto en las declaraciones y decisiones políticas como en la práctica, en especial económica. Para comprender que se trata de una política de estado norteamericana, no una posición partidista, habrá que recordar que el presidente Trump fue el mayor crítico de la OTAN, a quien amenazó con dejar sin su aporte de fondos. La misma OTAN que ahora parece ser clave tanto en el origen del ataque como en la resolución del mismo. Doble estándar que los perversos saben leer muy bien para elegir el momento.

 

También importa aceptar y sopesar la debilidad del sistema Capitalista, que hace más de 20 años, con la jefatura y el ejemplo estadounidense y su banco central no independiente, la FED, no sólo viene tolerando las burbujas de exuberancia irracional que denunciara su presidente Greenspan cinco minutos antes de ser amonestado y de callarse para siempre, como bien describe él mismo en su biografía, sino que toleró y aun fomentó el crecimiento exponencial de las deudas de los estados, las empresas y los particulares, hasta destruir virtualmente el paradigma capitalista. También ha descubierto, dicho en tono de desaprobación técnica y escarnio, las ventajas de una conveniente emisión-inflación para resolver cuanto problema se le presentare. Así ocurrió con la masiva estafa del fondo de los premios nobel, el LTCM, que no solamente no terminó con nadie preso, sino que se resolvió con emisión y subsidios, y con todas las crisis sucesivas, desde el pinchazo de la burbuja hasta la pandemia, pasando por la otra gran estafa de las hipotecas subprime. Por supuesto que Europa, en su diarrea socialista, se plegó siempre a estas supuestas soluciones, que, en términos futboleros, patearon sencillamente la pelota hasta un lateral lo más lejano posible. 

 

Esto creó un Occidente muy débil, sostenido 30 años gracias a la globalización de la libertad de comercio y competencia, que agrandó la torta y obligó a la participación pacífica de todos los países, y garantizó un avance nunca visto antes en la reducción de la pobreza universal. Hasta que Estados Unidos decidió volcarse al proteccionismo, como antes lo había hecho Europa. Ese paso fue no solamente un golpe de gracia a Occidente y su cultura capitalista, sino que mostró toda la debilidad de su andamiaje financiero. (De paso, Wall Street es uno de los grandes culpables de todas las barbaridades que convalidó por dos décadas la Reserva Federal, aún hoy más preocupada por los intereses de los grandes bancos y fondos que por la suerte del consumidor americano y mundial)

 

La pandemia, o más propiamente el remedio del aislamiento elegido para teóricamente enfrentarla, fomentó el uso de la emisión inflacionaria, lo que fue bienvenido por Wall Street, porque la tasa cero permitía la creación y permanencia de emprendimientos inviables, pero rentables para la especulación. Todos los entes internacionales, preconizaron el uso de la emisión para salir de la emergencia que ellos mismos habían provocado. Como si de pronto todos los médicos del planeta recomendaran a sus pacientes fumar tres paquetes de cigarrillos por día y tomar dos botellas de vino para vivir mejor.

 

Esas dos debilidades, la renuncia a liderar con su poder bélico latente el Orden Mundial, y la virtual y merecida pérdida de la condición americana de primera economía del mundo, a la vez que el debilitamiento mortal de su moneda como valor de reserva, no pasaron desapercibidas por el maquiavélico autócrata ruso. (Recordar a Fernández de Kirchner, Cristina, que pone en palabras lo que el eslavo calla) De ahí la elección de este momento para desplegar su estrategia. 

 

Pese a que no hay un eje sino-ruso, la mera amenaza de China, aunque pueda esperar mil años, es otra arma que Putin esgrime sin nombrar, ante una potencia, o varias, que han decidido ser socialistas, o sea que han abandonado toda idea de grandeza, sacrificio y éxito. También de seriedad económica. 

 

El grupo de las denominadas sanciones conque el mundo antes llamado libre contraataca, tiene un gran parecido a la lucha contra la pandemia: empieza a obrar como un tiro en el pie de los sancionadores. El caso más claro es la expulsión parcial de Rusia del Swift, que, además de mostrar una debilidad y dependencia casi cómplice para no perder el proveedor de gas vital para Alemania, va a provocar una inmediata quiebra de muchos bancos, lo que ya se usa como excusa para justificar no sólo la postergación de las medidas antiinflacionarias que la FED prometió - y que siempre sonó a puro jarabe de pico- muestra que Europa se ha colgado del pasamanos del ómnibus licuador de capitales, inversiones, ahorros y patrimonios. 

 

El capricho alemán de cerrar de golpe todas sus plantas nucleares y tratar de cambiar el sistema energético universal en 6 meses, en vez de ser postergado será financiado con la pobreza y ruina de los consumidores y ahorristas de todo el mundo. 

 

El régimen interno ruso de sojuzgamiento popular policíaco y de espionaje y castigos individualizados a opositores y disidentes, está mucho mejor preparado, si vale el término, para enfrentar las consecuencias de estas sanciones. Occidente se está sancionando a sí mismo. Y Biden está cayendo en la trampa que cayó Carter, como sostienen varios analistas estadounidenses. 

 

No es demasiado arriesgado suponer que la guerra rusa recién empieza. No es exagerado suponer duras consecuencias económicas y de todo tipo para todos los países. Un simple ejemplo: Uruguay, que ya tiene una grave ssinflación en pesos sistémica, tiene, por la baja de su cotización de la divisa, una mucha mayor inflación en dólares. Esa simple ecuación es fatal para el crecimiento, la exportación y el empleo, aunque circunstancialmente parezca positiva. Del mismo modo, o por caminos similares, cada sociedad tendrá su cruz. 

 

Toda guerra es mundial.