OPINIÓN | Edición del día Martes 26 de Julio de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Eligiendo al capitán del Titanic

En un relato dialéctico de manual, el Frente Amplio ha transformado en celebración haber convocado a poco más de 90 mil votantes. Con el entrenamiento de alta exigencia en celebraciones de la nada impartido por Cristina Fernández de Kirchner, esta columna no se engañará por prestidigitaciones. Sin embargo, este pase de magia no es el tema principal de la nota.

La izquierda, el marxismo o como se le quiera llamar, nunca ha tenido en el mundo una teoría económica basada en parámetro serio alguno. Solamente un conjunto de ensoñaciones, reclamos, declamaciones, acusaciones y demandas que le permitiesen apoderarse de los patrimonios ajenos y distribuirlos a su arbitrio. Lo mismo ocurre con la izquierda uruguaya.

Tampoco el comunismo antes y sus primos ahora tuvieron una propuesta de organización política orgánica. Simplemente han tratado de tomar el poder o una parte de él por cualquiera de los métodos disponibles, legales o ilegales, de modo de poder aplicar sus principios a ultranza. En una comparación con la medicina, el marxismo no es un médico, sino un curandero voluntarista y precario. Con los mismos resultados.

Si se quiere prescindir de los conocimientos y fundamentos técnicos y recurrir a los resultados concretos de aplicación, el balance es todavía peor y muestra el efecto de los gobiernos de manosantas. Desde la URSS a Cuba, desde China a Vietnam, la ensoñación marxista fracasó sociopolítica y económicamente. (No usaré el fácil ejemplo de Venezuela por ser demasiado obvio.)



El caso emblemático de Suecia, esgrimido como paradigma por los teóricos superficiales, terminó en un fracaso estrepitoso en los años de 1990, del que se salió justamente cuando se utilizaron conceptos y fundamentos de la economía ortodoxa, ajuste incluido.

Lo que se conoce como socialismo moderno no guarda ninguna relación con los modelos de izquierda histórica, ni en lo político ni en lo económico. Alcanza con repasar los casos de gobiernos exitosos de esa línea para comprenderlo. El Frente Amplio no se encuadra en esta definición, ni quiere. Defiende su obsolescencia nostálgica como un credo que repite hasta languidecer y morir.

Este marxismo-socialismo uruguayo es un caso único en su género, probablemente el último espécimen de la construcción del materialismo dialéctico que creyó poder reemplazar la realidad con un silogismo mágico por el que, si se destruían la riqueza y la ganancia se eliminaban sus supuestas consecuencias: la pobreza y la injusticia.

Pero no es solo en lo económico que se aplica el relato mitómano, también en lo político. Es falaz la afirmación de que el confuso y abigarrado experimento político de hoy es democrático. Bajo el eufemismo de que se trata de una poliarquía –una suerte de utopía de salones elitistas angloyanquis del siglo XVIII– se ha transformado el sistema constitucional en un mecanismo de gobierno por amontonamiento, donde todos opinan, presionan, deciden y sancionan.

No importa en ese sistema el nivel de representación de cada sector o persona. Es una suerte de griterío, de tribuna futbolera donde todos insultan, dan recetas sobre la formación del equipo, quieren cambiar al técnico, y si se cuadra, se ponen los cortos y salen a jugar. Por eso se termina en un triste espectáculo como el del PIT-CNT haciendo un paro contra el presidente y aun contra su propio Frente Amplio y celebrando el éxito de haber paralizado el país.

Todo ello, bajo el lema de que esa construcción representa y defiende la tradición democrática y socialista de Uruguay. Cabe preguntar: ¿eso creen los uruguayos?

El resultado está empezando a notarse. Tras haber desperdiciado el mejor momento económico de la historia sin construir nada, solo populismo, la realidad golpea a la puerta con la factura en la mano. La ignorancia económica se nota en todo su esplendor. Pero el Frente Amplio solo sabe pedir, como un chico.

En esas circunstancias, algo más de 90 mil ciudadanos eligen al nuevo capitán del barco chocado y escorado, que guiará los reclamos, los pedidos de más impuestos, aumentos de salarios y trabas comerciales y completará la destrucción de empleo privado al imposibilitar cualquier flexibilización imprescindible.

Hay quienes esperan de este proceso electoral un recambio de dirigentes. Aun cuando ello ocurriere, es una esperanza irrelevante. Lo que hay que cambiar es el modelo, la concepción perversa que ha sufrido el sistema democrático y en términos puntuales, la planificada ignorancia económica de este marxismo nocivo y perimido. Es ese modelo político y socioeconómico lo que hay que reemplazar, no ya los dirigentes. Salvo que se lograse que lo condujera Stalin, por una cuestión de coherencia, metodología y unanimidad.

El presidente Vázquez tomó la inteligente decisión de no concurrir a votar ni participar de este proceso electoral. Hace bien. Por una cuestión de respeto institucional, porque su misión y su lealtad debe ser para con su sociedad, porque tiene la tarea superior de llevar a Uruguay a un destino superador, y porque debe procurar alejarse de los viejos barcos que se hunden, por su bien y por el bien del país cuya ciudadanía sí lo ha elegido democráticamente.