La Prensa. Marzo 28 2020

UNA MIRADA DIFERENTE

El daño colateral irreversible del virus

La tentación de usar la emergencia para imponer un sistema permanente de autocracia en ritmo de joropo madureño.

El tono enérgico y a veces enojado del presidente Fernández puede ser confundido fácilmente con una demostración de liderazgo. En rigor, necesita ese porte autoritario y decidido para imponer cierta disciplina, sensatez y responsabilidad a una parte importante de la población que hace rato se comporta antisocialmente, con una especie de socipatía colectiva y contagiosa que la lleva a saltar por sobre todas las normas de convivencia, del derecho, del respeto por el otro, del orden social y de la ley misma y que llega a enfrentarse a las fuerzas del orden como si se tratase de una pelea de conventillo o de dos bandas de una villa. 
Ese estilo revulsivo, impune y prepotente, paradojalmente instituido, fomentado, elogiado y usado como herramienta electoral por el peronismo que prohijó y entronizó al propio mandatario, es hoy su mayor enemigo en la lucha contra el covid-19 en esta etapa de cono de aislamiento que es – en su expresión más sintética –una carrera entre la pandemia y el número de tests y respiradores que se puedan conseguir-, una forma de ganar tiempo en la trágica competencia entre el virus y la muerte. Suponiendo que esa tregua sirva para equiparse adecuadamente. 
Por eso la sociedad ha consentido o tolerado ese accionar presidencial, como los romanos del imperio consagraban legalmente la figura del Dictador en tiempos de guerra. Eso le ha valido a Fernández, por ahora, su altísima nota de aprobación en las encuestas y le ha permitido tomar medidas que en otros casos se considerarían anticonstitucionales y llevaría a denunciarlo ante la temible, inapelable, burocrática y socioprogresista Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Esto no es muy diferente a lo que está ocurriendo mundialmente, salvo en los países dirigidos por delirantes negacionistas. 
En ese camino, a veces evidentemente desesperado, aparecen cuestiones tan graves como la abolición del federalismo, principio liminar de la Constitución, en momentos en que los otros dos principios liminares, la Representatividad y la República, están en riesgo por el accionar del lado sombrío del partido del presidente en el Congreso y por sus ataques a la independencia de la Justicia, ya en marcha imparable.
Las provincias y aún las intendencias son puestas al borde de la secesión o la rebeldía ante la desesperación de ver cómo algunas decisiones del gobierno central barren con su seguridad e inmunidad sanitaria sin acuerdos y sin que se les ofrezcan alternativas explícitas y concretas. El enigma de los tests, su monopolio inicial, el bajo número de testeos, la prohibición de ser realizados por el sistema privado, no ayudan ni convencen aún a los más crédulos. Al contrario. Abren sospechas de todo tipo, incluso de corrupción, proceso en el que no ayuda la figura cada vez más desfigurada del ministro González García, que pese a sus evidentes falencias sigue metiendo la mano para garantizarse su monopolio incomprensible e inmerecido en lo que hace a los insumos vitales en el combate a la pandemia, como otrora hiciera el exministro De Vido en otra crisis, la del gas y la energía. 

Cuarentena al voleo

El escaso número de testeos hace intuir que la cuarentena al voleo seguirá por bastante tiempo, y las prórrogas continuas del aislamiento mostrarían la falta de un enfoque integral del tema. Un agravante más para una economía ya moribunda o muerta antes del coronavirus. La posibilidad de una cuarentena inversa, es decir la aislación de casos no sintomáticos detectados, no de los sanos, parece lejana y teórica. 
Hasta ahí, podría existir un cierto parecido con muchos países con políticos de estilo moderno, es decir, poco preparados para la tarea para la que se postularon y fueron elegidos, tanto en el pasado como en la actualidad. Salvo el ingrediente sospechado de corrupción que es una característica casi exclusiva de Argentina, en el que el peronismo tiene vastos antecedentes, muchos juzgados, otros en etapa de procesamiento, otros ocultos en la asociación ilícita del estado con los laboratorios privados.
De pronto, reaparece el ángel exterminador de Ginés González y decide que todos los respiradores, los tests y otras facilidades sanitarias del país, incluyendo al sector privado, serán administrados por el estado nacional, o sea su ministerio. Se supone que, con la anuencia del presidente, quien tal vez no midió los alcances de tamaña decisión. Para ponerlo en otros términos, el ministro confisca, por su sola decisión, bienes de las provincias y de los particulares y se erige en su administrador exclusivo. 
Este columnista ya anticipó su opinión en un largo hilo de Twitter del miércoles, que, felizmente, sirvió de inspiración a algunas notas de ayer. Se apodera de un plumazo de bienes y sistemas que no le pertenecen a la Nación, pero sí a la población de cada provincia o municipio. Se erige en el burócrata más capacitado para administrar los recursos ajenos. Algo que, además de inconstitucional en su forma y en su fondo, está lejos de haber demostrado en la práctica. Usa el ahorro, el esfuerzo, la previsión y la capacidad médica de otros y los secuestra para tapar sus agujeros y administrar las eventuales muertes. 
La situación empeora cuando se refiere al sector privado, que el ministro ha declarado caduco y expropiado a precio cero. Aquí se rompen todo tipo de reglas, leyes, principios y preceptos constitucionales y jurídicos. Se trata de una deliberada ignorancia del rol de la medicina privada en la salud de los argentinos, ya esbozada al impedir las pruebas de los prestadores de salud. Pero en el fondo, destruye el sistema de medicina prepaga con una declaración, apenas, o una resolución o un decreto. Los aportantes a las prepagas tienen un contrato homologable a un seguro con sus prestadores, que acaba de dejar sin efecto, o de obligar a incumplir, un ministro cuestionadísimo. 
En términos de salud también adquiere una enorme gravedad. Los aportantes al sistema privado de salud compraron a lo largo del tiempo el derecho a ciertas prestaciones vitales, que ahora le es conculcado burocráticamente en una medida estalinista en nombre de la salud de todos. Algo peor que la estafa a los jubilados. La estatización lisa y llana. El corralito sanitario. La soberbia del burócrata que se apodera de los bienes ajenos y se arroga la capacidad infinita de manejarlos mejor que los propios interesados. 
De paso, otra rotura de la seguridad jurídica, del derecho, de los derechos humanos auténticos. El Estado proyecta su incapacidad y su ineficiencia sobre los particulares, y los obliga a ser solidarios al precio de su propia salud y su propia vida, eventualmente.  

Accionar colectivista

Dos preguntas elementales: ¿hasta dónde seguirá este accionar colectivista en nombre de una solidaridad sin costo para el gobierno, pero con alto costo para la gente? ¿Cuán de acuerdo está el presidente con estas decisiones? González García debió ser reemplazado hace mucho, y eso habría mostrado un verdadero liderazgo y valentía presidencial. No sólo sobrevive, sino que mantiene una increíble capacidad de daño. 
No es el único caso en que se generan serias dudas sobre el grado de avance y permanencia de este cómodo criterio autocrático en el futuro. El congelamiento de alquileres y de juicios por cobro de hipotecas y desalojos, la prórroga por decreto de los contratos temporarios -una burla legal-  son medidas oportunistas del más rancio peronismo y cristinismo, además de condenar a un resultado inexorable de escasez de crédito, alquileres y empleo, hacen pensar que, cuando el virus se haya ido, el peronismo autoritario se quedará y ahondará en el estilo venezolano al que tanto hay que temer. 
No muy distintas son las medidas de congelamiento de precios, la obligación de producir, el otorgamiento de monopolios de ventas de tests por decreto, arraigados mecanismos de corrupción que acompañan desde siempre al peronismo, como ejemplifica la historia desde 1946. Y nada hace pensar que ese retroceso sobre una buena decisión económica del gobierno anterior que liberó al sistema de salud y a sus víctimas esclavas del PAMI, no torne a perpetuarse. 
El gobierno del verdadero Fernández recién empezará a pleno cuando el tiempo, la suerte y los trabajadores de la salud hayan exorcizado al demonio del covid-19. Habrá que confiar que en ese momento no se hayan puesto en cuarentena las libertades, la seriedad económica, la Constitución y el derecho. De lo contrario, otro virus más terrible, incurable, asolará a la sociedad.



La materia prima de un líder


En los momentos cruciales, siempre hizo falta que alguien señalase el camino. Al virus no se lo combate con un debate parlamentario



Tratando de explicar la fuerza de gravedad, Einstein encontró una frase brillante para definirla: “es el tejido mismo conque está hecho el universo”. Maravillosa síntesis. El equilibrio mágico que permite que los astros tengan un derrotero, no se estrellen uno contra otros, no rompan el mandato inexorable de quienquiera los ordenara en su desorden y cada pedazo de roca ígnea conserve eternamente su sentido y su rol en el curvo espacio-tiempo. 
Descendiendo a la mediocridad y pequeñez de las sociedades humanas, estas calamidades como la del COVID-19 hacen reflexionar sobre los gobiernos, los gobernantes, los pueblos, las circunstancias y las casualidades. Ya no se trata de manejar mejor o peor la economía, o de conseguir más o menos bienestar, ni de tener la pretensión de distribuir impecablemente la riqueza, ni de proveer a la felicidad eterna ni de dirimir ínfimos conflictos cotidianos. 
Se trata de enfrentar a la naturaleza, no en la forma de un huracán devastador que golpea y destruye, pero se marchas en pocos días, o de un terremoto de grado 10, sino en la forma perversa de una pandemia que pone en el frente de batalla a todos, donde los soldados que mueren no son los jóvenes como en las guerras, sino los viejos. Donde la lucha contra el enemigo se gana al precio de un desastre económico que puede ocasionar más muertes que el propio enemigo, en una diabólica jugarreta. Una enfermedad que desnuda todas las falencias, todas las imprevisiones, todas las corrupciones, todas las incapacidades. 
Las democracias de hoy, contaminadas casi todas con una dosis de populismo variable de doble vía, como predijera Tocqueville, no elige grandes gobernantes, ni estadistas. Elige burócratas que con suerte serán honestos, con suerte serán razonablemente eficientes, con suerte repartirán lo que cada uno espera que le repartan. O explicará los fracasos con frases más o menos afortunadas con las que repartirán solamente las culpas. Pero en las pandemias, las catástrofes, los ensañamientos de la naturaleza, los burócratas no son de gran utilidad. Les falta el sentido trágico en la comprensión de su misión, del momento en que les ha tocado estar al frente del barco a un paso de zozobrar, de administrar los botes salvavidas, de hacer lo que hay que hacer simplemente porque corresponde hacerlo.

En el momento de la tragedia, nacen los líderes. O no nacen. Roma había creado la figura del Dictador en tiempos de guerra, un vano intento también burocrático de inventar un líder por decreto. El extraordinario sociólogo Amitai Etzioni sostenía en una pequeña obra sobre administración empresaria que una empresa exitosa era la que designaba como jefes a los líderes informales. Es decir, no la que decretaba líderes, sino la que designaba líderes formales a los líderes informales.

A muchos teóricos les mete miedo el concepto de líder. Pero hay que estar en el frente de batalla para darse cuenta de que una horda de funcionarios o un congreso, no sirven para nada cuando llega el ataque de los ángeles de la muerte, más allá de promulgar alguna ley prohibiendo el vendaval, el tsunami, el terremoto o el virus. 


Los políticos sueñan que son líderes porque los ha entronizado su partido o unos cuantos votos en una elección. Pero ser electo no es ser líder. Nadie es electo líder salvo los tiranos, nadie nace líder. Ni Churchill soñaba con serlo cuando era un estudiante vago, ni Gandhi creyó que podría conducir a un pueblo a la independencia, hasta que lo hizo. Ni Anwar el Sadat sabía que un día se subiría a un avión por su cuenta y viajaría a Israel a proponer un acuerdo de paz imprescindible que parecía imposible.  Moisés nunca imaginó que lideraría a su pueblo apoyado en su cayado por la tremenda travesía del desierto hasta la tierra prometida. 


Y en la contracara, no son líderes los vacilantes y contradictorios Trump, Johnson, Sánchez o Fernández,  modestos grumetes de algún bote a la deriva, meros administradores de muertos estadísticos o reales. Ni hablar del irresponsable López Obrador, el homicida de México.


¿De qué material están hecho los líderes? ¿De qué tejido, de qué fibra? Tal vez de tragedia, de catástrofe, de cisnes negros, de burlas del destino, de sorpresas macabras de la naturaleza, de tsunamis y de pandemias. De gestos y de cárcel, como Mandela, o de olvidos y fracasos políticos, como Jorge Batlle. O de pagar el precio de su vida, como Gandhi, Martin Luther King, el Sadat, Rabin, Kennedy. Y hasta Moisés con aquél cruel sacrificio divino la noche antes de pisar la tierra prometida. De casualidades y de calamidades. 


Seguramente Luis Lacalle Pou soñó con ser un gran presidente, como lo hicieron tantos otros. Soñó con cambiar y mejorar muchas cosas, como tantos otros. Con dejar una marca, una impronta de su gestión. Con ser reelecto y ser un nuevo referente histórico. Soño con 90 días de romance, con cambios urgentes y nuevos rumbos de grandeza para Uruguay. Acaso todo eso no le haya sido dado. Acaso sólo tiene la opción de ser líder. Opción para la que nadie está preparado, que pocas veces confiere satisfacciones, que casi nunca culmina en la gloria y en el triunfo. Apenas en algún reconocimiento, lejano en el tiempo, de sus compatriotas. 


¿Podrá con tamaña carga? ¿Los compinches de su juventud que dudaban de él pasarán ahora a escucharlo, se inspirarán en sus palabras y sus actitudes? ¿Se unirán, aunque fuera por un rato para atravesar este Mar Rojo los de un bando y del otro?  ¿Se recubrirá del material que hace falta? Porque después de derrotar al virus viene la segunda parte de la batalla que es poner de nuevo en marcha a Uruguay. Y allí también hará falta un rumbo único, un líder que se alce por sobre el partidismo, las ideologías, las mezquindades y los odios. 


Nadie tiene una respuesta. Pero la historia siempre muestra un momento liminar, un instante de inflexión, cuando el individuo se da cuenta de que adelante de él no hay nadie más, que a sus espaldas el pueblo lo está mirando y espera su señal.  Y se siente insignificante, incapaz, nunca del todo bien preparado y lleno de dudas y de miedos. Pero alza su cayado del suelo y empieza a andar




El  Observador - 24 de marzo 2020


La hora de los privados

La chapucería y la ignorancia de los gobernantes son también contagiosas


La pandemia desnudó el continuo deterioro de ideas y ética de los dirigentes políticos mundiales y, consecuentemente, de la calidad de los gobiernos y del mismo Estado. Ampliando, también enjuicia a toda la dirigencia, pública y privada y a la sociedad misma, causal y víctima de tal estadio.
Se prefirió descalificar el éxito chino contra el virus acusando de mentiroso a su gobierno y argumentando que es más fácil controlar a la población bajo una dictadura. Como se trató de explicar los logros de Corea del Sur adjudicándolos al solo hecho de que son pueblos más disciplinados y obedientes.
Pero compárese la reacción de esos gobiernos con el negacionismo de Trump, Bolsonaro o Johnson, que perdieron un tiempo irrecuperable que les obliga a exagerar ahora las medidas de aislamiento. Ningún país tiene en stock 100 veces más tests de lo esperado ni 100 veces más respiradores y camas de CTI que las que las estadísticas indicaban como necesarias. Pero esos gobernantes que actuaron como los líderes africanos que negaban la correlación entre el VIH y el sida desperdiciaron la información científica que les hubiera permitido ganar tiempo en las medidas de aislamiento y, sobre todo, en comenzar la producción de elementos clave para la lucha contra el covid-19. Por caso, el más acuciante problema estadounidenses en este momento ¡es la escasez de mascarillas para la protección del personal hospitalario que debe atender a los afectados!




Otra constante es la ineficiencia del gasto en salud pública de buena parte de los presupuestos del mundo. Así se explican situaciones como las de Italia, donde prácticamente se está eligiendo qué viejos se dejan morir y cuáles se salvan o como la del mismo Estados Unidos, cuyo Medicare cuesta cada vez más en términos de PIB, cada vez es menos eficiente y más corrupto, pero todos los políticos se empeñan en mantener en manos del Estado.
La pregunta de fondo es: ¿para qué se va a usar el tiempo que se gana con el aislamiento en sus múltiples rigurosidades? ¿Únicamente para aplanar la curva de casos? La propuesta del ministro de Defensa israelí de aislar solo a los viejos para evitar que mueran suena a un gueto universal y cruel, casi equivalente a la misma muerte. Sería aceptable por un lapso muy corto, mientras se aplican los tests masivos que permitan el aislamiento inverso, opción hoy no disponible en la mayoría de los países, empezando por Estados Unidos. Con lo que aplanar la curva luce como patear la pelota lejos del área.
La otra acción debe darse en el extremo de los casos graves. Allí la atención temprana, la ayuda respiratoria y los cuidados intensivos pueden mantener con vida a los afectados mientras el organismo combate el virus y sus consecuencias. Ahí también hay un déficit mundial, que mete miedo cuando se analizan las vagas cifras que los funcionarios balbucean. Ni hace falta usar el ejemplo extremo y fácil de las espalterianas declaraciones del ministro argentino Ginés García; Estados Unidos desconcertado y la locura de España-morgue hacen pensar que las cuarentenas son una carrera: lograr matar al virus antes de que el virus mate a muchos.

Como el Estado no puede ni sabe producir nada, ni barbijos, ni respiradores, ni camas de CTI, ni vacunas, ni drogas antivirus, debe recurrir a los privados (salvo Ginés García, que los excluye peligrosamente), que tampoco están preparados para la emergencia, pero que son capaces de reaccionar de un momento para otro, acostumbrados a la lucha por sobrevivir. Entonces el Estado debe aportar su maquinaria hospitalaria y médica, su poder de mantener el orden social, la comunicación y también su capacidad de coordinación, tratando de agregar velocidad de decisión y eficacia, idealmente.
Nótese lo que ocurre con las minipymes con equipamiento de impresión 3D que están familiarizados con su uso en medicina reparadora. Han comenzado a producir por su cuenta partes de respiradores y otros elementos. Por otro lado, grandes empresas como General Motors o Tesla se han comprometido a producir equipamiento vital para la sobrevida. Sin olvidar a los laboratorios de todo el mundo que están fabricando los kits de testeo a marchas forzadas, ni los cientos de laboratorios que buscan remedios que atenúen el virus o vacunas. Es elemental que los gobiernos deben coordinar esos esfuerzos. La propia General Motors ha dicho que está lista para hacer lo que haga falta, pero no sabe qué hace falta. La respuesta de Trump fue que los privados sabrán lo que tienen que hacer. Un principio de laissez faire que tiene poco que ver con una guerra como la actual y mucho que ver con la precariedad conceptual.



Aquí se puede ver claro la tarea diferente del Estado y de los privados en la sociedad. Y este es el momento en que ambos sectores cumplan adecuadamente esa tarea que les corresponde. Se dirá que los privados están movidos por su ambición. Ojalá que la mano invisible del egoísmo sirva para salvar vidas. No sea que ocurra lo que con la penicilina: Fleming, creyendo que hacía un bien a la humanidad, regaló sus derechos sobre el descubrimiento. Y por 14 años nadie la produjo. Los privados porque no ganaban nada con la patente, el Estado porque el Estado nada produce. Hizo falta una guerra mundial para que el primer antibiótico parara tantas muertes.
Sin embargo, se recordará la colosal transformación bélica de General Motors, que colaboró decisivamente con la victoria aliada. En tres años fabricó al costo todo el equipamiento pesado americano. Finalizada la guerra pasó la factura por sus ganancias: un dólar. Lo que es bueno para América es bueno para General Motors y viceversa, fue el lema entonces.
Lo que es bueno para la humanidad, es bueno para el sector privado.  Y toda crisis también es una oportunidad de reconciliación.