Nace una nueva Argentina

El país y el neoperonismo a un paso de recuperar el legado de su líder


El resultado de las PASO  - de una fatalidad inexorable salvo un milagro de las matemáticas – ha tenido el mérito de resucitar todas las cartas a los Reyes Magos, listas de regalos de casamiento, reivindicaciones de privilegios, prebendas, y conquistas sociales que infectan y caracterizan a la sociedad desde la mitad del siglo pasado.

Ello condena a ver en los medios los mismos argumentos, falacias y despropósitos voluntaristas de varias décadas. En esa línea la UIA ha sido, como siempre, el primer adelantado del río del proteccionismo y del ordeñe del consumidor y del contribuyente. Su discurso es el remanido atraso conceptual mussoliniano que transfundiera en nuestro ADN la Cepal de Raúl Prebisch, que ya atrasaba en 1950, cuando se formuló. 

De refilón, habrá que hacer notar el baboso arrastramiento a los pies del número uno de Cristina Kirchner de los prohombres de la gran industria, que siguen fingiendo defender a las Pyme, cuando en realidad con sus ponencias colaboran a fundirlas. 

En esa tesitura de wishful thinking, la central empresaria reedita sus propuestas incompatibles, que se chocan entre sí y que tienen destino de explosión, pero que dejan alta rentabilidad para los privilegiados. 

Ese ejemplo se repite en todos los planos de la vida nacional. Están los que quieren pesificar las tarifas, o sea volver a subsidiarlas, algo que garantiza un colapso energético en breve. Les siguen los que pretenden poner plata en el bolsillo de la gente para aumentar el consumo, lo que inmediatamente merece el apoyo de una fila de economistas en busca de conchabo estatal que sostienen que la inflación no es un fenómeno monetario. Hiperinflación latente.

Quienes se sientan a la mesa redonda de los reyes Alberto y Cristina y  también economistas de fama (no necesariamente de prestigio) convalidan otros dichos de los nuevos magos en el sentido de que hay que bajar la tasa de interés y recomponer los salarios, lo que tendrá efectos instantáneos sobre el tipo de cambio y la inflación, de tal magnitud que resulta más sano no tratar de estimarlos ni menos anticiparlos. 

Los sindicatos y piqueteros hacen cola pidiendo esa recuperación salarial y subsidial del impacto inflacionario, lo que por justo que parezca, si se hace en pocos meses garantiza una espiral suicida arrasadora. Otro economista de primer nivel – de consulta diaria de Fernández - dice ahora que hay que olvidarse del mercado libre de cambios, garantizando así la eterna y nociva presencia excluyente del Banco Central, en la falsificación de moneda y en el regalo de dólares baratos, retomando la idea del ancla cambiaria Cavallista – siempre insostenible en el tiempo - y pavimentando el camino a más déficit futuro. 

Siguiendo con el síndrome Papa Noel, los neoperonistas, tanto la virtual pareja presidencial como sus equipos que generosamente podrían llamarse técnicos, se juegan una vez más al crecimiento, que supuestamente vendrá por el aumento de las exportaciones, que saben que es inviable con la presente carga impositiva, los costos laborales y este gasto del estado. Es posible creer que – en el mejor de los casos – mienten y harán luego lo correcto. Es posible creerlo si quien analiza el tema es marciano sin conocimiento previo de Argentina.  

El otro mantra que circula es la convicción, con algunos argumentos técnicos, de que no hará falta recurrir a una renegociación salvaje de deuda como en 2001, sino que bastará con una reprogramación amistosa de los plazos, “a la uruguaya” manteniendo la misma tasa de interés. Los reyes, lamentablemente, son los padres. Aunque los fondos de inversión - partícipes necesarios del endeudamiento cambiemista - estén haciendo lobby en ese sentido, porque eso los dejaría incólumes y con una gran ganancia, tal cosa no pasará.

Las diferencias entre Uruguay 2003 y Argentina 2020 son tantas y tan largas que habría que hacer otra nota nada más que para explicarlas. Habrá entonces que dar un solo argumento: Argentina no tiene en toda su dirigencia una persona de la convicción, el coraje, los principios y la fortaleza de Jorge Batlle. Si no fuera por él, Uruguay sería hoy un cómplice de segundo orden argentino. 

Con el nombre de default o el que se les antoje, la renegociación será más larga de lo que simplificadamente se cree. Seguramente habrá quitas de capital e intereses y ciertamente no habrá crédito externo por algunos años. Si no se incorpora ese dato clave, cualquier plan o programa carecerá de sustento y se desmoronará. 

La cantidad de despropósitos incumplibles o incompatibles que surgen de los políticos neoperonistas y sus renacidos aplaudidores-babosas son de tal magnitud y cantidad que no es absurdo preguntarse si no se está buscando provocar un reseteo económico-social como el que se produjo o fue producido antes de la asunción de Cavallo en 1991 o antes del milagro de Lavagna en 2003. Lo que, además de canallesco sería ineficaz, porque la recidiva dejará al país tan exangüe que se estaría ante un coma inducido pero irreversible. 

Y por último, se vuelve a hablar del pacto, consejo o acuerdo nacional, que supuestamente permitirá que cada sector se suicide alegremente y se resigne a ser pobre mientras los otros más o menos zafan. Aún suponiendo que ello ocurriese, resulta ilusorio creer que los gobernadores y sus pichones intendentes, que lucen reiteradamente su bajeza y falta de lealtad y consecuencia (al igual que los empresarios, sindicalistas y piqueteros rentados) serán capaces de acto alguno de grandeza. Dicho esto con total prescindencia partidaria. 

La oportunidad que no aprovechó Macri - por las razones que fueran -   para salir de la perversión secular que campea en el sistema y la sociedad argentina, fue única. Creer que ese sistema va a generar el remedio a su propia enfermedad, puede ser un impulso de optimismo, pero no es un ejercicio de la inteligencia. 

Este doloroso 2019, por muy malo que haya resultado, puede llegar a ser menos grave que los años por venir. La nueva Argentina, el sueño de humo que vendió Perón, terminó en sus tres presidencias engendrando un país de pesadilla. Ahora, como en las películas de terror, el neoperonismo se vuelve a encontrar con el destino de fracaso que le trazara su líder. La nación también. 



El observador. 1 de octubre 2019 OPINIÓN 



La rebelión de las masas

Cuando la defensa de los derechos atropella a la democracia, ninguna causa es legítima

La imagen y la voz de la joven Greta Thunberg retumbando en las Naciones Unidas para hacer oír su queja y su ira por la indiferencia ante el cambio climático conmovió la sensibilidad de vastos sectores. Y concitó el enojo de otros. En ambos casos, por razones, intenciones, prejuicios, intereses e ideologías diversas. Se mezclaron, además, cuestiones de género, discriminación, acusaciones, eslóganes y solidaridades ajenas al tema en sí. Como suele ocurrir.

El cambio climático bien puede ser el epítome de las reivindicaciones y reclamos de todo tipo que caracterizan el actual mecanismo de disrupción sistemática de la sociedad mundial. O de una parte de ella. En este caso, potenciada por la amenaza casi teológica del fin del mundo a plazo fijo, que ocurriría exactamente en 2047, no se conocen aún mes y día.

El sarcasmo de la frase no intenta descalificar la importancia del problema ni del reclamo. Ni su gravedad. Tampoco ignorar los abusos aberrantes que ha habido y hay en contra de la naturaleza. Y esto podría aplicarse a todos los otros casos de movimientos reivindicativos. Lo que preocupa es el concepto tan simplificante y adolescente, tan de influencer, tan de Facebook o Twitter, de tomar la instantaneidad, juzgar y querer actuar sobre ella y modificarla de urgencia, haciendo caso omiso de las razones o de los antecedentes, despreciando por ignorancia, comodidad o por puro ejercicio de la posverdad, la historia y, sobre todo, la lectura de la historia, convertida en irrelevante e inútil. 

Eso lleva, en el caso del clima, a omitir recordar, por ejemplo, los graves daños ambientales generados por la mengélica deforestación-reforestación escandinava, con su correlato de genocidio de la biodiversidad, fruto de enormes intereses económicos, para atacar a Brasil, ahora culpable único del calentamiento global. Y a la injusticia infantil de denunciar al voleo a algunos de los firmantes del Acuerdo de París, pero no a EEUU y China, los peores polucionantes, porque han renunciado a ese tratado.

Esto lleva a grandes contradicciones. Los chalecos amarillos en Francia, nacieron para protestar contra el impuesto a las naftas y gasoil, diseñado para desestimular el uso de combustibles fósiles. ¿Habría entonces que hacer enfrentar a quienes protegen el medio ambiente con quienes quieren que el combustible sea más barato? Lo que refiere al punto siguiente. La tendencia a la instantaneidad lleva a desvirtuar reclamos que son justos o atendibles con acciones directas o de alguna forma de violencia, insulto o linchamiento mediático.

No es muy distinta la problemática en todos los movimientos reivindicativos, no solo los del clima y la polución. Casi todos reclaman derechos que no se pueden ignorar y que son inherentes a la persona. También casi todos terminan en algún tipo de violencia, insulto, grito o escrache que ignora los derechos ajenos. Como si además de querer elegir libremente, se quisiera impedir que los otros eligiesen libremente. Con lo cual se termina transformando un reclamo válido en una grieta  insalvable, en una imposición de las propias creencias sobre el resto. No basta con reivindicar el derecho de uno mismo y “visibilizarlo”. Se debe conculcar el ajeno. La sociedad debe ser modelada según el criterio de quien se siente afectado, tal vez para evitarse hasta el complejo de ser distinto. Una suerte de cobardía. Un formato de closet.


Hay otro punto en común que resulta más grave: la deliberada ignorancia a las reglas de la democracia. Así como se consideran innecesarios el conocimiento y el estudio –algo genético en las redes– se considera superfluo el respeto por la democracia, que solo vale cuando se consiguen leyes que responden al propio criterio, no cuando contemplan el del otro, en cuyo caso merecen la sublevación, el escarnio o el incumplimiento.

Masa contra democracia. Si viviera Ortega, estaría ya escribiendo los primeros capítulos de la temporada 2 de La rebelión de las masas, su obra maestra. No hace falta formarse, no hace falta estudiar, no hace falta trabajar, no hace falta votar, no hacen falta argumentos sólidos. Basta con insultar, marchar, descalificar, escrachar, ignorar y romper.
En el extremo del absurdo, también en el extremo del abuso, está el movimiento antivacuna. La peor violencia contra un hijo. El mayor desprecio por la ley. Y otra vez, un escupitajo en la cara de la sociedad que sufre y paga (sic) los efectos de la ignorancia transformada en casi religión y en derecho humano.


Ahora, con un nuevo enemigo externo, como describiera Orwell, que encantará a todos los totalitarios: la amenaza del fin del mundo. Arrepentíos, el fin está cerca.