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Trump, sin freno, contra la globalización y el mundo


Atrapado por sus impulsos precarios, su enfoque pueril y su desconocimiento político y económico, el presidente americano completa ahora su ciclo de furia arrojando el rayo proteccionista de los recargos de importación sobre el sistema estadounidense y global.

Trump viene tomando decisiones ruinosas. La idea de reunirse con el delirante líder de Corea del Norte - que no puede salir bien – preocupa a los pocos asesores sensatos que le quedan y al sistema de inteligencia política americano.  La cumbre no aliviará las tensiones de una nueva guerra fría, sino que las aumentará, frente a la más que posible eventualidad de un final de sainete con rencores, amenazas y escaramuzas costosas.

El partido republicano, que en un principio parecía que pondría límites a su presidente, fue seducido con la dulce melodía del aumento notorio del gasto armamentista y el de las operaciones de inteligencia y bélicas. El gasto militar es un suculento botín para muchos sectores del partido, como lo son los servicios de tercerización de tareas de guerra y la subcontratación de empresas privadas de soporte en el campo de batalla y aún operativas, en misiones de espionaje y en operaciones secretas de la CIA o la NSA. Que además de su adjudicación discrecional, tienen la ventaja de no ser auditadas. Esto asegura el apoyo de un importante número de senadores.

Mientras se siguen discutiendo otras reformas igualmente peligrosas, retrógradas y rentables, Donald avanza sobre la economía mundial con su versión proteccionista al mejor estilo de los años 30, con los recargos específicos al acero y el aluminio, los aranceles por 60.000 millones de dólares al voleo que impone a China, el repudio y revisión de tratados,  y amenazas diversas en caso de retaliación. Esta protección también es del agrado de los estados republicanos del norte, que vieron esfumarse sus industrias primero por la obsolescencia propia y luego por el efecto de la globalización. Trump suma apoyo republicano, pero como se verá, los estados del sur - demócratas – sufren y sufrirán las consecuencias, de estas medidas. Y también las sufrirá el conjunto de la sociedad americana.

Tanto esta política como la de las rebajas impositivas, ha “vendido” a Trump como una especie de paladín libertario, un luchador por la ortodoxia económica de la mejor Escuela Austríaca, un campeón de los derechos de los que no tienen trabajo, los desplazados del pasado y los futuros desplazados por la robótica, la competencia desleal de toda la humanidad y otros fantasmas. Apresurémonos a decir que estas políticas no tienen nada de ortodoxia, ni son liberales, ni son de la escuela austríaca ni tienen pies ni cabeza.

China ha tenido y tiene conductas comerciales reprobables que debe modificar, pero  eso no debe llevar a verla como el monstruo que pinta el multifallido magnate. Y aun si lo fuera, habría que aplicar el principio fundacional de la teoría del libre comercio: si un país estuviese loco y regalase sus productos, los consumidores de EEUU y el resto del mundo deberían aprovecharse de tal generosidad y comprarle a raudales para usufructuar semejante ganga.

Uno de los peores aspectos de la medida es que deja al presidente la potestad de aplicar o quitar los recargos a los países que él decida, un criterio fulminado por Mises y Hayek, por los aspectos éticos y autocráticos y  por la imprevisión que crea en la economía. Como las reglas económicas rigen tanto a Haití como a Estados Unidos, este proteccionismo incipiente y su inevitable aumento, encarecerá los costos de vida del consumidor americano, bajará sus exportaciones y reducirá su bienestar, tarde o temprano. El problema es que esos efectos se trasladarán a casi todo el mundo, ya que China obra como una maquiladora global. Si se agrega el efecto de la etapa de retaliaciones comprensibles pero insensatas que acaba de comenzar este país,  el panorama se complica aún más. “Es un modo de negociación” – dicen algunos. Han empezado guerras así.

Se tratan de actos de proteccionismo populista, que aumentará la ineficiencia y no producirá un  incremento de los puestos de trabajo, que hoy crecen por otras causas. Basta comprender que las empresas relevantes como fuentes de empleo en la industria del acero americana, no son las que producen acero y aluminio, sino las que elaboran bienes en base a acero o aluminio. Los precios de esos productos subirán, sus ventas bajarán. El empleo no vendrá.  La reacción visceral a la baja de Wall Street el jueves, dure o no, muestra que hay sectores que temen eso, aunque a los republicanos las medidas les parezcan adecuadas y beneficiosas y estén hartos de “regalar sus puestos de trabajo” y otras precariedades intelectuales.  Sin contar con que no es hoy la industria la generadora de trabajo.

Un análisis parecido cabe sobre el paquete impositivo. En esencia, baja 10 puntos promedio el impuesto a las ganancias de empresas, y mantiene igual o ligeramente más alta la presión sobre los privados. Esta baja del impuesto a las empresas, que ya barajaba Obama, tiene como primera razón el detener la radicación de empresas en el exterior, no sólo en áreas off shore, sino en cualquier país que les cobre menos tributos, como ocurre con Apple, MacDonalds, Starbucks o Uber. La idea es que esas empresas regresarán a tributar a Estados Unidos, tal vez con un cargo bajo por los períodos anteriores. (también previsto por Obama)

Esto también suena muy bien al Partido Republicano. Esta rebaja anuncia el turno del ofertismo, o supply-side economics, teoría que establece que al bajar los impuestos a las empresas, estas aumentarán su inversión y consecuentemente su producción, y al incrementar la oferta, terminará agrandando la demanda. Un principio que se sustenta en la ley de Say, que postulaba que toda oferta crea su propia demanda. Un grave error de interpretación, porque la ley del economista francés no dice lo que se cree que dice. Con lo cual la teoría trumpista hace agua.

Se desempolva entonces la curva de Laffer, el economista americano que asesoró a Reagan, que determinaba que a hay una relación de tasa/recaudación óptima, y que a una tasa más alta la recaudación baja. Pero Laffer nunca dijo que eso se debería a un aumento de la actividad, sino a la menor evasión. Eso tiene menos valor hoy, en que la evasión es cada vez menos factible, aunque puede aplicarse a las radicaciones en otros países contra la que Trump lucha no sólo con esta ley sino al estilo Moreno, “apretando” empresas. Por eso, esperar un aumento de inversión y actividad que compense la falta de recaudación por vía de un crecimiento del PBI, es irresponsable. Pude hacerle una larga entrevista al creador de la curva en 1993 y coincidió en que la baja de alícuota no tiene demasiado efecto ni en la demanda ni en el crecimiento del PBI. Y además sostuvo un punto clave: que si se aplica una baja en la tasa a empresas en una política de ofertismo, es fundamental bajar el gasto del estado, para no terminar generando más déficit, más deuda y más costos al sistema. Curioso que el mensaje sea siempre el mismo: baje el gasto, después piense en políticas tributarias y otras variantes. Se suele olvidar esa parte de la receta.

Trump no es el dueño de esta idea. Los republicanos lo hicieron con Reagan. Bajaron la tasa y subieron el gasto. Y esperaron que el ofertismo aumentara el PBI, lo que equilibraría la ecuación fiscal. Pues no ocurrió. El gasto subió, (en especial el militar y el de seguridad) como ahora, el déficit creció, el empleo se estancó y finalmente, Estados Unidos triplicó su deuda externa, un record absoluto hasta ahora. No hay ninguna razón para pensar que esta vez no ocurrirá lo mismo. La deuda, que hoy representa el 70% de su PBI, prevé llegar al 100% en poco tiempo. También las proyecciones del déficit siguen esa tendencia alcista. Algunas empresas que se han beneficiado con la baja tributaria han otorgado bonuses a su personal, y otras han prometido repatriaciones de capital, (sin efecto alguno sobre la economía) y otras algunas pocas inversiones. Nada más. Colegir que habrá un boom de inversiones es un exceso de optimismo, y el escenario tenderá a parecerse al descripto de Reagan.

Desde la limitada óptica del inversor de Bolsa, la baja mejorará los dividendos, si las empresas deciden distribuirlos. Lo más probable es que muchas recompren sus acciones, lo que generará una ganancia de capital, que podrá crear algunos ricos más, pero no mejorar la economía. Si al aspecto fiscal se le une el proteccionismo, el futuro se agrava, porque la combinación es paralizante, como sabe cualquier argentino.

Tanto esta rara política fiscal, como el proteccionismo, como el fuerte aumento del gasto armamentista y del gasto en general, está en el corazón de la mayoría de los republicanos. Lo mismo se puede decir del concepto de “América para los americanos”  reflotado por Trump y de su reivindicación de la teoría del garrote y la zanahoria de Teodoro Roosevelt. Y en una no casual simetría, lo mismo ocurre con su política internacional de prepotencia e imposición.

No habrá que olvidar que a fines del gobierno de Clinton - que bajó el gasto militar por única vez en un siglo y llegó a tocar el déficit cero - la FED discutía cómo actuar en un contexto en el que la tasa de interés no se pudiera manejar porque EEUU no tendría deuda. Después de ese momento único, vendría el 9/11 que justificó la política republicana de George W. Bush, con estas mismas ideas de déficit, belicismo y endeudamiento de hoy, que Obama no cambió.


Enredado en ideas pueblerinas y obsoletas, Trump lucha contra la globalización como un quijote desaforado e impulsivo, apoyado por su partido de gerontes. En esa lucha estéril Estados Unidos puede recibir el golpe de gracia a su liderazgo.