Tuesday


Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador


El falso dilema entre democracia y seriedad económica

Confrontados con la imperiosa necesidad de tomar un camino de seriedad fiscal, apertura comercial, prudencia en el endeudamiento y otros principios de ortodoxia económica, los gobernantes, políticos y politólogos comprensivos suelen responder unánimemente: “Ese camino choca con la política, la voluntad de los ciudadanos, las decisiones democráticas y el mecanismo mismo de formación de leyes”.

Ese es, por ejemplo, el rumbo del gradualismo que ha elegido Mauricio Macri en Argentina, que, como es previsible, lo está llevando a ninguna parte, ya que detrás de ese eufemismo se esconde fatalmente la inacción, en un sistema estatista que está acostumbrado a neutralizar cualquier intento de achicarlo aunque sea en una mínima parte.

El estatismo uruguayo, sin que nadie lo haya amenazado aún con ningún intento de sobriedad, ya se está curando en sano, esgrimiendo entre otros un argumento que parece original. “El sistema oriental es distinto, las reglas democráticas hacen que la formación de leyes sea diferente y entonces la fría recomendación de los economistas debe ceder ante las decisiones y necesidades de la sociedad”.

Cabe comenzar a rebatir ese concepto con otra afirmación. El sistema de gobierno uruguayo no difiere demasiado del argentino, ni del americano, ni de muchos países semipresidencialistas. Por lo menos así surge de la lectura de las constituciones y sus códigos. Por supuesto que habrá diferencias inherentes a la idiosincrasia de cada sociedad, pero no a su sistema político. Esa idiosincrasia puede aumentar la corrupción, determinar el grado de debate o su intensidad, la tendencia a acordar, el tipo de acuerdos y el secreto interno. Pero no el concepto central.

Muchos analistas se empeñan en considerar características destacadas de la democracia a las condiciones especialísimas que plantea la presencia protagónica del Frente Amplio en su espectro político. Las reglas internas de debate y negociación de esa coalición, que en aras de su férrea unidad no respeta la proporción de los resultados electorales de cada fuerza, más la suerte de auditoría y presión casi paralizante que el Pit-Cnt ejerce sobre el gobierno y la sociedad, interna y externamente, son interpretadas como expresiones democráticas superlativas.

Por eso se alega que cualquier cambio hacia la ortodoxia económica se enfrentaría a obstáculos insalvables, en nombre de las demandas y los deseos de la sociedad. Se trata de una concepción muy particular de la democracia. La situación de Argentina también tiene condicionamientos heterodoxos al mandato de las urnas: los gobernadores le dictan a los legisladores las leyes que tienen que aprobar, y a su vez los legisladores no aprueban ninguna ley laboral sin acuerdo de la CGT. La única diferencia es que Argentina no ha encontrado un nombre adecuado para denominar esa gambeta a la democracia, en cambio Uruguay sí: le llama poliarquía.

En rigor, no es la democracia la que plantea una disyuntiva con la ortodoxia económica, sino la pura y simple especulación electoralista. Esa práctica de no hacer lo que se debe para no dañar el caudal de votos o de conceder dádivas para ganar el favor de los votantes, tiene un nombre universal. Se llama demagogia. En épocas más recientes, también se le denomina populismo.

Pese a que tantos países latinos tienen la tendencia a creer que las reglas de la lógica y la racionalidad no se le aplican por tratarse de una sociedad distinta y única (el famoso “Dios es...” –y aquí viene un espacio para que cada uno coloque el nombre de su patria–), eso no suele ser así. Lo había comprendido ya en 1835 un joven abogado francés, Alexis de Tocqueville, que tras ahondar brillantemente en la sociedad americana escribe su monumental obra La democracia en América, donde vaticina justamente que el nuevo sistema es apasionante y revolucionario, pero lleva inevitablemente a un escenario en que la masa demande concesiones irresponsables del gobernante, y que éste deba otorgárselas para conseguir su voto.

Por eso es que otros pensadores de la democracia insistieron en que, para el adecuado funcionamiento de ese sistema, era imprescindible la educación de la población. Tal educación impediría las demandas irracionales que lleven a esos mismos demandantes a la ruina y la miseria si se les concediesen u ofreciesen. Es evidente que esa parte de la teoría no ha merecido demasiado interés por parte de la política y la exégesis de varios países. Al contrario, como en un plan orquestado, han deseducado a los votantes, con lo que se preparó el camino justamente a esa estereotipada frase: “este país es distinto, aquí eso nunca se podría aplicar”.

Si se dan las condiciones de demagogia y populismo, todos los países y los pueblos se tornan iguales. No es cierto que haya una raza diferente capaz de hacer sacrificios en pos de un mejor futuro, mientras otras sólo se ocupan de su bienestar inmediato sin importarles el día siguiente. Si los políticos acostumbran a una parte de la sociedad a recibir permanentes prebendas, dádivas y subsidios, a la larga toda esa sociedad querrá lo mismo, y ese pueblo tenderá a la miseria o al estancamiento.

Entonces, los gobernantes pueden elegir entre ganar las próximas elecciones o ser estadistas. Los estadistas se esforzarán por encontrar los caminos -económicos, sociales, geopolíticos, que consideren beneficiosos para la sociedad. Y luego tratarán de persuadirla de que apoyen con su voto las medidas necesarias para lograr esos objetivos, que casi siempre, o siempre, implicarán un esfuerzo mayor que el que a la sociedad le gustaría. Tal vez ese debería ser el rol exclusivo de un presidente. Que no suele ser capaz de desempeñarlo.

La idea de querer repartir bondad y bienestar sin esfuerzo no sólo es irresponsable, sino que es una falacia. La historia dice que eso jamás es sustentable. Justamente el socialismo en todos sus disfraces, que defiende la supuesta justicia social de tal idea, termina arrogándose el papel de saber qué es lo mejor para cada individuo y de proveer a su felicidad, lo que no sólo conduce a la ruina, sino a las tiranías. Eso también concluye Tocqueville, como Hayek un siglo después en su inapelable Camino de servidumbre.

Justamente el gran pensador francés lo resume así: “La población tiende a transformarse en una masa sin educación con demandas incesantes. El estado extiende sus manos bienhechoras sobre la sociedad y le ahorra todos los esfuerzos, hasta el de pensar. En tales condiciones, la democracia conduce a la mediocridad y la decadencia”.

Un economista serio, como un almacenero serio, como un jefe de familia serio, va a recomendar siempre prudencia, ahorro, esfuerzo y trabajo. Y a veces sacrificio. Todas malas palabras para el político que busca votos y el poder por el poder mismo.

No se trata de un dilema entre la ortodoxia económica y la democracia. Se trata de una lucha sin tregua entre la seriedad y la demagogia. Eso vale también para Uruguay.

Friday


Nota de un joven economista, en 1993 en El Cronista


El jueves pasado, en el programa de Bernardo Neustadt por Radio América, el señor Francisco Macri se refirió a un economista que, según él, "es un animal o está mintiendo", ya que este economista está escribiendo en los diarios que la industria automotriz trabaja con el dinero de la gente.

Da la casualidad que yo soy economista. También da la casualidad que justo una semana antes había publicado una nota en El Cronista afirmando, entre otras cosas, que la industria automotriz trabaja con los recursos de los consumidores.
Y, finalmente, da la casualidad que El Cronista fue el único medio que publicó una visión crítica del régimen automotriz en vigencia.

Teniendo en cuenta todas estas casualidades, no es casual que me sienta aludido por las declaraciones de Macri. Pero el punto que me interesa discutir no es si soy "un animal o un mentiroso", sino que lo que me interesa es aclarar un
par de puntos sobre esta cuestión.

En primer lugar, Francisco Macri sostiene que cualquier persona puede comprar un auto pagando sólo el 10% del valor del mismo. Para no entrar en grandes discusiones sobre este punto, lo que sería interesante es que Macri diga
públicamente en qué lugar, si es que se está refiriendo a la Argentina, uno puede comprar un auto pagando sólo el 10% de su valor, recibir inmediatamente el auto y pagar el resto en cuotas que no correspondan a un sistema de ahorro
previo.

Y es importante que lo diga, porque de esta forma él podría incrementar sus ventas, ya que mucha gente hoy paga la mitad del valor del auto y luego tiene que esperar meses hasta que le entreguen la unidad. Por lo tanto,
insisto, lo mejor que puede hacer Macri es dar públicamente esa dirección para captar a todo un segmento del mercado consumidor que hoy se siente maltratado por la industria automotriz. Después de todo, la gente no va a ser tan tonta
de pagar por anticipado un auto si le ofrecen entregarle inmediatamente la unidad contra el 10% del valor del auto.

En segundo lugar, Macri dijo, en el mismo programa, que quienes importan automóviles "están importando miseria". Ahora bien, si esto es efectivamente así, resulta ser que justamente la industria automotriz ha sido la que más
miseria ha importado ya que de las 102.000 unidades importadas el año pasado, la industria automotriz importó el 70% de ellas pagando el 0% o el 2% de derechos.

Es más, si importar es equivalente a miseria, porque elimina puestos de
trabajo, quiere decir que cuando la industria automotriz argentina exporta a otros países está exportando miseria, lo que nos llevaría a la conclusión que Macri ha estado importando y exportando miseria.

Afortunadamente esto no es así. Hace mucho, pero mucho tiempo, se descubrió que el intercambio entre las naciones no genera miseria, sino que genera una mejor asignación de los recursos productivos y, por lo tanto, más bienestar para la
gente, inclusive hace rato que las ventajas del comercio internacional se enseñan en cualquier curso de introducción a la economía.

Para terminar esta nota vale la pena recordar lo que le pasó un día a Robinson Crusoe en su isla. Cuentan que estaba sentado en la playa observando el mar. De repente vio que las olas acercaban una madera que constituía una balsa
perfecta. Balsa que hacía rato Crusoe necesitaba para salir a pescar. Su primer impulso fue, ante tamaño regalo del mar, salir corriendo para tomar la balsa antes que las olas se la llevaran nuevamente.

Iba corriendo Robinson Crusoe hacia el mar y de repente se detuvo y pensó: "Un momento. Yo iba a construir una balsa una vez que hubiese cubierto otras necesidades más perentorias. Si yo tomo la balsa que me trae el mar no me hará
falta construir la balsa. Si no construyo la balsa quedaré desocupado y mi industria marítima quebrará. Además, si no construyo la balsa, no tendré que cortar madera, con lo cual también afectaré a mi sector maderero. Inclusive, al no cortar la madera no tendré que afilar el hacha, lo cual me generará desocupación en mi industria de bienes de capital.

Peor aún, mi ministro de Hacienda, Sunday Horse, no cobrará impuestos. Realmente sería una ruina para mí tomar esa balsa que por tan bajo precio me ofrece el mar. Es más, lo inteligente es tomar la balsa y arrojarla más lejos, con lo cual habré incluido valor agregado a mi tarea de rechazar la competencia externa".
De esta forma, Robinson Crusoe defendió su industria marítima. Estuvo meses fabricando su balsa, pero, eso sí, se quedó sin poder satisfacer un montón de otras necesidades que tenía porque volcó todo su tiempo y sus recursos en
fabricar algo que podría haber conseguido mucho más barato.

Roberto Cachanosky
­
 DIA15 MES06 ANO93     
La injusticia liberalota - Carta abierta


Mis amigos y colegas economistas liberales, no se encrespen por la nota-manifiesto-credo del nuevo diputado de Cambiemos Fernando Iglesias. Dead wrong. Deberían agradecerle.

Al dejar de lado el término neoliberal, el gran invento progresista para denostar a los que pretenden la seriedad en la gestión pública, le quita a la discusión cualquier tono académico. El término neoliberalismo, pese a no significar nada, obligaba ante la opinión pública a dar alguna respuesta técnica o académica. Ahora, en cambio, con este neoneologismo liberalote no hace falta responder seriamente.

Ese término liberalote, evidentemente inspirado por el florido y vacío estilo de Asís, (léase humo) no tiene significado alguno. Recuerda a mi amigo Landrú, en sus chistes de señoras gordas, que usaban esa terminología. (Ojo, no querría caer en ninguna infracción a las reglas de progresismo sobre géneros y esas cosas)

Decirle a alguien liberalote es como decirle regordete, o picarón. O grandotote. Casi una expresión mimosa intrascendente. Así que no veo que se tengan que devanar los sesos en explicaciones teóricas que a nadie, y menos a Iglesias, le interesan. Concéntrese en el relato, no se dispersen con detalles.

El segundo punto que debe agradecérsele, es la referencia a la imposibilidad de alguno de ustedes, inútiles liberales, de conseguir 4000 votos para armar un partido y ganar las elecciones. La frase es el primer mandamiento del evangelio cristinista, (Viene de Cristina, femenino de Cristo) "Formen un partido y ganen las elecciones" como recordarán, y significa que el que gana hace lo que se le canta. O sea, jodete. ¡Eso es saber de política!

También muestra la eficacia del sistema que han ideado los monopolistas corporativos del poder. Un simple mecanismo de elección por distrito resolvería ese problema de ustedes, de juntar 4000 votos, que el mecanismo administrativo de la corpo atacará con ensañamiento hasta dejarlos reducidos a 20, con inspecciones mensuales. Pero ¿para qué cambiar lo que tan bien anda?  El neodiputado ha conseguido evitar esas molestias uniéndose a Cambiemos. Cualquier cosa, menos permitir que se vote por un diputado individualmente. (Por supuesto que para Fer ganar las elecciones supone tener razón en todo)  

Muchos giles que conozco, todavía están juntando los primeros diez mil dólares para llegar a los quinientos mil dólares en publicidad que hace falta para disputar con éxito una elección a diputado. Aprendan, ustedes que se dicen libertarios y qué se yo. (Debo ser justo y aceptar que Macri propuso cambiar el sistema político: color, tamaño, gramaje de las boletas, voto digital. Todo irrelevante para evitar el monopolio partidista y el autoritarismo de las PASO, pero hay que ser graduales o te queman el país)

Otro punto que no advierten, por vuestra edad avanzada, (liberalote también suena a vejete) es que Cambiemos nunca fue liberal, como parece que ustedes creían, como no lo fue nunca Macri (ninguno de los dos). Se ve que las notas publicadas con vuestra firma antes de las elecciones presidenciales eran fakes.  Como esta, por ejemplo.

No culpen al pobre Iglesias de vuestra cortedad de miras, si también ahora tardíamente descubren que él no es lo que decía ser, o lo que ustedes creían que él era. Dejen de usar ese materialismo dialéctico que los caracteriza.

Lo que tampoco deben hacer es tratar de explicarle y debatir con él el tema del gradualismo. No propongan soluciones que hagan que les quemen el país. Por eso es mucho mejor el gradualismo, que viene del latín gradua, que quiere decir boludo, e ismo, que quiere decir contribuyente. Lo que seguro no deben hacer, es perder tiempo en explicaciones técnicas. Ustedes no saben nada de política. Dedíquense a enseñar, preferentemente en esos países desarrollados, como Alemania, Chile, Perú, Singapur y otros. O en Noruega y Suecia, que han logrado dejar de lado hace rato al progresismo.

Un dato duro: la nota de Iglesias iba a ser publicada en donde publica Roberts los sábados. Pero parece que Carlos Reymundo se puso celoso y la publicaron como nota en serio.

Se los digo de corazón. (Usando el pronominal los mal, como corresponde a los políticos, filósofos y sociólogos milennials) No pasen más vergüenza. Los quiero a todos, igual.


Dardote

Sunday

Principios


Repasando a Friedman


Originalmente Milton Friedman había sostenido que los recursos que se dilapidaban en producir oro para mantener un sistema de respaldo monetario, podrían dedicarse a cualquier otra actividad más productiva, una suerte de endoso a la eliminación del patrón oro.

Más de una década después, en su artículo de 1986 "Los costos del recurso de la moneda no redimible [fiduciaria]"dice Milton Friedman que al observar el desmanejo monetario y los engaños causados por los gobiernos y los bancos centrales durante el siglo XX, era "crystal clear" que los costos de extraer oro, hacerlo moneda o lingote serían mucho menores que  los costos disruptivos y desestabilizantes impuestos a la sociedad por la inflación de moneda papel sin respaldo oro y las burbujas (Boom and Busts) de los ciclos económicos impuestos por las manipulaciones de dinero e intereses por los bancos centrales.

En su discurso de 1985 al asumir la presidencia de la Western Economic Association, "Los economistas y las políticas públicas" sostuvo estar persuadido de que nunca sería conveniente en el largo plazo - aún para los propios bancos centrales, manejar el sistema monetario de acuerdo a algún hipotético beneficio de la sociedad.

Quienes tienen las palancas de la impresión de dinero siempre estarán sujetos a las tentaciones y presiones de las ventajas de corto plazo que la emisión puede generar. Allí admite que había sido una pérdida de tiempo de su parte tratar de persuadir a los gobiernos de seguir su idea de una regla monetaria.


En otro artículo en 1986, "¿Tiene el gobierno algún rol en la moneda?" (Con Anna Schwartz) concluía que "dejar las cuestiones monetarias y bancarias a las decisiones del mercado habría producido un resultado más satisfactorio que el logrado con la intervención de los gobiernos".

Se enredan tanto en ecuaciones y gráficos, que se olvidan de lo esencial.