Publicado en El Observador 12/10/2021



El Descubrimiento que ahora nadie se atreve a celebrar

 

La demonización de Colón es parte de un proceso para destruir todos los valores de occidente, sus instituciones y el concepto mismo de nación

 



















La cancelación es la nueva herramienta que el posmarxismo de mil nombres y mil cabezas utiliza para apoderarse de la democracia y destruir la idea de soberanías nacionales. El concepto socialista siempre ha funcionado mejor, para sus teóricos, en una sociedad mundial única, donde se puede redistribuir la riqueza universal y, sobre todo, donde no hay exitosos con los que compararse. Tal es el concepto encerrado en las ideas de la Renta mínima universal y del impuesto mundial, que tienen defensores impensables, como la UE, que aspira a decidir hasta si los países deben aplicar la teoría de la fuente o de la residencia. Porque, en definitiva, el neoestalinismo quiere hacer desaparecer el concepto de Nación, de soberanía, hasta de Patria.

 

Coherentemente con ese masterplan, un día se decidió demonizar el descubrimiento de América, transformando la figura de Cristóbal Colón en una especie de Hitler de la naciente Edad Moderna, en un Stalin purgador de indígenas, en un despiadado asesino de aborígenes. 

 

Nadie puede defender a Cortés o Pizarro, seguramente. Tampoco a la iglesia en su campaña de evangelización esclavizante, ni a tantos otros protagonistas de lo que se llamó la Conquista. No demasiado distinta en sus procedimientos a la desordenada y despiadada Europa, fruto de las invasiones salvajes de los hunos, los francos, los visigodos, los ostrogodos, los otomanos, los anglos, los sajones, de los reyes que se mataban entre ellos los para sucederse, de las cruzadas, de las guerras de conquista mutua, de poblaciones sojuzgadas por el vencedor de turno, sin derechos, sin respeto, sin dignidad. Y sin tener plumas ni pinturas. Solamente porque algunos eran vencedores y otros derrotados. 

 

Pero hojeando la historia, se observa que Colón, y la reina Isabel, su sponsor, emprendieron la aventura del Descubrimiento sin intenciones de conquistar nada, ni de subyugar nativos, ni de matarlos. Simplemente querían encontrar una nueva ruta comercial al Asia, porque las flotas salvajes de sus civilizados enemigos europeos le impedían usar el Mediterráneo como vía de paso. La epopeya colonizadora fue fruto de la ambición de comerciar. Unida a la aplicación práctica de la teoría no probada de que la tierra no era plana, sino redonda. 

 

Claro que la idea había que sostenerla con coraje y riesgo. Por eso los tripulantes del genovés eran presos liberados, y luego todos los conquistadores eran aventureros con permiso, mecanismo no diferente al de los corsarios ingleses. Por eso en la conquista se usaron los mismos métodos que usaban las grandes potencias marítimas de la época: la guerra, la violencia, la superioridad armada, el avasallamiento del enemigo, o del competidor. Por eso España crea el monopolio, otra muestra de prepotencia. Prontamente imitada por Portugal, Gran Bretaña, Francia y Holanda, que en resumen hacen en el nuevo continente lo que acostumbraban a hacer en el viejo. 

 

América es el fruto de esos atropellos, de esas muertes, de las reacciones contra las crueldades y contra los derechos. Que duraron varios siglos, donde las hienas se peleaban por los despojos de la carroña. Aún luego de liberarse de sus conquistadores, las luchas continuaron entre los americanos. No hace falta recordar la tremenda guerra civil estadounidense, las luchas entre caudillos en las Provincias Unidas, matizadas por la traición y el fusilamiento cobarde a mansalva, o las luchas entre héroes, como San Martín y Bolívar, o Artigas y Rivera. La historia no se escribe con líneas prolijas ni bondadosas. Ni como el observador de hoy querría. 

 

Pero en América de 1492 no había naciones, ni soberanía, ni derechos, ni nacionalidades, ni instituciones. Salvo el odio y el instinto tribal, que también conducía en muchos casos a la guerra, a la conquista, al vasallaje. Las tribus fuertes y belicosas se imponían a las tribus débiles. En todo el continente. No había derechos con los Incas explotadores, ni con los Mayas o los Apaches o los Sioux. Sólo las ancestrales reglas animales de cada tribu. Eso no justifica nada, pero muestra cómo era ese mundo. 

 

De ese casi imposible cuadro, el continente americano evoluciona y emerge como puede como un conjunto de naciones, con leyes, derechos, reglas, soberanías, igual que Europa, muchas veces mejorando las ideas del Viejo Continente, y hasta liderando muchos cambios, como en el concepto mismo de la democracia. 

 

Por supuesto que todo podría haber ocurrido de otra forma. Pero la historia sucede como quiere, no como se desea. Lo que sí es absurdo, es esperar compensaciones, resarcimientos, reivindicaciones por ese pasado universal. Sería como reclamar a los hunos, y éstos a los visigodos, como si los españoles de hoy, que son en parte descendientes de los otomanos, reclamaran por los 7 siglos de la invasión sufrida o desconocieran el aporte jurídico de los godos. 

 

En aspectos más individuales y locales, todos esos reclamos fueron zanjados en las guerras y constituciones de cada país, cuyas poblaciones son la resultante de esas guerras, esos abusos, esos pactos y esas mezclas de razas y nacionalidades que caracterizan a la humanidad.  Cada uno de esos países americanos tiene su identidad, su nacionalidad, su idiosincrasia, su soberanía en el sentido más amplio. 

 

Esa soberanía, esa independencia, esa capacidad de decidir de cada país, molesta al plan de pobreza generalizada llamado el Nuevo Orden Mundial o el Gran Reseteo. Un país que no se someta a esas reglas podría ser una peligrosa evidencia empírica a las que tanto temía Stalin. Por eso es imprescindible crear entes, impuestos, redistribuciones, derechos y justicias supranacionales, en manos de tribunales también supranacionales, que anulen la independencia de las naciones. Y por si eso no alcanzara, el sistema de las cancelaciones y sanciones de la corrección política obliga a los gobiernos de políticos inútiles y corruptos a complacer el reclamo inducido por esos métodos. Demonizar a Colón y el Descubrimiento es parte de la negación de esa identidad y de esa individualidad de cada nación, de cada sociedad. Es tribalizar de nuevo al continente para poder dominarlo. 

 

Obviamente que cabe la pregunta, también contrafáctica, sobre si esa evolución, de la tribu dispersa, salvaje y cruenta a la Patria, a la Nación, habría sido posible sin el Descubrimiento, sin la audacia y el coraje de Colón, sin ese momento liminar de Isabel de Castilla. Imposible responderla. Pero todos los conquistadores de otrora han dejado su idioma, su cultura, su literatura, sus canciones, su modo de ser, deliberadamente o sin quererlo, a pesar de todo. 

 

Cristina Kirchner, en la cima de su poder, su soberbia y su ignorancia, hizo bajar a puro capricho la estatua del gran navegante, que estaba en la plaza frente a su despacho, con la complaciente anuencia de varios gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires, incluyendo el de Mauricio Macri. Ahora se alza frente al Río de la Plata, luego de la reacción de muchos sectores ciudadanos que repudiaron el hecho. 

 

Cada estatua de Colón es un homenaje a los emprendedores de todo el mundo. Y en cada emprendedor hay un Colón. ¡Bufen las Cristinas!