Publicado en El Observador, 28/06/2022


La feta del salame

 

El maquiavélico arte de prometer la igualdad y terminar en la pobreza, la pérdida de libertad y la dependencia de la burocracia gobernante

 



El título reproduce una vieja frase que se usaba para diseñar y calificar el accionar fiscal del estado, desde el rey en adelante, en todos los formatos. Se consideraba una especial habilidad del gobernante la capacidad para ir extrayendo poco a poco, incesantemente, impuestos crecientes y sobre cuánta manifestación de riqueza hubiera, sin que el efecto sobre la víctima impositiva fuera tan grande como para provocar una reacción, una indignación, un corte de alguna cabeza real, una rebelión. De ese modo, como si se cortase una feta del salame cada día, se terminaba por recaudar lo mismo, pero disimuladamente, empobreciendo al contribuyente, pero sin enojarlo demasiado. Hasta comerse todo el salame. Con el tiempo se transformó en teoría fiscalista, prohijado el concepto por ese gran asesor de autoritarios que fue Maquiavelo. 

 

Así han venido procediendo la mayoría de los países, mucho más los que cedieron a la prédica facilista del socialismo, que va desde la plusvalía a la renta universal, de la justicia social al populismo, de la lucha por la igualdad a la confiscación redistributiva. Y que se acelera ahora deliberadamente – en la opinión de algunos, para no enojar a los moderados políticamente correctos – con la suma algebraica ruinosa de la pandemia, la aislación totalitaria, la emisión para subsidiar esa aislación, la lucha contra el cambio climático descubierto de golpe, con los impuestos inefables adheridos a esas excusas, la inflación consabida, (Otra forma de cortar la feta de salame de la piel de los sectores productivos, y también de los pobres) el proteccionismo en nombre de generar más trabajo -una mentira desenmascarada mil veces por la evidencia.

 

No se trata de un fenómeno local, sino universal, como todo fenómeno local. El socialismo y los gobiernos que fueron elegidos con el compromiso tácito o prometido de incautar cualquier manifestación de riqueza y repartirla entre los que no la tienen, los políticos oportunistas y facilistas (casi todos) los movimientos sociales representados por sus líderes (una nueva y rentable profesión) van en pos del autocumplimiento de su profecía-objetivo de lo que llaman el Reseteo global o la Agenda 2030, que como sostiene la columna, no se basa en ninguna línea de pensamiento teórico-económico elaborada ni analizada, sino que es sólo un plan de revueltas y reclamos para conseguir imponer la pobreza universal. Algo que sí está demostrado por la evidencia empírica. 

 

Para ir al plano local, cuando el PIT-CNT-FA propone desembozadamente la idea de aplicar un impuesto a los ahorros uruguayos en el exterior y otro impuesto a las ganancias no esperada o extraordinarias, (los que evidentemente aplicará cuando vuelva al poder) recurre al concepto de la “Feta del salame”, o cree recurrir a él. Castigar con un par de puntos de tax a los ahorros, cualquiera fuera el lugar del mundo donde se encontraren, no es una delgada membrana del embutido, ni mucho menos. Pero tiene la virtud de parecer porcentualmente poco, de presentarse como un impuesto sin demasiadas contraindicaciones, o sin efectos sobre las decisiones económicas, y sobre todo, de no afectar a demasiados votantes, lo que lo hace potable para muchos, una forma de feta del salame perfecta. 

 

Lo mismo ocurre con el impuesto a las ganancias inesperadas o el apelativo que se le quiera poner para endulzarlo. Afecta a muy pocos, que de todas maneras están ganando más de lo esperado, por ahora, deja conforme al resto de la sociedad que no se siente amenazada por él, y afecta a un sector de la producción cautivo, porque difícilmente la tierra pueda ser trasladada. Siempre los trabajadores de la tierra fueron odiados por el socialismo, aunque siempre vivió de ese sector. Creer que la democracia (o su redefinición socialista) puede legitimar semejante exacción sistemática, es una ilusión, la negación típica, esta vez de una grieta insalvable. La tiranía confiscadora de la mayoría.

 

Ambos tipos de gravámenes tienen además un condimento que potencia su sabor, como el glutamato: será destinado a compensar a los sectores que dependen del estado, que, por alguna razón evidente para sus promotores, merecen ser una clase especial a la que el resto de la sociedad debe proteger y ofrendar sus bienes. Subsidiariamente, compensar la inflación con nuevos impuestos es, además de impracticable, un despropósito más inflacionario. 

 

 

La feta perfecta. Pero hay algunos detalles. Desde el comienzo mismo de la organización civilizada de las sociedades, ese tipo de impuestos redistributivos nunca alcanzan ni alcanzarán. Así lo muestra la evidencia, no el relato o la posverdad. Lo que significa que las alícuotas que hoy se venden como razonables, y los sujetos del impuesto que ahora se muestran como culpables de la pobreza o la desigualdad, en poco tiempo dejan de ser suficientes para mantener y satisfacer tantos pedidos y necesidades cuya solución se garantizan, que las alícuotas suben, y los sujetos gravados se aumentan, en una espiral continua y creciente. La feta del salame es, entonces, cada vez más gruesa. Cada vez más generalizada. Esto, si se insiste en ser objetivo, ha ocurrido siempre, si se dan validez a las estadísticas y medición de resultados serios. 

 

Por eso es por lo que, tarde o temprano, los gobiernos que prometieron o garantizaron ese bienestar vía reparto de bienes ajenos, se encuentran en poco tiempo con que no alcanzan los bienes para confiscar y repartir, sea porque el país es más pobre que lo que las pretensiones de su sociedad reclaman, sea porque los sectores elegidos como benefactores obligatorios por las burocracias abandonan, se van o se cansan, y no pueden ya ser ordeñados. Esto también surge de las evidencias empíricas, que, por supuesto tampoco son tenidas en cuenta, o son tapadas con posverdades, relatos o acusaciones insultantes. No hay impuesto neutro, sin efectos negativos o sin decisiones de la acción humana que se alcen contra lo que perciben como un robo al fruto de su trabajo, su riesgo, su sacrificio y su ahorro. 

 

En ese momento los gobiernos que han surgido de una decisión democrática empiezan a no comportarse como tales. Cambian su definición de lo que es democracia, tienden a perpetuarse, a negarse a abandonar el poder, a limitar la libertad y la propiedad privada, que pasa de ser un derecho que se ha rotulado convenientemente como no absoluto, a ser casi un delito. Y también aquí se aplica la teoría de la feta del salame. Los gobiernos repartidores se presentan al comienzo como respetuosos de derechos, seguridad jurídica, dialoguistas y dispuestos a manejarse con equilibrio y ecuanimidad. El país es de todos – dicen. 

 

Como el plan milagroso de tomar lo ajeno y redistribuirlo se agota en sí mismo por una elemental comparación entre la riqueza a repartir y las necesidades-derechos crecientes, (también probado hasta la redundancia por la odiada evidencia empírica) se comienza poco a poco a limitar la libertad y la propiedad de modo de hacer coincidir la realidad con los seudoplanes. Cortando también una feta de derechos y de libertad cada día, para que no se sienta tanto. Como la proverbial rana que muere sin sentirlo en el agua que se hace subir un grado de temperatura cada vez, hasta que hierve. Mientras tanto, se ha ido eliminando la oposición con elecciones donde se impone la demagogia de la redistribución, o con trucos políticos diversos, con coerción, con corrupción o con colusión. Entonces el gobierno bajo la bandera justicialista y equitativa se perpetúa en el poder de algún modo, la libertad y la propiedad desaparecen o se vuelven una teoría, y se llega al ansiado coeficiente Gini cero, porque ese es el coeficiente que arroja la pobreza generalizada. Se acabó el salame. Lo que queda, si queda, es la ruina que muestra en todos los casos la evidencia de los resultados, que siempre se niega. Robin Hood estaba con los pobres. Por eso peleaba contra el recaudador. 

 

Por lo que, quienes perciben este momento mundial como el comienzo de una nueva igualdad, de una nueva libertad, de un nuevo derecho, están luchando en realidad por una vuelta al feudalismo, que ya asoma. La negación de la acción humana, el intento de substituírla, ya fuere desde un paquete de ecuaciones o con un gobierno prometedor y seudosensible, tiene como consecuencia la pérdida del derecho de propiedad, base de la civilización moderna, y la pérdida de la libertad, base del sentido mismo de la existencia del animal pensante, el ser humano. También eso se va perdiendo de a fetas diarias. 

 

En el viejo argot rioplatense, se llamaba salame al lelo, al no avispado, al bobo, al que no razonaba con coherencia, al desprevenido que se dejaba estafar comprando buzones y ómnibus. La feta del salame, a la luz de ese lunfardo, cobra un nuevo significado que debe llamar a una seria reflexión, sobre todo a quienes aspiran a ser objetivos y moderados. Después será tarde.