Publicado en El Observador 08/02/2021




Sobre el cadáver del Mercosur

 

Sin el peso y la excusa de la alianza, habrá que inventar los nuevos productos, mercados y opciones





 

















La democracia tiene el defecto de que no suele ganar el que tiene razón. Si hay alguien que tenga razón. La evidencia empírica del éxito o fracaso de las políticas aplicadas en otros países no suele ser aceptada localmente en ningún lado. Cada sociedad se considera diferente al resto del mundo, con particularidades que la separan totalmente del común de la humanidad. Por eso toda sociedad quiere ser protegida del mundo externo, al que siente un peligroso enemigo. O sea, quiere ser protegida de la competencia, o de la necesidad de competir. 

 

Por eso es tan difícil ponerse de acuerdo sobre el comercio exterior. La evidencia empírica demuestra a lo largo de muchos años que existe una correlación directa y sostenida entre el bienestar de los países y su intercambio comercial. Pero ese concepto es siempre minimizado por consideraciones locales de todo tipo, que suponen representar las singularidades de cada comunidad. En el plano local, el Mercosur ha sido siempre la más conveniente excusa para continuar el proteccionismo estilo oriental, que incluye el monopolio estatal y el importador, la rigidez laboral y el IMESI en muchos casos. 

 

Un tratado comercial supone, en apretado resumen, que se acuerdan bajar o eliminar aranceles, trabas no arancelarias y otros criterios de protección de ambas partes. O sea, que los dos países o zonas comerciales aceptan sacrificar su protección en determinados rubros. Y enojar a quienes gozan de esa protección en cada firmante. Es sabido que Uruguay desperdició todas las oportunidades cuando todavía existía alguna posibilidad de hacer ese tipo de acuerdos. Porque es probable que ya no esté disponible tal opción. 

 

El Mercosur está integrado por cuatro miembros fundadores: un país con una gran industria protegida poderosa e intocable, un cadáver, una pequeña economía con raigambre y veleidades socialistas, y un solo miembro dispuesto o necesitado de apertura, aún ilegal. Una armada Brancaleone, con respeto, que no puede negociar nada con nadie. Tampoco Uruguay tiene peso para negociar individualmente ningún tratado, ni plafón social para hacerlo. Lo que no quiere decir que no pueda aumentar su comercio exterior, sin ningún tratado. 

 

En realidad, cuando un tercero arancela lo que un país le exporta no le está confiscando su ingreso, sino que está castigando a su propio consumidor. Lo que obviamente hace es limitar el volumen de venta de quien le exporta, en especial de los productos manufacturados o con valor agregado. Pero eso es demasiado técnico y molesto como para que las masas lo entiendan. 

 

Uruguay, orgulloso de su laicismo, tiene sin embargo tres religiones casi sin ateos: cree que su legislación laboral es de avanzada, cree que el empleo y el nivel de remuneración estatales son conquistas intocables, y cree que el dólar tiene que ser barato. En esas condiciones, no podrá exportar (ni importar) con ningún tratado. Lo que plantea otro intríngulis. Si se quiere mantener el actual nivel de ingreso y empleo sin aumentar notoriamente el comercio exterior, se debe recurrir a uno de tres recursos: más impuestos, más inflación (un impuesto) o más endeudamiento (o sea un impuesto futuro).

 

Esos caminos llevarían a una espiral negativa que achicaría aún más la torta y empeoraría la ecuación productiva, de modo que más allá del resentimiento, la envidia y la ideología barata, serviría apenas para el muy corto plazo, con efectos de largo alcance demasiado nocivos. Lo que vuelve a la única alternativa viable, que es la del mercado externo, ya sea con la exportación de bienes y servicios, o con la actividad local capaz de atraer consumo del exterior, como el turismo, la educación de excelencia, la salud especializada o la sobriedad fiscal. Para todo ello no hace falta ningún tratado. Ni ningún Mercosur, como sostiene la columna desde siempre. Sí, en cambio, hay otros requisitos.

 

Los impuestos de cualquier formato deben tender a bajar, no a subir. El peso del estado es una carga para competir en los difíciles mercados internacionales y los impuestos son una parte importante de los costos. Además del efecto desestímulo. Lo mismo ocurre con el sistema legal-laboral – sindical, con rigideces que no se condicen con la precariedad de una actividad económica semipastoril. Y también se requiere un mayor accionar privado en actividades monopolizadas por el estado a un costo también insostenible y poco competitivo. 

 

La deseducación sistémica debe ser abolida con cualquier gobierno, además de que se debe profundizar la formación en los nuevos oficios, junto con los conocimientos y habilidades tradicionales. Un criterio educativo que no varíe según el gobierno que toque, y hasta que sea independiente del mismo, resulta imprescindible. 

 

Nada de todo lo dicho evita ni reemplaza la tarea creativa del emprendedor, ni aun la gran empresa milagrosa y salvadora. Son esos emprendedores los que se ocuparán de exportar, de conseguir inversores, tecnología y clientes. En ese impulso privado se debe confiar y a él se debe apostar. Y también allanar los caminos para esa gestión. Y, paralelamente, no hay que tener miedo de importar, aunque se pise alguna comodidad. No sólo porque importar y exportar son parte del mismo proceso, y no meramente por los insumos, sino porque ello implica dar prioridad al consumidor, y no a los factores de producción como hoy. 

 

La prolijidad presupuestaria que se procura hoy es imprescindible y encomiable, pero no suficiente. Se corre el riesgo de fomentar la tentación de una alternancia cualquiera a aprovechar ese alivio para insistir con el mismo remedio populista por un tiempo, para volver a caer en la tristeza económica. 

 

El Mercosur ha muerto. Por suerte. Es hora de vacunarse contra el complejo de pequeñez.