El fin del liberalismo



Liberales, abstenerse





"Armen un partido y preséntense a elecciones", solía ser el argumento de la viuda de Kirchner cuando se le reclamaba respeto por las minorías y la república. Además de tratarse de una barbaridad conceptual, porque la democracia es antes que nada el respeto por los derechos minoritarios, la frase mostraba la seguridad de la exfaraona en la eficacia de las vallas que ponía el sistema a la formación de nuevos partidos. 

La ambición reelectoral de Menem le obligó a pagarle (sic) de varias maneras a Raúl Alfonsín, el padre del progresismo democrático moderno, la redacción de una nueva Constitución. La primera cuota del pago fue la inclusión explícita de los partidos como gestores obligatorios de cualquier postulación política. La carta magna de 1853 los había omitido inteligentemente. Ese cambio fue la convalidación de la tendencia para escabullirle al ciudadano el ejercicio de su voluntad, y someterlo al colectivismo de un movimiento o facción, de un comando superior, un congreso partidario, una boleta digitada, una despersonalización de las candidaturas. 

Esa tendencia sigue evolucionando para transformar todos los cargos electorales en propiedad de los partidos, con lo que no solamente se concentra el poder en algún misterioso aparato central de control, sino que se escurren las responsabilidades y los méritos. Los políticos de todas las tendencias aman ese sistema, porque los transforma en monopólicos, en sátrapas, en punteros, en vitalicios. Trate de explicarle a uno de ellos las ventajas de la elección distrital de diputados y prepárese no sólo para una refutación más o menos técnica, sino para el insulto descalificador. Y el insulto peor a su inteligencia, lector, de sostener que ese método favorece a los partidos mayoritarios. 





Otro cambio alfonsinista fue la invención del tercer senador, que infringe la lógica democrática y la lógica sin aditamento, y que aumenta el poder de los partidos en detrimento de los individuos al acuñar el concepto de minoría ganadora. La inclusión del Consejo de la Magistratura, si bien fue un avance republicano, puso en manos de los partidos la mayoría decisoria, con lo que rompió lo que teóricamente quería lograr, y una vez más transfirió el poder de los ciudadanos a las estructuras partidarias. 

De igual gravedad fue la cesión de soberanía que implica la inclusión de cualquier tratado que cree jurisdicciones supranacionales para juzgar casos locales de delitos y reclamos diversos, lo que licua las decisiones de los ciudadanos argentinos, que pasan a subordinarse a entes burocráticos siempre  politizados, siempre de izquierda extrema, siempre disgregantes y disociantes, nunca en favor del orden social interno, con lo que se delega una herramienta imprescindible de las naciones modernas. Basta notar que los países más avanzados no se adhieren a ellos para validar este argumento.

De paso, esa valoración prioritaria del estado como garante del Orden Social, al que considera presupuesto excluyente del bienestar de la sociedad, diferencia al liberalismo de todas las demás corrientes, incluyendo a lo que se llama libertarismo, que se le asemeja sólo en el nombre. La renuncia a la soberanía en manos de entes anónimos trasnacionales es para la concepción liberal una claudicación y una traición a los intereses de la sociedad, de la nación y hasta de la Patria. 

Todos los puntos descriptos son antiliberales. ¿Por qué? Porque el peronismo, el radicalismo, el socialismo, el progresismo, son tendencias e ideologías basadas en el partido, en el colectivismo, en la decisión verticalista y unánime, como otrora lo fueron el fascismo y el comunismo, como lo es el gremialismo o el cooperativismo. Organizaciones en las que el individuo es un accesorio, las decisiones se toman en montón, o en cónclaves donde las responsabilidades y méritos se esfuman. El mismo Cambiemos se apoyó y apoya en una estructura radical - democristiana y en un concepto de verticalismo que privilegia la lealtad y la obediencia como valores máximos. 


















Las leyes de las PASO ahondaron el sesgo antiliberal por las mismas razones, al mantener y profundizar la obligatoriedad del voto, un resabio de la ley Sáenz Peña, que necesitaba del civismo forzoso para movilizar a las masas brutas hacia las urnas. El solo concepto de elecciones internas obligatorias para el ciudadano repugna a cualquier idea de libertad, no ya de democracia. Pero las PASO son funcionales a la intención de no permitir la creación de partidos que otorguen importancia a los ciudadanos individualmente. Su sistema de mínimos, obligatoriedades y exclusiones garantizan el monopolio de los partidos hegemónicos y colectivistas, y por supuesto, convalida las listas sábana en la elección de legisladores. Y además, son modificadas cada vez que convenga a quien tiene el poder. 

Lo mismo ocurre con las leyes electorales y de partidos políticos, que establecen condiciones para la creación de nuevos partidos que parecen a simple vista alcanzables hasta que alguien decide postularse para diputado, por ejemplo. Un liberal, condenado a afiliarse a movimientos que no lo representan, se enfrenta a todas las artimañas imaginables. La primera es que tiene que optar entre armar desde cero un partido distrital o postularse por medio de un partido "de papel", que tenga una aprobación provisoria, un partido remanente o residual de nombre más o menos neutro. 




Si opta por esta última alternativa, se encontrará conque el "dueño" del sello de goma, le exige ir primero en la boleta, y dependiendo del cupo femenino él deberá ir tercero en la sacrosanta boleta, con lo que no tendrá chance alguna. U optar por pagar o alquilar el partido, procedimiento despreciable per se. Pero aún en este caso, chocará con un sistema burocrático deliberado, controlado por las facciones tradicionales, que expurgarán histéricamente sus afiliados, para demostrar que no llega al mínimo legal, verificarán mes a mes las firmas, la permanencia, que no se hayan afiliado hace 10 años a otro partido o que hayan renunciado al mismo, y otras vallas. Tarde o temprano se encontrará conque su partido alquilado no sirve. Salvo que sea Cristina, que arma partidos cuando se le da la gana, en pocas semanas y sin que nadie lo objete, o se da el lujo de ser del bloque peronista para elegir el miembro de la primera minoría del Consejo de la Magistratura y de no ser peronista para las PASO. 

Por el mismo precio, el partido de un solo diputado así constituido deberá obligatoriamente dirimir su PASO si quiere participar en las generales, pero debe obtener un porcentaje mínimo de votos del total del padrón electoral, caso contrario no puede participar en las elecciones generales. Un conveniente trabalenguas para excluirlo. 

Pero hay obstáculos peores. Y ni siquiera pensando en elecciones presidenciales. En provincias de gran población, como Córdoba, Provincia de Buenos Aires, Capital, Tucumán, Santa Fé, el candidato liberal tendrá que contar con un número inalcanzable de fiscales probos, ya que de lo contrario el fraude en el conteo arrasará con sus votos, que morirán en la urna sin posibilidad de recuento, condenados, por quienes sostienen que la urna electrónica es mala solución, a ser abortados por la verdadera elección, que es la trampa sistemática luego de las 6 de la tarde en cada comicio. Una pena que la cacareada tecnología no sirva para poder votar por su vecino al que conoce desde chico, o que sólo sirva para comprar una divisa abstracta que usted nunca verá. 



Se dirá que esto no le pasa solamente a los liberales, sino a cualquiera que pretenda ir por fuera de los aparatos partidarios a una elección. El punto es que el liberalismo es la única concepción no compatible con el pensamiento de ninguna de las agrupaciones del establishment monopólico partidista. Ni en los métodos ni el las ideas. Justamente, parte del objetivo liberal es huir de los mecanismos colectivistas y verticalistas de los patrones del sistema, lo que no pasa en ningún otro caso. El sistema, las leyes y la práctica están hechos para evitar la posibilidad de cualquier candidatura individual liberal y la formación de cualquier fuerza liberal. Quien haya intentado postularse o esté intentando hacerlo sabe que esto es así y es una grave dificultad casi imposible de sortear. 















Al no permitir la postulación distrital, también se condena a quien se pretenda candidatear a requerir sumas millonarias que solamente los mecanismos casi siempre corruptos o tramposos de los grandes partidos permiten disponer. Nada más en contra de los principios liberales. Ningún obstáculo más formidable. El formato corporativo se advierte con prístina claridad en el sistema. Desde la obligatoriedad de financiar un infinito número de boletas que serán robadas, hasta el hecho de que el estado sólo contempla el financiamiento y la publicidad a los partidos ya existentes, escasamente a los nuevos. 

El lector encontrará muchos otros ejemplos del proteccionismo del corporativismo político, que hará todos los esfuerzos para evitar el ingreso de cualquiera que no adhiera a la tiranía con alternancia del sistema actual, apuntando muy especialmente a quienes desprecian la demagogia, el estatismo, la ineficacia, la corrupción y el populismo: los liberales. La osadía es castigada con el escarmiento de la frustración y el escarnio en las redes y los medios. Y aún en el supuesto optimista de que pudiesen superarse todas las vallas políticas, si alguien con ideas serias fuese electo se encontraría con el Capitulo Segundo de la Primera parte de la Constitución de 1994, con su amplio surtido de nuevos derechos y garantías para todos los gustos, que lo único que aseguran y garantizan es la ruina económica y moral en caso de aplicarse y el reclamo disolvente y paralizante en caso de no hacerlo. Un sistema jurídico a prueba de liberales. 






El fin del liberalismo



La prédica liberal en el desierto






Después de varias décadas de propugnar los principios liberales en Argentina, quienes abrazamos esa misión, pobres émulos de aquellas grandes voluntades fundacionales, deberíamos aceptar que la lucha está perdida. Que tal situación sea similar a lo que ocurre mundialmente puede eximir de la autoflagelación pero no de la tristeza y la desazón. 
                             
El desastre kirchnerista, la posterior desilusión del gobierno de Cambiemos, la sensación de constante saqueo legal e ilegal multipartidario y multipoder en que está sumido el país, el fracaso como sociedad, como comunidad y como nación, reflotan hoy por un rato la esperanza de un resurgimiento del liberalismo, ahora llamado impropiamente neoliberalismo por la posverdad populista y el relato del progresismo marxi-gramscista, e  impropiamente libertarismo por la superficialidad vergonzante adolescente y millennial. 

El ejercicio pleno de las libertades por parte del individuo, supone - principio esencial liberal - la vocación de ser autoportante, de desarrollar sus propias capacidades

Pero la sociedad ha sido blindada para resistir tal posibilidad. Un blindaje antiliberal profundo, que parte de varios frentes, una acción de largo plazo en que han confluido los sectores de izquierda disgregante y progresista con la derecha de los industriales y contratistas prebendarios - o sea casi todos - los sindicatos, los partidos políticos monopólicos, la elefantiásica subclase subsidiada o premiada  con empleos estatales, jubilaciones ex-post, planeros, auheras, los solidarios de living, los jefes de las orgas, los piqueteros y un sector mayoritario de la población que ha sido convenientemente fomentado y acostumbrado a la mendicidad en algunos de sus formatos, incluyendo los especuladores financieros con inside information inside complicity

El ejercicio pleno de las libertades por parte del individuo, supone - principio esencial liberal - la vocación de ser autoportante, de desarrollar sus propias capacidades, de vivir de su propio esfuerzo, de competir y tener éxito, o de fracasar. La precaria protección  ofrecida por el rey, o sea el estado, siempre trajo como contrapartida esclavitudes, feudalismos, apoderamientos y vasallajes. Por eso las constituciones de los siglos XVIII y XIX se ocuparon de limitar el poder absoluto del estado-rey y de garantizar que todos los ciudadanos pudieran desarrollarse de acuerdo a su esfuerzo y sus talentos. 



Pero el argentino de hoy no es aquel ciudadano. La protección, el subsidio, el ataque sistemático a su autoestima, el relato sobre terribles complots internacionales para atacar a su país, la intervención estatal para evitarle hasta el esfuerzo de pensar, como decía Tocqueville, lo han transformado en un ser inseguro, prejuicioso, cómodo, temeroso, melindroso. ¡Qué difícil pedirle que se haga cargo de su destino! ¡Qué difícil decirle que deberá dejar su cómodo puesto en el estado, su plan, su subsidio, y salir a buscar trabajo, tarea que ya no figura en su léxico, sólo reservada a venezolanos que sí consiguen empleo!

Toda la comunicación política, social, periodística, se basa en convencer a la población de que necesita ser protegida, preservada de todo mal, sacrificio o dificultad. Y en inculcarle el miedo.

La educación es el mejor ejemplo del final del liberalismo. Aun los padres de clases más ricas insultan y se pelean con los maestros. ("Pago para que le enseñen a mi hija, no para que la aplacen o la hagan repetir el año") Los planes de estudio son una entelequia, los chicos no repiten porque hay orden de aprobarlos, las universidades públicas tienen sucursales en cada pueblo porque se supone que eso es democratizar la enseñanza. ¿Cómo ese educando saldrá a ganarse su sustento, a competir, a crear, a vivir su libertad? Cómo no dependerá del estado, de la solidaridad, de la dádiva, de los derechos que cree que su país le debe garantizar? Una educación donde el mérito es un demérito, donde ser el mejor alumno es un hecho mortificante y casi psicopático y motivo de escarnio, castigo físico, o bullying. 

Toda la comunicación política, social, periodística, se basa en convencer a la población de que necesita ser protegida, preservada de todo mal, acolchonada para evitar todo posible esfuerzo, sacrificio o dificultad. Y en inculcarle el miedo. Miedo al mundo externo, miedo a depender de sí mismo, miedo a los otros, miedo a competir, miedo a equivocarse, miedo a vivir. 

Cuatro millones de jubilaciones regaladas sin aportes, se autojustifican con una frase ni siquiera probada: "pero esa pobre gente trabajó toda su vida en negro" como si eso no fuera también una decisión.  Todo gasto público es calificado de imprescindible, por conveniencia o por solidaridad exprés. La correlación entre el gasto solidario y el impuesto correspondiente, o entre el consumo de energía y sus costos reales, por caso, es deliberadamente desconocida por vastos sectores.




Vivimos en un país en que sus ciudadanos son considerados tan estúpidos que tienen la obligación de agremiarse, además, en los gremios que el estado-rey autoriza. Tan inútiles que no pueden ahorrar para proveer para su jubilación y deben ser obligados a hacerlo en el sistema monopólico y ladrón estatal. Tan incapaces que no pueden postularse a diputados sin la tutela de un partido político, también autorizado por el estado-rey. Tan esclavos que son obligados a ir a votar para elegir a su amo. 

Una sociedad que tiene miedo hasta de usar ciertas palabras, prohibidas por la corrección política, de aprobar o desaprobar ciertas ideas

Un país donde hay que pedirle permiso a la AFIP para emitir una factura o para vender un autito usado. Donde el oficial del banco es el auditor y censor de su cliente y lo puede volver un paria financiero si quiere. Un país que se escandaliza ante el trabajo de los menores, pero permite que los padres manden a sus hijos a las calles a limosnear, exponerse al malabarismo de esquina, que se alquilen bebés para mendigar o que los chicos de 13 años se prostituyan en el Obelisco, trafiquen pasta o paco o lo fumen. Un país donde se vota en función de las grietas, negación misma del libre albedrío de los ciudadanos y donde los medios comentan esa estrategia como un acto de inteligencia y marketing político, no como una canallada. Un país donde muchos cargos electorales se deciden entre las 18.05 y las 18.30 del día de la elección, con fiscales o sin fiscales. 

Cómo conseguir un voto liberal de ese individuo que no confía en sí mismo, en su propio esfuerzo ni en su formación (con razón) a quien hablarle de principios de libertad es ofenderlo, asustarlo, escandalizarlo, insegurizarlo? Una sociedad que tiene miedo hasta de usar ciertas palabras, prohibidas por la corrección política, de aprobar o desaprobar ciertas ideas, o a no ser suficientemente progresista, permisiva, solidaria, abierta, tolerante, abolicionista, abortista o ignorante. Una sociedad en la que el esfuerzo previo es considerado mala palabra y el trabajo es denigrado por ser un mecanismo de explotación. Una población amedrentada, con funcionarios cobardes que anuncian cualquier medida de racionalidad y sensatez con miedo, con excusas, relativizándola, y que retroceden ante cualquier amago de protesta, que se sabe será inevitable cada vez que se intente romper el paradigma de la garantía del bienestar sin esfuerzo. Imposible no atribuir semejante comportamiento melindroso a la necesidad de encubrimiento y tolerancia para garantizar la impunidad.  



La democracia requiere persuadir al votante de aceptar cambios que él cree que irán en su contra, condicionado por décadas de recibir un mensaje que ya no se atreve a desafiar. Como un reflejo condicionado. Un lavado de cerebro. Una democracia que se basa en creer que el que gana hace lo que quiere, sin tener en cuenta el derecho de las minorías. (Salvo las disruptivas) Un sistema donde los controles cruzados de la república se han oxidado y extinguido con la corrupción, y la impunidad protege su feudo con el filtro legal creado desde Alfonsín en adelante para impedir la entrada de quienes no adhieran a la alternancia entre progresistas populistas con diferentes divisas rotativas, un proceso de redistribución de riqueza... sólo para los políticos. 

¿Tiene sentido ser como un moderno Espartaco e intentar encabezar la rebelión de los esclavos, pese al peligro de destruirse en el empeño? 

La pregunta es seguramente, ¿vale la pena la lucha, postularse, intentar obtener el poder o al menos un lugar en el sistema desde el que levantar las banderas del liberalismo, que nació defendiendo a las clases más bajas de los abusos de cualquier índole de los poderosos y ha sostenido esos principios desde siempre?  ¿Tiene sentido ser como un moderno Espartaco e intentar encabezar la rebelión de los esclavos, pese al peligro de destruirse en el empeño? 

La respuesta, que adivino en todos quienes están en la lucha de reivindicar la libertad como el mayor bien y el mayor derecho luego de la vida, es sí, lo tiene. Como tiene sentido la tarea de la enfermera o el médico que en el campo de batalla se esmera hasta la abnegación para salvar una sola vida, mientras las bombas o la metralla matan a miles. Como un bombero trata de salvar a una sola víctima en un incendio a pesar de saber que habrá decenas de muertos. Como un maestro se esmera en enseñar a un alumno aunque sepa que hay miles que nunca aprenderán a leer. 

Tiene sentido como servicio, como misión, como objetivo de vida. No por creer que se tiene la verdad, sino por la convicción de que lo que hay disponible es muy malo para la gente, la sociedad, el país. Aun a riesgo de fracasar una y otra vez, aun a riesgo del descrédito y la befa, aun a riesgo de la desilusión de que la epopeya termine en feudalismo nuevamente, como le ocurrió al guerrero-esclavo macedonio. O de ser escarnecidos como Casandras modernas, sin importar la solidez de los argumentos ni de qué lado está la verdad y el bien. 

La nota abre un debate y un análisis que profundizaré. La próxima es el marco legal, un muro de acero antiliberal. Esto recién empieza, por supuesto. 




       Villañicos

     Depresión de Navidad






La recesión en que las "tormentas" han sumergido al país no es sorpresiva. Estaba implícita en todas las medidas tomadas y no tomadas desde el 10 de diciembre de 2015. Basta ver las notas en este mismo blog para advertirlo; y no son las únicas ni las más contundentes. El camino estaba trazado como consecuencia de la impericia, las concesiones, las claudicaciones y los miedos. Se puede culpar a la oposición, al Congreso o a la justicia, todos tienen algún nivel de responsabilidad, pero lo que ocurre es el resultado cantado a que nos llevaron las chapucerías económicas.  Esta recesión, con esta duración, estaba escrita desde el primer día de gradualismo.

Habrá que ser justos y reconocer que es también la resultante de casi todos los consejos del círculo rojo, de la opinión voceada del establishment, de muchos economistas de signos diversos, y de improvisados que creyeron y creen que gobernar es sólo un acto de la voluntad. En algún punto, también es el resultado de muchos intereses creados convergentes, asesores-opinadores que confundieron al gobierno, trapicheros que hicieron sus negocios en paralelo con el estado y un facilismo de análisis que asusta. 

El popular "si bajan el gasto y los subsidios les incendian el país", desemboca en este nuevo atolladero, que en realidad tiene poco de nuevo, porque es una remake, un remix, un cover de las mismas encrucijadas de siempre. 

Todo indica que la recesión durará bastante, y para algunos, esta columna incluida, todavía no ha llegado al fondo, aún cuando la salvadora cosecha aporte un soplo de dólares sanador y revitalizante. Eso podrá tranquilizar al mercado cambiario, pero no alcanzará para no bordear el terreno de la depresión, impreciso término que no de casualidad tiene connotaciones sicológicas.




Impulsado por la necesidad de no lastimar más al consumo con su tardía recesión, el gobierno está frenando la depreciación del peso, lo que no permite una brillante prognosis sobre las cifras de comercio exterior, la inversión y el empleo. Para peor, el peso se apreciará más si cuando entren los dólares milagrosos de las cosechas salvíficas los agricultores tienen que venderlos de apuro para pagar sus deudas. 

Además de las dudas sobre la subsistencia de las pymes al final del experimento, la preocupación de quienes se concentran en la seriedad del manejo fiscal pasa por el efecto en dólares de los intereses sobre el déficit, y por la masa explosiva de la deuda en pesos de las Leliq, un truco de prestidigitación financiera que también depende de un milagro para no estallar. Ninguno de los dos puntos tiene solución auténtica en la práctica, de modo que habría que sentarse a esperar el choque de trenes. 

El gasto verdadero, los planes y subsidios siguen firmes su camino, lo que ha empezado a preocupar al Fondo, que ahora exige que no se posterguen ni se subsidien los aumentos de tarifas. Es fácil colegir que no tendrá éxito en esa exigencia, por razones electorales. Si la actividad baja y el gasto sube, es posible suponer que el déficit cero fue sólo un ejercicio de PowerPoint o de filminas, como diría Cristina. La pregunta que sigue es cómo se financiará la suma de todos los efectos detallados, cuando el país carece de crédito porque lo ha desperdiciado en financiar el gradualismo, inocentemente, y el exitoso carry trade, alevosamente. 

Eso explica la suba del riesgo país. Con justicia. Sin embargo, en vez de reflexionar sobre las razones de la pérdida de confianza implícita, Cambiemos se ha ocupado en las redes y en los medios de mostrar que el riesgo país de hoy es mucho más bajo que el de gobiernos anteriores. Un síntoma de negación que debería generar más preocupación todavía.

La discusión gira sobre una duda: ¿Se teme a un gobierno de Cristina que aparentemente ha decidido defaultear?  ¿O se teme a un gobierno de Cambiemos que no tendrá más remedio que defaultear? Pensamiento grieta. Si bien Macri tiene un 32% cautivo, que no votará otra cosa que no sea de color amarillo, eso no se aplica a la viuda de Kirchner. Si ella no fuese candidata, su 35% de techo no se inclinaría por Cambiemos, sino por algún candidato peronista. 




El secreto para el justicialismo, entonces, sería lograr por las buenas o por las malas (¿cárcel?) que la expresidente no se presentase como candidata presidencial, permitiendo una unificación del movimiento que, según todas las mediciones de hoy, ganaría probablemente en primera vuelta. ¿Es eso un imposible? El afán de poder de la señora Fernández cede ante su necesidad de lograr un santuario judicial. Macri necesita a Cristina para ganar. Cristina perdería en primera vuelta. El sector que se llama peronismo racional con comillas, simplemente está esperando su momento. 

aquí viene la pregunta de fondo. Si los mercados imaginasen un futuro gobierno peronista sin Cristina, ¿qué pasaría con el riesgo país? ¿Subiría, bajaría o quedaría igual? Si se responde que no cambiaría demasiado, sería grave. Porque el concepto de riesgo país pasaría a significar algo distinto. Pasaría de ser riesgo argentino a ser el peligro de creerle a los argentinos. Y sería más adecuado. La sociedad, mayoritariamente, no quiere ajustes, no quiere bajar en serio el gasto, menos el que le afecta, no quiere pagar lo que vale la energía, no quiere despedir empleados públicos, no quiere reformar el sistema jubilatorio, no quiere flexibilizar ni cambiar el sistema laboral, no está dispuesta a pagar más impuestos, ni puede. O sea, no quiere pagar lo que debe. Quiere la fiesta gratis. Con o sin Macri, con o sin Cristina.  En esas condiciones, la tasa de riesgo país no es un índice. Es una tarjeta roja. Un Veraz implacable. 

Que la introspección que suelen propiciar estas fiestas nos haga reflexionar. Siempre se puede esperar un milagro navideño.   













Tiemblan el "se puede" y el "no vuelven más"








Si se leen los títulos y opiniones recientes de los diarios de más cliqueo o circulación, es posible advertir que se han comenzado a diluir los diagnósticos precisos y los análisis desfavorables al gobierno, y se pone el foco en otros temas distractivos, no en la economía. Tal vez se han acallado esas expresiones por la persistente prédica de que toda crítica contra la gestión de Cambiemos es una ayuda al regreso de Cristina,  prédica convenientemente reforzada por el amplio poder persuasivo del gobierno. 

Pero si se aparta el manto del fanatismo y otros intereses, los problemas están todos ahí, y fermentando. Es sintomático que varios economistas de elevada formación y prestigio estén barajando con toda naturalidad y soltura, casi irresponsablemente, términos como default, hiperinflación inducida, licuación, plan Bonex, confiscación de plazos fijos, estallido de leliqs, refinanciación de la deuda, renegociación con el Fondo, quiebra del sistema jubilatorio (con la ayuda de la Corte opositora) corrida de los fondos para deshacerse de bonos argentinos, y hasta algunos están recomendando su procedimiento preferido de apoderamiento del dinero de los particulares. Se supone que lo hacen desde su convicción técnica. Suena a desesperación. 


Mucho de lo que Cambiemos no hizo, hizo a medias o hizo mal, fue hasta ahora justificado con la frase sanadora preferida de sus partidarios "pero no vuelven más". Debe ser frustrante para ellos advertir que el kirchnerismo y su propietaria siguen vivos, están presentes en cada reclamo social, de género o de cualquier otra causa que resulte disruptiva, a la que además lideran, tanto en la calle como en las redes y los medios. Peor debe resultarles advertir que la anunciada desaparición K no se está reflejando en las encuestas, más bien todo lo contrario. Y si bucean dentro del peronismo multiforme, la desilusión puede ser mayor, porque tampoco se  ha esfumado la importancia interna de la expresidente, al revés. Cuando a este panorama se agregan los recientes fallos de la justicia y de la Corte, es visible un resurgimiento de la pulsión cristinista, y el mensaje se torna más claro y resonante.  



Las últimas encuestas parecen hechas - no es que lo sean - para apoyar la teoría central del enfoque reelectoral macrista. Según ellas, Mauricio recupera aprobación, vencería en un balotaje a la viuda de Kirchner, pero perdería ante otros candidatos de un peronismo unificado. A su vez, Cristina crece en aceptación al mayor nivel posmandato. Datos que confirman la polarización buscada y al mismo tiempo desalientan a que el peronismo desplace a la procesada expresidente y se unifique tras otro candidato, el escenario más peligroso para el gobierno. 

Detrás de toda esta nebulosa mediática, operadora y encuestadora, está la realidad, que hay que tratar de desbrozar, por encima de la fe sobre la reelección y la mejora de la economía que predica el presidente ante un silencio respetuoso de sus diversos interlocutores. Sobre  el proceso electoral, nadie a esta altura puede arriesgar un pronóstico sin que se trate de lo que poco ortodoxamente se denomina un bolazo. La economía , en cambio, permite algunas reflexiones con algún grado mayor de certeza. 

Los economistas prudentes - e inseguros - ahora están prediciendo que la recuperación no vendrá tan pronto como creían. Aunque sea tardíamente, al menos evitan así una desilusión popular cuando la famosa V  se transforme en L, como era fácil colegir. Tampoco la recesión inevitable que intenta desarmar el desaguisado heredado del dúo Kirchner-Sturzenegger es una novedad. Sólo que, el tremendo parate que supone dejar de emitir y subir las tasas, ha hecho que los economistas descriptos al comienzo se desesperaran y empezaran a sugerir soluciones de confiscación del peor estilo para evitar - según ellos - la destrucción de las Pymes que quedan de pie, y aún de la gran industria (el adjetivo es de tamaño).  Las alternativas que se barajan al parate son como mínimo dudosas, sino irresponsabes. Los que aún siguen defendiendo el otro eslogan cambiemista, el del gradualismo, no quieren aceptar que el desastre económico que se vive y vivirá es la consecuencia de haber postergado el ajuste inicial a un alto costo, por temor y chapucería profesional, que se termina haciendo mal,  a los ponchazos, sobre los sectores incorrectos y con un costo y daño mucho mayor. 





Por las dudas, el incendio tan temido  ha sido postergado mediante la coima a los sectores vulnerables y a los sectores avivados de la sociedad, que se encarga de repartir con eficiencia la ministra Stanley. Este gasto, y otros que se ven venir, más los efectos negativos en la recaudación del doble parate configurado por la no emisión y el aumento tributario del presupuesto peronista de 2019, han comenzado a hacer pensar a muchos que el déficit cero que con tanto dibujo se logró, no podrá sostenerse. Eso, además del aplazo y enojo del Fondo que presupone, tiene otro problema, que es el modo de financiar cualquier desajuste presupuestario en una situación crediticia tan ajustada. 

Por fortuna, la balanza de cuenta corriente comercial se encamina a ser positiva, por el efecto de un tipo de cambio todavía propicio y el seudoahorro en importaciones que implica una recesión. A esto se suma la esperanza de buenas cosechas. Del otro lado, el monto de intereses a pagar por la deuda externa se vuelve relativamente más alto al bajar el PBI en dólares por el doble efecto, lo que produce un déficit financiero que puede llegar al 5% del producto y que tiene la misma gravedad que cualquier otro déficit. 

Es cierto que, pasado el escollo electoral, los flujos de fondos parecen no hacer temer por el futuro de los pagos de la deuda, pero eso supone cierta racionalidad cambiaria e impositiva, y que no haya obligación de dolarizar otras deudas, como sería el caso de las leliqs, si prosperan algunas de las sugerencias que dan vueltas. 

La suma de temores es la que arrastra para abajo el precio de los bonos. Uno de los temores es el retorno del peronismo. Muchos candidatos del movimiento aman cuando se dice que el temor es a Cristina y se imaginan reemplazándola.  Pero si se analiza fino, todos los nombres que aparecen hoy en el horizonte peronista fueron K en algún momento antes del 15 de diciembre de 2015. Créales a su propio riesgo. El otro temor, de igual calibre, es el que inspira el propio Cambiemos, por su progresismo, su tendencia a borrar con el codo lo que escribe con el Fondo, y su tendencia reelectoralista que lo hace hacer concesiones graves, como ocurre con el tipo de cambio nuevamente frenado y el carry trade que aún respira. 


A la expresidente procesada le conviene, por ahora, el miedo generalizado a que ella capitanee un nuevo default con sus políticas suicidas. Le quita inversiones, crédito y campo de acción política a Cambiemos, como ocurre con las PPP, paralizadas ahora nuevamente. Prominentes expertos, peronistas o no, pero enloquecidos,  parecen creer que hasta sería bueno que ese default y caos se materializase, tanto en la deuda interna como externa. Para limpiar y dar de nuevo - explican. Peronistas somos todos, decía el líder. 




Para dejar de bastardear
la democracia



   


Una propuesta de cambio en el sistema político-electoral para propender al único acuerdo social que hace falta










Siempre se habla de le necesidad de consensuar políticas de estado, o la de lograr un pacto de gobernabilidad, o de la importancia de recrear el contrato social. Frases que se sabe son vacías y formales, ya que tan pronto algún partido llega al poder ejecutivo o controla el legislativo, las tira a la papelera de reciclaje, cuando no es el poder judicial el que manosea la lógica de la representatividad. 

La consecuencia es la permanente sensación de hartazgo de la sociedad, que no se relaciona solamente con los pobres resultados de las gestiones de incompetentes que pasan por el estado, sino que se refiere al permanente jugueteo con las normas, a las avivadas y las trampas comunes a todos los partidos, los gobiernos y las jurisdicciones. Baste el ejemplo de las PASO, que fueron reformadas al poco tiempo de su aprobación durante el kirchnerismo, y ahora están nuevamente en la mira de la rosca política, como definiera Emilio Monzó en su lunfardo parlamentario. 


El monopolio de los partidos


En el Pacto de Olivos, Alfonsín le cobra cara a Menem su venia para la reforma constitucional reelectoral, y transforma la Constitución en un híbrido entre el liberalismo político del texto de 1853 y una ensoñación socialista de garantías, derechos y representatividades que alejan el poder de la ciudadanía y lo pone en mano de pocas fuerzas partidarias, todo lo opuesto a la democracia moderna, y más parecida a la seudodemocracia del partido único soviético, cubano o chino. 

Para terminar con ese escamoteo, se propondrán algunos cambios que se explican por sí mismos, a distintos niveles de la normativa legislativa. En términos constitucionales, debería volverse a los dos senadores elegidos para representar a cada provincia, sin el aditamento de un tercer representante por la minoría. Se supone que los senadores representan a la provincia ante la Nación y defienden sus intereses más allá de banderías políticas. Fomentar una partidización de ese mandato es antifederal y desvirtúa la esencia misma de la institución senatorial. 


Retomar la representación proporcional y por distritos


También, por vía de la reglamentación, debería volverse a la representatividad proporcional de los diputados de cada provincia. No hay razón alguna para que ciertos estados provinciales tengan una representación mayor que el resto del país, lo que lesiona la igualdad ante la ley. 

Dentro de ese cambio, debe incluirse la división distrital para la elección de diputados, aceptando que algunas provincias de baja concentración pueden ser consideradas un único distrito. Esa división distrital - que debería respetar el número actual de diputados y la proporcionalidad poblacional citadas antes, implica cambios de gran importancia democrática. 

Al elegirse por distritos, muere automáticamente la lista sábana para la elección legislativa, porque la boleta de cada distrito sólo puede contener un candidato por partido. No importa tanto si se postulan partidos o independientes, algo que debería ser posible, de todos modos. Importa la personalización, la posibilidad de que sectores más chicos de la población puedan reclamar a su candidato o su representante por el modo en que votó o en que defendió una causa. La constituency, por las que los políticos americanos tienen un temor reverencial, y cuya importancia ponen por encima de la voluntad partidaria. 

De paso, se produce de este modo el timbreo auténtico, con los candidatos hablando cara a cara con los votantes. Tal vez se incurra en algunos costos de impresión de boletas algo mayores, pero el precio económico es despreciable frente a las ventajas de la representatividad, y de todos modos, los costos se reducen con el uso de la boleta única, del que hablaremos luego.

Este cambio implica una revolución en el ejercicio de la voluntad popular, que hace del partido una usina de ideas, de formación política, pero le da a la ciudadanía un instrumento formidable y cercano. Al mismo tiempo, saca otro obstáculo deliberado: la necesidad de formar un partido para presentarse como diputado. En la actualidad, tal misión es imposible. 


La misión imposible de formar un partido


Si cualquier ciudadano intenta candidatearse como diputado, debe afiliarse a unos de los partidos monopólicos, donde pasa a sufrir todo el filtrado imaginable e inimaginable. Si en cambio decidiese crear un partido distrital, pese a que la exigencia es de 4.000 afiliados, se encontrará con una burocracia diseñada por los propios partidos existentes, que se ocupan de destrozar su formación. Le queda la posibilidad de comprar o alquilar algún partido vetusto residual existente, lo que siempre termina mal. Este mecanismo permite que muchos individuos valiosos se postulen, lo que implica aires nuevos para el sistema y no ahuyenta a la gente honesta de la política. Obviamente, algún número de firmas en apoyo de su candidatura debería alcanzarse, sin llegar al sistema expulsivo actual. 

Otro tema que con toda razón urtica hasta el cansancio a los ciudadanos,  que tiene efectos graves y distorsivos, es la reelección en todos los cargos políticos. Los griegos, que hasta pensaron en algún momento designar a sus gobernantes por sorteo, comprendían la doble importancia de impedirlo. Para permitir la renovación inherente a la democracia, o sea la oportunidad para todos de representar a sus pares, para eliminar el clientelismo, posibilitar la revisión de todas las gestiones, y sobre todo, para que ningún ciudadano en ningún cargo se sienta tentado u obligado a ser demagogo, populista o a no hacer lo que piensa que corresponde por consideraciones electorales.  

Este aspecto fue analizado brillantemente por Tocqueville en 1835, en su libro La Democracia en América, donde llega a decir que el Presidente, en la concepción americana, había sido condenado a reelegirse, y que, en consecuencia, no tomaría ninguna medida que fuera impopular en el corto plazo, aunque lo fuera a la larga, y se le demandaría ejercer la demagogia, lo que no tendría más remedio que aceptar. Formidable lección olvidada. 


Ninguna reelección consecutiva

Ni el presidente, ni los gobernadores, ni los intendentes o legisladores, deberían poder reelegirse, al menos en períodos simultáneos. Ninguna medida más eficaz para evitar la demagogia, el populismo, la corrupción y la falta de grandeza por especulación política. Por eso mismo, el partido como cuerpo resulta sumamente nocivo en estos puntos. Porque su influencia hace que aún cuando los candidatos no sean reelegibles, la conducción partidaria estará interesada en congraciarse a cualquier precio con el electorado para imponer sus nuevos candidatos en la próxima compulsa. Por eso la importancia de la división distrital para la elección de diputados. Y hasta no habría que descartar la posibilidad de la postulación de candidatos independientes a la presidencia, cualquiera fuera su chance, como ocurre en Estados Unidos, que no pueden ser disputados en su vocación democrática. 

Otro punto a analizar es lo que tiene que ver con el contralor de la gestión de gobierno. Comenzando por el Congreso, el órgano fundamental en esa tarea. El sistema de renovación de legisladores por mitades a los dos años crea una falsa mayoría. "La ciudadanía eligió que hubiera un gobierno con minoría en el Congreso" se suele escuchar. No es cierto. La mitad de los diputados y senadores son arrastre de elecciones anteriores, de proyectos anteriores, y tal vez si los electores pudieran les quitarían el mandato. Es interesante en este sentido el sistema de Uruguay. 


Eliminar el medio término por mitades


Allí tanto el Presidente como los legisladores se eligen cada 5 años. El presidente no puede serlo por dos períodos consecutivos. (Lo ideal sería que los legisladores tuvieran igual régimen) El presidente se elige en una elección única, con ballotage. Unas semanas después se eligen los legisladores. Se elimina así la sábana, y si la ciudadanía quiere efectivamente que el ejecutivo tenga un Congreso opositor, puede votar en ese sentido a las pocas semanas. Además de evitar el estado de campaña electoral permanente, el resultado es mucho más homogéneo y adecuado a la voluntad popular e impide los feudos. 

Aquí debe incorporarse el tema de la boleta sábana. Este punto tiene dos aristas. La boleta por cada partido tiene apareado el robo de papeletas, lo que obliga a imprimir varias veces más de lo que se necesita de votos, (además una restricción económica para los partidos más chicos que deben anticipar los fondos para imprimirlos) y a tener un fiscal en cada mesa para actuar de vigilante. Por otro lado, fomenta el voto sábana, con boletas que antaño venían troqueladas y que ahora vienen casi soldadas para evitar el corte. 


No sólo la boleta única





La boleta única, en que el votante marca con un bolígrafo al candidato que vota, resuelve parte del problema, pero no todos, porque permite muchos manejos de transa política y caudillista al hacerse una elección múltiple simultánea. Además de la boleta única - y de la natural antisábana que implica la elección distrital de diputados, habría que considerar la posibilidad de que las elecciones de presidente, gobernador e intendente se hicieran en momentos separados, al igual que sus legislaturas y consejos. Se dirá que es demasiada frecuencia de votos y gastos. Debe recordarse que con el esquema propuesto se votaría una vez cada cinco años y no cada dos años. La boleta única también reduce los costos de modo notable, y por último se podría alternar la elección de intendentes y gobernadores, con lo cual se votaría 3 veces por año, un esfuerzo que vale la pena.  

Esto lleva a la obligatoriedad del voto. Debería eliminarse. Si alguien considera que es demasiado trabajoso o complicado destinar algunas horas cada año a elegir sus representantes, debe tener el derecho de no ejercer su derecho, redundancia necesaria y saludable. 

Algunos de estos puntos se podrían solucionar mejor con el sistema de urna electrónica, (no con voto digital) pero se ha eliminado del planteo para no enzarzarse en discusiones estériles y diluyentes con quienes sostienen una serie de argumentos que descalifican la idea. 


Contralor y coto a las decisiones de la mayoría


Un tema que no es exactamente electoral pero que debiera analizarse más en profundidad, es el control de la toma de decisiones de todos los funcionarios y representantes. Ello es para asegurarse de que, además de cumplir los mandatos de las mayorías, se apliquen los límites imperativos para asegurar el respeto por los derechos de las minorías. El Consejo de la Magistratura, las distintas oficinas de auditoría y contralor tanto del Poder ejecutivo como del poder Legislativo deben estar en poder de las minorías. En el caso del ejecutivo, deben surgir de la decisión de los partidos que no ejerzan la presidencia, y en el caso del Congreso, de las minorías. Obviamente serán decisiones posteriores al acto electoral principal. Quedan para analizar más precisamente y con más profundidad, por juristas, los complementos y mecanismos de control de las mayorías a los que se refiere antes esta nota. Seguramente deberá incorporar una mayor importancia y vincularía a las propuestas colectivas de tratamiento de leyes o censura de ciertas disposiciones, pero no se tratarán aquí.   

Una cuestión que parece secundaria pero que requiere suma atención, en línea con la necesidad de asegurar la confianza y credibilidad en el acto electoral, es el conteo de los votos, tanto en el escrutinio provisorio como en el definitivo. Como se sabe, al cierre de cada mesa, el presidente y los fiscales proceden a labrar el acta de escrutinio, que el presidente de mesa, con la firma de los fiscales debe remitir a la Justicia Federal, que está a cargo del conteo definitivo. Al mismo tiempo, el presidente de mesa envía un telegrama al Correo Central con los resultados de su mesa. 



Reglas para el escrutinio






El escrutinio provisorio - sin valor vinculante alguno - se hace mediante el conteo de esos telegramas. Hasta ahora se ha venido haciendo con la tercerización de la tarea en firmas privadas. Ese paso debería estar a cargo del estado o la justicia, y no de una empresa privada, simplemente para ahuyentar suspicacias como las que han surgido en varios actos comiciales.

El escrutinio definitivo se hace en la Justicia Federal mediante la utilización de las actas de escrutinio, con la presencia de todos los fiscales generales de los partidos. Aquí vale la pena detenerse. Un punto posible de fraude existe en el caso de que sólo el presidente de mesa esté presente en el momento de la confección del acta. O que sólo se hallen en el acto el presidente de mesa y el fiscal del partido ganador. Sólo en situaciones especialísimas se procede al recuento de los votos de cada urna, que obran en sobres en poder de la Junta Electoral. Este aspecto debe modificarse. En casos de diferencias abrumadoras, imposibles, o cuando se impugna alguna mesa donde sólo firmó el acta el presidente, debiera flexibilizarse esa regla, aún a riesgo de alargar el escrutinio. Y hasta cabría la posibilidad de realizar muestreos al azar, con duras sanciones en caso de diferencias groseras. 


Recuento manual de votos


En algunos estados americanos, como se ha visto en las recientes elecciones de medio término, si los resultados distritales generales arrojan una escasa diferencia, se procede al recuento manual de todos los votos, tanta es la importancia que se da a la seguridad en ese punto del comicio, tan frágil en el caso local. 

Un capítulo aparte para las PASO, las primarias abiertas y obligatorias. Este sistema fue aplicado por el kirchnerismo como un modo de cerrar y dificultar el acceso de más partidos a la contienda electoral, y posteriormente modificado a su conveniencia. Hoy se discute la conveniencia de volver a modificarlas. Debería encontrarse un formato verdaderamente democrático y no modificarlo sino con consenso de amplias mayorías y con bajísima frecuencia. 

Parece claro que la participación en las internas no debería ser obligatoria, como no lo debe ser el voto en las generales. Tiene sentido que sea obligatoria su existencia para los partidos, a fin de asegurarse que no existan candidatos elegidos "a dedo". Pero cada partido debería darse su propio reglamento. Debería estar abierta la participación en ellas de todos los afiliados que se deseen postular a cualquier cargo o banca, para evitar la preconfección de listas compulsivas o consensuadas, mecanismo que se ha usado  con formatos diversos en el pasado, aún antes de las PASO, y que tiene un componente antidemocrático importante. También las fechas deberían ser fijas o por lo menos hacerse con una antelación mínima a las generales. 


Democracia participativa online


Seguramente al analizar estos temas, surgirá la idea de apelar obligatoriamente o no a la consulta directa popular, mediante los medios digitales disponibles. Desde el punto de vista de la calidad de las decisiones y la juridicidad de estas consultas, habrá que tomar en cuenta algunas decisiones disparatadas a las que se ha arribado con este tipo de compulsas directas, por medios convencionales. No es casualidad que el modelo universal de democracia sea representativo, y hasta que muchas constituciones fulminen la petición directa en nombre del pueblo. "El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes" no es una mera fórmula. El voto y las decisiones políticas de la sociedad, se toman - así lo aseguran los expertos mundialmente - sobre impulsos emocionales. Sumarle a esos impulsos la instantaneidad que ofrece Whatsapp, por caso, parece peligrosísimo. 

Por otra parte, no se puede ignorar que al sopesar la posibilidad de utilizar la urna digital, ya ni siquiera el voto digitalizado, quienes se consideran los máximos expertos en el área informática han rechazado de plano cualquier sistema de cualquier índole que utilice software, trasmisión online o un procesador. Con menos razón entonces se podría osar utilizar Internet o cualquier sistema con protocolos parecidos y que se basase en los mismos principios para realizar consultas a la ciudadanía, cuya autenticidad y calidad podría ser disputada agria y salvajemente, como ha ocurrido con el voto electrónico, y por las mismas razones.  


Comentario final


Este trabajo no intenta ser un anteproyecto legal ni una propuesta de modificación constitucional. Es apenas un enunciado con cierto grado de puntualización y precisión de las críticas, observaciones, dudas y defectos que se advierten y denuncian en nuestro sistema electoral y en nuestras reglas que confluyen en el ejercicio de la democracia. 

Se suele confundir las malas prácticas de los gobiernos, tanto en su comportamiento político como en su gestión, con un pobre desempeño de la democracia, lo que además de ser un resumen demasiado superficial, es una conclusión riesgosa y que crea una gran inseguridad social, al ponerse en duda, con razón o no, a la esencia de nuestro contrato social, nuestro pacto fundamental de convivencia. 

Aunque el momento no sea oportuno -nunca lo será - se trata este de un pequeño aporte para estimular el debate y el análisis, y enfocar desde otro ángulo lo que se ha dado en llamar grieta, que nunca será un mecanismo válido para la sociedad, y que habrá que tratar de soldar desde la base misma del orden social: el derecho.