Publicado en El Observador 10/11/2020


Y yo, ¿dónde me paro? 

 

La larga elección-berrinche estadounidense prolonga las dudas y los miedos globales y locales

 

El último lustro mostró una carrera entre los beneficios de la libertad comercial global, o globalización, y las demandas de bienestar y participación instantánea en esos beneficios de una parte relevante de la sociedad mundial. Más allá de la evidencia empírica, esa carrera, en la democracia moderna, se define en las urnas, con sus implicancias y consecuencias. 

 

Los posGenX, que ya impusieron el estilo prueba-y-error en las empresas, se acostumbraron a un mundo donde el dinero crece en las plantas (de impresión de billetes) descartan toda idea de esfuerzo previo para obtener resultados, y consideran que cada aspiración es un derecho que no se discute y que debe ser satisfecho de inmediato. 

 

Eso trae ventajas y desventajas para los políticos. Las masas que hace 4 años querían que el gobierno resucitara a las industrias obsoletas y al desempleo inherente y eligieron a Donald Trump para que erigiera muros de todo tipo, ahora esperan que el estado evite el daño climático, resuelva el drama del health care, facilite la inmigración latina y reparta la riqueza. Y eligen a Joseph Biden. O se supone que lo eligen, según se verá cuando se disperse el humo y la batalla de los juicios y recuentos. Una grave incertidumbre en el peor momento. 

 

Estos fenómenos están ahora potenciados por los efectos de la pandemia, de la lucha contra la pandemia, y de la lucha contra los efectos de la lucha contra la pandemia, que marcarán el próximo lustro. (Y que también influyeron en estas elecciones norteamericanas)

 

¿Y yo dónde me paro? – Se pregunta hoy Uruguay, como se pregunta el mundo. El problema no cambia: la economía local tiene que crecer, para no tener que afrontar una discusión disolvente y su inevitable grieta. Y debe hacerlo de modo ortodoxo, porque no tiene tamaño ni peso como para adoptar teorías ruinosas. De modo que los deberes que hay hacer son los mismos, aunque haya algunos puntos a tener en cuenta para diseñar un posicionamiento. 

 

Un aspecto en el que Trump y Biden serán parecidos, es el debilitamiento del dólar. Ese hecho evidente no se ha materializado en la práctica porque todos los países hicieron lo mismo, debido a la pandemia o con la excusa de la pandemia: suspendieron la pugna distributiva y las consecuencias de sus políticas previas imprimiendo moneda, aunque se sepa que eso es ruinoso. El dólar no se devalúa porque no hay una moneda contra la que lo haga. Sin embargo, las materias primas agrícolas sí mostrarán ese deterioro. En términos relativos, y sin hacer demasiado, la economía oriental tendrá un fuerte crecimiento en el rubro exportación, que puede aumentar no sólo en valor sino en volúmenes, con la debida inversión, que puede esperarse del lado argentino. 

 

Con un Congreso dividido y un votante que espera populismo por izquierda o por derecha, la emisión yanqui no parará. Las tasas de interés con Biden serán igualmente bajas o nulas. La Reserva Federal no las subirá, aún cuando una mayor demanda pospandemia lleve la inflación a 5 puntos anuales. El endeudamiento estatal y privado tiende a estallar con la deflación y a sostenerse con la inflación. No hay que esperar la FED de Paul Walker o la de Alan Greenspan en su época de economista serio. Eso puede hacer más atractivos los papeles uruguayos y la misma inversión, si se mantiene la seguridad jurídica, financiera y presupuestaria. La confianza será una fuerte ventaja competitiva. 

 

Por esas paradojas (o burlas) de la política, Biden recurrirá a la misma herramienta que Trump en los temas centrales: el decreto. Por ejemplo, en el retorno al tratado climático de París, lo que volverá a EEUU a un camino racional, y encuentra a Uruguay bien posicionado para la competencia internacional no sólo en lo agropecuario, sino como líder de energía limpia, un certificado que será cada vez más apreciado. 

 

La inteligencia del gobierno demócrata estará en mantener y mejorar algunas de las decisiones de Trump que, dejando de lado su estilo, deben ser tomadas en cuenta. Hay tratados a los que hay que regresar. Otros a los que estuvo bien repudiar. La participación en entes burocráticos como la OMS o la Comisión de Derechos humanos y otros similares o aún más inútiles o dañinos, es una política a mantener. 

 

Lo mismo cabe para las bajas de impuestos, que Biden juró revertir. Esas reducciones no aumentaron las inversiones como se esperaba, y el crecimiento del empleo de Donald fue más bien fruto de la tendencia de la economía heredada, pero no habría que aumentar impuestos en momentos en que reestablecer el paso económico es primordial. Biden debe recrear la confianza en el capitalismo. Los sueños de redistribución vía apoderamiento tendrán que ser postergados. 

 

El nudo central, por estilo de personalidad y por concepto, es si Biden es capaz de montarse en el bipartidismo y retornar a su país a ser la locomotora de la globalización que se paralizó con Trump y agoniza con la pandemia. Y en especial, si da pasos firmes para volver a Estados Unidos a su condición de líder del Orden Mundial, mandato imprescindible que no dicta la política, sino la geopolítica. El partido republicano, desde Bush (h), siente que esa tarea es una carga económica sin contraprestación. Si el partido demócrata se plegase al mismo criterio por otras razones, ideológicas, se entraría en una nueva noche negra de la historia. 

 

En esa línea, impulsar la inserción plena de China en el sistema mundial es tarea ineludible, no exactamente con los mecanismos de Trump, que no fueron exitosos, salvo en aumentar costos y el déficit bilateral. Europa ahondó la guerra con EEUU ayer, con nuevos aranceles. 

 

Hay que esperar el regreso a los tratados comerciales. Ese será el más claro indicador del camino elegido por el nuevo gobierno. Si no, la mejor opción será Asia.