Todas las soluciones para el sistema jubilatorio son malas

Una de las facetas de la crisis del empleo es el mecanismo de retiro, que se ha vuelto mundialmente inviable y de arreglo casi imposible 


















Es inminente el comienzo de la discusión local sobre la reforma al sistema de retiros, como ocurre globalmente, en todos los casos por las mismas razones: la gente no se muere y el trabajo legal no aumenta en la proporción necesaria para financiar el costo total. 

Por fortuna, parece haberse entendido que cualquier cambio requiere una política de estado, un acuerdo de la sociedad. Esta frase puede hacer creer que el enfoque debe ser solidarista, como ha sido hasta ahora, lo que no es necesariamente así. Las limitaciones detalladas en una columnas previa no permiten demasiado optimismo en ese aspecto. 

Esta nota no osará pergeñar una solución, sino clarificar el análisis de opciones imprescindible para introducirse en la discusión, sabiendo que cualquier abordaje implicará varios años en etapas sucesivas, por la necesidad de adaptación gradual y por lo imperioso de considerar los derechos adquiridos de quienes han aportado toda su vida. Suecia tomó 20 años para completar su cambio. Nadie espera una solución relámpago.  

En muchos países, también en Uruguay, hay una mezcolanza de objetivos y métodos en la legislación tan sensible tema. La compulsividad de afiliación y aportes escamotea el hecho de que el sistema es un contrato entre el estado y el trabajador. En eso coadyuva la denominación de “sistema de reparto”, un modo de transformar la prestación debida por el recaudador de los aportes en una dádiva y de mutar esas contribuciones en un impuesto que paga el trabajador y que encarece el costo laboral. Al unísono, tienta al legislador a agregar rubros solidarios que finalmente son pagados por los propios jubilados y que no tienen relación con los aportes realizados. La separación del impacto en el presupuesto entre esos derechos y esa solidaridad es fundamental. 

Por ejemplo, si se analizan los datos prepandemia se constata que los ingresos por aportes igualan el monto de prestaciones jubilatorias puras. Es decir que -más allá de que las proyecciones apunten a la necesidad de una reforma – hay en la actualidad un equilibrio en el modelo. Pero si se agregan las pensiones de todo tipo, vejez, enfermedad, desempleo, supervivencia, éstas consumen no sólo el ingreso por impuestos predeterminado, sino que requieren un gasto presupuestario que ya va por el 2% del PIB y subiendo. 

Es muy importante separar ambos conceptos, tanto en el análisis como en el manejo futuro. Porque si se decide extender la edad de retiro, o bajar la tasa de substitución, o sea el monto jubilatorio, los jubilados terminan pagando esas pensiones de su bolsillo. Por supuesto que la sociedad puede determinar las pensiones y los subsidios que desee, pero no hay derecho a esconder el efecto de esa generosidad dentro de la ecuación del BPS, porque a la hora del análisis no se desbroza y se simplifica diciendo “el sistema jubilatorio no se sustenta”, con los efectos imaginados. 

Por eso en muchas reformas se ha dado más poder a los afiliados para impedir el uso para otros fines de los fondos recaudados. La cuenta nominal virtual, que muestra en tiempo real el monto actuarial de retiro que corresponde a cada afiliado, es utilizada con éxito en los esquemas modernos. De paso permite elegir alternativas ponderadas de cobro y momento de retiro.  

De ese modo, el sistema sería puro, y las pensiones y todo subsidio solidario se financiarían con participación de impuestos o desde rentas generales y se mostrarían como un rubro presupuestario aparte, no escondiéndolos en las cifras del BPS. Sinceramiento imprescindible. De lo contrario, se corre el riesgo de terminar como Argentina, que en una rara pirueta aumentó los subsidios y pensiones y redujo el ingreso de los jubilados con 35 años de aportes, una burla al derecho. 

También el sistema de prestación definida condena a un déficit inexorable, que se agrava con los mecanismos suicidas de ajustes salariales por inflación y de solidaridad intergeneracional, que por justo y compasivo que fuere, torpedeará cualquier reforma que se intentare. Por caso, se puede alejar razonablemente 5 ó 10 años la fecha de retiro, pero ese alivio, que costará más aportes a los trabajadores, se licuará con el efecto de las pensiones y subsidios costeados por el mismo sistema. Y será difícil seguir pateando el momento de retiro hasta los 100 años. 

Una opción para evaluar sería que la tasa de reemplazo (monto mensual jubilatorio) de la jubilación estatal se manejase individualmente, calculándolo en base a los aportes efectuados, pero ajustados en función de la recaudación total y de la renta por inversión si alguna vez se saliera de la tasa cero. Al estilo de una AFAP. Luego el estado compensaría con un subsidio específico con fondos generales la diferencia entre ese valor y el monto garantizado que decida otorgar. 

El criterio sería transparentar el costo anual presupuestario del excedente de la ecuación actuarial, de modo de revisar la decisión de gasto cada ejercicio, según las posibilidades presupuestarias. La jubilación es un derecho adquirido. El subsidio solidario, no tanto.  De lo contrario, con cualquier reforma que se practicase los aportes irán perdiendo peso en la ecuación y el monto jubilatorio se compondrá de más subsidio y más déficit, hasta convertirse en una variante de renta universal, un dislate que se costeará con más impuestos ruinosos, más inflación perniciosa, o más deuda. Y que garantizará la quiebra del sistema, una jubilación miserable y/o un manotazo a las AFAP. 

Cuanto más subsidios garantizados, más impuestos, mas aportes y más edad de retiro, menos empleo y menos aportantes. Y a empezar de nuevo. Un caso perfecto de círculo vicioso. 






El dramático final de la jubilación

La gente casi no se muere, se muere el empleo y con él, mueren los sistemas de retiro
























La columna expresó hace un año su opinión sobre el futuro del sistema de retiro, en su nota La jubilación de la jubilación. Hoy, como en otros temas, está obligada a reiterarse, para aburrimiento de sus lectores. La realidad y sus urgencias se repiten, también a nivel de tedio.

Un disclaimer: por un lado, está el frío análisis de las cifras globales y sus efectos múltiples. Por otro, el drama de cada individuo, de cada historia personal, de cada sufrimiento, que la sociedad debe reconocer y atender. Hasta donde pueda.

El problema no es exclusivo de Uruguay, es universal, tiene razones múltiples y ninguna solución es buena, todas son regulares. Ni hay una única solución, sino una combinación de causas y remedios siempre temporales. Y nunca hay una fórmula instantánea. En este espacio se ha usado el ejemplo de Suecia, cuyo paraguas jubilatorio quebró en 1993, junto con el país, pese a tener un PIB privilegiado, de altísimo valor agregado, y en ese momento, una presión impositiva socialista plus. La reforma sueca tomó 20 años y dio como resultado un complejo triple mecanismo, con fondos que recauda el estado, pero administrados privadamente. Sólo como referencia. 

Suele explicarse el problema apelando a la demografía y a la estructura poblacional. Por eso se suele postular el impulso de la natalidad y la inmigración al voleo. Tal criterio supone que la demanda laboral es infinita. Cierto es que la economía clásica defiende la teoría de que el aumento poblacional crea su propia demanda y que en consecuencia hay un círculo virtuoso que a más población asegura más empleo. Pero para que ello ocurriese también debería darse el apotegma de que toda oferta laboral crea su propia demanda laboral, lo que no es cierto si el precio del trabajo (salario y otras prestaciones) permanece rígido.

Justamente el crecimiento de demanda laboral se produjo notoriamente en los países de gran pobreza, mucha población y muy bajos salarios, que en el último medio siglo aprovecharon esa situación para producir y vender a bajo costo, lo que la globalización permitió y aceleró. Japón, Taiwán, Hong Kong, China, India, todos los asiáticos, partieron de producir chucherías a precios de regalo y terminaron produciendo tecnología con salarios altos. Un trabajador chino calificado gana varias veces más que un uruguayo en igual nivel, por caso. 

Pero cuando no se da ese esquema de flexibilidad laboral amplia, de crecimiento basado en condiciones y salarios preexistentes muy bajos y competitividad muy alta por la razón que fuere, el crecimiento poblacional vía cualquier método no resuelve el problema, a veces lo agrava. Los negados, pero reales 400.000 empleos marginales orientales muestran cómo ajusta la ecuación cuando crece la población y no se flexibilizan las condiciones laborales, incluido salarios. El voluntarismo choca de frente contra el aumento de población cuando se trata de crear empleo. 

Nueva Zelanda es un ejemplo fácil. Una economía de commodities con una baja población y un alto PIB, puede darse el lujo de ser generosa con sus jubilados. Argentina es otro ejemplo fácil. Una economía de commodities que con una población diez veces mayor, estafa a sus jubilados desde el mismo comienzo del régimen de pensiones, y además los vuelve a estafar cada vez que no le dan las cuentas. No se puede esperar que sólo la mitad de la teoría económica funcione. Más población implica más flexibilidad laboral. Si eso no funciona una de las víctimas colaterales es el jubilado. 

Como en los temas de salud, el aumento de la expectativa de vida empeora el cálculo actuarial y el déficit. Intentar resolver la ecuación por el lado de los aportes es irreal y contraproducente. Ya son suficientemente altos los impuestos al trabajo que se cobran con el nombre de contribuciones a la empresa y al trabajador. (Todos los paga el trabajador, finalmente) Esa es una de las razones que inducen el trabajo en negro, parte del problema. Por el lado de la cantidad de aportantes, ya se ha explicado el efecto de la rigidez sindical-laboral, que sabotea la creación de empleo. Agréguese el efecto del proteccionismo empresario, estatal y privado, que al limitar el comercio internacional y el consumo interno frena la demanda laboral drásticamente. 

La pandemia ha acelerado y aumentado las tendencias. El aumento de los subsidios espanta la demanda laboral de las empresas y desestimula la oferta laboral de los trabajadores y los sindicatos agregan su cuota al defender con su accionar solamente a los que aún conservan sus empleos (y pagan su cuota sindical). Al mismo tiempo, la reacción animal es protegerse, como hace Trump, con lo que baja el comercio mundial y con él baja el empleo. Y hasta se piensa cobrarles contribución jubilatoria a los robots. 

A esta altura del análisis siempre surge la comprensible apelación a la solidaridad. Alguien que ha trabajado toda su vida no puede, al llegar a los 60 años, ser abandonado a su destino, es el argumento. Sin entrar a analizar si ese límite es justo, si se compadece con la vitalidad de las personas de esa edad o no, esa verdad choca con otra verdad: también es gravemente injusto que, para resolver ese problema, se deje al garete al que tiene 20 años y necesita insertarse laboralmente en la sociedad. Y efectivamente eso ocurre. La rigidez proteccionista laboral, las contribuciones jubilatorias, el proteccionismo empresario en nombre de preservar y crear empleos, terminan golpeando a las nuevas generaciones y dejándolas sin esperanzas al comienzo de su vida adulta. Y lo mismo pasaría si se aumentase la edad de retiro en un régimen laboral inflexible. 

Hasta aquí, apenas el planteo del problema. La próxima nota tratará de las soluciones. Si las hay. 






El sabotaje sindical al empleo y al estado

El odio de los gremios contra un estado que no quiere ser populista daña a los trabajadores y a la sociedad





















La última semana el sindicalismo opositor oficializó dos campañas incendiarias. Una la de la Federación de Trabajadores de Ancap, (Fancap), que ratificó su oposición frontal a la LUC en los temas específicos del sector y reclamó al Pit-Cnt impulsar un referéndum revocatorio contra todo el modelo del gobierno, al que califica de neoliberal, por supuesto. 

Se comentó aquí la paradoja de que en nombre de la esencialidad estratégica se otorgue el monopolio de ciertas áreas al estado, esencialidad que se olvida cuando se trata de las conveniencias gremiales, no importa el efecto sobre la sociedad.  Una huelga contra el estado-patronal no es coherente con el modelo social-comunista, que supone que el estado es la solución al robo de la plusvalía por parte de los explotadores. Cómodo doble estándar. 

Es peor cuando se intenta, desde el sindicalismo, imponer o defender la política de un sector. En ese otro abuso incurren los gremios docentes y médicos cuando se sienten autorizados y capacitados para imponer modelos o políticas. La función gremial es la de velar por los intereses laborales de sus representados. Si toma posiciones que intentan cambiar el sistema en el que se desempeña lo hace como cualquier grupo de ciudadanos que opina o peticiona. Pero no puede, legítimamente, utilizar recursos gremiales para imponerlas. 

Se agrava cuando, como Fancap, usa sus paros para imponer cambios en las política generales del estado, que intenta modificar con una mezcla de acciones de fuerza y utilización del referéndum como sustituto del sistema electoral, un reemplazo del modelo republicano de tres poderes por la agorafilia, que haría imposible cualquier orden. El caos, el proyecto disolutorio de la izquierda global. 

Es el Parlamento el que debe determinar, por caso, si se desmonopoliza o no la actividad petrolera de Ancap. No el gremio, que no tiene ningún título para hacerlo.  De lo contrario, no debería hablarse de democracia, sino de un corporativismo oscuro ni siquiera socialista, más bien fascista. 

Porque es evidente la intención de mantener un monopolio estatal-sindical que le ha costado muy caro al consumidor y al contribuyente, no ya por la impunidad de la ineficiencia, que se paga con el precio, sino por la impunidad en sentido amplio que se paga con impuestos, sin responsables presos, eso sí. 

Otra posición incendiaria, literal, es la del Sunca, sindicato mimado del expresidente Vázquez. Partiendo de la premisa (falaz) de que la actividad no sufrió por el COVID-19, el gremio demanda que se continúe la política salarial que colaboró con la pérdida de actividad y empleo en los últimos 4 años, con o sin pandemia. Basta hablar con los trabajadores del gremio para no tomar en serio esas posturas, un intento de cerrar los ojos a la realidad. O algo peor. 

Muchos trabajadores de la construcción están en el seguro de pago o viven del subsidio temporario o de alguna changa misérrima, en negro, o de otra cosa. No es culpa exclusiva del gremio. Es cierto. Pero frente a la decisión gubernamental de impulsar la construcción y a la necesidad de completar las obras inconclusas, la pose irreductible es sólo una bandera de lucha y un sabotaje a sus afiliados. 

Tras su exitosa batalla para eliminar la inversión privada, el Sunca torpedea las obras de UPM-2 y las usa como rehén para presionar al gobierno. Otra vez el gremio contra el estado. El delegado Amaro explicó muy bien su estrategia para aumentar los empleos: “se realizan paros de tres horas por sectores en la obra; de esa forma se lastima más la producción que haciendo un paro de 24 horas”. 

Está claro que el sindicalismo no tiene por objeto mejorar las oportunidades de quienes quieren trabajar, sino obtener alguna ventajita para los que tienen trabajo (mientras dure) y justificar así sus cuotas, mientras consolida su poder. Con una constante: tratar de modificar con medidas de fuerza y presiones el resultado electoral y neutralizar las políticas elegidas por las urnas. 

Para quienes piensen que el término “incendiario” del comienzo es algo exagerado, recuérdese la promesa-amenaza del delegado de Durazno: “hasta que no se sienten a dialogar la cámaras empresariales, vamos a ser firmes, si tenemos que prender fuego la planta, la vamos a prender”. 

Los subsidios y pagos temporarios del estado atemperan el efecto del desempleo, que se atribuye al virus pero que se añeja hace un lustro, hoy agravado por la aceleración global de las tendencias. La necedad ideológica de ignorar los mecanismos de todo mercado laboral acentúa el peligro de que esa negación se vuelva una inmolación que destroce el empleo y con él las posibilidades de una recuperación rápida de la inversión y la economía. Una pauperización al estilo del peronismo cristinista, pese a la creencia de que “eso no pasa aquí”.

El ejemplo que ofrecen generosamente el Fancap y el Sunca es generalizable, y se opone por el vértice a la estrategia de crecimiento del gobierno, que intenta la salida veloz de la pandemia. No se trata de una propuesta alternativa. Simplemente es la repetición de latiguillos y eslóganes, expresiones de anhelo y reivindicaciones. A las que nadie se opone, salvo en la instantaneidad que excluye el esfuerzo previo y asumir las realidades. 

Un grupo de diletantes intelectuales y ricos, como Marx, aboga globalmente por un salario universal pagado con impuestos.  Los sindicatos bregan porque las ayudas temporarias pandémicas se conviertan en ese salario universal permanente, criterio que debería repugnar a un auténtico gremialismo, porque tanto por el lado de la demanda como por el de la oferta, conspira contra el empleo y la dignidad del trabajo. A menos que el sindicalismo esté defendiendo otra cosa. 







¿Por qué agoniza Argentina? 

La disección del cadáver del vecino sirve para tener claro lo que no hay que hacer por ninguna razón, más allá de las tendencias inducidas e inventadas





















Es fácil describir los problemas de Argentina y predecir su futuro. La columna ha sido pionera en incurrir en tales facilismos. Más importante y aleccionador, en cambio, es reflexionar sobre las causas profundas de la aniquilación de un país que lo tenía todo y que está al borde de su degradación a feudo. 

Desde 1943, gradualmente al comienzo, más veloz y profundamente luego, en fatal sinusoide, el país se apegó al proteccionismo empresario y sindical, a la asociación lícita e ilícita del estado y los empresarios, al reparto de dádivas, empleo público, salarios y subsidios populistas, a los controles y restricciones al mercado, que terminaron varias veces en restricciones a la libertad. Los golpes militares de 1955,1966 y 1976, reputados dialécticamente como liberales, no cambiaron la tendencia y a veces la acentuaron. 
El alfonsinismo le agregó a ese cuadro cláusulas constitucionales que derogan la soberanía nacional en aras de la supranacionalidad socialista y que deliberada e irresponsablemente crean la figura del DNU sin definir sus reglas, lo que permitió al Congreso pasar una ley inconstitucional que permite que el presidente cree leyes con sólo el apoyo del 34% de los legisladores de una sola de las cámaras, un absolutismo legal. 






Las hiperinflaciones primero de Alfonsín y luego de Menem fueron consecuencia de los controles del tipo de cambio, de la emisión para pagar gastos populistas, del endeudamiento como modo de repartir bienestar sin crear antes riqueza. El regalo de las obras sociales a los sindicatos fue obra generosa del feroz Onganía, algo con que ni los comunistas del mundo soñaban. La inflación sistémica, producto del socialismo alegre de redistribución, unida a los controles cambiarios obligó a la negociación permanente del gobierno con las empresas, base de la corrupción y de la huída de la inversión seria, que no puede competir con las mafias. 

Martínez de Hoz y Cavallo, acusados de neoliberales por la dialéctica marxista, controlaron férreamente el tipo de cambio, el precio más importante de una economía, difícilmente una práctica liberal. La junta militar obligó al primero a diseñar un plan que asegurara un desempleo no mayor al 2% y el temible Massera lo forzó a poner un control de precios tan fallido como los planes similares del peronismo. 

El estallido de 2001 fue la resultante de varios ciclos similares de estas políticas de redistribución vía impuestos, controles, dádivas, subsidios, y de un estatismo creciente en nombre de la protección a los más necesitados, cuyos efectos deletéreos se maquillaron con mecanismos diversos. Elige el camino de la aplaudida estafa a los acreedores, otro paso hacia el desenlace de hoy. 

Uruguay, afectado por la ilusión de un dólar barato y accesible que había creado la convertibilidad vecina, sufre un impacto en su sistema financiero y bancario. Gracias a la tozudez y firmeza de Jorge Batlle, se impone el camino correcto, en contra de la posición de la izquierda, cuya solución era obviamente la salida argentina. 

La llegada de la familia Kirchner al poder, de la mano tenebrosa de Duhalde, sólo acelera esas tendencias. Primero, al dilapidar la bonanza de la soja en subsidios, planes y aumento del gasto, que evidentemente no se podrían mantener si se revertía la suerte de las commodities, como era evidente que ocurriría. Luego, al aumentar la carga impositiva, las retenciones, la inflación (disfrazada con trampas) y sobre todo, el odio hacia la empresa privada, el agro, los creadores de riqueza en general. 

De la mano del socialismo de living de Elisa Carrió inventa la AUH, la asignación universal por hijo, que luce justa, hasta que se advierte que se trata de un mecanismo de salario universal estatal sin financiamiento real, que además permite abusos imparables y estimula la procreación irresponsable, utilitaria y cruel. 






















En la misma línea se garantizan más de 3 millones de jubilaciones sin aportes previos, otra forma de salario universal que pagaron y pagan los jubilados legítimos. 

En esa línea de otorgar un estipendio mensual a la mayor cantidad de gente posible sin contraprestación alguna, se inventaron un millón de pensiones por invalidez y discapacidad, en su gran mayoría injustificadas. Se agregaron cientos de miles de pagos mensuales a los protegidos de las orgas piqueteras (con la comisión a sus líderes), para desembocar en un país donde 25 millones de personas reciben cheques del estado, y donde menos de ocho millones trabajan de algo. ¿Por qué no iba a haber una crisis terminal?

Macri tampoco resuelve el problema. La columna se explayó en críticas sobre el seudogradualismo de Cambiemos, inspirado también por el socialismo elegante de Alfonso de Prat Gay, que terminó combatiendo el populismo kirchnerperonista con más populismo. 




















Este nuevo gobierno de Cristina, con la máscara de un presidente que se vuelve transparente a cada minuto, profundiza la línea socialpopulista que ha traído al país hasta acá. Esto ocurrió desde antes y durante la pandemia y empeorará en la pospandemia. El plan que se ha empezado a difundir sutilmente implica más dádivas, más reparto sin creación de , más carga impositiva, menos gente trabajando y más subsidiados. Ese será el pago por la impunidad, la reforma judicial antirrepublicana, el cambio de las leyes electorales, la perpetuidad chavista. 

Argentina está en estado terminal por haber aplicado anticipadamente lo que el socialismo del mundo, en una gran pirueta dialéctica, intenta que sea el nuevo capitalismo: salario universal estatal, redistribución de la riqueza vía impuestos, estatismo creciente y proteccionismo laboral y empresario. 

Quien quiera oír, que oiga. 




El futuro

Será imposible lograr consensos sobre el camino a tomar, pero se debe empezar a caminarlo



Es bueno que abunden las notas sobre las opciones de Uruguay de aquí en más. La búsqueda de nichos, inserciones y oportunidades implica reconocer que los recursos actuales han dejado de ser suficientes para proveer al bienestar general y sostener un sano crecimiento. También implica la aceptación de que la riqueza debe ser creada, no redistribuida, porque de ese modo se agota en poco tiempo. 

Se ha puesto de moda sostener que el trabajo agoniza o ha muerto, lo que debería preocupar a quienes defienden la teoría marxista, que hasta ayer se basaba en el principio de que toda riqueza provenía del trabajo y ahora ha mutado a que toda riqueza proviene de lo que el  estado reparta, (tras sacárselo a los que aún generan riqueza) para saciar las necesidades crecientes que en nombre de los supuestos derechos constitucionales y humanos, de la justicia social y divina o de la solidaridad se reclaman cada vez con más violencia y con menos evidencia empírica. Por eso es valioso partir de aceptar que hay que salir a buscar modos de ganarse la vida, sencillamente. Se trate de una persona o de un país. 

También es positivo que se concluya que no existe una salvación del estilo UPM2, con costos y efectos aún a evaluar, basados en exoneraciones y tratamientos especiales, que tienen un efecto casi cosmético en el PIB. La columna ha venido sosteniendo estas líneas de pensamiento, que no cambian con las dificultades de la pandemia ni aún con el proteccionismo populista de Trump y todo el efecto negativo sobre la humanidad que acarreará, como también muestra la evidencia empírica irrefutable. 

Falta pulverizar la creencia de que es el estado quien se debe ocupar de crear riqueza, tarea para la que es incompetente, como lo demuestran los costosos intentos locales. Son los privados quienes deben cumplir esa tarea. La de encontrar mercados, nichos, hacer alianzas, interesar a inversores, intentar y fallar una y otra vez, emprender, perseverar, aprender de los errores. Todo lo que el mundo online puso de moda, pero que es una constante desde siempre, desde Leonardo a Edison y Ford, desde los hermanos Wright a Boeing, desde von Newman a Apple. 

Este principio se declama bastante, pero no siempre se termina de digerir. La frase “Uruguay debe buscar nuevos mercados” no debe interpretarse como que el estado debe salir a buscar oportunidades. Los emprendedores son los que deben salir a buscar e inventar negocios. El estado puede ayudar en las negociaciones internacionales. Debe facilitar el camino garantizando un esquema impositivo perdurable que no cambie con los avatares electorales, otro modo de robustecer la seguridad jurídica. Y una educación de excelencia e igualitaria, aunque suene a utopía. 

Debe liderar un cambio revolucionario en el sistema de negociación y legislación laboral, que algunos consideran moderno y sin embargo es obsoleto y será un duro obstáculo en la creación de empleo en la pospandemia, tanto para pymes como para grandes empresas. El empleo seguirá siendo el mejor indicador de bienestar global. Mucho más que la pobreza, de las que es sólo una de las causales. Los teóricos del estatismo, que ven caer su paradigma, tratan de reemplazar el empleo que mataron y matan abogando por el salario universal, idea autodestructiva que hará perder mucho tiempo y recursos donde se aplique. El sindicalismo uruguayo es estatista y como tal corresponsable de la pérdida de empleo y enemigo de la inversión privada. Lograr mayor empleo sin perder nivel salarial sólo es posible con un output de alto valor agregado, que no es exactamente producir cinturones en vez de vender vacas en pie, ni exonerar a la producción de pulpa de celulosa. Invertir el orden, o sea mantener el nivel salarial y luego tratar de agregar valor para sustentarlo, es un intento ridículo. Requiere, además, un grado de subsidio estatal ineficiente e imposible de financiar.

Un ejemplo de lo que sí puede hacer el estado: se discute la dificultad de avanzar en la humanización de las cárceles con escaso presupuesto. Si se abandonasen los prejuicios, ideologías y otros proteccionismos, se podría licitar la construcción privada de cárceles con un peaje o alquiler futuro, más barato que endeudarse. Aunque seguramente se cree más nacional y popular tratar a los presos como a perros rabiosos. 

El gobierno acierta al impulsar la radicación permanente de extranjeros con potencial de alto consumo e inversión. No hace falta para ello cambiar las reglas de residencia fiscal doméstica. Es irrelevante. Sí es fundamental asegurar las otras condiciones que se mencionan al comienzos. El entorno, dirían los economistas. Esas condiciones son vitales también para los uruguayos, acostumbrados por tantos años de prédica socialista a no tener confianza en sí mismos y ahora arrasados en sus pequeños emprendimientos. En el caso de los argentinos, que pueden aportar no sólo consumo sino la vocación de emprendedores, sobran incentivos. De eso se está ocupando el gobierno de Cristina, todos los días, a toda hora, en todos los temas. 

Pero para lograr ese entorno, los cambios a realizar son muy importantes. No están en la LUC, ni siquiera esbozados en ella. Y como el sistema educativo, el sistema sindical y el Frente Amplio y el sector que representa jamás aceptarán semejante adaptación a una realidad que su relato se especializa en negar, no serán fáciles de implementar. Con lo que no se podrán realizar por consenso. Tremenda disyuntiva para la idiosincrasia oriental. 

Sin embargo, pese a que la pandemia obligue globalmente al descalabro presupuestario y a todas las protestas de buena o mala fe para que la vida sea bella y fácil, el camino es el mismo de siempre. Sólo que ahora es único. No hay disyuntiva para quien gobierne. 


El conocimiento es la nueva riqueza, es hora de redistribuirlo

Entre un cambio drástico y difícil en la educación y la mentira del salario universal 





















No debe existir un solo político, sociólogo ni economista en el mundo que no sostenga que la educación es la herramienta fundamental para luchar contra la pobreza, reducir la desigualdad y mejorar la calidad del empleo y el bienestar. Uruguay, en este aspecto, no es una excepción. Tampoco lo es en la renuencia a la aplicación concreta de la fácil frase, que luce tan elegante y sensible de repetir, pero pareciera tan difícil de llevar a la práctica. 

El desastre causado por la pandemia – o por la lucha contra la pandemia – en países potencialmente tan relevantes para la economía local como Brasil o Estados Unidos, más la desgracia adicional de que sea Donald Trump quien esté a cargo de chocar el Titanic, aumenta la necesidad de contar con una sociedad de individuos con herramientas de conocimiento cada vez más poderosas. 

La crisis sanitaria ha apresurado algunos cambios que se sabía que llegarían, pero que se esperaban que ocurriesen a lo largo de un lustro o una década. Ahora se han perdido empleos que ya no volverán a recuperarse y que afecta a toda la pirámide laboral. En ese contexto, se debilitará el formato de la relación de dependencia, y aumentará peligrosamente el trabajo en negro, alentado por la supuesta defensa del trabajador que hacen los sindicatos al negar cualquier flexibilización. 

Luego de varios años de formar, o deformar, un modelo de individuo sin confianza en sí mismo, dependiente del estado o de sus gremios, la tarea educativa requiere una revolución que implique la primera y más importante política de estado. Esto debe empezar con la aceptación de que se ha llegado al borde de la deseducación. En esa tarea el sindicalismo, en manos del trotskismo, estrategia común a tantos países, ha tenido un triple protagonismo. En la pretensión consentida de opinar e influir en los contenidos, en resumir el problema a los montos presupuestarios y en usar las aulas y las cátedras para transmitir ideologías de resentimiento y, peor aún, de teorías fracasadas que han llevado a la pobreza extrema a todos los países que las aplicaron. 

Basta leer los programas y currículos de primaria para concluir que la vaguedad y escasez de sus contenidos presagian un resultado evidente: la educación pública está formando mendigos del estado y acentuando todas las desigualdades. En el otro extremo, la educación superior, al combinar la libre e ilimitada elección de carreras con la gratuidad, más el agregado ideológico, se está sembrando frustración, además del desperdicio de los recursos de todo tipo. Ya antes de la pandemia se estaba formando a una gran cantidad de profesionales (si egresaban) sin inserción económica posible. 

Es injusto atribuir este defecto solamente a la educación oriental. Si se observa el panorama estadounidense, se hallarán las mismas frases, las mismas oposiciones, el mismo odio a las pruebas de evaluación que permiten comparar los resultados por escuela, el terror al sistema de vouchers, o a las charter schools, que en definitiva son planteos sindicales e ideológicos. EE.UU los está aplicando de a poco, como la mejor manera de combinar excelencia con inclusión. (Las charter schools reciben mayores fondos en función de los chicos cuyo nivel mejoran) Además, el sistema privado de educación superior garantiza el alto nivel de calidad en los estamentos de conducción, pero nada puede hacer en favor del resto de la pirámide, ya que no nivela para abajo, afortunadamente. 

Es obvio que los sindicatos no aceptarán nunca perder la hegemonía sobre el sistema educativo. Algo así como si la política sanitaria de un país fuera diseñada por los sindicatos de médicos, enfermeros o paramédicos. Para que comprendan y acepten que no es esa su tarea, son imprescindibles las políticas públicas y la ley. Es entonces necesario un replanteo integral de los contenidos y de los sistemas educativos, que deberían combinar todos los medios: la educación privada, la educación publica, las charter schools y el método de vouchers. A lo que ahora debe agregarse la educación a distancia con igual peso académico, como se ha probado. 

Este gobierno, o cualquier otro, pasaría a la historia por el solo hecho de haber capitaneado un consenso político capaz de crear una política de estado que contemple semejantes cambios que perduren en el tiempo y sean una nueva bandera que levantar en pro del bienestar de la sociedad. Cuando se habla de que se viene un tiempo nuevo, un mundo diferente, otra vez se abre la disyuntiva: un mundo donde cada individuo tenga un ingreso universal que le pague el estado, un concepto sólo dialéctico como todo el socialismo, además de esclavizante, infinanciable e inviable, por un lado. 

Del otro lado, sociedades con individuos libres, con confianza en ellos mismos, formados para evolucionar, para inventarse y reinventarse sus propios trabajos, para innovar, para emprender en grande o en chico, que finalmente terminen agregando valor a toda la economía y bienestar para ellos y para la comunidad. El cambio es tan complejo que seguramente muchos pueden sostener que se trata de un sueño imposible, que es lo que se dice hasta que otros lo logran. Pero mucho más difícil es la idea de pagar un salario universal cuando no se pueden pagar ni las jubilaciones que corresponden. O la de seguir ordeñando desde el sindicalismo a un sector trabajador cada vez más pequeño y más sometido. 

Se repite, también hasta el aburrimiento, que el conocimiento es el capital del siglo XXI. Será por eso por lo que el socialismo en todos sus ropajes lo combate tanto. Si el conocimiento es la nueva riqueza, el trotskismo debería empezar por distribuirlo universalmente, no por retacearlo