Publicado en El Observador 21/12/2021



Lo peor del desempleo son sus remedios

 

La fatal arrogancia de creer que creando inflación se puede aumentar el empleo sustentablemente 




 

La pandemia es una de las tantas tragedias, inventadas o no, que se han usado como excusa durante la historia de la humanidad para soltar la mano del soberano y repartir dádivas a la población, siempre con el mismo propósito de conseguir la anuencia, la tolerancia o el apoyo de los súbditos con objetivos diversos. 

 

La lucha contra el desempleo es, en tiempos modernos, una de las mejores excusas globales para justificar el olvido de lo que se aprendió a fuerza de fracasos y aún de lo que se aprendió a fuerza de estudiar, excusa enriquecida por la decisión de encerrar a la población mundial durante 18 meses en sus casas, y pagarle sin trabajar, una confesión además de que los fondos destinados a la salud en el mundo fueron dilapidados durante largo tiempo. 

 

Se pare, como base, del error de fondo de creer que el estado tiene la tarea de generar empleo, o pleno empleo, como dice el primer mandato de la Reserva Federal, y como repiten a coro todos los gobiernos del mundo. En realidad, lo mejor que puede hacer el estado es no hacer, en vez de intentar hacer, como se ha demostrado en todos los casos y en todo lugar. La teoría del estado presente conduce a altos gastos, altos impuestos y finalmente muchas regulaciones, que ahuyentan la inversión y el empleo. Como el estado no es capaz de generar riqueza, ni inversión ni empleo que no termine siendo un vulgar subsidio, su fracaso está siempre garantizado. 

 

El tema empeora aun cuando los gobiernos, o sea la clase burocrática que conduce el estado, decide producir empleo privado. La fatal arrogancia que citaba Hayek, en acción. Así, se inventa una barrabasada como la tasa cero o negativa, como ocurrió en el ex mundo capitalista, que es la negación misma de los preceptos capitalistas. No tanto porque el capital pasa a remunerarse a valor cero, sino por la distorsión que genera al privar al sistema del mayor mecanismo de decisión de inversiones, que es la tasa de interés, en sentido amplio. A partir de esa tasa cero deja de tener sentido la asignación de recursos productivos, esencia misma de la economía como ciencia social y del capitalismo. Al eliminarse la herramienta con la que se toman las decisiones, todas las decisiones pasan a ser erráticas, los proyectos fracasan, el aumento del empleo es circunstancial y poco duradero, y en el mediano plazo desaparece, como desaparecen las empresas e industrias desarrolladas en base a un crédito barato o regalado. 

 

De ahí que cuando la FED, el banco central para nada independiente de EEUU dice que no subirá la tasa hasta que el desempleo no llegue a ciertos mínimos, está diciendo una frase fruto de la ignorancia y el voluntarismo, y siguiendo un camino de fracaso en el mediano plazo. Como se puede ver en Wall Street y aún en la vida real, una vez lanzada la carrera del regalo todo intento de subir unas décimas de punto la tasa de interés es inmediatamente percibido como un retroceso de la actividad económica, con todas las acciones que eso conlleva, que terminan creando desempleo. (Además de que, casualmente, cada vez que se habla de aumentar las tasas aparece una nueva variante del virus que amenaza terminar con la humanidad, al menos en el relato).

 

El problema se agrava cuando, además, se emite moneda para subsidiar los efectos de haber encerrado al consumidor y las prohibiciones correlativas de viajar, gastar, etc. Esta emisión, que se vuelve inflación al primer amago de retornar a la normalidad, hace bajar por un corto plazo la tasa de desempleo, pero no sólo ese guarismo tiende a bajar, por los falsos cálculos empresarios que se explican en el párrafo anterior, sino que necesitan una nueva inflación para no caer. Con lo que la espiral es inevitable. La falsa expansión del crédito con la tasa cero y los falsos emprendimientos así fomentados, confluyen en falsos empleos, pero en quiebras reales. Cuando además eso se hace por medio de o junto a un proceso inflacionario, el colapso es mucho peor porque detenerlo significa detener la inercia y hacer caer todos los indicadores al mismo tiempo, lo que lleva al conocido “patear la pelota hacia para adelante”. 

 

En el caso de EEUU y de la exangüe y fenecida Europa, este proceso se viene dando desde hace tiempo, atenuado por el exitoso período de Clinton que permitió atemperar estos efectos con el volumen, que no estuvo dado por las tasas forzadas, el crédito barato o la emisión alegre, sino por las ventajas de la libertad de comercio mundial de ese momento, hoy sepultada. La verdadera pandemia de este siglo son los bancos centrales no independientes, que han terminado tomando todas las medidas que conducen a la falta de empleo futuro simultáneamente. Tasas cero o negativas, crédito barato y casi sin consecuencias para los malos proyectos o malos préstamos - léase moral hazard - y ahora, casi desesperadamente, con la compra de bonos basura emitidos por empresas que deberían quebrar junto con todos los que apostaron a ellas, emisión, y por el mismo precio, proteccionismo universal generalizado y encarecimiento de los costos esperando que un milagro produzca energía barata y limpia, en pocos meses. 

 

Esta suma de procederes, siempre en nombre de producir más empleo, en todos los casos ha conducido, cuando se aplicaron estas variables individualmente, a períodos hasta de hambruna de la humanidad. Queda para el lector imaginar los resultados cuando ocurren todas juntas. En esta tarea han ayudado el FMI, el BCU, el Banco Mundial y otras siglas, que están siguiendo un camino político y no económico en sus lineamientos, pero acompañando al sistema al desastre. 

 

No es muy distinto a lo que ocurrió en la gran depresión del 30, donde Roosevelt condujo al mundo a la miseria con ideas similares, o a lo ocurrido luego de la segunda guerra mundial, con la inflación y el default casi generalizado. El mundo está haciendo, como entonces, lo opuesto a lo que debe hacerse. Se puede alegar que las sociedades no quieren que se siga el camino ortodoxo. Ninguna sociedad quiere que le recuerden que no hay almuerzo gratis. Lo que no quiere decir que esas sociedades no vayan a sufrir los efectos de semejante error. Tal vez un estadista sea el que logre comprender el mecanismo descrito y pueda explicar a su pueblo que no lo está maltratando sino que lo está salvando. 

 

Lo que vuelve a llevar a echar una mirada a las economías más pequeñas, a los países no centrales, en definitiva, la mayoría. Entre ellos a Uruguay. Valen las mismas consideraciones. Resistir la fácil tentación de mantener o aumentar la inflación, bajar la tasa artificialmente o usar la divisa como ancla inflacionaria, o sea los denominados mecanismos keynesianos, puede no ser popular en el cortísimo plazo, pero necesariamente tendrá efectos positivos en un no tan distante futuro. No es fácil en una economía indexada erróneamente por inflación, pero es imprescindible. 

 

Frente a las prédicas de los populismos de todo signo internos y externos que imperan en la actualidad, no es fácil políticamente resistir la tentación de la irresponsabilidad de aparecer como un Papá Noel repartidor de empleo instantáneo, junto con algún formato de renta universal, pero ese falso aumento de empleo estallará y el desempleo empeorará cuánto más haga el estado por intentar solucionarlo con facilismos bidenianos. 

 

La creencia de Biden y sus seguidores de que se puede permitir un aumento de la inflación hasta que la tasa de desempleo llegue a estar por debajo del mínimo histórico y entonces ahí se puede cambiar el rumbo, no funciona. No sirve. Es falsa. Es errónea. La inflación condena a más inflación para mantener el mismo nivel de empleo obtenido mediante ella. Esa verdad sólo puede ser disputada con la ignorancia. 



 

 

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