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Publicado en El Observador, 14/12/2021



La inflación global, el reseteo hacia la pobreza igualadora

 

El método de redistribuir la riqueza por medio de la pérdida del valor de la moneda es un fracaso y una mentira 




 




















I appointed him, he disappointed me” – El intraducible juego de palabras conque George Bush padre culpara a Alan Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, de su fracaso electoral para reelegirse, es un compendio del conocimiento económico de miles de años, y hace sentido recordar la frase en momentos en que nuevamente los curanderos internacionales desempolvan sus soluciones mágicas que fracasaron siempre. 

 

Al comienzo de la década del 90, todavía regía, al menos en los países centrales, el criterio de la imprescindible independencia de los Bancos Centrales - condición irrenunciable luego de la salida de EEUU en 1973 de los acuerdos de Breton Woods - para evitar que el Ejecutivo de cualquier país imprimiera dinero alegremente y destruyera el valor interno y externo de su moneda en aras de un bienestar precario electoral. Esto era coherente con el conocimiento teórico y con la evidencia empírica de varios siglos, muy en especial de los últimos 100 años, donde los indicadores permitían un mejor análisis del resultado de las medidas económicas. 

 

En la mitad de la primera presidencia de Bush padre, la inflación comenzó a elevarse a niveles peligrosos. La FED de Greenspan no vaciló y elevó las tasas de interés para detener los efectos de la emisión de dinero previa. Como se sabe, o se sabía, toda inflación se combate con una recesión. Después habrá que ver si esa recesión recae con más fuerza sobre el sector público o privado, según hasta dónde decida el estado meter la mano en la realidad. Tomada en su nacimiento, la suba de tasas es un modo rápido de transformar gasto y consumo en ahorro y entonces frenar el calentamiento económico y domar la inflación. 

 

Eso fue lo que ocurrió, poco antes del final de la presidencia de Bush padre, la inflación cedía y la economía se estaba recuperando de la recesión inducida. No lo suficiente para que llegase a ser advertida por el público, lo que le costó la reelección a Bush, pero inició una era de estabilidad que fue la base de la gran presidencia de Bill Clinton, en la que el boom económico “amenazó” con eliminar la deuda externa americana, algo que preocupó al propio Greenspan: “no sabemos cómo controlar la tasa si no tenemos deuda”. Y eso explicó la tremenda frase del presidente derrotado. La decisión de Greenspan, que tanto lo había molestado, significó, en el mediano plazo, un gran progreso para la sociedad norteamericana y hasta mundial. De eso se trataba la independencia del Banco Central, en este caso la FED. 

 

Está claro que esa independencia de los bancos centrales no existe más. El propio Greenspan, tal vez disciplinado por la acusación de Bush padre, ayudó 8 años después al hijo, George W. Bush, a fomentar la burbuja de la exuberancia irracional, (como la definió el propio gurú de las finanzas estadounidenses) que estalló varias veces y seguirá estallando hasta la destrucción total. En su larga e indigerible biografía, Greenspan explica sin explicar, con vergüenza y en un solo párrafo balbuceante, la razón por la que no subió las tasas frente a semejante barbaridad)

 

Dando un salto hasta el presente, el presidente Trump bajó las tasas drásticamente sin razón económica alguna, en procura de tres objetivos: fomentar la demanda interna, bajar el costo de financiamiento del estado y aliviar el peso de la deuda de las empresas y los particulares. De paso, abogó por un dólar “más barato”, otro gesto de voluntarismo también condenado por la ortodoxia, con razón. Fue seguido en esa línea por la UE y el desesperado Japón, por supuesto que por decisión de sus gobiernos, no de sus Bancos Centrales, ahora meros burócratas dependientes. 

 

La tasa cero en EEUU no fue ni es consecuencia de una decisión de ningún mercado, sino fruto de una arbitraria disposición del Ejecutivo, antes y peor ahora, con el gobierno amazónico de Biden. Además de ser aberrante y contraria a todos los principios del capitalismo y la inversión que siempre proviene del ahorro. En el camino quedan varios salvamentos de Bancos y empresas fallidas, que pagó el público estadounidense y mundial, sin CEO’s merecidamente presos. 

 

La baja inflación impide esconder las ineficiencias y los gastos del estado en sus mil maneras y disfraces, y como tal es un testigo de todas las ineficiencias, al igual que el tipo de cambio definido por el mercado. Molestos testigos. 

 

Todos estos conceptos no han sido jamás refutados seriamente, ni estaban en duda, salvo por algunos propulsores de la Moderna teoría monetaria, una suerte de keynesianismo renovado sin demasiada seriedad ni en sus planteos ni en las ecuaciones en que se basaron. 

 

El cierre mundial decretado manu militari (sic) por el miedo a un virus, hizo que instituciones que parecían grandes centros del pensamiento económico recto abrazaran ese keynesianismo. Al grito de “no es momento para preocuparse por el déficit o la emisión”, se anularon de un plumazo las reglas indisputables hasta ese momento. La FED, el FMI, el BCU, y cuanta otra sigla burocrática existiese, se unieron en esa prédica, por supuesto que sin ningún fundamento técnico y meramente pateando para adelante sus efectos. Faltó que esos entes dijeran “en el largo plazo todos estaremos muertos” para que la resurrección de Keynes fuera casi religiosa, dogmática. 

 

El parate mundial, con efectos en la cadena de suministros que un principiante conoce, se agravó por el deliberado intento saboteador y soberbio de querer evitar el cambio climático, lo que, aun suponiendo un atributo del ser humano, se agravó por intentar hacerlo casi de golpe, ante la urgencia del alarido thurnbergiano, simplista e irracional.

 

De ahí a la inflación global hay un paso. Y se dio, empezando por EEUU. A las ya insostenibles declaraciones prepandemia del Departamento del Tesoro y de la FED sobre las bondades de tener una sana inflación y hasta de pautarla – insensatez sostenida antes miles de veces – se unen los efectos de inundar el mercado de subsidios, una forma todavía peor que la renta universal, y consecuentemente de desaforada emisión. Que además aumenta los salarios por encima de toda lógica y viabilidad al competir contra subsidios por no trabajar. 

 

La FED sostuvo al comienzo, grosera y ofensivamente, que la inflación era temporaria. No se trata sólo de un deliberado mal pronóstico. Este 7 y 8% conque finalizará 2021 es un impuesto sobre los ahorros y los patrimonios de todos, que no se revertirá. Porque por ninguna razón se permitirá la deflación, una forma de kryptonita para los mercados de deuda de los grandes fondos. Y sigue. Ahora Paul Krugman, premio Nobel de economía en 2008 y autor de un inmortal Peddling Prosperity que como otros académicos ha olvidado convenientemente, dice que la inflación es buena porque les saca plata a los acreedores y baja el peso de su deuda a los deudores, un argumento digno de viejas tías, suponiendo que no hubieran leído nada de economía. Krugman también ha decidido profundizar en el voluntarismo como teoría central económica. Otro Piketty.

 

El mercado, una mezcla de intereses de todo género donde convergen todos los perfiles y donde algunas voluntades tienen más peso que otras, optan por el momento por la política de “no hagan olas”, y convalidan por ahora estas decisiones que terminan mal, siempre.  Si se observan las tasas implícitas las conclusiones son alarmantes, mientras los grandes fondos y especuladores apuestan para salvarse o para demorar la exhibición de sus pérdidas. Nadie puede predecir el futuro. Pero el camino parece prefijado para empujar a una destrucción de valor muy importante, empezando por la moneda. Eso se llama pobreza. Coeficiente Gini tendiendo a cero, de la peor manera. Igualando hacia abajo. 

 

Lo que lleva a preguntarse cuál es el camino para las economías pequeñas o altamente dependientes. Fácil: no copiar a los gigantes. Aunque como en el caso oriental el sistema de indexación inflacionaria legal-fáctica no augura un buen final, la lucha contra la inflación debe seguir siendo prioritaria. Al menos si se intenta aumentar el bienestar general promedio. Porque como en toda inflación, los que menos tienen sufrirán más. Aunque Krugman crea que eso no ocurre. Probablemente las primeras tres semanas.