Publicado en El Observador, 20/09/2022


El dilema oriental

 

Cuando todo el mundo está loco, ¿estar cuerdo es una locura o un acto de estadista?


 

 













El cuadro global es favorable a Uruguay, al menos en este breve momento del mundo. La invasión rusa a Ucrania, las sanciones inspiradas por Estados Unidos que usa como armamento bélico la economía de Europa y otros aliados, más una demanda que aún no cede, (toquen madera) más una lánguida producción argentina de cereales, oleaginosas y carnes que nadie puede entender ni justificar, han llevado los precios a niveles inesperados y altamente rentables, a lo que se suma la baja del petróleo que se logró a costa del perdón y la tolerancia norteamericana a regímenes que hasta cinco minutos antes de la contienda eran execrados, bloqueados y descalificados. 

 

Ni este gobierno, ni ningún otro, desperdiciaría esa circunstancia comercial tan positiva, mucho más inmediatamente después de la pandemia, que sirvió de excusa pueril para provocar una avalancha récord de gastos, emisión, inflación y desempleo consecuente, auspiciada por las abogadas del progresismo populista Janet Yellen, Christine Lagarde, Kristalina Georgieva, Úrsula von der Leyen, Nancy Pelosi, Kamala Harris y Alexandria Ocasio-Cortez, entre otras,  apoyadas eficientemente por la OMS, el FMI, la ONU, la UE y cuanta otra orga internacional y regional se pueda imaginar, que se tomaron el trabajo de explicar que “no era ése el momento para preocuparse por los presupuestos ni la seriedad económica” ante “la terrible amenaza que se cernía sobre la humanidad toda” (sic en ambos casos)

 

Las consecuencias no tardaron mucho en reflejarse en todos los países, como era fácil de inferir, y la disconformidad, ya suficientemente exacerbada por el discurso fácil de la inequidad y las desigualdades empujó a todas las dirigencias a repartir lo que no les pertenecía, y muchas veces lo que ni les pertenecía ni existía. Hoy Estados Unidos y Europa se debaten entre volver a la ortodoxia y la prudencia, o sea combatir la inflación con reducción del circulante y aumento de tasas, (que siempre pasa por la temida e inexorable recesión) o dejar que la inflación se reduzca por obra y gracia de algún milagro. Mientras tanto, muchos eligen compensar la pérdida de poder adquisitivo con aumentos de salarios, subsidios y bonus. O sea, aumentan el gasto del estado, con lo que generarán más inflación. 

 

Potencia mucho más la incertidumbre el proteccionismo generalizado, que parece consecuencia de la guerra y la pandemia, pero que muestra otra verdad grave: el miedo a competir que siempre existió en muchos sectores y países en el corazón del capitalismo, que se opone al concepto mismo de la libertad de comercio, hasta ahora el único modo conocido de aumentar el bienestar de los pueblos, si se cree en la evidencia empírica, en los datos estadísticos y en los casos concretos, no en la dialéctica, la posverdad, el relato o alguna de esas variantes. 

 

Todo indica que cualquier realidad de este instante es efímera, que faltan desarrollarse las tendencias que apenas se esbozan y también que los ciclos económicos se completen. Ahí se verá realmente la dimensión del problema, que no se agota en los síntomas actuales, y que tendrá serios efectos negativos, sobre todo en las economías pequeñas y en las agroexportadoras, por paradójico que suene. 

 

Tanto para ese diagnóstico-presunción, como para cualquier otro escenario, está claro que la sociedad uruguaya necesita producir y exportar algo más que las materias primas básicas agrícolas. Es innecesario explicar que ese tipo de actividad no alcanza para mantener a toda la sociedad. Tampoco para sostener los niveles de bienestar alcanzados. Eso hace que aun cuando se sostuvieran los valores de hoy, si no se exporta valor agregado se está condenado y condenando a gravámenes crecientes al sector productor para regalar de alguna manera al resto de la sociedad, lo que configura un sistema inviable, porque en poco tiempo se agota por falta de vocación de ser explotado y confiscado del sector que produce.  Este concepto vale para todo el gasto del estado, incluyendo el costo de los empleados públicos, a los efectos económicos un gasto más, una forma de subsidio más, aunque suene denigrante. Igual criterio es aplicable a la obra pública. 

 

De modo que es imperiosa la firma de tratados de libre comercio que permitan ese cambio que se necesita, y que hoy no existe. Esos tratados están más lejanos que nunca. Se acaba de comprobar que Europa, además de su pérdida de importancia mundial, no sólo económica, agrega que no tiene el menor interés ni la menor predisposición a firmar ningún acuerdo de ese tipo, empecinada en volver a la una y otra vez fracasada política de “vivir con lo nuestro”, a la que la ha llevado su incompetencia de conducción. Tampoco un tratado con Estados Unidos está disponible, por razones parecidas, aunque todavía no tan evidentes. En rigor, los intereses de los dos grandes núcleos occidentales están casi enfrentados con los del país, con lo que ni siquiera hace falta la oposición para que juegue ningún papel obstructivo como ha hecho en el pasado, y hasta el mismo jueves. 

 

Queda, una vez más, el tratado con China como única esperanza, que obliga a una cuidadosa y permanente vigilancia para que la soberanía no entre dentro de los productos negociados, y que no solamente deberá superar los típicos tira y afloja de un pacto de esta naturaleza, sino la oposición y hasta el sabotaje del FA-PIT-CNT, que estará dispuesto a tomar la calle a cualquier costo para impedir todo intento de competir, con el estandarte de la defensa del trabajo y del trabajador, argumento que también cede ante la evidencia empírica, que obviamente es negada dialécticamente y por principio, contra toda la prueba acumulada. Porque el proteccionismo no es sólo empresarial, también se oculta en la creencia de la central obrera ilegal que cree que los trabajadores uruguayos tienen el derecho sagrado de no tener que competir. Cosa que no le está garantizada al resto de los mortales. 

 

Y ahí viene el tema de fondo. Si se usa esta bonanza de hoy para financiar el aumento del gasto, para mostrar reducción del déficit y la inflación y para complacer gentiles pedidos del distribucionismo en algunos de sus envases, se dependerá de que los precios de las materias primas se mantengan ya que, de volver a los valores históricos o similares, el déficit resultante y la confiscación impositiva serían intolerables, porque los gastos no retroceden, aunque retrocedan los precios. Se iría directamente a una situación en que una parte menor de la población tendría que mantener al resto enorme a su costa. Agravado por el perverso sistema de indexar los costos laborales y de todo tipo por la inflación pasada, un modo de perpetuarla que parece justo, pero que es el más re-inflacionario y ruinoso que se pueda concebir.  Basta mirar a la orilla de enfrente para saber lo que todo ello implica. 

 

Pero, aunque esa bonanza se mantuviese y el viento de cola soplase indefinidamente, el peso se apreciaría de tal manera que el costo de vida en dólares oriental, ya hoy uno de los más caros del mundo, una suerte de maxiimpuesto por el simple hecho de habitar, subiría hasta lo inviable, al igual que los sueldos y los costos de producción en dólares.  Esa figura, como se ha explicado aquí se simplifica con el nombre de Dutch Disease, (¿ahora enfermedad neerlandesa?) situación en que los costos en dólares de una nación suben de tal manera que hace imposible la exportación de cualquier bien de valor agregado, lo que a su vez paraliza la creación de trabajo auténtico, es decir el trabajo privado. En ese caso, se volvería a la misma situación que en el supuesto anterior, en que una parte menor de la sociedad sería obligada a mantener a una parte mayoritaria con impuestos y otros mecanismos de exacción peores. 

 

Como cualquier control del tipo de cambio es explosivo en cualquier economía, el único camino posible es la apertura veloz de la exportación, que hoy sigue con mecanismos proteccionistas y de prebendas y restricciones, lo que además de equilibrar el valor del peso y permitir la competitividad, conduciría a una mayor demanda de trabajo y a una baja significativa en el costo de vida, mal que les pese a quienes lucran con el lema de “vivir con lo nuestro”, que también ha llevado a la ruina reiterada a los vecinos de la otra orilla. 

 

Para eso, de nuevo, el único camino factible son los tratados de libre comercio, que tanto molestan a ciertos sectores monopólicos y prebendarios, como ocurre desde siempre. Pero en su contra, excusándose en la generación de trabajo que supuestamente el proteccionismo acarrea - siempre relativa y siempre mentirosa – se unen tanto los sectores empresarios como la conducción sindical abrazados en la misma causa, otra vez ignorando tanto las ventajas probadas de la apertura comercial como los fracasos proteccionistas en todos sus formatos. 

 

Los gobernantes de todos los países y de todas las tendencias tienen la virtud de hacerle creer a la humanidad que la inflación, el desempleo, la pobreza, el atraso, la deseducación, la miseria y la depresión económica son consecuencias exógenas, culpa de algún meteoro o de la ira de los dioses. En realidad, en todo lo que es económico, la incompetencia, el facilismo, el populismo y complacer gentiles pedidos como si no tuvieran costos, puede ser un buen modo de recoger votos o frutos, tanto políticos como sindicales, pero tiene un ineludible precio en el mediano plazo. Esa deliberada omisión, esa ignorancia planificada, es lo que se conoce como populismo. 

 

Esperar tranquilos, colgados de la hoy fácil cosecha de las commodities agrícola-ganaderas y del proteccionismo comercial y laboral en todo lo demás, aunque lo hicieran las grandes naciones y aún todo el resto del mundo, tendría pésimos efectos sobre la economía y la sociedad oriental - seguir a la manada es la forma más eficaz de convertirse en oveja.  Y ello ocurriría aunque se diluyesen las culpas políticas en  terribles pandemias, guerras, sanciones, emergencias, recomendaciones de entes infalibles supranacionales y en algún plato volador que trajo el desempleo, la desinversión, la confiscación y la pobreza. 

 

 

 

 

 

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