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OPINIÓN | Edición del día Sábado 05 de Marzo de 2016

Democracia y gestión

Se alborotaron muchas plumas con algunos de mis comentarios sobre la poliarquía uruguaya izquierdista y su gobierno paralelo. Me obliga a aclarar algunos puntos, o más bien a reforzarlos.

Los partidos no son un invento oriental. Existen casi desde los comienzos de las democracias modernas. La concepción misma de la URSS se basaba en un partido, como China hoy. Estados Unidos, Gran Bretaña, Argentina, tienen una larga tradición de partidos. Como se ha visto tantas veces, eso no garantiza nada.

Si el sistema político uruguayo funciona adecuadamente, no es debido a los partidos, sino a la calidad de sus ciudadanos. Diría que a veces es maravilloso que sea ejemplo de democracia pese a algunos partidos.

Pero salvo en el comunismo más rancio y otras autarquías similares, los partidos no se arrogan el derecho a ordenarle al presidente y los legisladores lo que deben hacer o votar. Influyen, presionan, definen eventualmente elecciones. A veces pretenden ser los dueños de las bancas, una aberración democrática.

Leyendo las constituciones de casi todos los países modernos, Uruguay incluido, se ve que no tienen previsto que los partidos birlen la representación directa del pueblo que tienen los legisladores. El Frente Amplio cree que puede hacerlo.

Justamente en el caso del Frente, su intervención en la democracia es todavía más caótica. Al ser una alianza de varios partidos y corrientes, su influencia es confusa, continua, contradictoria y perniciosa. Y bastante reñida con la Constitución, si no he leído mal. Asesórenme, por favor.

Pero lo peor, y ese ha sido siempre el centro de mi opinión, es cuando ese Frente Amplio intenta gerenciar empresas o actividades que requieren eficiencia y resultados. Ahí el concepto de la poliarquía resulta peligroso, nocivo, ridículo y siempre costoso para la población.

El gerenciamiento, aun en este mundo de gestión grupal y trabajo en equipo (que diluye toda responsabilidad) no es democrático. Mucho menos puede ser dirigido por el voluntarismo ignorante de un condominio político que no discute realidades sino diatribas, ideologías y no ideas.

ANCAP es un ejemplo fácil, pero no debería ser olvidable. Ni siquiera por la constatación de un falso título universitario. ¿Cuántos ANCAP hay en la Administración, escondidos en el palabrerío multipartidario del Frente Amplio?

Nadie se debería dejar engañar creyendo que los desaguisados que se cometen tienen que ver con la democracia. Tienen que ver con la estudiantina envejecida de discurso revolucionario obsoleto metida a manejar tentadores presupuestos.

Democracia es el gobierno del pueblo para el pueblo. Perdón, del partido.

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