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OPINIÓN | Edición del día Martes 16 de Febrero de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Crisis del otro lado del río

Se incuban crisis en ambos lados del río. Aún no se perciben con claridad, y hasta parecen distintas, pero tienen iguales orígenes y devenires muy parecidos; habrá que ver si alguien se atreve a prever el final.

Uruguay y Argentina salieron de la catástrofe de 2001 de modo diverso. Uruguay con sobriedad, seriedad y orden. Argentina, a los ponchazos, con ajuste por caos, sin seriedad ni respeto por el derecho. A partir de ese momento, los dos países se beneficiaron con el mejor momento económico para sus productos desde la segunda guerra, en un contexto todavía más favorable.

Pero también los dos países enfrentaron esa oportunidad con gobiernos y pueblos ávidos de populismo. Con estilos diferentes. El uruguayo más calmo, con su democracia poliárquica socialista, apegado a la ley y a las formas. El argentino declamativo, de barricada, prepotente y al borde de la autocracia. Con niveles de corrupción distintos, aceptemos.

Sin embargo, el fondo fue el mismo: repartir lo que tan fácilmente entraba. Usar los ingresos adicionales ajenos para redistribuirlos entre los aparentemente más necesitados vía retenciones, impuestos, gabelas, tarifas o cualquier otro método. Engordar el Estado con empleados, contratos, obras, siempre sin preocuparse de la eficiencia ni del contralor de gestión y aun de ética. Con distintos modos y modales, pero lo mismo.

Las consecuencias son parecidas: un Estado enorme, ineficiente, tonto, caro y a veces corrupto, (en Argentina casi siempre) un cuerpo legal laboral inflexible y fatal, un sector privado sin músculo o protegido, un sistema educativo deteriorado y sindicalizado, una sociedad sin ideas ni entusiasmo.

Ninguna de las dos orillas, aún, se ha cansado del populismo, por lo menos sus mayorías. El Frente muestra sus interminables deliberaciones inconducentes, casi al borde del papelón patético, pero no parece que la ciudadanía esté lista para cambiar la ideología que la rige, ni el mecanismo de conducción, ni la fuerza política que la inspire.

El macrismo, que triunfó bajo el lema Cambiemos, no parece listo todavía para cambiar demasiado. Acaso la enorme diferencia que significa no tener al kirchnerismo en el poder le da una tolerancia popular que aprovecha para no tener que enfrentar los cambios más duros. Acaso lo frena el miedo a las hordas camporistas-gremialistas-narcos.

En una gruesa simplificación, da la sensación de que los dos pueblos querrían lo mismo que hasta ahora, pero más eficientemente, más éticamente, con menos impuestos, más beneficios, más educación y más salud y seguridad. El populismo es como un zika que achica todos los cerebros, no solamente el de los fetos.

Agotadas las posibilidades de aumentar más impuestos y tarifas (crucemos los dedos), los caminos son menos. Continuar estos niveles de gasto, sobre todo respetar los supuestos derechos adquiridos, implica emitir o endeudarse. Uruguay, con su sistema suicida oficializado de indexar toda la economía por la inflación previa, tiene el mismo drama que Argentina no ha oficializado.

Bajar el gasto en Uruguay es impensable. Bajarlo en Argentina es pensable, pero no pasará. Ninguno de los dos países tiene capacidad instantánea de generación de empleo privado. En esto Argentina tiene más chances, pero necesita crear un número de empleo privado equivalente al doble de toda la población oriental.

El monetarismo empleado hoy en ambas márgenes, es de corto plazo. El concepto de gastar, crear déficit, emitir, luego esterilizar con tasa de interés, estalla como cualquier otra burbuja si se prolonga. También el de ir “muñequeando” el tipo de cambio para que la inflación no lo atrase.

El camino ideal que acarician los dos países hermanos, es el de crecer e ir ajustando gradualmente los desequilibrios. Es un buen sueño. De una noche de verano. El gradualismo solo sirve para que el virus del estatismo y la burocracia se reproduzca a más velocidad y combata exitosamente los anticuerpos del ajuste.

Queda el camino del crecimiento. Lástima que se nos ocurre esa idea cuando el mundo ha parado de crecer, de competir y de abrirse comercialmente. Lástima que hayamos vuelto a ser pobres campesinos vendiendo al precio que nos quieren pagar.

Crecer es posible, pero toma tiempo, demasiado tiempo, y también implica un gigantesco sacrificio al que nuestras sociedades se han desacostumbrado. Exportar es importar, y es bajar los sueldos y los costos hasta que nos compren algo manufacturado.

Resta entonces el recurso fácil del endeudamiento. Argentina ya lo ha elegido por amplia mayoría. (Las amplias mayorías argentinas terminan siempre en algún desastre.) Uruguay todavía no lo ha explicitado, pero entre el ajuste y la deuda, el Frente Amplio no vacilará.

Aunque la deuda no conlleve ya internacionalmente la sacrosanta impronta de su cumplimiento, endeudarse con los actuales fundamentos económicos presagia un default en un futuro a mediano plazo, una apuesta a un plan que no se tiene ni es factible.

Argentina tiene más chances y más recursos dormidos. Pero sus números, con 45% de la población dependiendo directamente del estado, (incluyendo familiares el cálculo es mucho mayor) meten miedo. Uruguay tienen menos chances por el lado de los recursos, aunque los valores absolutos sean mucho menores.

Es claro que todo el mundo tiene problemas. Pero los emergentes suelen pagar muy caro las crisis que otros pagan barato.

Tengamos fe y esperanza. Siempre se puede aguardar algún milagro. Dios era rioplatense, ¿no?, como Gardel.

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