Publicado en El Observador 29/03/2022


Entre el contagioso virus Cristina y el riesgo de promediar las ideologías

 

Mientras el Frente Amplio Sindical jura que perdió pero ganó y quiere promediar para neutralizar, el gobierno debe refirmar su rumbo en los dos años útiles que le restan 

 




 

La pandemia había quitado potencia y oportunidad al plan del gobierno, al torpedear el equilibrio económico y distraer recursos, energías y dedicación y cambiar el foco del interés social. Allí la Coalición sufrió una feroz embestida del Pit-Cnt-FA, (hay que llamarlo de ese modo en homenaje a la verdad) que proponía aumentar el aislamiento dictatorial y el cierre y generar más parálisis y más subsidios parecidos a la Renta Universal. Se salió de esa emergencia bastante airosamente, pero se licuaron buena parte de los dos primeros años de gestión, y también el efecto “arrastre” del comienzo de todo mandato popular. 

 

El tratado climático exprés, que transformó de un plumazo en parias globales a los países que no se comprometieran a reemplazar instantáneamente su generación de energía por algún sistema no polucionante almacenable de algún modo aún no descubierto, colaboró con un aumento descomunal en los precios de gas y petróleo y con la deliberada inflación mundial previamente provocada por el pro-reseteo empobrecedor universal, cuyos efectos se sumaron a la inflación autóctona, lo que también desacomodó los planes gubernamentales, o los diluyó. 

 

La guerra, si bien mejoró los precios de los bienes exportables uruguayos, provocó una inflación y escasez mundial que pega tanto en el nivel de precios como en la inversión productiva local, cuyos efectos ya se notan o se notarán. La mejora de la posición externa es temporal. 

 

El referéndum por la LUC, planificadamente o no, fue otra demora que consumió energías y paralizó todo cambio que implicase cualquier tipo de sacrificio para la sociedad, como todos los cambios que tienden a la seriedad económica. 

 

O sea que los dos primeros años de mandato se consumieron con muy escasos logros. Ni la misma LUC lo es. Tenían razón el domingo a la noche los críticos de TV, pese a su parcialidad manifiesta en favor de la oposición: no hay nada para celebrar en el triunfo del NO, dado el poco peso de los cambios contenidos en la ley. Si la parcialidad no los hubiera cegado, habrían también reconocido que esa misma intrascendencia hacía injustificable haber convocado al referéndum. 

 

Ahora quedan menos de tres años, bastante menos, para parafrasear y enarbolar el lema que Ortega y Gasset propinara a los argentinos: “¡Orientales, a las cosas!” Y encarar algunas reformas de fondo, como señaló el presidente en su conferencia de prensa la medianoche del domingo. Sin embargo, el punteo del presidente es imposible de lograr, por importantes que luzcan esos objetivos. 

 

La llamada reforma de la Seguridad Social, en la reiterada opinión de esta columna, es sencillamente inviable. En primer lugar, porque se produce en ese punto una conveniente confusión entre el sistema jubilatorio legítimo y la gran cantidad de gastos que se le cargan en la práctica, que no le corresponden. Para más claridad, se usan los fondos jubilatorios y otros impuestos para pagar todo tipo de subsidios que nada tienen que ver con el régimen de aportes y su correspondiente contrapartida. Si se excluyesen todos esos gastos que configuran un robo a los aportantes, el déficit, un minuto antes de la pandemia, requeriría sólo algunos ajustes y cambios que se podrían aplicar en etapas y a plazos, como ocurrió en Suecia, no una revolución urgente. En cambio, ahora todo indica que cualquier propuesta con algún grado de consenso terminará siendo más costosa que antes, es decir más inviable. Esto se agrava con la posición tomada por la oposición desde que perdiera el poder, que mostró con toda crudeza el discurso del presidente del Pit-Cnt-FA del domingo, en el que simultáneamente decidió establecer, aparentemente, nuevos preceptos constitucionales que fijan un mínimo de diferencia de votos para determinar la validez de las mayorías, considerar “pueblo” solamente a los que adhieren a sus ponencias e invisibilizar a la mitad más uno que no las apoyan, reemplazar al Parlamento por una mesa de diálogo, sostener que diálogo es igual a cogobierno o promedio decisional,  una suerte de empate moral. Conceptos que por cierto regirán sólo cuando la izquierda pierda. 

 

La realidad es que el sistema llamado de reparto y manejado por el estado no sirve más, salvo una limosna mínima de supervivencia sostenida por un impuesto que se llama aporte. No hay manera de resolver tal problema, menos con una oposición que se ha juramentado oponerse permanentemente y por todos los medios a cualquier medida que cambie sus decisiones de 15 años. Una confirmación de lo que ya se sabía, pero no se aceptaba. Un plan de combate que se notó demasiado en las opiniones de los comentaristas, que reclamaban un diálogo que supuestamente era obligatorio con el resultado del referéndum, que sin embargo copiaba la decisión democrática de 2019. Es decir, que la democracia indirecta o por representantes, tan descalificada por el gramscismo, terminó coincidiendo con la posición de la democracia directa, el recurso para el nuevo intento de revolución neomarxista.

 

Algo parecido ocurre con las imprescindibles modificaciones en la enseñanza, tornada en embrutecimiento colectivo y en indoctrinamiento por el trotskismo sindical, no por casualidad, sino en cumplimiento de un plan global de largo plazo de revolución permanente, que conduce al vasallaje resignado y a la pobreza intelectual, material y moral, la igualdad en la miseria y la marginalidad. El intento imprescindible de cambiar semejante estado de cosas es un misil fatal en la línea de flotación del comunismo, de modo que la lucha sobre ese punto será terminal y con cualquier clase de recursos, como lo ha anticipado Fernando Pereira. No hay promedio posible en este punto, tampoco. 

 

Hay otro tema que no mencionó el presidente, tal vez menos estructural y clave que la educación, pero que está solapado y agazapado mientras acumula potencia explosiva: la inflación con todas sus consecuencias. La inflación en pesos va en camino de llegar este año a una cifra mucho más cercana al 11% que al 7.7% que prevé las expectativas y a la cifra tope del gobierno. El gravísimo sistema de indexar los valores de toda la economía por el índice de precios pasado tiene efectos de espiral viciosa explosiva, que además acentúa las diferencias entre el empleo público privilegiado y el privado, aumenta el gasto hasta lo imposible y termina en una pérdida de empleos y déficit insoportables. Ignorar ese rumbo puede ser una concesión a la paz política, pero no anula los efectos. 

 

Peor es el tema si se mide la inflación en dólares, que, a este paso, tiende a ser entre 16 y 17% en el año por la apreciación del peso.  Un país ya suficientemente caro en dólares, empeñado en romper su propio record que siempre culmina en desempleo y en falta de inversión, y pérdida de rentabilidad en los sectores productores por el lado de los costos, más la destrucción de toda industria que intente agregar valor a la exportación. En tal sentido, es urgente y fundamental abrir mucho más la importación, lo que incluye, además de bajar los aranceles y el IMESI, romper varios monopolios públicos y privados, lo que por un lado estabilizará el tipo de cambio, y por el otro colaborará a controlar los precios del único modo serio posible, no con medidas tipo peronistas. Si se desea, por caso, se puede culpar de la pérdida del aporte exportador del turismo a la crisis argentina. También se puede analizar esa pérdida como una simple cuestión de oferta y demanda a la que no se quiere adaptar de puro voluntarismo. Pero el resultado de esa inflación en dólares es siempre negativo para la exportación y el empleo, a la larga. 

 

Eso implica competir y flexibilizar el sistema de trabajo y aún el salarial, lo que creará otra lucha, imposible de soslayar e imposible de resolver con un promedio con el partido opositor sindical, que no tiene ninguna intención de mantener o aumentar el empleo privado, más bien al contrario: lograr el falso empleo público, el subsidio y la dependencia del individuo del estado. 

 

Se puede argüir que se trata de situaciones puntuales, que luego tenderán a regularizarse. Falso. La inflación no retrocede, no hace promedio con una deflación futura, y para peor, si bajaran los precios de las materias primas, como ya ocurrió varias veces, el sistema rígido implantado por los gobiernos de la ahora oposición impide cualquier tipo de ajuste en salarios, gastos o subsidios, o peor, obligará a compensarlo con más subsidios. Lo que quiere decir que, si en algún momento bajase la inflación, quedará el peso aumentado del sector público y el gasto, sin ninguna posibilidad de retroceso, y en detrimento del trabajador en el sector privado. 

 

No hay nada que se haya hecho, ni se hará, que tienda a resolver ese problema, con lo que, en ese aspecto, el gobierno ya ha promediado sus decisiones con el trotskismo, le guste o no el concepto. O, peor, ha caído en la trampa de la oposición o sea que ha cedido a su amenaza sin siquiera notarlo. 

 

El Frente Amplio Sindical, por su lado, sigue en pie de guerra, en el camino de Cristina Kirchner niega su derrota y la esconde en palabras de relato, niega la mayoría de la democracia indirecta y directa que ha refrendado la ley y decide cuál es la cifra mínima que considera válida para aceptar que sus oponentes han ganado. Recuerda la vieja broma futbolera: “Resultado: dos golinhos uruguayos, un golazo brasileiro”. 

 

Por ahora, el camino uruguayo sigue siendo hacia el socialismo, en el peor sentido del término. Quedan menos de tres años para cambiar ese rumbo. Si alguien quisiera cambiarlo. El promedio entre uno y cero, en política, suele ser cero. 
   








Publlcado en El Observador, 22/03/2022


Lo que se vota es el nuevo modelo chileno

 

El referéndum es apenas una etapa del camino neomarxista para transformar la democracia en otro simple relato discursivo y vacío




 
















La LUC es un intento relativamente modesto de retomar el camino del sentido común en la legislación y de rescatar algunos derechos básicos como el de propiedad y el de la misma libertad. No intenta mucho más que reforzar conceptos que muchas veces fueron desvirtuados sin siquiera el expediente de una norma legal. Tal es el caso de la ocupación de fábricas y el atropello sindical de impedir que quienes quieran trabajar durante un movimiento de fuerza lo hagan. Ninguno de esos dos avasallamientos está respaldado por ley alguna, al contrario, está específicamente prohibido por la OIT, que, en este caso, con selectiva inadvertencia, no se esgrime como órgano supranacional cuyas reglas son de sagrado cumplimiento. 

 

Tampoco hay una ley o norma que obligue al habitante de una vivienda a preguntar al ladrón o copador que intente entrar a su domicilio a interrogarlo sobre sus intenciones, o si está armado, o si el arma está cargada, o a verificar la dirección en que está mirando antes de defender su propiedad y su familia del peligro. La LUC sólo ratifica el derecho a defenderse ante el crimen, desvirtuado por el tiempo de negacionismo, abolicionismo, permisividad, perversidad y cuasi complicidad de 15 años de deliberada anulación institucionalizada del delito contra la propiedad y del delito en general. 

 

Si la ley ómnibus hubiera intentado hacer cambios de fondo, habría tomado otros caminos, por ejemplo, encontrar modos de cortar la peligrosa espiral de indexación automática de toda la economía por la inflación pasada, un sistema que garantiza la pérdida de valor sistemática y eterna del peso, y que en situaciones como la actual provocará un efecto de encarecimiento general del costo de vida tanto en pesos como en dólares que va camino de explotar en pocos meses.  

 

Su amplio articulado hace al mismo tiempo fácil y difícil forzar un referéndum para anular algunas de sus disposiciones, por un lado, porque abre muchos flancos de disconformidad, pero al mismo tiempo sin suficiente gravedad en sus disposiciones como para justificar semejante accionar. Por supuesto que la ciudadanía tiene derecho a solicitar lo que constitucionalmente le está garantizado, lo que no está en discusión y nunca lo estuvo. 

 

Este introito responde la supuesta imparcialidad de juicio que se lee en algunas opiniones periodísticas, en el sentido de que gobierno y oposición están falseando la verdad en su lucha argumental sobre el referéndum. El gobierno seguramente exagera al dar por sentado que la LUC ya ha dado resultados positivos en la mayoría de sus disposiciones, lo que no es cierto. Pero el Frente Amplio está mintiendo sobre el contenido de los artículos que intenta derogar, lo que directamente es un relato, una falacia, un invento. La diferencia debe ser puntualizada si se intenta mostrar imparcialidad y es la consecuencia obvia de impugnar al voleo tantos artículos. 

 

Para ponerlo aún más claro, la realidad que es de público conocimiento y de público olvido, es que el sindicato que mantiene en rehenes al más importante monopolio estatal sintió que peligraba su potestad de chantaje y arrastró casi a la fuerza al resto del neomarxismo del Pit-Cnt y a su subordinado Frente Amplio a la aventura del referéndum, para lo cual se disimuló la queja eligiendo 134 artículos más casi al azar. Por eso la defensa del planteo se basa en mentiras, porque ni siquiera se estudiaron acabadamente los efectos de los puntos que se intentan dejar sin efecto, como el ridículo caso de la portabilidad numérica, donde el supuestamente perjudicado por la ley, Antel, se termina beneficiando con las decisiones de los usuarios, todo ello sobre un tema que no admite divergencia alguna: el número de celular debe ser propiedad del usuario. 

 

Como se sostuvo reiteradamente en este espacio, lo que ha ocurrido en la izquierda siempre ultra excede el referéndum por la LUC, sin perjuicio de que éste se haya vuelto una herramienta de cohesión en un frente opositor que estaba debilitado y confundido. El cambio de fondo es el múltiple sinceramiento que se ha producido paralelamente: el Pit-Cnt se ha mimetizado con el Frente Amplio, a propuesta del Partido Comunista, que coloca al trotskismo sindical en la conducción de la oposición. El Frente Amplio se ha sacado la máscara de la moderación, que le permitió sembrar durante tres mandatos las semillas neomarxistas en las reglas, la justicia y la consuetudinariedad orientales, que no tolera que sea alterada ni en lo más mínimo, como se ve.  E importa notar cuán fácilmente ha olvidado que, en su momento, propuso un cierre dramático de la economía ante la pandemia, que habría borrado del mapa a Uruguay con sus efectos económicos, sin lograr, como no lo logró el resto del mundo, ninguna mejora de la situación sanitaria con tal cercenamiento dictatorial de las libertades. 

 

Tienen razón los que sostienen que el referéndum obra ahora como un plebiscito de aprobación de la gestión del gobierno, pese a que esa instancia no figure en la Constitución. Y de eso se trata cada palabra, cada acción, cada movimiento que realiza el Pit-Cnt-FA. Una permanente disputa de cada una de las libertades y derechos que defiende la coalición. Una nueva forma de buscar la asamblea permanente de Venezuela, la obstrucción sindical permanente como en Argentina, o la revuelta callejera tipo Chile. “Hagan lío”, diría Francisco I, en línea con Sao Paulo, Puebla y Aparecida. 

 

Es importante comprender que se ha producido un cambio fundamental en la política uruguaya, como se ha producido en tantos otros países. Sería un error irremontable creer que hay un promedio posible, cordial, amistoso, conversable y fraternal. La izquierda neomarxista en el mundo, va aceleradamente a mecanismos de gobierno de masas con poco de racionalidad y de ideas.  En especial en Latinoamérica. Para más claridad: al relato sobre todos los temas se está agregando un nuevo relato: el de la democracia que ya no es. 

 

Un relato que se acaba de evidenciar con motivo de las auditorías en las empresas públicas y otros entes. Tan pronto se conoció que en 30% de los casos auditados se habían cursado las conclusiones a la justicia, surgió la defensa tan utilizada por Cristina Kirchner: la acusación de judicialización de la política, el Lawfare que instaurara como argumento Su Santidad y repitiera todo el latimarxismo al unísono. Como si la desaparición de mil millones de dólares del patrimonio de Ancap fuera un mero error de tipeo de alguna secretaría. O Río Santiago o Pluna un error de algún Contador desatento. Ni tiene sentido usar de contraejemplo las evidencias argentinas, sería demasiado abrumador.  Pero sí tiene sentido apuntar la contradicción el argumento-relato: según los exégetas del socialismo, hay derecho a pedir un referéndum porque si está en la Constitución se puede ejercer cuándo y cómo plazca. Pero que la sociedad, por el camino que fuere, denuncie ante la Justicia el accionar de sus mandatarios cuando las groserías de gestión son sospechosas, como mínimo, es tildado de antidemocrático. El concepto de República no tiene que ver con el nombre que elija para autodesignarse una nación, ni con adoptar el modelo presidencial. Tiene que ver con el control entre poderes y con el control ciudadano, finalmente. En democracia, claro. Uruguay se precia de ser distinto. Chile también creía ser distinto.

 

El referéndum es sólo un paso, si ese recurso del socialismo reseteador no prosperara, luego habrá otro, y otro, y otro. No importa si legal, político, fáctico, pedrea, revuelta o sabotaje sindical, huelga, toma o piquete. El objetivo es sólo uno: imponer el nuevo modelo chileno. Y el nuevo modelo chileno lleva sin escalas a la confiscación, a la desaparición de la inversión y del empleo privado, a la eliminación de la peligrosa y odiada clase media, a la igualdad triste, miedosa y sin redención, al coeficiente marxista Gini cero, a la pobreza franciscana (sic).

 

Eso es lo que se vota el domingo. 

 

 

 



Publicado en El Observador  15/03/2022



La inflación, la herramienta del populismo, y del neomarxismo

 

Gobernantes cada vez más incapaces y cada vez menos honestos, manosean este fenómeno monetario como único recurso

 





















Es sabido que los reyes y déspotas de todos los tiempos financiaban sus guerras, sus cortes disolutas y sus caprichos, con impuestos e inflación. Con el paso del tiempo los políticos, finalmente herederos del estado monárquico, comprendieron que la inflación era una herramienta mucho más efectiva y fácil que los impuestos, evitaba tomarse la molestia de recaudarlos, rendir cuentas, hacer complicados cálculos presupuestarios y - a medida que se fue imponiendo la odiosa figura de los parlamentos que limitaban el poder real - de conseguir la aprobación de leyes que crearan nuevos impuestos o aumentos de los existentes. La inflación es un impuesto que no requiere ninguna aprobación de las cámaras. 

 

También es sabido que toda inflación es siempre fruto de la falsificación. Desde el tiempo en que los reyes alteraban la ley de sus monedas, o sea el valor intrínseco, reemplazando sus metales por otros de menor valor, haciéndola más pequeñas, agujereándolas u otros recursos creativos. 

 

Pese a que se han intentado e inventado varias explicaciones sobre el origen de los procesos inflacionarios, como si fueran eventos meteorológicos, multicausales o exógenos, no existe un solo ejemplo en toda la historia en que se haya registrado una inflación, o sea un aumento generalizado de precios, o sea una desvalorización de la moneda, que no haya sido precedida por un aumento en la cantidad de moneda circulante en un país o en la velocidad de circulación de esa moneda, en ambos casos, creadas por el estado, vía emisión o regulación de la tasa de interés en algún sentido. Cuando por ejemplo se acusa a los supermercados o a los productores de crear inflación, además de no entender técnicamente el proceso, se omite preguntarse por qué semejante fenómeno no ocurre sino en los países en que previamente se han creado esas condiciones, es decir emisión o regulación gubernamental de la tasa de interés. 

 

La inflación es también funcional a los burócratas gobernantes modernos:  coincide con el relato con el que han convencido a tantos de que son capaces de crear bienestar, felicidad, igualdad y sobre todo, lograrlo sin estudiar, trabajar, tener éxito en algo ni esforzarse. Emitir crea una sensación de solución instantánea, sin requisitos previos, de inmediatez de redistribución y equidad, de bienestar exprés sin ninguna espera ni esfuerzo ni ahorro ni trabajo ni éxito ni tiempo. La inflación es siempre y en todo lugar, además de un fenómeno monetario, un fenómeno populista. Y aquí vuelve a ser importante recordar la embestida de Frederik Hayek en su prédica contra la fatal arrogancia de toda burocracia gobernante, con cualquier ideología, que creían que con una planificación central organizada se podía reemplazar las decisiones de la sociedad, o sea de la acción humana. Su libro “Camino de servidumbre” inaugura brillantemente esa crítica. 

 

Casi todos los gobiernos, con cualquier signo, padecen de algún grado de populismo, siguiendo la definición de Fukuyama: “cuando el gobierno coimea a la ciudadanía”. La esencia de ese populismo es la instantaneidad, el aparente logro inmediato y urgente, ningún mérito ni éxito previo, ningún esfuerzo, la inmediatez de satisfacer aparentemente todas las necesidades y demandas. Como la avalancha de impuestos que eso significaría, y su efecto paralizante y mortal sobre cualquier economía, termina implosionando hasta la miseria, el camino que suele elegirse es el mismo que el de los reyes: falsificar la propia moneda, o sea gastar y complacer gentiles pedidos y financiarlos con emisión, o sea con inflación. Que sigue el mimo camino, pero que es más difícil de notar. 

 

Fue el marxismo y sus entenados quienes hicieron creer esa premisa del bienestar automático, aunque nunca probó su promesa cuando gobernó y terminó conduciendo a sus pueblos a la miseria y a la dictadura. Pero su prédica posterior, la del neomarxismo, resultó exitosa, y convenció a los pueblos de que la utopía es posible. Eso condicionó el accionar de los burócratas de todas las ideologías cuando fueron gobierno. Los pocos que no lo hicieron, en su momento, fueron llamados estadistas, pero hoy serían despreciados por los votantes. La inflación es el otro nombre de esa utopía. 

 

Cuando la economía es pequeña, el efecto se suele notar muy pronto, con lo cual la sociedad reclama compensación por la inflación que le quita poder adquisitivo (nunca reclama bajar el gasto que generó la emisión sin respaldo) y los burócratas complacen ese reclamo aumentando los sueldos, subsidios y otros ingresos, y con ese segundo acto de populismo no sólo convalidan el proceso inflacionario, sino que inician una espiral imparable. 

 

En el caso de las grandes economías, como ocurre con la norteamericana, ocurre lo mismo, pero el resultado se retarda porque su moneda es usada como reserva de valor y ese efecto de emisión se reparte, con lo que tarda hasta que alguien o algo pone en evidencia que el rey está desnudo, en cuyo caso se producen las famosas burbujas, que se suelen corregir creando nuevas burbujas, hasta que todo el mundo se da cuenta de que estuvo jugando con cartas marcadas, o ahorrando dinero falso. 

 

A esto se suma el enriquecimiento de las clases gobernantes, la Nueva clase universal a la que tantos aspiran acceder. Y acceden. La debilidad que implican las ambiciones personales de todo tipo, también los obliga a complacer a los votantes, a cualquier precio. El resultado que satisface todos los requerimientos es la inflación. Por un rato. Hasta que estalla. Eso obliga a encontrar excusas y explicaciones para justificarla. Que, por supuesto, siempre se adjudica a terceros malos y especuladores, y se amenaza con perseguirlos o exterminarlos, a sabiendas de que nada de eso será efectivo, pero sirve para sacarse la responsabilidad. Un cómodo desconocimiento del funcionamiento de la economía, pero bastante efectivo políticamente. Por supuesto es intolerable la idea de combatir la inflación con una recesión moderada, el único método posible conocido hasta ahora. 

 

 

Otro mecanismo para explicar la inflación siempre autogenerada por gobierno y pueblo, (pueblo de todos los niveles y en todos sus formatos, claro) es la apelación a las calamidades: pandemias, catástrofes climáticas pasadas y futuras, guerras, invasiones, indignaciones, dictadores, Big Brothers, miedos, luchas en pro de la democracia, en defensa de la soberanía y otras causas sagradas. Casi no importa si esos motivos son reales o no, o si efectivamente se logran o no. Importa la verbalización, el relato, crear la sensación de exogamia, como si la inflación fuera una granizada, o una inundación, siempre atribuible a un cambio climático que también sirve de excusa multiuso. 

 

Al ser un mecanismo facilista y que no requiere ninguna habilidad, sacrificio ni honestidad de nadie, en especial de los gobernantes, la inflación es entonces el disfraz preferido de la mayoría de los políticos modernos, que la usan como herramienta. Basta leer las declaraciones prepandémicas de Janet Yellen, la secretaria del Tesoro estadounidense, cuando anticipó que usaría la inflación para crear más empleo, marcando la línea que luego siguió y sigue el presidente de la FED, el obediente Powell. La admonición de Friedman ha sido cuidadosamente transformada en una teoría. En una de dos bibliotecas, aunque nadie sabe cuál es la otra. 

 

Para el neomarxismo, además de servirle porque da la sensación a primera vista de que se puede cumplir el paradigma paradisíaco (perdón por la contradicción) de la ensoñación de su creador, y con ello jugar una baza que condiciona cualquier planteo serio, cumple dos funciones centrales. La primera es obedecer el mandato póstumo de Marx, de aniquilar al capitalismo con su misma herramienta y sus reglas, justamente licuando su moneda hasta la nada. La segunda, generar, vía la destrucción de la moneda, es decir de la riqueza y el ahorro, el estado de pobreza generalizada sin esperanzas, el ansiado coeficiente Gini cero, la ausencia de toda expectativa, que lleva a la mansedumbre de las masas, el verdadero comunismo. La dependencia absoluta del estado. 

 

Si se analizan todas las declaraciones de todos los gobernantes del mundo, con cada vez menos excepciones, no puede caber ninguna duda de que ello está ocurriendo y culminará en breve. 

 


 

 

 

 

 



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Publicado en El Observador 08/03/2022



¿Vamos ganando?

 

La guerra estúpida y cruel desatada por Putin ya ha provocado daños colaterales irreversibles en Occidente con las sanciones económicas a Rusia, además de la resurrección de Biden




 

 













Para comenzar con una conclusión, es imprescindible comprender que toda invasión armada a un país pacífico es, conceptualmente, un crimen de guerra. Todas las atrocidades que se puedan cometer a continuación de semejante paso son agravantes, indignantes o repugnantes, pero están incluidas en la terrible calificación desde el vamos. 

 

Ya se ha dicho en este espacio que la dependencia europea y en especial alemana de Rusia y sus combustibles fue un error estratégico de inaceptable inocencia, agravado por la urgencia conque se pactó el acuerdo climático, sin tener ninguna alternativa viable en lo inmediato.  Recuérdese que Alemania acaba de desmantelar la última de sus usinas nucleares. Eso fragilizó la economía europea y occidental, como se está viendo, y le dio armas y coraje a la locura putiniana.

 

Las sanciones económicas y financieras contra Rusia parecen uno de los pocos caminos existentes, descartada la opción nuclear, por razones obvias. En algún momento, luego de esta tragedia, se deberá analizar la compleja red de acontecimientos y acuerdos que posibilitó el acceso y desarrollo del armamento nuclear después de la guerra fría a países que eran percibidos como enemigos potenciales o al menos como rivales impredecibles e inestables, con regímenes opresivos o nada democráticos, proclives a reacciones bárbaras sin el contrapeso del control democrático de sus pueblos. Recuérdese a Irán, con quien EEUU está a un paso de prorrogar su acuerdo-capitulación.  

 

La suma de debilidades previas tanto en el sistema financiero de occidente como en la dependencia energética y alimentaria de Rusia y la laberíntica relación que la globalización comercial de las últimas tres décadas generó, hacen que esas sanciones - que indudablemente complicarán gravemente la economía rusa - también explotarán en Occidente, como todo daño colateral de cualquier decisión bélica. Si Rusia dejara de suministrar gas y petróleo al resto del mundo, como parece, fuere por un acto de retaliación o por bloqueo a las compras de esos fluidos por parte de Estados Unidos y sus aliados, ya sea por el boicot del Congreso o de sindicatos u otros espontáneos que se niegan a operar barcos del ahora enemigo, causará fuertes daños a la economía del llamado mundo libre. 

 

La primera consecuencia es la alta y continua inflación en dólares, que seguirá creciendo y que amenaza con provocar la temida estanflación y empobrecer al resto del mundo. Para que se entienda mejor, la largamente anunciada devaluación del dólar y del euro. Un objetivo que Estados Unidos y Europa vienen persiguiendo desde hace un cuarto de siglo, desde que decidieron resolver cualquier clase de problema, emergencia, desfalco o pandemia con pura emisión. Basta leer las series de la emisión monetaria para comprender que en realidad esa devaluación se produjo hace muchos años, en el momento mismo de emitir. (Ver von Mises) Esto se agravó con los mecanismos erróneos conque se trató de paliar el también erróneo aislamiento universal conque se intentó combatir la pandemia. Sólo desde marzo de 2020 la base monetaria estadounidense se aumentó en 40%, y las compras de bonos del estado y de bonos privados siguen aún en pleno funcionamiento, (más emisión) mientras la tasa de interés sigue siendo ridícula y gravemente nula. Por rara paradoja, los efectos financieros y económicos de este ataque ruso van en línea con la política de estado norteamericana, de proteccionismo, devaluación, tasa cero y “compre americano”, que permiten casi sin margen de error pronosticar un resultado muy parecido al del New Deal de Roosevelt, que sembró la miseria y el hambre en el mundo por tantos años. 

 

Para contextualizar, algunos analistas de renombre de los principales bancos del mundo están recordando a sus inversores que en 2030 EEUU no tendrá suficiente recaudación más que para pagar sus intereses de deuda y sus gastos de defensa. El resto será todo déficit. 

 

Frente a este panorama, la FED promete, apretándose la nariz, un aumento irrelevante y tardío de 0.25% de las tasas, lo que anticipa una inflación sostenida, firme y creciente, como establece la teoría económica. Aún no se ha derogado el axioma de Milton Friedman: “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. También curiosamente, esa inflación y licuación de deuda, capital e inversión coinciden con la prédica-profecía del Gran Reseteo socialista, que no es más que la pobreza universal, como modo de evitar la comparación y eliminar las inequidades al estilo Procusto. 

 

Resulta en este sentido aleccionador analizar lo que está ocurriendo con la imagen del presidente Biden. Hasta un minuto antes de la invasión, aun sus partidarios lo acusaban y culpaban por la inflación, el gasto, la emisión, la demora en subir las tasas, el plan elefanteásico de obra pública, que harían perder la elección de medio término a muchos demócratas. Los gritos contra la emisión y los efectos en Wall Street repercutían en todo el mundo. De pronto, la inflación pasa a ser un efecto colateral tolerable y comprensible, naturalizado, imprescindible para luchar contra el enemigo asesino y salvar al mundo. Biden se convierte en un líder heroico (pese a que los muertos y mártires son ucranianos) que se alza contra el zar despiadado, ladrón y nazi y sus políticas, además de aplaudidas, son la única arma posible contra el mal. Hasta los republicanos lo aplauden. Y por supuesto, ningún estadounidense muere. 

 

Imposible no recordar la aproximación hollywoodense de los norteamericanos a quienes percibe como enemigos. Una lucha entre el cowboy bueno y el cowboy malo, entre Superman y Luthor, Batman y el Pingüino, los Jedi y los Sith. Harry Potter y Voldemort en su versión británica. Imposible no recordar la reclusión en campos de concentración benignos de los residentes japoneses en la segunda guerra, o el macartismo convenientemente olvidado. La indignación por el ataque de Putin, si bien absolutamente justificada, también funciona como el miedo o el odio, y sirve para manipular a los pueblos, como enseñara Orwell en su novela-alegato 1984

 

En un enfoque más técnico, para contextualizar, algunos analistas de renombre de los principales bancos del mundo están recordando a sus inversores que en 2030 EEUU no tendrá suficiente recaudación más que para pagar sus intereses de deuda y sus gastos de defensa. El resto será todo déficit. 

 

Por eso en las entregas anteriores se dijo aquí que toda guerra es mundial, porque las consecuencias de la agresión o de la respuesta a esa agresión son siempre universales, hoy más que nunca. Cualquiera fuere el resultado de esta guerra iniciada por un delirante suicida, Estados Unidos, y con él Occidente, al apretar el botón de estas sanciones acaso también han apretado el botón de la decadencia final del capitalismo. Un misil parabólico bumerang. 

 



Publicado en El Observador, 01/03//2022


El peor momento del siglo XXI

 

Una suma de decisiones erróneas políticas y económicas en el siglo, culminando con las más recientes, pavimentaron la agresión rusa y universalizarán sus efectos

 

 



















Disclaimer: el autor de esta columna ha voceado por todos los medios su solidaridad y apoyo a Ucrania ante el ataque invasor ruso, que desprecia su soberanía y pretende avasallarla y anexarla a su cacareado imperio con métodos que retroceden a la barbarie. El ucraniano es un pueblo trabajador, productor, campesino, dicho con todo orgullo, y también con una elite de científicos que fueron la envidia del imperio de la URSS y que desarrollaron su energía atómica, tanto bélica como tecnológica. Por la maravillosa inmigración europea que enriqueció al Río de la Plata, los ucranianos también son compatriotas de argentinos y uruguayos. De modo que no hay otro lugar dónde pararse. 

 

Pero la misión de este espacio - o al menos su pretensión – es analizar, desbrozar, expurgar la realidad y ofrecer su óptica fría de los hechos y sus consecuencias, con todo el grado de error que esa tarea supone. Con tal criterio se encara el análisis. 

 

Para medir la gravedad del momento y del futuro, es útil la tapa falsa de la revista Time, que muestra la cara de Putin mimetizada y photoshopeada en parte con los rasgos inconfundibles de Hitler, un meme trágico y ominoso, que mira al futuro con una negra perspectiva. Por supuesto que no hay derecho en esta instancia a pensar que el neozar de la KGB tiene la maldad y perversión del monstruo austríaco, ni su psicosociopatía asesina incorporada y planificada. Pero las características de Lebensraum y Blitzkrieg que muestra este ataque hacen considerar como posible la reiteración de anexiones sucesivas que fueron la estrategia nazi en la previa de la segunda guerra. Eso garantiza que sus agresiones y desprecio por el Orden Mundial no han terminado. 

 

Ese mesianismo de Putin sólo es posible por la renuncia explícita a la tarea de rector de ese Orden Mundial que viene pregonando y practicando Estados Unidos desde 2000 en adelante, tanto en las declaraciones y decisiones políticas como en la práctica, en especial económica. Para comprender que se trata de una política de estado norteamericana, no una posición partidista, habrá que recordar que el presidente Trump fue el mayor crítico de la OTAN, a quien amenazó con dejar sin su aporte de fondos. La misma OTAN que ahora parece ser clave tanto en el origen del ataque como en la resolución del mismo. Doble estándar que los perversos saben leer muy bien para elegir el momento.

 

También importa aceptar y sopesar la debilidad del sistema Capitalista, que hace más de 20 años, con la jefatura y el ejemplo estadounidense y su banco central no independiente, la FED, no sólo viene tolerando las burbujas de exuberancia irracional que denunciara su presidente Greenspan cinco minutos antes de ser amonestado y de callarse para siempre, como bien describe él mismo en su biografía, sino que toleró y aun fomentó el crecimiento exponencial de las deudas de los estados, las empresas y los particulares, hasta destruir virtualmente el paradigma capitalista. También ha descubierto, dicho en tono de desaprobación técnica y escarnio, las ventajas de una conveniente emisión-inflación para resolver cuanto problema se le presentare. Así ocurrió con la masiva estafa del fondo de los premios nobel, el LTCM, que no solamente no terminó con nadie preso, sino que se resolvió con emisión y subsidios, y con todas las crisis sucesivas, desde el pinchazo de la burbuja hasta la pandemia, pasando por la otra gran estafa de las hipotecas subprime. Por supuesto que Europa, en su diarrea socialista, se plegó siempre a estas supuestas soluciones, que, en términos futboleros, patearon sencillamente la pelota hasta un lateral lo más lejano posible. 

 

Esto creó un Occidente muy débil, sostenido 30 años gracias a la globalización de la libertad de comercio y competencia, que agrandó la torta y obligó a la participación pacífica de todos los países, y garantizó un avance nunca visto antes en la reducción de la pobreza universal. Hasta que Estados Unidos decidió volcarse al proteccionismo, como antes lo había hecho Europa. Ese paso fue no solamente un golpe de gracia a Occidente y su cultura capitalista, sino que mostró toda la debilidad de su andamiaje financiero. (De paso, Wall Street es uno de los grandes culpables de todas las barbaridades que convalidó por dos décadas la Reserva Federal, aún hoy más preocupada por los intereses de los grandes bancos y fondos que por la suerte del consumidor americano y mundial)

 

La pandemia, o más propiamente el remedio del aislamiento elegido para teóricamente enfrentarla, fomentó el uso de la emisión inflacionaria, lo que fue bienvenido por Wall Street, porque la tasa cero permitía la creación y permanencia de emprendimientos inviables, pero rentables para la especulación. Todos los entes internacionales, preconizaron el uso de la emisión para salir de la emergencia que ellos mismos habían provocado. Como si de pronto todos los médicos del planeta recomendaran a sus pacientes fumar tres paquetes de cigarrillos por día y tomar dos botellas de vino para vivir mejor.

 

Esas dos debilidades, la renuncia a liderar con su poder bélico latente el Orden Mundial, y la virtual y merecida pérdida de la condición americana de primera economía del mundo, a la vez que el debilitamiento mortal de su moneda como valor de reserva, no pasaron desapercibidas por el maquiavélico autócrata ruso. (Recordar a Fernández de Kirchner, Cristina, que pone en palabras lo que el eslavo calla) De ahí la elección de este momento para desplegar su estrategia. 

 

Pese a que no hay un eje sino-ruso, la mera amenaza de China, aunque pueda esperar mil años, es otra arma que Putin esgrime sin nombrar, ante una potencia, o varias, que han decidido ser socialistas, o sea que han abandonado toda idea de grandeza, sacrificio y éxito. También de seriedad económica. 

 

El grupo de las denominadas sanciones conque el mundo antes llamado libre contraataca, tiene un gran parecido a la lucha contra la pandemia: empieza a obrar como un tiro en el pie de los sancionadores. El caso más claro es la expulsión parcial de Rusia del Swift, que, además de mostrar una debilidad y dependencia casi cómplice para no perder el proveedor de gas vital para Alemania, va a provocar una inmediata quiebra de muchos bancos, lo que ya se usa como excusa para justificar no sólo la postergación de las medidas antiinflacionarias que la FED prometió - y que siempre sonó a puro jarabe de pico- muestra que Europa se ha colgado del pasamanos del ómnibus licuador de capitales, inversiones, ahorros y patrimonios. 

 

El capricho alemán de cerrar de golpe todas sus plantas nucleares y tratar de cambiar el sistema energético universal en 6 meses, en vez de ser postergado será financiado con la pobreza y ruina de los consumidores y ahorristas de todo el mundo. 

 

El régimen interno ruso de sojuzgamiento popular policíaco y de espionaje y castigos individualizados a opositores y disidentes, está mucho mejor preparado, si vale el término, para enfrentar las consecuencias de estas sanciones. Occidente se está sancionando a sí mismo. Y Biden está cayendo en la trampa que cayó Carter, como sostienen varios analistas estadounidenses. 

 

No es demasiado arriesgado suponer que la guerra rusa recién empieza. No es exagerado suponer duras consecuencias económicas y de todo tipo para todos los países. Un simple ejemplo: Uruguay, que ya tiene una grave ssinflación en pesos sistémica, tiene, por la baja de su cotización de la divisa, una mucha mayor inflación en dólares. Esa simple ecuación es fatal para el crecimiento, la exportación y el empleo, aunque circunstancialmente parezca positiva. Del mismo modo, o por caminos similares, cada sociedad tendrá su cruz. 

 

Toda guerra es mundial.