Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Desempleados del mundo: ¡uníos! (online)

Se ha alzado la voz uruguaya en la OIT pidiendo la regulación internacional del trabajo en los distintos formatos online. No es una posición solitaria: es acompañada por muchos Estados, organizaciones sindicales y toda la ideología marxista que ha devenido en el gran negocio del proteccionismo laboral organizado.

También las grandes empresas monopólicas están de su lado, ratificando una lucrativa sociedad que ha sobrevivido dos siglos y que en una curiosa fusión, culmina aglutinando en un mazacote imposible la dialéctica de la izquierda con la concepción empresaria fascista.

No se trata de una cuestión del mundo internet. Se trata de un núcleo crucial que afecta el crecimiento, el desarrollo y el bienestar de los pueblos. Y aquí vale recordar algunos principios elementales de economía.

Como la población mundial es siempre creciente –ya sin guerras ni epidemias que la diezmen– se plantea continuamente el problema del empleo para las nuevas generaciones. Eso tiene su propia solución contenida. Consiste en la flexibilización laboral en todos sus aspectos. La baja del costo del trabajo vuelve a generar demanda de trabajadores, igual que el alivio en las rigideces contractuales.

Eso viabiliza nuevos emprendimientos, genera crecimiento y crea nuevos empleos. Hasta que a alguien se le ocurre “defender las conquistas laborales”. Entonces el empleo se paraliza o cae. Los jóvenes no tienen acceso al mercado de trabajo y entonces el único empleo – ficticio– es el que provee el Estado, se profundiza la necesidad de subsidios y la marginalidad.

Como se ha dicho tantas veces, el sistema mafioso les cobra caro una supuesta protección a los que tienen trabajo, en detrimento de los que no lo tienen. Pero a la larga todos pueden quedarse sin trabajo, si los costos aumentan lo suficiente.

Entra ahora en escena la mal llamada seguridad social, también monopolizada por el Estado en la forma de los sistemas jubilatorios de reparto. Se sabe que tal sistema no existe en ninguna parte. Es una estafa dialéctica: los trabajadores y empleadores pagan un impuesto que lastima el empleo y el ingreso para conseguir un beneficio difuso al cabo de un plazo cada vez más lejano. Una limosna.

En el mundo de ladrillo y mezcla esa trampa no se puede eludir. Empresas, sindicatos y Estados son un contubernio infranqueable que defienden ese negocio que nada tiene que ver con el bien de los trabajadores. El foro de discusión de ese contubernio se llama OIT.

No es casual que los grandes emprendimientos de lo que va del siglo hayan ocurrido en el mundo online. Allí se puedo crear toda clase de arreglos laborales y societarios simplemente con un intercambio de emails, fuera de los límites castrantes del Estado.

En ese mundo virtual no fue necesaria la rémora de la burocracia, ni el costo fijo impagable de los sistemas laborales corporativos que disuaden a los creadores y emprendedores. Como ocurrió en el siglo XIX con los grandes inventos que llevaron la prosperidad a la humanidad. El sistema sindical de hoy habría hecho imposible los emprendimientos de Edison, Graham Bell, Dunlop, Ford, el ferrocarril y otros.

Google, Facebook, Microsoft, Apple, Alibaba, Amazon, Mercado Libre, eBay, nacieron en y por esa estructura de libertad y de oferta y demanda. El mundo online, que ahora se quiere castrar, retomó el camino de la libertad de contratación que es la base de la economía ortodoxa, del crecimiento y del bienestar.

La globalización, que tanto ayudó al desarrollo del mundo emergente, muere de muerte súbita frente al proteccionismo empresario, al proteccionismo sindical y al proteccionismo cambiario-aduanero. Por supuesto que se prefiere ignorar ese riesgo inmediato para defender los intereses de los gremios (usando la definición medieval de gremios).

Por eso Francia está reaccionando y trata de cambiar dramática e ímprobamente su cómoda y proverbial siesta laboral, porque ha comprendido que en el mundo global la rigidez y los altos costos terminan reduciendo el empleo en vez de protegerlo.

Son los jóvenes que entran a la plaza laboral los que eligen trabajar online, incluyendo todas sus inseguridades pero todas sus libertades. No se sienten tentados por la dudosa solidaridad troglodita que los condena a ser mendigos en su vejez, o desempleados a los 50. Esos jóvenes han comprendido que son empresarios de su propio trabajo. No quieren ser desempleados del mundo real. Quieren ser protagonistas en el mundo online, que todavía es un mundo de libertades y meritocracia.

El error de los gerontes intelectuales es creer que internet se tiene que encorsetar en un modelo ya agotado de corporativismo casi feudal. Al revés. Es ese mundo arcaico el que debe retomar los modelos que rescata el universo online, que no son diferentes a los que llevaron a los 100 años de mayor bienestar y crecimiento de la historia, hasta los ‘70.

En vez de proponer la castración de la imparable actividad que la tecnología y la hipercomunicación generan a diario, la OIT y los abogados del retroceso deben ser humildes y aceptar que su tiempo y sus prebendas han terminado. De lo contrario, los desempleados del mundo (y de Uruguay) se lo demandarán de otras maneras.
Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Las hienas del presupuesto

Antes de meternos con la economía es imprescindible destacar la valiente propuesta del secretario general de la OEA , Luis Almagro, de aplicar la Carta Democrática a Venezuela, lamentablemente sepultada por la vergonzosa defección del gobierno argentino –seguramente en pro de una candidatura estéril de su canciller a la Secretaría General de la ONU– secundado en la blandura por Uruguay, seguramente por razones ideológicas, y por Chile, seguramente por alguna conveniencia certera.

En términos económicos, este despropósito se encuadra en la inutilidad del Mercosur, transformado en una costosa tapadera para cubrir la huida impune del populismo regional y en una rémora para la apertura comercial.

Este no es el único punto en el que los hermanitos rioplatenses están de acuerdo. Una convicción central los une: la que estipula que el gasto público es inexorable, inamovible, indexable, preferentemente creciente y un derecho adquirido constitucional si no divino. Con algunas pequeñas rebajas cosméticas para mostrar cierta disciplina presupuestaria al mundo externo.

Esa unanimidad en el error no responde a ninguna teoría económica respetable, salvo la del fracaso y la pobreza, pero sigue siendo populismo, cualquiera fuera el signo del gobierno que la sostuviere, con los consabidos efectos.

Pero mientras Argentina tiene más recursos potenciales para seguir dilapidando alegremente, Uruguay está llegando a su momento de decisión, que no es la Rendición de Cuentas ante el Congreso, sino la hora de enfrentarse a las consecuencias.

Los límites del endeudamiento a tasas de primer mundo se han alcanzado, con lo que pensar en financiar déficits por ese medio es suicida, además de irresponsable.

Intentar el truco de licuar la importancia del gasto con crecimiento es una doble falacia. Se consiguen inversiones y se crece cuando baja el gasto, no a la inversa. Y por otra parte, el estatismo indexa el gasto por inflación o por crecimiento del PIB según le convenga, volviendo siempre a la misma situación, aunque cada vez más exagerada.

Lo mismo ocurre si se analiza el problema desde el ángulo de las exportaciones: el gasto alto obliga a la emisión, y luego a usar el tipo de cambio como ancla, lo que frena tanto la exportación como el crecimiento.

Esa emisión, por otra parte, empuja la inflación y eso lleva a la fatal indexación salarial, que se retroalimentahasta el infinito la pérdida de poder adquisitivo y desata la absurda persecución a comerciantes y productores, otra ignorancia unánime compartida con Argentina.

Aferrados al gasto, sin posibilidad de tomar más deuda barata, sin poder emitir para no alejarse todavía más del umbral de riesgo de la inflación ya rebasado, sólo queda el discurso del crecimiento.

Pero ese crecimiento es imposible, no por el mundo, que no está tan mal, sino porque los términos relativos que se han alterado lo hacen inviable, además de la ideología de la nada que hace creer que se puede conseguir la apertura comercial en un solo sentido.

Es deliberadamente errado sostener que el mundo justo ahora se puso en nuestra contra: solo estuvo transitoriamente muy a favor durante pocos años, que se desperdiciaron.

En esas circunstancias, es triste ver cómo legisladores, expertos y aficionados del Frente Amplio hurgan en cada actividad privada para ver qué otro impuesto se puede aplicar, qué otra alícuota se puede elevar, qué otra triquiñuela dialéctica se puede inventar para meter la mano en los bienes de otros sin bajar un gasto que creció por una situación global circunstancial y que ahora se ha vuelto eterno.

Como las hienas que esperan que la leona cace su presa para luego atacarla en manada y alzarse con el producto de su esfuerzo, los depredadores incapaces de crear riqueza buscan el fruto del trabajo ajeno para quitárselo. Hienas del presupuesto.

Paradójica y previsiblemente, el tipo de ajuste que se ha malparido (del sector privado, obviamente) creará mucha más retracción que una baja del gasto, tanto en el consumo como en la inversión, con lo cual en seis meses nos encontraremos en la misma situación pero agudizada, con menos recursos disponibles.

Si la Constitución declara la inamovilidad del gasto, como se interpreta en la práctica, debería tener igual rigidez a la hora de crear o aumentar ese gasto y exigir una correlación permanente con el financiamiento.

Eso sería democracia seria y en serio. Y también seriedad económica. El resto es relato del socialismo dialéctico.

OPINIÓN | Edición del día Martes 31 de Mayo de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Empleo público contra empleo privado 

La izquierda defiende causas que se contradicen: la cantidad y el salario del empleo público, la cantidad y el salario del empleo privado, la inmutabilidad del gasto, el ajuste inflacionario automático, la eternización de supuestas conquistas logradas por efectos azarosos temporarios y simultáneamente la no gravabilidad de esos ingresos.

Además, como el viejo comunismo, decide que la empresa privada es culpable de su situación y tiene la obligación de financiar todas esas conquistas. Por eso la patética búsqueda diaria de mecanismos impositivos para extraerle más recursos de los que alimentarse.

Como el viejo comunismo, se estrellará por esos errores conceptuales y también estrellará a Uruguay, si el gobierno le llevara el apunte. Al atacar con gravámenes continuos a la empresa privada, a la que llama el capital, ataca al trabajador privado. Con lo cual termina creando dos clases de trabajadores: los del Estado, que son inamovibles igual que su remuneración inmutable y actualizable, y los del sector privado, que terminan pagando con sus impuestos, su precariedad o su desempleo el sueño del socialismo arcaico.

En definitiva, el planteo del Frente Amplio se resume a una disyuntiva: trabajador del Estado contra trabajador privado. Porque finalmente la actividad privada se agota, se cansa, se funde y se marcha o desaparece. Y con ella desaparecen los puestos de trabajo, y la generación de riqueza.

Suena popular, solidario y seudomodernista sostener que el capital tiene que pagar la fiesta. Hasta que el capital deja de llegar, deja de arriesgar o decide buscar otros rumbos. Ese es el límite que se está traspasando. O que ya se ha traspasado. Ese es el límite que trata de cuidar el Ejecutivo, y eso no tiene nada que ver con ideología alguna.

Y, con todo respeto por las personas, el trabajo en el Estado no es igual que el trabajo en una empresa privada en sus efectos. La burocracia tiende a ser siempre ineficiente, siempre altamente superflua, siempre cara, hasta que termina sin cumplir aquellas misiones que le competen y que se suponen sagradas. La Intendencia de Montevideo es un perfecto ejemplo de este aserto: ocupada en la ideología, supuestamente, ha olvidado que su primera tarea es juntar la basura de las calles. De la educación hablaremos otro día.

No comentaremos el caso de las empresas del Estado, esa entelequia, porque eso ya es motivo de un tratado sociológico, o de una investigación judicial. Pero los costos en que incurren contra sus resultados no tienen nada que ver ni con los trabajadores ni con sus objetivos. Sin embargo, son gastos que jamás se aceptará reducir, lo que es la esencia del problema.

Bajo la excusa de mantener el empleo y las conquistas del trabajador, se defiende el dispendio sistemático y alevoso. Para no calificarlo con términos más precisos, por falta de pruebas legales, no económicas. Porque esas empresas son el gallinero donde cazan los zorros políticos del estatismo, siempre en complicidad con los zorros privados. Por eso también se las defiende a ultranza y están por sobre todo poder. Ese gasto es intocable.

Entonces, mientras en Francia el gobierno socialista pelea en las calles con el gremialismo amigo para flexibilizar las leyes laborales que ponen en peligro el empleo, con un desempleo que ya llega casi al 10%, la idea oriental es inflexibilizar el costo laboral, aumentarlo y cobrárselo al capital privado. El otro miembro resultante de esa ecuación es el desempleo en el sector privado. Una suerte de nueva lucha de clases, empleados públicos versus empleados privados. Que finalmente es la disyuntiva del distribucionismo fácil.

Como he sostenido, esta dialéctica que se cree de avanzada atrasa más de medio siglo y termina siempre del mismo modo: con el empobrecimiento colectivo, cuando no en situaciones peores.

Más allá de su viabilidad o no, el gobierno usa la terminología acertada: baja de gasto, apertura, baja de inflación. Las gremiales y la poliarquía hablan de redistribuir la riqueza, proteger el empleo, conservar las conquistas y mantener poder adquisitivo de los salarios. El déficit está en 4%, la inflación llegará al 11%. Las empresas temen invertir. La exportación de algún valor agregado no crecerá con estos costos laborales.

La economía no puede darse el lujo de perder más actividad privada. Cargarle la cuenta a los que van quedando implica un riesgo que no es ni sensato ni patriótico correr.

Lo pondré en términos comprensibles para el Frente Amplio: de seguir por el camino que llevan este será el último mandato.

OPINIÓN | Edición del día Martes 24 de Mayo de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

El ensañamiento tributario

Tal como predije en mi nota de la semana pasada, finalmente el ajuste consistirá en cobrarle más impuestos a la población. No es cuestión de sacar pecho por la predicción, ya que es cada vez más evidente que la fiesta del reparto la pagan los que producen, trabajan y crean.

Apretado, el gobierno ha traicionado su promesa electoral de no aumentar la carga impositiva en aras de no enojar a sus aliados del Frente Amplio. Es decir, prefiere ser leal a la poliarquía partidaria antes que a la ciudadanía.

Para explicar tamaña traición a la promesa electoral, se recurre a la trampa retórica de decir que lo que se prometió fue que no habría nuevos impuestos, no que no se aumentarían las alícuotas de los ya existentes. Otra vez se están exhibiendo las mejores credenciales del materialismo dialéctico, que, si bien obsoleto, es esencial para explicar lo inexplicable. El sector inteligente de la sociedad le llama a esto verso, humo, relato, o simplemente estafa política.

En el enfoque económico, pese a su apariencia de simple redistribución de ingresos que ama la izquierda, no hay una neutralidad. Este aumento de impuestos aumenta la ineficiencia global y necesariamente profundizará la recesión.

Como Argentina no tendrá tiempo en lo que resta del año y bien avanzado 2017 de incrementar su demanda, ni tampoco Brasil, los próximos 12 meses también serán de reducción de la actividad en Uruguay. La pregunta es: ¿qué se hará entonces? ¿Se volverán a aumentar los impuestos, las alícuotas o como se le quiera apodar al ensañamiento fiscal? ¿Qué nueva creatividad dialéctica-impositiva del Frente Amplio deparará el destino?

La fraseología vacía de la apertura comercial es otro relato de la dialéctica marxista disfrazada de socialismo progresista que se derrama sobre la sociedad oriental y que la confunde. No habrá apertura mientras gobierne el frenteamplismo y hasta es probable avizorar un enfrentamiento con Argentina que sí está dispuesta a avanzar en tal sentido.

Pero esa apertura imposible hacia el Pacífico un día, hacia Europa otro, nunca hacia Estados Unidos, obviamente, es un recurso apto para entretener y distraer a la población mientras sigue el gasto, la ineficiencia y el manoteo sobre la ganancia de los que producen y sobre la riqueza del país, no de la clase supuestamente privilegiada.

El carrusel de gasto-inflación-impuestos-estancamiento-retracción terminará alterando peligrosamente los términos relativos de la economía –que luego resultan muy dolorosos de restablecer– cuyo equilibrio es esencial para todo crecimiento y toda inversión. Y claramente, aleja de cualquier tratado de apertura comercial y de cualquier exportación con valor agregado en serio.

De modo que es posible predecir una telaraña dinámica hacia adentro, una involución en ese círculo vicioso, que tienda a achicar cada vez más la economía, a reducir el rol de la actividad privada y a incrementar la participación del Estado, incapaz de crear la más mínima riqueza. Todo eso, bajo el lema del socialismo moderno, del que los uruguayos parecen estar orgullosos.

Lamento desilusionarlos, como suelo hacer a menudo con mis compatriotas: este modelo no es socialismo moderno, sino simplemente socialismo vetusto. Moderno es el socialismo de Suecia, que fue capaz, luego de la quiebra salvadora, de replantear todo su modelo económico y de gestión.

Socialismo moderno es el de Nueva Zelanda, tras las reformas de dos socialistas laboristas, su exministro de Hacienda Roger Douglas y la proverbial primera ministra Helen Klark, que tuvieron el coraje y el patriotismo de plantarse contra el gasto, el déficit, el despilfarro y el estatismo y sentaron las bases firmes para un fantástico cambio en un país al que Uruguay debería observar por sus similitudes estructurales.

Pero esa clase de socialismo moderno no resulta de interés para la izquierda uruguaya. La obligaría a competir y, sobre todo, a trabajar. No se trata de lo que le sirve al pueblo. Se trata de lo que le sirve a los políticos y a las gremiales.

Tras la nueva escalada impositiva, que es solo un comienzo, no es difícil prever el manotazo a las reservas y el recurso del aumento de la deuda, que, siguiendo con la dialéctica, serán destinados a la “renovación de la infraestructura”, infraestructura que fue prolijamente ordeñada hasta la decadencia para privilegiar el gasto en sueldos inútiles con la forma de conquistas irrenunciables.

Eso traerá la baja en la calificación internacional, porque el relato sociocomunista es así, usa y consume todo el capital de un país hasta que lo extingue, y luego culpa al capitalismo de los males que ha provocado con su irresponsabilidad. Y no se trata ya de un ataque contra los ricos de Uruguay, se trata de un despojo al rico Uruguay y a la destrucción de sus recursos y riquezas, cuando no de valores.

Esa destrucción fue el delito mayor cometido por Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, no el vulgar apoderamiento de algunos miles de millones de dólares.

La sociedad oriental cree que tiene un sólido sistema político, y que sus problemas son económicos motivados por factores exógenos. ¿Y si fuera al revés? ¿Si sus problemas económicos fueran endógenos y lo necesario fuera cambiar el pensamiento y los esquemas políticos, para luego recrear un país socio-económicamente distinto?

O puesto de otra manera, como dirían los psicólogos, mirar profundamente para adentro y dejar de poner la culpa en el afuera. La culpa está adentro. Afuera están las oportunidades. Lo único que hace falta para aprovecharlas es abandonar la comodidad de la dialéctica, tanto de quienes la usan como de quienes la consienten.

La crisis está a la vuelta de la esquina. El éxito también. Es cuestión de elegir.

OPINIÓN | Edición del día Martes 17 de Mayo de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

Rendición de Cuentas, ¿de quién?

Dura tarea del presidente Vázquez y su ministro de Economía. Por más de un año, el Frente Amplio se empecinó en negar la existencia de una recesión y mucho menos de una crisis. Algo obvio porque aceptarlo habría implicado resignar las ventajas prebendarias y los sagrados derechos adquiridos.

En esa misma línea, desoyeron todas las advertencias desde el Ejecutivo sobre la necesidad de moderar los reclamos y aun el ritmo de generosidad fiscal. Ahora los mismos que ejercieron esa soberbia miran a Danilo Astori y le reprochan no haber evaluado en su total dimensión los efectos de las recesiones brasileñas y argentinas.

Es un planteo ignorante e hipócrita, por partes iguales. La economía venía mostrando signos de caída de actividad interna y externa desde bastante antes de que el socialismo barato de Dilma le estallara en la cara y de que Macri abriera la carta explosiva que le dejara Cristina de regalo de Navidad.

Lo que le está ocurriendo y lo que le ocurrirá a Uruguay es lo mismo que le pasó a todo el populismo regional, cada uno en su estilo y a su modo: se repartió alegremente el ingreso adicional transitorio fruto de un fenómeno único en un siglo. En ese momento, se desoyeron las advertencias, se despreciaron los conceptos de la economía ortodoxa, se vituperó a quienes sostenían la necesidad de seriedad fiscal, entre ellos al actual ministro.

Ahora se acusa a quienes advirtieron sobre la barbaridad que se estaba cometiendo de no haber anticipado la importancia del choque inexorable que sobrevendría en la próxima curva.

Es el truco de la conveniente ignorancia. Los prudentes principios de la ortodoxia económica aconsejaban otra cosa. Por ejemplo, en vez de repartir aumentos de sueldos y puestos estatales, crear un fondo anticrisis. En vez de dilapidar en ANCAP o Pluna, renovar la infraestructura, el próximo problema que se “descubrirá”, como si no hubiera sido algo evidente.

No es muy distinto a cuando el médico nos dice que no fumemos, no nos inundemos de whisky, no nos reventemos con drogas. La respuesta conveniente es siempre el clásico “yo estoy fenómeno”. El día que la tomografía dice lo contrario, seguramente reprocharemos al profesional el no haber previsto la magnitud del problema.

El punto ahora es más grave, porque la enfermedad propia afecta a toda la sociedad. Nadie acepta que, pasado el auge llovido del cielo y la repartija consecuente, se debe resignar el ingreso adicional, el bonus que nos dio la suerte. Ahora se esgrimen los derechos adquiridos. ¿Adquiridos cómo? ¿Con más esfuerzo, con más talento, con más innovación, con más productividad?

Con nada de eso. Solo se tomó el maná caído del cielo y se lo repartió del modo económico más arbitrario posible, creyendo que el caudal electoral era el mejor modo de distribución de la riqueza.

El fruto de un instante de bonanza temporal se ha transformado mágicamente en un derecho permanente. Entonces se pretende, ahora que la bonanza ha desaparecido, seguir cobrando lo que ya no hay, obviamente que esgrimiendo los sacrosantos derechos constitucionales.

Difícil de digerir para el frenteamplismo, que sacó patente de experto en economía y de mago de la equidad y el redistribucionismo gracias a factores exógenos que ahora se le dan vuelta.

En esa lucha épica, la idea salvadora que se esgrime, es cobrar más impuestos a cada vez menos contribuyentes. Que es la mejor manera de sumir en una recesión más rápida y terminal a la economía.

Por supuesto que este principio básico también es descartado, como antes se descartara la prudencia fiscal, en nombre de la justicia social y las reivindicaciones. Al igual que la apertura comercial, que solo fue admitida dentro del corsé mentiroso y proteccionista del Mercosur, que ahora implosiona ruidosamente en el fracaso, cuando ya se ha perdido buena parte de la posibilidad de inserción global. ¿También acusarán al presidente por esa estupidez conceptual que tanto daño le ha hecho y hará a los uruguayos?

Subyacentemente, se está poniendo en evidencia, como en toda la región, la ineficacia del Estado como productor de riqueza y hasta como prestador de servicios esenciales, que han pasado a ser meros centros de recaudación para repartir y de ineficiencias para sufrir.

El presidente y su ministro de Economía han tomado el camino inteligente: oponerse a cualquier facilismo, reducir el gasto, no aumentar la carga impositiva, buscar una apertura comercial que de todos modos es ahora muy difícil. Hay que destacar esa actitud valiente poco común entre los políticos modernos, y poco común entre los economistas en el mundo, que buscan justificar con ecuaciones, fórmulas y teorías la irresponsabilidad de la emisión, el endeudamiento y el populismo.

Estas medidas no serán fáciles ni exentas de dolor, pero son la consecuencia ineludible del atracón irresponsable de los políticos, las gremiales y buena parte de la sociedad, que en su momento resolvieron desoír al médico y vivir la vida. Y también la contrapartida de ganar votos y elecciones con políticas cortoplacistas y oportunistas.

Por eso no debería tratarse de la Rendición de Cuentas del presidente. Quien debe rendir cuentas es el Frente Amplio.

OPINIÓN | Edición del día Martes 26 de Abril de 2016

Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador

¡Es la población, estúpido!

Pocos profetas socioeconómicos más escarnecidos que Thomas Malthus, el clérigo, economista, sociólogo y demógrafo inglés, que al filo del siglo XIX expuso su teoría sobre el crecimiento de la población mundial.

Sostuvo en ese importante trabajo que el temor a la miseria era un fuerte regulador del crecimiento demográfico y que si no se tomaba conciencia de los riesgos, el número de habitantes crecería hasta que los recursos no fueran suficientes para mantenerlos y se llegase a una pobreza (y miseria) generalizada.

La población crecía geométricamente, y los recursos lo hacían aritméticamente, con lo que, de no detenerse el crecimiento demográfico, el resultado sería inexorable, fue su argumento central.

La teoría económica clásica –y con el tiempo la realidad– demostraron su error. La producción de alimentos creció exponencialmente con la incorporación constante de tecnología y conocimiento, la revolución industrial destruyó empleos pero creó muchos más, y el consenso generalizado pasó a ser que la población retroalimentaba de algún modo la economía, con lo que –por alguna fórmula que nunca nadie explicitó– la ortodoxia del bienestar se proyectaría infinitamente.

Pasada ya una década y media del siglo XXI, los que nos reíamos de Malthus tal vez deberíamos repasar algunas de nuestras críticas. Si bien los alimentos no escasean ni parece que fueran a hacerlo, todos los otros aspectos que hacen a la subsistencia están mostrando signos evidentes de colapso.

Esto se viene evidenciando desde mediados de la década de 1970, donde muchos estudiosos ubican el fin del crecimiento del bienestar americano que nace con el auge de las leyes de patente del siglo XIX y los colosales inventos y desarrollos, como el teléfono, el telégrafo, el automóvil, el ferrocarril, la electricidad, nunca luego igualados en su potencia creadora de empleo y bienestar hasta nuestros días.

Más allá de lo bien o mal con que haya manejado cada país su sistema jubilatorio, por caso, es evidente que no hay mecanismo que resista el crecimiento y la longevidad de la población, ni aún los sistemas privados de retiro. Esto se agrava por la nula rentabilidad de las inversiones o los altos riesgos que se deben asumir para obtener algún retorno. La prolongación de la edad de retiro, recurso fácil, reduce la oferta de empleos para la juventud, ya de por sí estructuralmente renuente a la actividad laboral.

No es diferente el análisis si se habla de los sistemas de salud, aún en los casos de esquemas privados de prestaciones. Basta que cada uno de nosotros compare el tiempo que tarda en conseguir un turno médico con lo que tardaba hace uno, dos o cinco años para comprender el punto.

En un resumen que puede englobar todo el problema, tal como predijo Malthus, la tasa de pobreza e indigencia es elevadísima globalmente. Y es peor cuando se la proyecta en países como India o China, o continentes enteros como África. Aún las tasas reales de desempleo y actividad de Europa son preocupantes ¿Será la mezquindad de los ricos, como aman creer los socialistas nostálgicos, o simplemente se está cumpliendo la profecía maltusiana?

A riesgo de que la posteridad cercana se ría de la profecía, esta columna pronostica que, por similares razones, el empleo será el bien más escaso del siglo XXI.

Es por ello que los gobiernos deben enfocar todo su esfuerzo y el de sus sociedades a la conservación y creación de empleos, más que a paliar los efectos de la falta de esos empleos, como se suele hacer. Justamente, tratar de evitar el desempleo con prohibición de despidos o duplicando indemnizaciones, como amenazó con hacer el peronismo argentino, es la mejor manera de no crear empleo.

Un ejemplo interesante es lo que acaba de ocurrir con el gremio de empleadas domésticas en Uruguay, que obtuvo un aumento mayor a la inflación pasada, cualquiera fuera la excusa técnica para ello, en un momento en que su sector es el que más empleos ha perdido en el último año, lo que indudablemente se acentuará luego de esta graciosa concesión.

Ya que he llegado al Río de la Plata, es interesante analizar algunos datos. Argentina tiene solamente el 16% de su población total trabajando en empleos privados, 6.7 millones. ¿No luce algo desproporcionado que ese modesto número mantenga a los 17 millones que dependen del estado? El presidente Macri tiene razón cuando ha determinado que el objetivo de su gestión será la generación masiva de empleos privados. No tiene otro camino.

El punto es que para ello deberá convencer a sus ciudadanos-votantes de que les conviene sacrificar algunos supuestos logros que no guardan relación con la calidad y cantidad de la producción que están entregando, si quieren ser ciudadanos-empleados. Y de paso explicarles que si no logran ser ciudadanos-empleados no serán ciudadanos-subsidiados.

Estos objetivos sólo se logran con inversión externa importante y con mucha apertura económica. Las dos van de la mano y las dos implican competir, algo a lo que los rioplatenses no estamos demasiado acostumbrados. Incluyo en conspicuo lugar a nuestros grandes empresarios (Grande en el sentido de tamaño).

Uruguay no tiene tanta desproporción en las cifras, ni el dilema poblacional, pero tiene el problema de que, pasados los años de bonanza, su empleo tiende y tenderá a caer, lo que no se soluciona con luchas en las calles ni en las asambleas, ni con huelgas ni emplazamientos. La Administración parece tener claro el problema. El resto del sistema económico no. Prefiere creer que el tema se solucionará por sí solo.

En términos de empleo, el problema de Argentina es mucho más grave, pero parece haber elegido el camino correcto para resolverlo. El problema de Uruguay es menos exagerado y menos urgente, pero no parece existir ni comprensión, ni voluntad, ni ideas para resolverlo.

Los que pierdan esta lucha, que es global, van a sufrir mucho y mucho tiempo. Morir aferrado a las conquistas es una opción, pero no parece muy inteligente. Competir es mejor. Aunque sea siempre duro.

OPINIÓN | Edición del día Martes 01 de Marzo de 2016


Por Dardo Gasparré - Especial para El Observador


El plan maestro de Macri


Conmueve, casi, que tantos connacionales – y uruguayos– estén expectantes por el discurso ante el Congreso que cuando usted lea esto ya habrá pronunciado el presidente Macri.

Somos especialistas en ejercitar nuestra esperanza y en inventar supuestos hitos o puntos de inflexión. “Macri en su discurso va a decir todo lo que encontraron”, “después que le aprueben el arreglo con los holdouts Mauricio va a empezar el ajuste”, “ en cuanto entre la inversión externa y se cree trabajo empezamos a echar empleados públicos”, frases comunes en la literatura cotidiana de café, o de Twitter.

Frases de ese tipo venimos diciendo desde hace muchos años, para terminar en grandes desilusiones. El país soñaba que hoy el presidente, cual nuevo Churchill, tras enumerar los desastres heredados y los robos kirchneristas, lanzaría su plan maestro de rescate y ofrecería a todos “sangre, sudor, trabajo duro y lágrimas”.

Comprendamos la personalidad, la situación y la concepción económica del presidente. Políticamente está condenado a dormir con el enemigo hasta 2017. Si bien tiene la billetera, como amamos decir en nuestro doble estándar ético, no parece querer arriesgarse a denunciar penalmente a quienes tiene que convencer de votar sus leyes, aún cuando posea mecanismos para doblarles la mano, o aceitársela.

Un discurso denunciando el robo a mansalva en cada uno de los presupuestos, como efectivamente ha ocurrido, implicaría la obligación de denuncias penales masivas. Es posible que por vías indirectas, la actuación de oficio de los fiscales, o con denuncias de terceros, se logre algún castigo a los ladrones. Pero no será por acción directa del Poder Ejecutivo. Entonces se seguirá agitando el descalabro y exceso en el gasto, los ñoquis y el despilfarro, pero no mucho más.



Una parte de la sociedad ama creer que Macri quiere efectivamente hacer un ajuste, cosa que él mismo ha negado en varias oportunidades, tal vez por conveniencia política, pero también porque está en su ADN. Su formación, su convicción, su fortuna, su modo de vida, su historia, están atadas al proteccionismo, que ahora se apoda desarrollismo. Variantes del mussolinismo de los años 40 que aplicó Perón y que siguen con plena vigencia.

Ese proteccionismo tiene como socios inseparables e irrenunciables al gremialismo, al Estado y al gasto público del cual se nutre de todas las formas. Creer que eso cambiará es un sueño exagerado e imposible.

Por el lado de las empresas del estado, otra pata del proteccionismo y gran fuente de ingresos para el populismo contratista empresario, también socios de las gremiales, la idea de Macri es hacerlas eficientes y bajar al máximo su pérdida, hasta niveles tolerables.

Lo aburro explicando que eso han soñado miles de gobernantes y terminaron devorados por el monstruo de la burocracia. Uruguay lo sabe –si quiere saberlo– mirando lo que pasó y seguirá pasando con ANCAP y lo que pasará con Alas Uruguay en un futuro cercano.

Podría pensarse en el anuncio de un plan contra la inflación, en tren de soñar. Un plan antiinflacionario sin bajar el gasto, con medidas que lo aumentan o que bajan la recaudación, por justificadas que fueren, es apenas un título.

Hasta ahora se ha recurrido a medidas de política monetaria que sólo son útiles como un puente hasta que el déficit baje, no como solución de fondo. Para peor, al cumplir los escandalosos contratos de dólar futuro en nombre de la seguridad jurídica, el Banco Central se obligó a emitir 72.000 millones de pesos en pocos meses. Agregando las tasas que se pagan para esterilizar pasadas y actuales emisiones, la tendencia es al estallido más que a la normalidad.

Transcurrido apenas el 5% de su mandato, la proverbial esperanza nacional prefiere seguir corriendo el arco: “si hace lo que tiene que hacer estalla todo, démosle tiempo”, es la frase mas escuchada. Ya se olvidó la famosa luna de miel de los primeros 100 días. Se patea el momento ideal para más adelante.

Pero la cruda pregunta sigue siendo la misma: ¿quiere Macri hacer lo que tantos creen que va a hacer “en el momento oportuno” ? Creo que no. O ni.

La esperanza del gobierno, y de todos, está en el crecimiento salvador que cree empleo privado, absorba vagos y licue el déficit vía más recaudación. Eso ha dicho el presidente cuantas veces pudo. ¿Crecimiento de qué?

De la obra pública por un lado. Macri ha reflotado un viejo plan de aliados de su padre Franco: endeudar al estado para hacer una gigantesca red de carreteras e infraestructura nacional que mejore la competitividad y la interconexión.

Si bien parece volver a minimizar al ferrocarril, tal idea parece positiva. Lástima que el mecanismo de endeudar al estado para pagar a los contratistas privados, (también en el ADN presidencial) es la historia misma del gasto público y la corrupción, problema central del país. Mucho no cambiamos.

El otro polo de crecimiento es el agro. En efecto, simplemente anulando las medidas insensatas de Cristina el sector crecerá. ¿Lo suficiente? Los precios de los commodities bajan y bajan y el tipo de cambio no parece alcanzar para compensar el aumento de costos generado por el regalo de la emisión irresponsable del gobierno anterior.

Queda el sueño de la inversión. Por inversión muchos entienden la compra de bonos, justamente todo lo opuesto. Entiendo por inversión la radicación de empresas que a su riesgo avanzar en emprendimientos de todo tipo, sin asociación ni participación del estado, salvo el control de sus compromisos o del cumplimiento de la ley.

Esas están lejanas. Los argentinos han decidido oponerse a la privatización de empresas de servicios, como ferrocarriles, subterráneos o generación eléctrica. Salvo que esas gestiones la lleven a cabo empresas sospechadas y prebendarias, como ocurre en el petróleo. En tales condiciones, la inversión externa es una frase. Siempre habrá alguna automotriz que invierta unos dólares en el Mercosur, o algún amigo que haga un nuevo galpón de etiquetado en Tierra del Fuego, pero para inversiones en serio falta mucho camino. Y proyectos.

Los altos costos laborales, con una justicia sesgada contra el empleador, los impuestos que no bajarán, los costos de combustibles y tarifas y muchas restricciones cambiarias que subsisten, ponen la opción de inversión en un plano lejano, al final de un proceso de cambio profundo, que ni siquiera se ha digerido. Esto lo entenderá Uruguay, condenado a la inversión cero por muchos años en nombre de la soberanía y la seudoprotección del empleo, un real disparate.

Queda entonces como opción el endeudamiento externo. El arreglo con los holdouts, una simple obligación que Argentina debió cumplir hace mucho, parece ahora un logro épico. Lo es. El gobierno ha apostado y resignado mucho para lograr la aprobación del Congreso.

Gobierno y gobernadores esperan ansiosamente el arreglo que permitirá un nuevo endeudamiento. Esa deuda servirá para pagar a los felices contratistas del estado las obras de infraestructura como el plan Belgrano, de US$ 20.000 millones, pero también para pagar gastos corrientes y ganar tiempo, supuestamente para bajar la importancia relativa del gasto en el PIB, vía aumento del PIB, no baja del gasto.

Y ese es el secreto. En términos económicos, el plan maestro de Macri es endeudarse en US$ 45.000 millones este año. Aferrado a las encuestas que obedece religiosamente y que jamás osará desafiar, no será Churchill, tal vez sea Keynes, o Roosevelt.

Hoy, nada tiene para ofrecer, solo deuda. El resto es discurso.