¡No hables de la economía, estúpido!









Cambiemos ha decidido que la campaña electoral que empieza ahora y durará buena parte de 2019 no versará sobre economía. Se trata de un acto de voluntarismo, porque el peronismo se ocupará de que el centro del debate en los medios, las redes, las calles, los piquetes y las huelgas, sea justamente la performance económica del país, que ciertamente ha sido y es mala. 

Por más que se intente acallar las voces que - sin necesitar demasiado esfuerzo académico - auguran un difícil futuro inmediato, aún los más fanatizados macristas deberán hacer un esfuerzo de negación para no incorporar en su evaluación de voto el golpazo de la recesión y el parate consecuente. Se debe tener en cuenta que la actual caída de la actividad se debe a la combinación de la astringencia monetaria y la alta tasa de interés antipyme. 

Hasta los economistas más prudentes han debido dejar de lado el miedo técnico y están aceptando que la recesión irá más allá de los tres trimestres

A partir de enero se agregará la nueva recesión motivada por la carga fiscal adicional contenida en el presupuesto peronista que se ha aprobado, con un gasto cuyo despropósito sólo se ha disimulado y que ahora se direccionará todavía más a pagar piqueteros, planeros y subsidiados para ganar seguridad. 

Por eso hasta los economistas más prudentes han debido dejar de lado el miedo técnico y están aceptando que la recesión irá más allá de los tres trimestres, con lo que empiezan a digerir que el escenario será casi el de una depresión. 

Y aquí habría que hacer un pido. Es muy probable que lo que se está haciendo sea lo correcto.El punto es que recién se hace luego de tres años de miedos y vacilaciones, que con el nombre de gradualismo se encargaron de aplicar Prat Gay, Sturzenegger y Caputo, albaceas que manejaron muy mal el destejido de la herencia maldita. La combinación de emisión y esterilización espiralada vía tasas de interés, y al mismo tiempo un tipo de cambio que al salir del cepo se mantuvo con una paridad artificialmente baja con la ayuda de fondos de inversión amigos que luego huyeron en estampida, llevaba a un resultado único e ineludible. A eso, como para reforzar el efecto explosivo, se agregó el financiamiento del colosal déficit mediante la toma de deuda en dólares, que tenía también un cúmulo de consecuencias previsibles, que, como en un manual, se dieron todas. A lo que hay que sumar la deuda acumulada en moneda local por la coima a los tenedores de pesos para que no los tiren sobre el consumo o compren dólares. 


La conclusión es que salvo un cambio drástico en el manejo del gasto y del riesgo país, no se podrá cumplir los compromisos con el actual perfil de vencimientos y tasas

No se trata de una crítica ex post ni con el diario del lunes, como gustan decir quienes no han leído lo suficiente y descubren que la realidad que no habían querido imaginar les estalla ante sus ojos. Esta columna, entre otras, se ocupó de advertir y pronosticar todas estas consecuencias desde hace más de tres años, como se puede comprobar recorriendo las notas de este blog, prolijamente archivadas por fecha. 

Como si esto fuera poco, ya muchos académicos respetables están hablando abiertamente de la posibilidad cierta de un default, o de la inexorabilidad del mismo, por lo cual están siendo descalificados como destituyentes, palabrita que se escuchará muchas veces en el próximo año, también sólo como una herramienta dialéctica. Quienes en público o en privado ven ahora un default cercano, agregan que se trataría de un default blando, donde no se reducirían los montos de la deuda sino que se extendería su plazo. Disputable. No hay tal cosa como un default blando. El monto de los intereses totales de la deuda en dólares es muy alto con relación al PBI, y genera un déficit adicional que no es soportable por el actual tamaño de la torta económica. La conclusión es que salvo un cambio drástico en el manejo del gasto y del riesgo país, no se podrá cumplir los compromisos con el actual perfil de vencimientos y tasas. 

Esto podría cambiar si se produjesen algunos milagros: que bajase el riesgo país, que Argentina recuperase su crédito, que el gasto se redujese en serio, junto con los impuestos, que la inversión aumentara, que la inflación y las tasas internas y externas bajaran rápidamente. Luce claro que eso no pasará en un año, ni en diez, dirán algunos. 

Cuando se habla de riesgo país, más bien hay que hablar del riesgo peronista. Porque los mercados le temen al peronismo, sin distinción de subtítulos. Y con justa razón. Todas las alternativas de conducción futura del movimiento pasan por figuras que han sido kirchneristas hasta hace un rato y que descaradamente han cambiado su relato con la impunidad y desparpajo que los caracteriza. Desde el mago del transformismo, Felipe Solá, hasta el racional Miguel Angel Pichetto, desde el hablador mediático Julio Bárbaro hasta el carilindo Juan Manuel Urtubey. Y el sistema no olvida que el aplaudido default de 2002 fue promovido y aprobado por peronistas de raza, cuando el kirchnerismo ni soñaba con existir. 



El ensañamiento tributario no le costará demasiados votos al gobierno. Los que deben pagar esa cuenta no consideran una alternativa válida al peronismo


Paradojalmente, ese miedo a que el peronismo sea gobierno, puede ayudar a que el peronismo sea gobierno, al dejarlo en semejante precariedad en un año clave. Por eso nadie en la oposición quiere que Macri se vaya antes de tiempo.Lo que les conviene es que se desangre y llegue de rodillas a las elecciones, no ya someterlo al martirio salvífico del helicóptero, aunque Cambiemos se haya comprado ese miedo, que lo paralizó, y se lo haya querido revender a la sociedad.

El peronismo sabe que si gana en 2019 tendrá que optar entre ir a mendigar a los mercados mundiales, FMI a la cabeza, o por una epopeya sin gloria y sin destino, como la de 2002 pero sin aplausos. Intentará amigarse con el sistema. Pero primero intentará ganar. Con lo que encontrará algún mecanismo de unidad, que no excluirá a Cristina Fernández, porque de excluirla la tendrá enfrente y jugando por presencia y polarización a favor de Cambiemos. 

El ensañamiento tributario no le costará demasiados votos al gobierno. Los que deben pagar esa cuenta no consideran una alternativa válida al peronismo, y tienen razones. En cambio la recesión pronunciada puede cambiar muchas decisiones electorales. 

Sin poder exhibir cartas de triunfo en lo económico, Cambiemos recurrirá a erigirse en paladín de la seguridad, la otra demanda de la sociedad. Será solamente una lucha de retóricas, porque ninguna ley de fondo será aprobada de aquí a las elecciones, como es obvio. Hay quienes sueñan con conejos mágicos, como la aparición del botín kirchnerista en algún banco escondido, gracias al sistema antilavado americano,  o algún fallo improbable de la justicia que fulmine a la viuda de Kirchner y la borre del mapa político. 



La campaña será una vez más la grieta, entre fieles fanáticos de los los bandos que no están dispuestos a cambiar su opinión por ninguna razón

La experiencia dice que ni los partidarios de Cambiemos cambiarán su voto por desastrosa que fuere la marcha de la economía, ni los kirchneristas cambiarán el suyo por más que aparezcan todas las evidencias y pruebas del latrocinio que faltan aparecer. También la experiencia dice que el peronismo no irá dividido a las elecciones presidenciales. El error de Cristina de inventar candidatos como Zannini, sin peso interno ni votos, no será repetido. 

La reunificación peronista no está tan lejana como parece. La posibilidad de que la expresidenta se postule para la gobernación de Buenos Aires dentro del partido no sólo es una solución política interna sino que es una amenaza de competencia muy seria para María Eugenia Vidal. La grieta bonaerense se hará todavía más ancha. La Matanza contra el resto del mundo, podría decirse. Aunque la gobernadora se ha caracterizado por ser experta en pulsear con el peronismo con sus mismas armas. 

Sin hablar de economía, sin que la seguridad vaya a tener en el próximo año ningún avance real o que no sea neutralizado en la dialéctica de la represión y el fascismo, la campaña será una vez más la grieta, entre fieles fanáticos de los los bandos que no están dispuestos a cambiar su opinión por ninguna razón Unos intentando que los otros no vuelvan más, y los otros queriendo volver por revancha. Todo en un escenario en que cada día será una moneda al aire en la actividad real, y una lotería en el contexto mundial, con Trump tuiteando barbaridades. 

El kirchnerismo no vuelve más: se esconderá en su otra personalidad, el peronismo, y con esa apariencia y casi con los mismos nombres tratará de reinstalar su sueño corporativo y musoliniano proteccionista y fracasado, apoyado en su populismo que ya no tiene cómo financiar. 

Cambiemos, que no tiene oportunidad alguna de conseguir una mayoría legislativa que le permita hacer los cambios que no está decidido a hacer, ni sabe cuáles son, buscará ganar de nuevo la presidencia para intentar, esta vez, hacerlo bien. 

La grieta es imprescindible para los políticos. Si no fuera tan profunda, acaso la ciudadanía comenzaría a darse cuenta de que la cosa pública está manejada por incompetentes de todas las tendencias, y por un sistema de corrupción que no se ha desmontado, salvo en apariencia, que sigue incólume en cada jurisdicción, en cada rama del poder, y que, como sostiene esta columna hace mucho, es multipartidario y multisectorial.



La patria contratista o la patria 

estafada






La columna anticipaba en esta nota de hace una semana los problemas de financiamiento y jurídicos que acarrearía para el país la investigación sobre los cuadernos y correlativas que ya se han presentado a los pocos días. No todos, aún. 

De lo poco que se conoce de las declaraciones de los agolpados arrepentidos se infiere que el tema será largo, duro, grave, escandaloso, creciente, explosivo, de amplio espectro y creará incertidumbres paralizantes que no son de fácil resolución.  La sociedad no tiene claras las características de un sistema de delación premiada o arrepentimiento, y entonces es previsible que  cargará contra los funcionarios si no da por caídos los contratos vigentes de los arrepentidos o si les adjudican nuevas obras. Los propios pagadores de las coimas agitan ese miedo para intentar morigerar las consecuencias. 


Eliminar o suspender a  estas empresas por cualquier medio que se use, podría significar la paralización de la obra pública por años.

Empero, no es seguro que la legislación argentina permita acuerdos entre el estado y sus contratistas como los de Odebrecht en Brasil. El juez o el fiscal pueden aliviar una pena o una carátula, pero es el Ejecutivo el que decide sobre las sanciones administrativas, pecuniarias y contractuales a sus contrapartes y los eventuales acuerdos económicos. La Justicia las homologaría, en tal eventualidad. Por eso la oposición, de mala fe, y la sociedad, seguramente de buena fe, caen de antemano sobre los funcionarios pidiendo tremendas sanciones para las empresas involucradas, que al paso que van serán todas. 

Ahí el gobierno está en una disyuntiva. Jurídica, ética, política y práctica. Eliminar o suspender a  estas empresas por cualquier medio que se use, podría significar la paralización de la obra pública por años, además de la imposibilidad de obtener crédito (si no se hubiera perdido por otras vías) o cotizar en bolsa. Si no lo hace, tendrá objeciones legales, administrativas y penales, que afectarán a sus propios funcionarios y la validez de cualquier licitación. Y si lo hace, pierde el único motor de mano de obra no especializadas que le queda. 

La trampa que acecha a todos los actores es que la delación premiada implica resignar la vindicta pública, total o parcialmente, sobre los partícipes secundarios de un delito para hacerla caer sobre los culpables principales. Eso es lo que la justifica y hace tolerable pactar con quien ha delinquido. Pero si el - o la -  principal responsable de esos delitos no termina en la cárcel, cae el justificativo social para conceder esos perdones. Con lo que los corruptos de un lado y del otro del mostrador tienen su suerte pendiente de que Cristina Kirchner termine presa. De lo contrario, la sociedad pondrá a empresarios, funcionarios kirchneristas y macristas y la propia Justicia en la misma bolsa y volverá el grito "¡que se vayan todos!" su temida consigna del 2001.


Está claro que el gobierno kirchnerista se montó sobre el negocio
ya existente, lo mejicaneó, le hizo varios upgrades


Hay dos delitos de fondo en la trama cuadernífera, que siempre fueron conocidos, salvo por los distraídos éticos. Uno es la cartelización, una forma de monopolio, que no requiere ningún favor del estado, salvo su estupidez proverbial, el otro es el cohecho o coima, que involucra a las dos partes. Ambos llevan décadas. Está claro que el gobierno kirchnerista se montó sobre el negocio ya existente, lo mejicaneó, le hizo varios upgrades y en ese proceso hipotecó una vez más al país, además de inventar groseros mecanismos delictivos generalizados y el escupitajo gitano de los bolsos. Habrá que ver dónde determinan los jueces que comienza y termina la membresía de la asociación ilícita. En cuanto a los alegatos de extorsión, se tendrá que revisar cuidadosamente las contabilidades, no sólo para ver de qué modo se extrajo el efectivo - seguramente de manera ilegal - sino para ver las utilidades obtenidas por las empresas gracias a la extorsión de la que fueron víctimas, lo que probablemente termine en otro escándalo y un nuevo debate incomprensible. 

En ese estado de cosas, y usando su capacidad indiscutible de relato autocomprado, el kirchnerismo impulsa su proyecto de ley para investigar toda la obra pública desde 2003, lo que no es otra cosa que extender al Congreso la amenaza encubierta que la viuda de Kirchner viene agitando en todos los casos en que sus adjudicaciones fueron cuestionadas: siempre sostuvo que sus empresas amigas o propias no fueron las que más se beneficiaron con "el mecanismo". Ahora quiere probarlo con este método, y si es posible también exhibir los logros de las empresas relacionadas con el presidente Macri. 

No estaría mal revisar todos los contratos del estado. Pero la revisión debería incluir no sólo la obra pública, sino las compras de gas, electricidad, los contratos secretos petroleros, los juicios transados extrajudicialmente con el sector y las adjudicaciones diversas de estos 12 años. Debería analizarse con preferencia el contubernio con Repsol, el regalo de esa empresa al grupo Eskenazi, ahora en juicio en Nueva York contra el estado, los valores que se tuvo que pagar a la los españoles por una empresa vaciada y los varios juicios en curso. 

También deberían incluirse los acuerdos y arreglos en las áreas de transporte y minería, los pactos secretos con China, la colocación de Boden 15 a Venezuela, y cuanta oportunidad de rapacidad creó y ejecutó el kirchnerismo en sus doce años. El hecho de que muchas de esas operaciones no se saldaron vía bolsos, puede restar espectacularidad a las maniobras, pero no les quita ni gravedad ni importancia, mucho mayor que lo denunciado por los cuadernos. 

Y para culminar el análisis de este punto, no es el Congreso el órgano apropiado para realizar esta tarea, para la que deberían idearse métodos de funcionamiento y remuneración más inteligentes que evitaran la paradoja de que el zorro investigase el robo de gallinas, o que los costos de la pesquisa fuesen más caros que el recupero. 

Mientras el juicio, o los juicios,  siguen su curso inexorable - ¿e imparable? -  se plantea una cuestión inmediata: cómo seguir con la obra pública frente a este panorama. Habría que tomar esta tragedia griega como una oportunidad china. Eliminar de cuajo el sistema de empresas privadas vendiéndole servicios de construcción al estado, cartelizándose, coimeando a pedido o no, con una industria de juicios sistemático y consiguiendo financiación vía anticipos o créditos blandos, u obligando al estado a conseguir los fondos. Ahora que las PPP parecen estar muriendo antes de nacer, deberán diseñarse nuevos sistemas de peajes, leasing, cánones, que abandonen la falacia de un riesgo y una inversión privada que no existen. 
Habrá que derogar la absurda disposición de los años 90 que obliga a las empresas internacionales a asociarse con empresas locales para poder participar en una licitación. Eso condena a la cartelización y a las peores prácticas a cargo de los especialistas en "mercados regulados" el sincericidio conque Repsol definiera a Eskenazi al regalarle su participación accionaria y el control de la empresa. Es verdad que el accionar de algunas de las extranjeras no ha sido ejemplar. Skanska, Repsol, IBM, Siemens, las españolas que contrataron con la ex municipalidad de Buenos Aires en la desastrosa gestión Grosso, asociados con varios grupos de los arrepentidos de hoy, ISOLUX y muchos otros casos, no son grandes ejemplos para exhibir. Pero abre enormemente el panorama y estimula la competencia entre las empresas extranjeras y las locales, que no deben desaparecer pero sí acostumbrarse a competir en nuevos formatos de negocios, sin perjuicio de las sanciones y las multas que deban pagar por estos casos hoy en juicio. También deben explorarse nuevas variantes financieras y de repago y retribución. Hasta la financiación en moneda local es posible, si se piensa que el estado está pagando 45% de interés para tomar pesos que esteriliza, y que cualquier dólar que se use para la obra pública termina pasándose a pesos, que vuelven al circuito.
Lo anterior luce como una discusión bizantina cuando el país no tiene un centavo de crédito ni ha resuelto sus problemas de déficit, ni sabe hasta cuándo le alcanzan las reservas, ni puede precisar qué endeudamiento adicional necesita hasta el fin del mandato y justamente es el sector de las obras donde se mete la tijera para tratar de ahorrar lo que se despilfarra en otros rubros a veces muy difíciles de justificar. ¿Y si - por ejemplo - como compensación económica de las empresas envueltas en estos desgraciados comportamientos se pactara la compra obligatoria de un bono a largo plazo que sirviera para financiar las nuevas obras? ¿Le parece descabellado? ¿Y le parece descabellado que - como multa -  las empresas involucradas tuvieran que traer su propia financiación para poder participar en licitaciones futuras? 
Tan descabellado como los delitos que cometieron y que se están descubriendo cada día con cada seudoarrepentido, o más?
Este sainete trágico se encuadra en la tragedia mayor, la crisiss económica de fondo, a la que agrava por su alevosía y porque agita más la desconfianza y reconfirma a los mercados que Argentina es un tramposo global. Por eso termina pagando una tasa de interés que no pagan economías mucho más pobres y precarias. Y por eso es necesario que se muestre una firme decisión de seguir con estas causas, pero al mismo tiempo que se evidencie la capacidad de gobernar, de buscar soluciones, de hacer pie y de resolver situaciones. 
Hasta el momento, la casi única virtud de Cambiemos, ha sido la de endeudarse, hasta con el Fondo Monetario. Ahora confía en conseguir un poco más de piolín, como dicen los expertos en default. Elegido el gradualismo, el paso siguiente es financiarlo. Elegido el endeudamiento como forma de hacerlo, la única solución es conseguir más financiamiento. Pero no vendría mal mostrar una cierta capacidad de gobierno y gestión. 

Alquitranada por los martillazos de cada arrepentido que aparece, abroquelada entre sus adeptos marginales de todos los niveles sociales, Cristina Kirchner parece, otra vez, no tener futuro político, tal vez policial. Mauricio Macri, con todas las críticas que esta columna le propina, sigue siendo la única cara confiable para el sistema financiero global. En el manejo de este escándalo tiene la oportunidad de demostrar que también es confiable en la gestión de situaciones extremas.

Se dirá, con algunos argumentos, que si la patria contratista termina pavimentado el camino del ostracismo cristinista, surgirás un peronismo racional que podría mostrarse como un nuevo rostro confiable que mereciese la confianza y el respaldo del sistema económico mundial a partir de 2020. 

El problema es que el sistema financiero global no cree que exista un peronismo racional. Los cuadernos pueden ser la oportunidad de demostrar su existencia, y su capacidad de pensar de un modo superior. Para eso, tiene que ayudar y pactar con Macri, tanto en el caso particular de las coimas como en el mucho más grave problema económico de base. Sin Macri no hay futuro. Sin peronismo racional tampoco. Sin esa madurez casi imposible, la oca vuelve al casillero 2001.