Precios cuidados, tarifas sensibles,
impuestos tenedor libre



Pocas veces se pudo observar tal ensañamiento como el que padeciera en los últimos días el ministro de Energía Juan José Aranguren.

En los ataques se unieron, en una comparsa macabra, funcionarios del propio gobierno - un infantilismo deplorable - la oposición amiga y enemiga, usuarios  molestos, sensibles de Palermo y otras zonas, de buena y mala fe, el Congreso y muchos economistas que decidieron olvidar varios de los principios que suelen defender, exaltados por la coyuntura.

Corresponde un disclaimer:  considero que los problemas económicos del país tienen su causa principal en el conveniente desconocimiento, negación o alteración de la teoría de formación de precios de la economía clásica.

El odio nacional por las curvas de oferta y demanda atacó  esta vez incluso a muchos liberales que parecen dispuestos a sacrificar un concepto tan elemental en aras de algún razonamiento técnico elegante.

Por ello tiene sentido comenzar con una aseveración: no habrá inversión externa o interna auténtica, ni solidez económica alguna, si no se restablece el concepto de formación libre de precios, que se perdió en 1930 y no rige entre nosotros. Las tarifas son un apartado especial donde el estado representa al consumidor, pero eso no cambia la esencia.

Sin ese requisito elemental, continuaremos con un sistema privado tramposo, donde Lázaro Báez no es el más importante socio. El negocio del gas y el petróleo está lleno de esos entornos espurios y hasta de testaferros K.  Tal vez por eso molesta cualquier tendencia a la ortodoxia de los funcionarios del área.

Los parches técnicos o legales (amados por el peronismo) para eludir la inexorabilidad del precio como regulador y motivador, aparte de terminar siempre en fracaso, son los que permiten todas las trampas y todos los robos al estado. Además de que debe crearse un esquema penal que impida el expolio, cuanto más puro sea el mecanismo de formación de precios, menor será la corrupción. Concepto perogrullesco, quizás, pero odiado.

Quienes critican el gradualismo, sin embargo lo preconizan en este caso. Parecen ignorar que el concepto de gradualidad ha servido históricamente para perpetuar el statu quo, un gatopardismo que ocurrió varias veces en el rubro energético.

De todas maneras, como lo expresa con claridad el formidable trabajo del Instituto Argentino de Energía “General Mosconi” y la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública  sobre los subsidios a la energía, el 40%  más pobre del país, sólo recibía el 20% de los subsidios. El 80% del regalo iba, como siempre, al 60% más rico del país. La presión política obligó ahora a seguir regalando tarifas inmerecidamente.

No es cierto que ese sector más pobre haya sido descuidado en la fijación tarifaria, aunque porcentualmente pueden surgir incrementos espectaculares, y hasta llegar a infinito, frente a lo exiguo de las tarifas hibernadas.  El revoleo de porcentajes se usó mucho para estimular la sensibilidad, la lástima y la solidaridad, que es el método económico preferido por los argentinos para transferir sus gastos al estado.

También existe en el nuevo marco un mecanismo de subsidios para casos especiales, lo que evidentemente requiere el esfuerzo y la dificultad de hacer un trámite.  Acaso ese proceso debería facilitarse, aunque los subsidios deberían ser cursados desde presupuestos asistenciales, no por el sistema de energía. Un dato sin validez estadística, pero sugestivo: de 100 quejas que analicé en mi TL de Twitter, ninguno justificaba las dramáticas críticas. Tal vez casualidad.

Por supuesto que si el cambio se hubiera realizado más gradualmente, hubiera habido menos críticas. Eso es lo que recomendaba el trabajo citado.  Pero ello también habría demorado el proceso de recomposición de inversión en las áreas de exploración y procesamiento. El informe citado es de 2013. Hoy no hay tiempo, además de que un aumento en el precio del petróleo internacional seria una catástrofe sin eufemismos.

Es cierto, de toda certeza, que se debieron realizar las audiencias públicas que prevé la ley. Un requisito inconsecuente más, pero está en la ley. Faltó tal vez alguna mirada jurídica. Debe solucionarse para evitar la judicialización y también por una cuestión de respeto a las instituciones.

Sin embargo, es fácil anticipar que, superado el obstáculo de las audiencias, ya se inventarán otros trucos para judicializar o impedir cualquier cambio. El punto es que cualquier tarifa que no sea la que queremos pagar será execrada, al igual que Aranguren. Se llama populismo.

El sistema energético es una maraña de reglas, ineficiencias y ridiculeces dignas de la  URSS de los 70, con contratos delictivos entre el estado y varios privados, cuyo costo pagamos como usuarios y como contribuyentes. Los manoseos en la formación de las tarifas pactadas, las audiencias públicas, los algoritmos y emergencias inventadas para mantener los monopolios de los conocidos de siempre y ahuyentar la participación privada seria.

Esta discusión reciente casi circense torpedea la incorporación de inversión privada sana al negocio petrolero y energético, torpedea la inversión en general y obliga a preguntarse qué país quieren los argentinos. Tal vez el kirchnerismo representa mejor que Macri el sueño del pagadios.

Es lamentable que no se obligue a audiencias públicas antes de que un gobierno congele tarifas irresponsablemente, o se largue a emitir sin control, a gastar sin vergüenza o aplique cepos mortales. Muchos que abogan por la baja del gasto público omiten que este plan tarifario es parte de esa baja. Es de imaginar lo que pasaría si el ataque al dispendio se profundizara.

Aún con los errores que pudiera haber cometido - que parecen menos que los atribuídos - sería bueno tener más ministros como el de energía, que encarasen los cambios que deben hacerse sin usar un coraje gradual, para no decir temor técnico y político.

En algún lugar de este reciente plebiscito tarifario online, queda latente el centro del problema: el nivel de gasto y de impuestos, que golpea al consumo y que afecta el poder adquisitivo mucho más que las tarifas.


Acaso lo que se debe plebiscitar es dónde y cuánto gastar y cómo financiarlo. Acaso se empieza a advertir la necesidad de discutir un presupuesto base cero, el único debate que tendría sentido: revisar orgánicamente el nivel de participación del estado en la sociedad.


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Van menos de seis meses

Dardo Gasparre
Más allá del enfoque que cada uno tenga sobre las políticas que se están llevando a cabo, es
indiscutibleque el Gobierno de Cambiemos está enfrentando todos los problemas que componían
la larga herencia kirchnerista y acaso otras más antiguas.
A diferencia de Cristina de Kirchner, que para mantener la iniciativa sobre la agenda inventaba
conflictos, proponía y aprobaba raras leyes de igualdad, vacías de contenido, o iniciaba cruzadas
contra los medios o contra el mundo externo como una suerte de Quijote desaforado, Mauricio Macri 
controla y dicta la agenda política atacando problemas concretos y de interés generalizado.
Los temas que proponía la ex Presidente solían ser épicos y burocráticos, con ataques permanentes a
los derechos de los ciudadanos o por lo menos molestos y lesivos a esos derechos. Sobre todo,
urticantes para la mitad del país, casi matemáticamente y, en general, inconducentes. Cambiemos está
tacleando los temas importantes, a veces urgentes, a veces profundos, a veces de largo aliento, que
dejó palpitando el Gobierno del Frente para la Victoria y sus socios. El cepo, las retenciones, los
pagos de importaciones, el default eterno, la reinserción en el sistema mundial, fueron las urgencias que
encaró, con bastantesolvencia y acierto, con observaciones varias, por supuesto. La apertura de las
discusiones sobre seguridad y reforma política, que ciertamente requerirán políticas de Estado para ser
eficaces, y temas tan variados como la discusión no terminada de Fútbol para Todos o de los medios
oficiales.
Abruma pensar la cantidad y la diversidad de los problemas que se debe atacar, y también da una cierta
tranquilidad saber que se están atacando, por supuesto que con distintos niveles de competencia y
acierto. La deuda con los jubilados, la coparticipación, el blanqueo, la inserción en el comercio mundial,
la reevaluación del Mercosur, son ahora los nuevos temas que aparecen, todos urgentes, pero también
de una enorme complejidad.
Como enmarcando esas políticas viene la escenografía de la lucha contra la inflación, que ocupa el
centro del escenario, aunque no sea el centro de la escena. Cambiemos impone su agenda, pero, 
paradojalmente, no controla a los otros actores políticos, que son los legisladores, ni a la 
Justicia, que seguramente será más adelante otro cambio de fondo a considerar. Esta situación, como
es notorio, lo obliga a negociar, pero no en términos políticos, en el sentido sano del término, sino en
aspectos y especies muy poco apreciados por la ciudadanía y casi nunca tolerados, sobre todo después
del saqueo kirchnerista.
En ese contexto, hay quienes sostienen que Cambiemos está tratando de ganar las elecciones de 2017
y que a partir de allí realizará los grandes cambios, con un Congreso más favorable. Es evidente que
tratará de ganar las próximas elecciones, pero no es tan obvio que tenga vocación y convencimiento
para hacer los cambios que revolucionen la economía y la sociedad. Y aquí llegamos al meollo del asunto.
Quienes criticamos a “apenas 5 meses de asumir” el enfoque económico del Ejecutivo, no desconocemos
el problema que implica un Congreso dominado por peronismos diversos (siempre el peronismo se
muestra con ropajes y papeleses diversos). Tampoco esperamos una solución instantánea, ni ignoramos
la advertencia de: “El país se incendiaría si hubiera un ajuste”. ¿Qué nos preocupa entonces? Aquí va.
-Que en serio se crea que no hace falta bajar el gasto, o que se crea que el gasto hay que bajarlo cuando
haya crecimiento. Eso sería desconocer demasiado el funcionamiento moderno del mundo económico y
de la inversión, para no hablar de los fundamentos económicos sólidos.
-Que no se conozca un plan de equilibrio fiscal de mediano plazo que sirva de marco a la actividad local,
a los inversores, a las empresas y los capitales que quieran radicarse y a quienes quieran arriesgar su
patrimonio en el país. Peor aún, preocupa de que no se advierta la necesidad de confeccionarlo.
-Que el modelo proteccionista militar-peronista que tanto criticamos y que tanto perjudicó al consumidor y
al país por más de 70 años no tenga visos de cambiar, y que, por el contrario, muchos de los defensores y
los beneficiarios de ese modelo sigan siendo protagonistas de la economía del futuro, con todas las mañas
y los perjuicios implícitos.
-Que el transitorio alivio que puedan brindar un endeudamiento fácil pero costoso, un blanqueo fácil pero
dudoso y una exportación primaria que resurgirá casi por su propio peso, obre como un bálsamo que alivie
y que permita finalmente que todo siga igual en el largo plazo. Es decir, que esta etapa sea una de las
tantas fases cíclicas que terminan como sabemos que terminan.
-Que Cambiemos sea apenas una consigna para salir del desastre peronista, pero que se diluya 
antes de ser una propuesta superadora y ganadora como podría ser si en este momento, no dentro 
de un año, se sentaran las bases sólidas de un sistema nuevo, potente y basado en la libertad.
-Que el conformismo de decir: “Estamos mejor que con el kirchnerismo” nos haga bajar la vara o tolerar las
soluciones a medias, o aceptar las reformas parciales, o perpetuar las viejas prácticas.
-Que se pierda el momento y que se terminen camuflando dentro del supuesto nuevo modelo económico
las viejas estructuras, costumbres, vicios y protagonistas.
-Que triunfe la impunidad política, social y económica.
Podríamos repetir lo que hemos dicho tantas veces en términos técnicos o resumir las puntualizaciones de
los economistas más lúcidos de nuestro medio, pero esencialmente este punteo las incluye.
Por eso creemos que no hay que enervar la discusión ni la crítica frente a cualquier proyecto o medida.
Debe ser nuestro aporte como técnicos, como periodistas y como ciudadanos. No se trata de una discusión
académica ni filosófica. Se trata de cambiar el país para que recupere su grandeza.
Echarle la culpa al kirchnerismo sirve para esta vez, no para todas las otras veces pasadas. No para
el futuro. Cambiar de populismo no va a servir, en ningún plano. Por lo menos quien escribe estas líneas
no quiere sentirse responsable por callar ahora.

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