Publicado en El Observador 08/02/2021




Sobre el cadáver del Mercosur

 

Sin el peso y la excusa de la alianza, habrá que inventar los nuevos productos, mercados y opciones





 

















La democracia tiene el defecto de que no suele ganar el que tiene razón. Si hay alguien que tenga razón. La evidencia empírica del éxito o fracaso de las políticas aplicadas en otros países no suele ser aceptada localmente en ningún lado. Cada sociedad se considera diferente al resto del mundo, con particularidades que la separan totalmente del común de la humanidad. Por eso toda sociedad quiere ser protegida del mundo externo, al que siente un peligroso enemigo. O sea, quiere ser protegida de la competencia, o de la necesidad de competir. 

 

Por eso es tan difícil ponerse de acuerdo sobre el comercio exterior. La evidencia empírica demuestra a lo largo de muchos años que existe una correlación directa y sostenida entre el bienestar de los países y su intercambio comercial. Pero ese concepto es siempre minimizado por consideraciones locales de todo tipo, que suponen representar las singularidades de cada comunidad. En el plano local, el Mercosur ha sido siempre la más conveniente excusa para continuar el proteccionismo estilo oriental, que incluye el monopolio estatal y el importador, la rigidez laboral y el IMESI en muchos casos. 

 

Un tratado comercial supone, en apretado resumen, que se acuerdan bajar o eliminar aranceles, trabas no arancelarias y otros criterios de protección de ambas partes. O sea, que los dos países o zonas comerciales aceptan sacrificar su protección en determinados rubros. Y enojar a quienes gozan de esa protección en cada firmante. Es sabido que Uruguay desperdició todas las oportunidades cuando todavía existía alguna posibilidad de hacer ese tipo de acuerdos. Porque es probable que ya no esté disponible tal opción. 

 

El Mercosur está integrado por cuatro miembros fundadores: un país con una gran industria protegida poderosa e intocable, un cadáver, una pequeña economía con raigambre y veleidades socialistas, y un solo miembro dispuesto o necesitado de apertura, aún ilegal. Una armada Brancaleone, con respeto, que no puede negociar nada con nadie. Tampoco Uruguay tiene peso para negociar individualmente ningún tratado, ni plafón social para hacerlo. Lo que no quiere decir que no pueda aumentar su comercio exterior, sin ningún tratado. 

 

En realidad, cuando un tercero arancela lo que un país le exporta no le está confiscando su ingreso, sino que está castigando a su propio consumidor. Lo que obviamente hace es limitar el volumen de venta de quien le exporta, en especial de los productos manufacturados o con valor agregado. Pero eso es demasiado técnico y molesto como para que las masas lo entiendan. 

 

Uruguay, orgulloso de su laicismo, tiene sin embargo tres religiones casi sin ateos: cree que su legislación laboral es de avanzada, cree que el empleo y el nivel de remuneración estatales son conquistas intocables, y cree que el dólar tiene que ser barato. En esas condiciones, no podrá exportar (ni importar) con ningún tratado. Lo que plantea otro intríngulis. Si se quiere mantener el actual nivel de ingreso y empleo sin aumentar notoriamente el comercio exterior, se debe recurrir a uno de tres recursos: más impuestos, más inflación (un impuesto) o más endeudamiento (o sea un impuesto futuro).

 

Esos caminos llevarían a una espiral negativa que achicaría aún más la torta y empeoraría la ecuación productiva, de modo que más allá del resentimiento, la envidia y la ideología barata, serviría apenas para el muy corto plazo, con efectos de largo alcance demasiado nocivos. Lo que vuelve a la única alternativa viable, que es la del mercado externo, ya sea con la exportación de bienes y servicios, o con la actividad local capaz de atraer consumo del exterior, como el turismo, la educación de excelencia, la salud especializada o la sobriedad fiscal. Para todo ello no hace falta ningún tratado. Ni ningún Mercosur, como sostiene la columna desde siempre. Sí, en cambio, hay otros requisitos.

 

Los impuestos de cualquier formato deben tender a bajar, no a subir. El peso del estado es una carga para competir en los difíciles mercados internacionales y los impuestos son una parte importante de los costos. Además del efecto desestímulo. Lo mismo ocurre con el sistema legal-laboral – sindical, con rigideces que no se condicen con la precariedad de una actividad económica semipastoril. Y también se requiere un mayor accionar privado en actividades monopolizadas por el estado a un costo también insostenible y poco competitivo. 

 

La deseducación sistémica debe ser abolida con cualquier gobierno, además de que se debe profundizar la formación en los nuevos oficios, junto con los conocimientos y habilidades tradicionales. Un criterio educativo que no varíe según el gobierno que toque, y hasta que sea independiente del mismo, resulta imprescindible. 

 

Nada de todo lo dicho evita ni reemplaza la tarea creativa del emprendedor, ni aun la gran empresa milagrosa y salvadora. Son esos emprendedores los que se ocuparán de exportar, de conseguir inversores, tecnología y clientes. En ese impulso privado se debe confiar y a él se debe apostar. Y también allanar los caminos para esa gestión. Y, paralelamente, no hay que tener miedo de importar, aunque se pise alguna comodidad. No sólo porque importar y exportar son parte del mismo proceso, y no meramente por los insumos, sino porque ello implica dar prioridad al consumidor, y no a los factores de producción como hoy. 

 

La prolijidad presupuestaria que se procura hoy es imprescindible y encomiable, pero no suficiente. Se corre el riesgo de fomentar la tentación de una alternancia cualquiera a aprovechar ese alivio para insistir con el mismo remedio populista por un tiempo, para volver a caer en la tristeza económica. 

 

El Mercosur ha muerto. Por suerte. Es hora de vacunarse contra el complejo de pequeñez. 

 





Urge un segundo resuello

 

Las reformas que postergó la pandemia, o las que nunca se pensaron


 
















En su última nota de 2020, la columna planteaba el daño que la pandemia había hecho al proyecto de la coalición, no sólo en cuánto obligaba a subsidios y gastos ni remotamente previstos, sino que, al hacerle perder un año (o dos hasta que el virus quiera) se había esfumado el momentum político vital para encarar cambios de fondo. Hoy, mientras el gobierno está apaleado por el egoísmo que sufren los países pequeños para conseguir unas miserables vacunas, el Pit-Cnt, la verdadera oposición, está movilizando a su instrumento, el Frente Amplio, en la consecución de firmas para derogar las tímidas modificaciones de la LUC. 

 

El aislamiento potenció el desempleo global y forzó un socialismo de facto virulento: los estados poniendo plata en directo en el bolsillo de la gente. The Helicopter Money, el absurdo que Friedman usara para explicar la inflación, se tornó política de estado, en Uruguay, por suerte, con mayor prudencia. Ese mecanismo infantil de falso reparto de riqueza vía transferencias del BROU (equivalente moderno al helicóptero) conque la izquierda local y mundial soñaban como una utopía, (apoyado por unos billonarios que sueñan con emular a Marx y su comunismo de living lujoso) será casi imposible de retrotraer. De modo que en el futuro no sólo escaseará el empleo, sino también trabajadores. 

 

Los países centrales tienen aún instancias para demorar y hasta remediar parte de ese efecto paradojal, en especial si encuentran los caminos para volver a tener gobiernos de estadistas en vez de burócratas populistas de dudosas conductas financieras, ellos o sus familiares. (Otra nota) 

 

Igual línea sigue Un Solo Uruguay en un reciente comunicado que muestra una mezcla de desilusión y pesimismo sobre la viabilidad de concretar las reformas de fondo que ya se requerían antes de la pandemia, que las postergó. ¿La pandemia?: la reforma más potente proyectada por el gobierno, que era la liberalización de la importación de combustibles, se dejó de lado sin siquiera esperar los embates del Frente. Bastó con la oposición interna, representada por el pensamiento estatista-cepaliano-mussoliniano de sectores de la coalición, que piensan como en 1950. Implicaba un cambio de fondo, no sólo porque habría traído un atisbo de competencia, sino por abrir la discusión sobre la función de Ancap y su misma existencia, y sobre el concepto amplio de comercio internacional. Uruguay recién está por descubrir que la principal razón por la que se exporta es para poder importar, y que, para poder importar, hay que exportar.  Y viceversa. 

 

Sólo un ejemplo: se empieza a apreciar el peso. Según los politólogos y políticos avezados, “con dólar barato se ganan elecciones”, un pensamiento precario y populista, que termina siempre en caída de empleo (privado, no estatal, que es una farsa) endeudamiento, inflación o más impuestos. La economía está así desestimulando las exportaciones cuando justamente necesita diversificarlas. La solución no es que el estado salga a emitir y comprar dólares y así hacer subir el valor de la divisa. La solución es aumentar las importaciones. El combustible habría sido un buen comienzo. No fue una omisión menor.

 

Durante el gobierno frenteamplista se acumularon paciente, sistemática y eficazmente cientos de disposiciones constitucionales, legales, convencionales, normativas, judiciales y de uso proteccionistas, laborales y estatistas, que castigarán a Uruguay en breve. Porque la contracara de la reacción de los países grandes, condena a los países de producción primaria a la miseria. Si todas esas reglas quedan en pie, no sólo el gobierno carecerá de triunfos económicos para exhibir, sino que a medida que se acerque 2024 las inversiones y radicaciones – ya retrasadas por la pandemia - comenzarán a dudar. 

 

No hay que descartar el ejemplo de Macri en Argentina. Los primeros dos años fueron de “gradualismo en el ajuste porque la situación no permitía otra cosa”. Para terminar con endeudamiento, inflación y un ajuste de apuro, culminando en una estampida cuando las PASO desnudaron que volvía la peor franquicia del peronismo. 

 

Salvando todas las distancias, los potenciales inversores en Uruguay pueden empezar a preguntarse a medida que pase el tiempo sin cambios, si a situación no es parecida y si no enterrarán su capital en un país con una legislación socialista confiscatoria donde sea imposible exportar o competir, y donde un nuevo gobierno del Frente Amplio termine pescando en la pecera, por más que no flote en el aire el equivalente de Cristina. Por eso es vital que el gobierno recapitule y retome la iniciativa de los cambios que deben trascender su propia conveniencia política. Cambios duraderos, que deben hacerse sin esperar la vacunas. Y aunque no hayan sido pensados en el comienzo, ni imaginados, deben idearse y aplicarse ahora.

 

En boxeo se usa una imagen: cambiar el aire. Cuando el púgil está cansado, cuando parece bajar los brazos, hay un momento milagroso en que “cambia el aire” y vuelve a su plan de pelea original, es decir vuelve a pensar, no a pelearse. Y se recupera. La pandemia fue un golpe duro que consumió energías, prestigio y capital político del gobierno. Y en ese proceso también se produjeron fisuras internas, algunas francamente inaceptables. También la oposición está aprovechando el momento para insistir en sus reclamos populistas, aunque eso no le sirva al país. Es el momento de un segundo resuello, como dice el paisano. Es el momento de enfocarse, encontrar las propuestas y tener la fortaleza de hacer lo que se debe hacer. 

 

De lo contrario, la coalición, sus partidos y el presidente corren el riesgo de ser apenas una pausa, un interregno, una esperanza fallida.  Como lo fue Macri. Hay enormes diferencias, por supuesto, pero el efecto y las consecuencias son similares. 



 


En defensa de Fernanda Vallejos

 

La diputada peronista (franquicia kirchnerista) no se equivoca. Sólo le falta completar el concepto




 

Toneladas de insultos y descalificaciones caen sobre la diputada-economista tras su afirmación de que exportar alimentos es una maldición. En un esfuerzo para ser imparcial y dejar el fanatismo de lado – que es malo para pensar - esta columna sostiene que la legisladora no está totalmente errada. Sólo que su pensamiento es incompleto. (Pausa para que el lector me insulte, descalifique y diga que soy un burro y que no aprendí nada de economía)

 

Michael Coe, el antropólogo, arqueólogo y lingüista, sostiene en su libro “Breaking the Maya Codex” de 1992, que el maíz fue simultáneamente la bendición y la maldición de los pueblos aborígenes del sur del Río Grande. Porque si bien era fácil de cultivar y los mantenía vivos con poco esfuerzo, (recordar el rudimentario sistema de cultivo de tirar la semilla en agujeros que hacían con una rama) carecían de suficientes proteínas cárneas para ser fuertes e inteligentes como para defender su territorio y su cultura y terminaron diezmados, dispersados y subyugados por varias fuerzas conquistadoras. 

 

La afirmación es toda una metáfora. Los pueblos que tradicionalmente produjeron primordialmente materias primas, (Fernanda las rebautiza alimentos) casi siempre al amparo de un clima y un suelo benignos, no han tenido en general mucha suerte en su desarrollo. En especial aquellos que no supieron ganarse el favor del imperio inglés y su sucesor americano en su momento, como Australia, Nueva Zelanda o Canadá, favor que Argentina terminó de pulverizar con el default británico y la expropiación peronista de los frigoríficos. Bastaría recordar todos los libros y películas que se han inspirado en las maldades a las que eran sometidos los productores de aceite de copra o coco, símbolo del subdesarrollo. 

 

También el concepto de Coe está presente en la teoría entre antropológica y socioeconómica de que los países bendecidos con climas suaves y suelos favorables no son los que más han progresado, recostados sobre la facilidad para proveerse alimento y abrigo. Lo que parece una bendición termina siendo una maldición, como dice la legisladora. Es como si la comodidad acostumbrase a toda la sociedad a un cierto facilismo que la hace poco laboriosa, poco sacrificada y poco propensa al esfuerzo, al trabajo y mucho menos al sacrificio. 

 

Al mismo tiempo, los productores de materias primas siempre han sido despreciados y abusados por el primer mundo, ya que no son formadores de precios y en consecuencias están sujetos a las leyes del mercado más duras. A estos hechos hay que agregar el aspecto poblacional. Nueva Zelanda, y aún Australia, mantuvieron durante muchos años una población limitada, al amparo de la distancia y de sus propias leyes. En el caso de Argentina, 45 millones de habitantes declarados no pueden ser mantenidos exclusivamente por el agro y la exportación, pese a todos los records que se han batido en materia de producción en los últimos años. También se sufre en muchos casos el efecto del Dutch Desease, la enfermedad holandesa, que consiste en que la moneda local se aprecia frente a las monedas duras debido al ingreso de divisas de exportación, lo que torna siempre poco competitiva a la industria local, en especial en los comienzos de su desarrollo. 

 

Y aquí empieza el problema.  La teoría económica acuña el concepto de las ventajas comparativas y la especialización. O la de producción de mantequilla y cañones que popularizara Samuelson, aunque fuera más antigua. Si un país produce mantequilla y cañones, debe especializarse en lo que más barato y eficientemente produce y exportarlo, y comprar lo que ha dejado de producir. O sea, mantequilla o cañones. No ambas cosas. 


La nefasta CEPAL, con el apoyo teórico del tucumano Prebisch, menos inspirado que Alberdi o Roca, convenció a Perón, (que no necesitaba mucho para convencerse) de las ventajas de producir ambas cosas, usando los producidos de una para subsidiar a la otra. Ahí nace la industria mussoliniana, y los sindicatos argentinos. Un pastiche entre el estado, las fuerzas armadas, unos cuantos empresarios amigos y los sindicalistas millonarios o gordos, de los que el mejor representante es hoy Hugo Moyano, no tanto por lo gordo, sí por lo de millonario. 

 

En el afán, habrá que suponer lógico, de agregar valor y también de agregar productos industriales, se consumían los recursos privados de la exportación de carne y cereales para supuestamente ayudar a una industria naciente, que hace 75 años que viene naciendo y que aún no ha pasado de la categoría de bebé. Para evitar los efectos de la maldición a que hace referencia la diputada colega del FdT se usaron diversos procedimientos, desde el criminal IAPI de Perón, hasta las juntas de granos y carnes que venían desde siempre. Luego las retenciones, los controles de tipo de cambio, paridad administrada y otros subterfugios para evitar el efecto sobre el dólar, la inflación y de paso, se controló con recargos y prohibiciones la importación, para proteger a la eterna “naciente” industria nacional. 

 

El mecanismo fue permanente y tuvo diversos nombres, desde “vivir con lo nuestro” a substitución de importaciones, compre nacional o versiones mas sofisticadas como “desarrollismo” más o menos la misma cosa. 

 

La teoría económica pura, que no ha fallado en general cuando los políticos no impidieron aplicarla con su demagogia en todo el mundo, también dice que lo de mantequilla o cañones funciona aún cuando no exista reciprocidad, porque el consumidor de un país se beneficia con los subsidios de otros países cuando importa sus bienes. Pero eso no conviene cuando el estado y sus socios privados amigos quieren hacer negocios. Por eso se pusieron y ponen trabas de todo tipo al mercado de cambios, a la importación y a la exportación.

 

Obviamente, el mundo está lleno de proteccionistas, con lo que es muy difícil exportar, como lo saben Japón, China, Corea del Sur, Taiwan y cualquiera que intente exportar cualquier cosa. Por eso es importante que, cuando no se trata de “comida” como diría la colega Vallejos, se deba competir por precio. Para que ello sea viable hacen falta algunas condiciones: seguridad jurídica, sistemas salariales flexibles y variables, bajos impuestos, moneda estable, razonable equilibrio fiscal y confianza en el país y sus sistemas económico y de gobierno. En cuando al tamaño de población, también la teoría dice que todo aumento poblacional crea su propia demanda, y eso incluye la demanda laboral, que hace crecer el empleo. Claro que si los sindicatos y el estado imponen un sistema rígido laboral la teoría deja de funcionar.

 

En tales condiciones, a medida que aumenta la población por la razón que fuere, el empleo no alcanza. Si esa falta de empleo se soluciona con gasto del estado, entonces el costo de producción aumenta, con lo que la exportación de cosas que no sean una maldición se hace imposible. A esa altura, no hay otro camino que pedir crédito, emitir y crear déficit. Cuando esos recursos (increíblemente) se agotan, por razones varias, entonces hay que aumentar los impuestos. Con lo que los exportadores de maldiciones pasan a maldecir, y entonces las exportaciones no alcanzan para mantener a todos. Sin contar conque finalmente, todo el país vive de los que exportan maldiciones. 

 

Llegando a la modernidad, actualidad o contemporaneidad, para usar un idioma político en boga, la otra manera de dejar de maldecir el ser exportador de comida es exportar conocimiento o tecnología, o sea, educar a la población y prepararla técnicamente, y de paso cívicamente. Esa opción tampoco está disponible, ahora por la pandemia, o por la acción sindical con la excusa de la pandemia. Y antes, por varios años, tampoco estuvo disponible por la acción de los mismos sindicalistas con el apoyo del estado, que necesita que la población se deseduque. 

 

En tales condiciones, como les pasó a los mayas, a los aztecas y a los diaguitas, es muy difícil dejar de tener sobre nuestras cabezas la maldición de tener que exportar commodities. Y lo que es peor para esos exportadores, que los ingresos por esas exportaciones se les reduzcan a la mitad para mantener a los que no exportan ni producen maldiciones, ni ninguna otra cosa. O sea, tenemos los malditos planeros, jubilados sin aportes, AUH y piqueteros que mantener, a costa de los productores de la maldita comida. 

 

Un gobierno no peronista, o no populista, para mejor decir, habría buscado un equilibrio entre el crecimiento poblacional, la inversión, la competencia, los derechos laborales, el sindicalismo, el asistencialismo, la educación, la seguridad jurídica, la libertad de mercado y la prudencia presupuestaria, equilibrio que han logrado otros países que también padecen la maldición de exportar comida, aunque no padecen la maldición de los gobiernos que – casi unánimemente han pululado en Argentina desde 1929 en adelante. 

 

En este momento singularísimo de la humanidad, muchos países de primera magnitud que han sido capaces de producir y vender mantequilla y cañones están dando los primeros pasos para lograr no poder producir ni lo uno ni lo otro, aunque aún tengan resto. Argentina, sin ningún resto, con el gobierno de la franquicia al que pertenece la diputada en cuestión, se adhiere fervientemente a semejante suicidio económico, al que ya viene adhiriendo desde décadas antes de su misma existencia, con lo que seguirá sufriendo los efectos de la maldición de la exportación de comida. Claro que esa exportación será cada vez menor, como ocurrirá  con sus oportunidades de vender otra cosa, para lo que no tiene ninguna chance mientras el pensamiento socioeconómico sea el del Frente de Todos, la Cámpora, el Instituto Patria y el dúo de los Fernández. Otra oportunidad que se perderá. 

 

Pero la frase de la economista no fue desacertada en su esencia. En lo que se equivoca es en todo lo demás y en el modo en que cree que esa característica se soluciona. Pero hay que aceptar que fue fiel a toda la trayectoria de su movimiento, el peronismo, que viene pensando así desde hace varios defaults y varias hiperinflaciones, sin haber cedido ni un ápice en sus ideas. Con las consecuencias fatídicas correspondientes y empeñado crecientemente en confiscar el esfuerzo de algunos esforzados malditos para mantener a los muchos no malditos que nunca trabajan y nunca trabajarán, incluyendo a sus políticos y socios. 

 

Dentro de su línea doctrinaria genética, ciega e irrenunciable, el planteo de Vallejos tiene una gran dosis de coherente cordura partidaria. En el mismo sentido que le diera al término el inmortal Antonio Machado: 

 

esta alma errante, desgajada y rota

purga un pecado ajeno: la cordura, 

la tremenda cordura del idiota. 

 

 

 



Publicada 29/12/20 En El Observador

El largo momento más difícil 

 

Todo hace pensar que el año bisiesto, con sus efectos agoreros, será el 2021

y no el 2020, no sólo en la salud de los orientales





















Si hubiera que encontrar un símbolo del complicado momento pandémico que atraviesa Uruguay, ninguno mejor que el ofrecimiento argentino de ayudarlo a conseguir una vacuna contra el Covid-19. Si bien es de destacar y agradecer el gesto, hay un contenido irónico no inocente en la generosa oferta, sobre todo proviniendo de quien por razones secretas - o inconfesables – dejó caer la posibilidad de adquirir las vacunas de Pfizer y está sometiendo a su sociedad a un experimento putinesco que la puede lanzar a la estratósfera, con perdón por la alegoría. Fernández le cobra con sarcasmo cristinista a Lacalle Pou su incursión mediática sobredimensionada que lo mostró como un superhéroe en la lucha contra el coronavirus. Difícil creer que se haya tratado de un pedido del Canciller Bustillo, sería adjudicarle una torpeza inaceptable. Peor si creyese en serio en la posibilidad de usar a la sociedad uruguaya como cobayo, como Laika de la Sputnik V. Más grave aún si colaborase con el marketing espurio. Si tal fuera el caso, habría que recordarle un dicho que, parafraseado, diría así: “el que se acuesta con fernándeces, vacunado se levanta”

 

Fuera de ese tema, el recrudecimiento de los casos y las muertes es lapidario. Como todos los gobiernos de todos los países, la coalición sufrirá las críticas, las acusaciones y el desgaste en la opinión pública, más allá de cualquier decisión que tomare, y es justo que así sea, del mismo modo que gozó del efímero éxito de un arranque lento de los casos, beneficio que colaboró a hacer bajar la guardia de la prevención responsable. El concepto affichesco “El tapabocas es la única vacuna disponible” se entendió como un ejercicio de la libertad personal. Acaso habría sido mejor leerlo como “Tu tapabocas es mi única vacuna disponible”. 

 

Apostar al proyecto COVAX, como hizo Uruguay, parecía lo indicado, si no hubiera sido por tres factores. El primero es que la OMS es una burocracia inútil, quizás el único acierto entre los odios de Trump. El segundo es que Pfizer llegó primero, tanto por marketing como por la ayuda estadounidense, y no formaba parte de ese proyecto. Y el tercero es que la combinación volumen-dinero-sobre-la-mesa mueve montañas mucho más altas que las bucólicas cuchillas uruguayas. A eso hay que agregar los atrasos de Astrazeneca, Moderna y la vacuna china, que están a un paso de ser homologadas, y que sí forman parte del proyecto comentado. Todavía no está jugada la última carta en este tétrico póker, aunque lo cierto es que por ahora aparecen 30 países vacunando y otros 30 a un paso de hacerlo, lo que crea indefectiblemente un efecto de inoperancia e indolencia que tiene fuertes repercusiones políticas. 

 

Con esa premisa, la de asumir que será culpable cualquiera fuere la evolución de la enfermedad y los muertos, lo mejor para el gobierno es hacer lo que hay que hacer, sin locuras y sin flaquezas. Y decir claramente la verdad, explicar la situación, las razones y los tiempos. Y también las limitaciones de todo tipo que tiene el país para conseguir igualdad de trato. Algo parecido a lo que se decía ayer en la interna multicolor.  

 

Aún suponiendo con optimismo que se comenzase a vacunar en el primer trimestre del nuevo año, no se recuperará ni lejos la actividad plena en 2021, y eso incluye las clases escolares, que son el rompeburbujas ideal y que contribuyen a todo tipo de aflojamientos y descuidos en la actividad de las personas. De modo que cualquier recuperación retrocederá durante todo el nuevo año. Esto es grave presupuestariamente, pero también en las expectativas, al atrasar decisiones, contactos, emprendimientos, entusiasmos, evaluaciones, hasta el simple intercambio de ideas. Pocas veces ha resultado tan evidente el efecto de la acción humana en la economía, o mejor, pocas veces se ha probado tan contundentemente que la economía es simplemente la acción humana. 

 

Consumir dos de cinco años de un proyecto transformador y de resurrección dedicándose a tratar de que el país no se hunda aún más, es un daño de fondo de casi imposible recuperación. En el mejor de los casos, cualquier cambio que se logre hacia una sociedad de libertad de comercio, de valorización y respeto por el inversor, el capital y el ahorro, será usufructuado por el próximo gobierno u ordeñado o desbaratado, depende.  

 

Lo más grave, sin embargo, es que será muy difícil lograr que el estado se haga cargo de las subsidios que hasta hoy se otorgan, o mayores todavía, como se reclama y se reclamará. Las estadísticas no aclaran qué parte de la pobreza o del desempleo tiene que ver con la acción de s gobierno, con las ideas o con la pandemia. Serán esgrimidas como elemento de validación para todo tipo de accionar. Todo tipo. Como los presupuestos no permitirán semejantes generosidades, ni tampoco semejantes emisiones, ni el PIB permite más endeudamiento, la tensión será una constante y un fuerte torpedeo a los planes del gobierno. 

 

Además de los problemas auténticos, debe tenerse presente que los repartidores de salarios universales del mundo utilizan los parches aplicados a las cuarentenas globales para pregonar el éxito de sus teorías generosas y facilistas de felicidad para todos, cuando en realidad, se trata de medidas desesperadas de emergencia de corto plazo que estallarán si no pueden reducirse en un plazo no demasiado largo. 

 

Así como cada individuo ha puesto en suspenso su vida y la de su familia, sus proyectos y sueños por temor al virus, el otro virus del voluntarismo populista pone en suspenso la vida de las naciones. 2021 amenaza ser otro año en pausa para la economía y la sociedad uruguayas. El deseo de la columna para el nuevo año es estar equivocada en esta predicción. 







Argentina no ha muerto, sólo está 

en coma inducido kirchnerista

 

Urge una vacuna para la nueva cepa de Cristina, capaz de demoler cualquier economía, cualquier sociedad, cualquier país 





 

Para muchos que observan desde afuera, la situación del vecino es terminal. Hasta no falta quienes se regodean ante la agonía dolorosa de un país que otrora ostentó (demasiado) su riqueza y su cultura, y que ahora agoniza humillado y de rodillas, mendigando ayuda y batiendo records de pobres, muertos y déficits, sin que se avizore ni siquiera un esbozo de cambio, al borde mismo de la sumisión.  

 

Habrá que explicarles de nuevo algunas cuestiones que se omiten en el análisis superficial, o que se ignoran deliberadamente al repasar la historia y las causales que han llevado a esta instancia crucial, que van más lejos que lo que se conoce como peronismo pero que se enraíza en la demagogia del segundo gobierno de Yrigoyen y en el intento de las dictaduras militares posteriores de ganar el favor del pueblo con reparto de bondades, lo que ahora se conoce como populismo. Perón fue el fruto inventado institucional de esos intentos, que potenció y llevó al fanatismo, apoyado por los consejos proteccionistas del Stiglitz de esa hora, Raúl Prebisch, y alentado por su nefasta Cepal (nefasta antes y ahora) una industria protegida, mussoliniana y delictiva, mescolanza de amigos con permisos excepcionales, entreverada de la peor manera con militares metidos a dirigir empresas supuestamente estratégicas, como era la moda. 

 

Desde ahí en más, ningún gobierno de ningún signo se pudo liberar del prebendarismo, el populismo y la corrupción inherente a ese sistema. Al contrario. Toda la política fue adoptando las prácticas del justicialismo, incluyendo la corrupción. Aún las peores dictaduras aplicaron como herramientas la emisión, el déficit, el gasto, el endeudamiento, la coima, los sainetescos controles de precios. El temible Onganía inventa las Obras Sociales y se las regala al sindicalismo peronista millonario, la revolución del tirano Videla termina con controles de precios, tipo de cambio regido con una tablita devaluatoria, inflación reprimida y un sistema bancario amiguista, prebendario y corrupto, hasta hoy impune y, dando un gran salto para no redundar, Macri endeuda absurdamente al país para seguir repartiendo regalos a las provincias vía el ministro Frigerio y subsidios vía la ministra Stanley, que se los regaló a las orgas piqueteras y a sus dirigentes mordedores. ¡Y aún soporta hoy el fuego de examigos que lo acusan de no haberse acercado lo suficiente al peronismo! Y peor todavía, un sector importante de Juntos por el Cambio cree que su error fue no haber sido más peronistas. 

 

El retorno previsible del kirchnerismo, la franquicia actual del peronismo, con la amenaza inmediata del advenimiento de la franquicia sucesora heredada, el maxicamporismo, no solamente ha desatado una emisión descontrolada, sino que ha ahuyentado todo atisbo de inversión y ha acelerado la desinversión y el éxodo, con impuestos, inseguridad jurídica, improvisaciones, persecuciones a empresas, aumento de la burocracia y el gasto, amenazas permanentes y crecientes de regulaciones y expropiaciones, solidaridad con regímenes dictatoriales asesinos, disolución social, carencia de todo plan y presupuesto serio, una lista de defaults ocultados con apodos distintos y distintas complicidades, una estafa a los jubilados legítimos, una conducción incapaz, delirante e impredecible y, además, un nuevo endeudamiento.

 

La pandemia ha agravado algunas situaciones, pero aún sin cuarentenas y sus efectos el cuadro habría sido el mismo. Acaso es al contrario, la acción del peronismo agrava ahora los efectos de la pandemia, en lo económico, en lo social y de yapa en lo sanitario, con el paso de vouedeville irrespetuoso con la vacuna de Pfizer. Y falta agregar el constante ataque a las libertades, que el viernes la presidente virtual se encargó de reactivar, con la amenaza renovada de controlar los sistemas de Internet, y peor, de apoderarse del sistema de salud privado, único que funciona. 

 

Ningún país del mundo puede soportar lo que hizo y hace el peronismo (franquicia kirchnerista) sin ir a la ruina en poco tiempo. Contrario sensu, si milagrosamente se descubriera una vacuna contra el virus Cristina y sus políticas y delirios desaparecieran súbitamente del escenario argentino, el país despertaría y entraría en vías de recuperación instantáneamente. 

 

Lo que lleva a otra conclusión: todo país que copie el sistema asistencialista, de desestímulo al trabajo que crean los subsidios que en Argentina llegan a 20 millones de planes por mes, que pulverice y desprecie la inversión, que use los impuestos para mantener conquistas que no se ganaron o para cerrar las cuentas que los gobiernos no se atreven a controlar bajando el gasto, tendrá tarde o temprano el mismo final que ahora amenaza a Argentina. Si a eso se le agregan el odio, la psicopatía, la necesidad de impunidad y la decisión de destrozar la justicia y con ella la república, es obvio que el enfermo va a morir. Lo que se puede discutir es el tiempo que tomará cada organismo en hacerlo. 

 

Vale repetir un concepto: que la pandemia haya hecho que se recurriera a una emisión desesperada y a regalar ingresos sin trabajar no significa que ello sea sostenible ni que carezca de efectos graves. Ni la tasa cero de interés quiere decir que hay gente en el mundo dispuesta a financiar el populismo de ningún país. Ni aún las potencias más grandes están fuera de la regla, aunque los ideólogos crean que le han doblado el brazo a las reglas económicas. Argentina es, simplemente, un precursor, un adelantado. Lo que le ocurre es lo que le ocurrirá a cualquiera que copie sus procederes, o continúe haciéndolo. Y los efectos serán proporcionales cuánto en más aspectos se la copie.  Argentina, un ejemplo. 

 



La Madrina IV


 

 
















Desde principios de diciembre arrecian los avisos en todos los medios explicando los logros del gobierno, repitiendo la cascada voz de Alberto Fernández enumerando logros que sólo él ve y predicando el bienestar que está consiguiendo el pueblo bajo su mandato. (Jubilaciones, destacó anoche entre sus éxitos) O, adicionalmente, mensajes de bondad, solidaridad y empatía inventados e increíbles. Se trata de la clásica pauta, que, si bien no se había eliminado del todo, revive y se recupera de los cortes importantes pero insuficientes de la era Macri. Como se sabe, uno de los temas más complejos y engorrosos que debe encarar el peronismo, es confeccionar los avisos que justifiquen el pago de los espacios respectivos. Lo que da origen a dos negocios. O a tres. La creatividad de los avisos, casi siempre confiados a empresas ad hoc e ignotas, pero carísimos y ridículos, el pago del aviso o pauta al medio y comunicador, y el retorno, que como se sabe no existe, pero nunca baja del 15%. Además de la contraprestación de obsecuencia y obediencia que se espera como rédito de tal generosidad. 

 

Lo que muestra algo que hasta ahora no se había descripto. Para dominar al periodismo y manipular a la opinión pública no hace falta leyes opresivas, persecuciones judiciales inventadas como la de Daniel Santoro, escarnecido y martirizado por los defensores de Cristina, (defensores en sentido penal jurídico, o algo así) ni reformas constitucionales o de la justicia, ni amenazas, escraches o ataques físicos. Basta con fomentar que aparezcan cientos, miles de medios nuevos, y también cientos, miles de periodistas que soliciten auspicios, para disponer de una masa complaciente cuya supervivencia dependa exclusivamente de la pauta oficial, sindical o de alguna empresa con asociación impublicable con el estado. Sacerdocio informativo hybrid sin sacrificios. 

 

Una vez que se produce esa dependencia vital, todo es cuestión de aumentar el valor del auspicio, de retacearlo o de ofrecerlo oportunamente, como una golosina a un perro.  Seguramente un mínimo elogiable de protagonistas rechazará la sola idea. Pero una gran masa considerable, tanto de medios como de periodistas, será tentable por la metodología. Cualquiera familiarizado con la actividad sabe lo difícil, casi imposible que es subsistir en el medio, en especial cuando el lector, oyente o televidente no quiere comprender la importancia de apoyar con su suscripción al medio en que confía y dejarlo librado a “vivir de la publicidad”, una frase que condensa toda la superficialidad del público y la poca importancia que otorga a la tarea vital de la prensa libre e independiente en su vida, en la vida de la sociedad y en la defensa de la libertad. Resulta penoso y lamentable escuchar a esos comunicadores “mangueando” pauta oficial desde su micrófono, para no hablar de lo poco creíble que resulta su opinión después de semejante proceso de mendicidad. Eso suponiendo que el pago es mediante un auspicio o aviso y no en otra especie. 

 

Paralelamente, también resulta asqueante ver cómo magistrados y profesionales del derecho están dispuestos a cambiar su opinión jurídica de un momento para otro, ni siquiera con la excusa inválida de una supuesta militancia partidaria, sino a cambio de favores o dinero. Por ejemplo, el límite de 75 años para el retiro del servicio de justicia, otro regalo del bondadoso Alfonsín, que, en vez de servir para oxigenar el Poder Judicial, sirve como prenda de cambio de todos los acomodos. ¿Qué importa si la Corte declara inconstitucional o no la ley que modificó el Consejo de la Magistratura hace un lustro, o si se impiden los cambios legales que proponen los mandaderos de la Gran Procesada, si es mucho más fácil convencer a un magistrado o a un profesional para que vote de uno u otro modo según lo que acuerde? ¿Qué importa defender las instituciones si los individuos van a vender su opinión o su convicción al mejor postor? Una cadena no es más fuerte que el más débil de sus eslabones. 

Se acepta como un hecho que el deterioro de la educación en todos los niveles ha terminado formando egresados con un importante bagaje de desconocimiento e incompetencia, además de crear militantes desinformados o deformados que terminan legislando de cualquier modo, una de las herramientas más utilizadas por el gramscismo, y también por las maquinarias de corrección política que instalan agendas siempre disolventes y siempre esclavizantes. Pero no se pone atención en que una de las mayores deficiencias en la formación académica se da en el aspecto ético, que otrora era esencial y también constituía una garantía de seriedad profesional. Recuérdese cuando al médico se le pedía opinión sobre los temas familiares porque su ética era indisputada y su palabra santa. 

 

Como si se hubiera puesto especial esfuerzo en lograr semejante deterioro, la ética como materia de estudio, cuando existe, es una bolsa de patrañas ideologizada y superficial. Los ejemplos no existen ya tampoco ni en la docencia ni en el comportamiento de los políticos. Los comentaristas especializados demuestran su sapiencia “poniéndose en el lugar” de los políticos y tolerando y justificando su maquiavelismo antiético, y lo mismo se ha acostumbrado a hacer la sociedad. Lo que en las grandes universidades mundiales es un tema central, en Argentina es un relleno. A esto habrá que agregar la gran cantidad de políticos recibidos de abogados en dos años, cuando se toman el trabajo de fingir una carrera, o con títulos falsos o comprados, como el diploma virtual de la vicepresidente guardado en una caja fuerte a la que es tan afecta, seguramente por lo valioso de la rareza. No es exactamente una fragua de comportamiento ético. 

 

En esas éticas y estéticas devaluadas y truchas se forja el comportamiento profesional y social de la argentina de hoy. Sobre esos ejemplos se construye la supuesta estructura moral sobre la que se basa el contrato social, que tanto gusta mencionar la dueña del Senado. En este medio actual, la ética es casi una percepción personal optativa, una mera preferencia, como la sexual o de género. Una opinión provisoria y opcional, que se cambia por unos dólares. Los políticos y la prensa han racionalizado el delito. El concepto de negocio político, el de político profesional, el cambio de posición o de convicción por especulaciones personales o por corrupción, o por lo que fuera, es hoy no sólo aceptado sino considerado valioso y componente destacado de la inteligencia y capacidad funcional, sinónimo de habilidad política. 

 

En otro momento de la vida nacional, o en otra época argentina más gloriosa, debería decirse, un cambio inexplicable y brutal como el del doctor Recondo en su posición sobre el Consejo de la Magistratura habría terminado en suicidio, por la razón que fuese. La ética en ese entonces se llamaba honor. Parece exagerado, pero tras su regalo a la expresidenta de la independencia judicial, el silencio de sus pares más respetables debe hacerle el mismo estruendo que un balazo.  

 

Para ponerlo en términos más entendibles, bajos, groseros y baratos, el presidente, que miente y se contradice en cada palabra, en cada discurso, en cada frase, en cada promesa que hace y en cada explicación que da cuando no cumple las promesas que hace y toma por idiota a toda la ciudadanía, (como anoche) enseña Derecho Penal en la Universidad de Buenos Aires, donde se formaron muchos prohombres, y promujeres que fueron señeros. El mismo presidente que lucha denodada y disciplinadamente por la inmerecida impunidad de sus socios peronistas. La ética ha muerto. Junto con la ley. 

 

Si la prensa no está para señalar la corrupción de los ladrones públicos, como decía Pulitzer,  por falta de coraje, por presiones o por compra al contado, si los abogados y los profesionales elegidos para respaldar con su ética, su probidad, su formación y su conducta se venden o se entregan y no defienden lo que han sido elegidos para defender, no hay Constitución, ni Corte Suprema, ni Consejo de la Magistratura que resista. Ya ni siquiera es cuestión de magistrados. Es cuestión de ética, compromiso y honor de quienes reciben la confianza de sus compatriotas, con el formato que fuere.  Quién tuvo la culpa de semejante situación no es tarea de esta columna, ni está en capacidad de discernirlo. Pero las consecuencias están a la vista, y como ya se ha dicho, son multipartidarias, en grado diverso.

 

Los grandes empresarios, contratistas, supuestos inversores con dinero del estado, permanentes mendicantes de la ayuda y solidaridad del estado y la sociedad, se acomodan a esa misma ética de cabotaje, que les resulta muy conveniente y rentable. Para estos capitalistas ricos a costa de demandar al estado en juicios provocados y de un proteccionismo que los defiende de toda incomodidad, la ética, concebida como aquí se describe, también es una molestia inaceptable. De modo que su solidaridad con sus socios estatistas es absoluta, y el concepto ético es motivo de burla, como si se tratara de una inocentada infantil. De modo que tampoco cabe esperar por ahí una resistencia, un llamado de atención o un cambio. Al contrario. La corrupción de las conductas no es sólo multipartidaria, también es multisectorial. 

 

En ese marco, aparece la pandemia, que el gobierno del disléxico dúo Fernández- Fernández ha manejado tan mal, con tantas contradicciones, mentiras y hasta bloopers que casi llamarían a la risa cuando los protagoniza el ministro de salud, un ministro de cartoon, o de cartón, quien sabe. De nuevo se llega a las instituciones y a las personas que las representan. De nuevo se llega a la sospecha generalizada en un tema que no admite falta de ética: los muertos. ¿Gines González miente para proteger al presidente o ejercita su propia torpeza sin sanción? ¿La sufriente sociedad no merece una respuesta y una explicación que no sea un verso a lo que pasó con Pfizer? 

 

Casi en bloque la sociedad no anestesiada por el discurso ideológico cree que detrás del reemplazo de la vacuna de la empresa americana por la rusa o la que venga se oculta una maniobra dolosa de las que se han denunciado varias en los gobiernos kirchneristas. ¿Habrá alguien que tenga la responsabilidad para hablar? ¿Se comprenderá este clamor de que el pueblo quiere saber de qué se trata, como en 1810? ¿Qué nos están haciendo? Es la pregunta latente desesperada. ¿Qué nos van a hacer? 

 

En los libros que cuentan la historia de la mafia - ficcionales o históricos – el capomafia siempre se ocupa de poner algún límite. “En ese negocio no participamos”- Decía don Corleone, por ejemplo. No distinto a los límites que fijaban en la realidad Al Capone o Giancana. No conforme con la fidelidad de sus películas a los libros originales de Mario Puzo, Francis Ford Coppsola se apresta a filmar una suerte de El Padrino IV, con un nuevo final para El Padrino III. 

 

Argentina también está en su cuarta versión de kirchnerismo, que esta vez no parece respetar ningún límite, en lo jurídico, lo constitucional, lo electoral, lo económico, en la impunidad, en la vocación de disolución de soberanía y unidad territorial y cultural, y ahora en la salud pública. Y, siguiendo con la comparación con Chicago del ‘29, no parece tener una conducción única que determine qué es lo que no está dispuesto a hacer, dónde quiere detenerse o en qué punto estará satisfecho. Y esta no es una referencia al gobierno exclusivamente, sino a todo el sistema descripto y a cada uno de sus componentes y cómplices. 

 

Como parece que el presidente se ha subordinado y ha besado el anillo de su vice, (Hice lo que me mandaste - confesó ayer) habrá que descartar, afortunadamente, una solución al estilo de Puzo cuando se estorban dos padrinos de igual nivel.  Pero la que sí ha llegado a su limite es la sociedad no adormecida, que está empezando a clamar por un Elliot Ness. La tramoya de la vacuna es un límite inaceptable. Aún para un pueblo camino a la sumisión.