¿Por qué agoniza Argentina? 

La disección del cadáver del vecino sirve para tener claro lo que no hay que hacer por ninguna razón, más allá de las tendencias inducidas e inventadas





















Es fácil describir los problemas de Argentina y predecir su futuro. La columna ha sido pionera en incurrir en tales facilismos. Más importante y aleccionador, en cambio, es reflexionar sobre las causas profundas de la aniquilación de un país que lo tenía todo y que está al borde de su degradación a feudo. 

Desde 1943, gradualmente al comienzo, más veloz y profundamente luego, en fatal sinusoide, el país se apegó al proteccionismo empresario y sindical, a la asociación lícita e ilícita del estado y los empresarios, al reparto de dádivas, empleo público, salarios y subsidios populistas, a los controles y restricciones al mercado, que terminaron varias veces en restricciones a la libertad. Los golpes militares de 1955,1966 y 1976, reputados dialécticamente como liberales, no cambiaron la tendencia y a veces la acentuaron. 
El alfonsinismo le agregó a ese cuadro cláusulas constitucionales que derogan la soberanía nacional en aras de la supranacionalidad socialista y que deliberada e irresponsablemente crean la figura del DNU sin definir sus reglas, lo que permitió al Congreso pasar una ley inconstitucional que permite que el presidente cree leyes con sólo el apoyo del 34% de los legisladores de una sola de las cámaras, un absolutismo legal. 






Las hiperinflaciones primero de Alfonsín y luego de Menem fueron consecuencia de los controles del tipo de cambio, de la emisión para pagar gastos populistas, del endeudamiento como modo de repartir bienestar sin crear antes riqueza. El regalo de las obras sociales a los sindicatos fue obra generosa del feroz Onganía, algo con que ni los comunistas del mundo soñaban. La inflación sistémica, producto del socialismo alegre de redistribución, unida a los controles cambiarios obligó a la negociación permanente del gobierno con las empresas, base de la corrupción y de la huída de la inversión seria, que no puede competir con las mafias. 

Martínez de Hoz y Cavallo, acusados de neoliberales por la dialéctica marxista, controlaron férreamente el tipo de cambio, el precio más importante de una economía, difícilmente una práctica liberal. La junta militar obligó al primero a diseñar un plan que asegurara un desempleo no mayor al 2% y el temible Massera lo forzó a poner un control de precios tan fallido como los planes similares del peronismo. 

El estallido de 2001 fue la resultante de varios ciclos similares de estas políticas de redistribución vía impuestos, controles, dádivas, subsidios, y de un estatismo creciente en nombre de la protección a los más necesitados, cuyos efectos deletéreos se maquillaron con mecanismos diversos. Elige el camino de la aplaudida estafa a los acreedores, otro paso hacia el desenlace de hoy. 

Uruguay, afectado por la ilusión de un dólar barato y accesible que había creado la convertibilidad vecina, sufre un impacto en su sistema financiero y bancario. Gracias a la tozudez y firmeza de Jorge Batlle, se impone el camino correcto, en contra de la posición de la izquierda, cuya solución era obviamente la salida argentina. 

La llegada de la familia Kirchner al poder, de la mano tenebrosa de Duhalde, sólo acelera esas tendencias. Primero, al dilapidar la bonanza de la soja en subsidios, planes y aumento del gasto, que evidentemente no se podrían mantener si se revertía la suerte de las commodities, como era evidente que ocurriría. Luego, al aumentar la carga impositiva, las retenciones, la inflación (disfrazada con trampas) y sobre todo, el odio hacia la empresa privada, el agro, los creadores de riqueza en general. 

De la mano del socialismo de living de Elisa Carrió inventa la AUH, la asignación universal por hijo, que luce justa, hasta que se advierte que se trata de un mecanismo de salario universal estatal sin financiamiento real, que además permite abusos imparables y estimula la procreación irresponsable, utilitaria y cruel. 






















En la misma línea se garantizan más de 3 millones de jubilaciones sin aportes previos, otra forma de salario universal que pagaron y pagan los jubilados legítimos. 

En esa línea de otorgar un estipendio mensual a la mayor cantidad de gente posible sin contraprestación alguna, se inventaron un millón de pensiones por invalidez y discapacidad, en su gran mayoría injustificadas. Se agregaron cientos de miles de pagos mensuales a los protegidos de las orgas piqueteras (con la comisión a sus líderes), para desembocar en un país donde 25 millones de personas reciben cheques del estado, y donde menos de ocho millones trabajan de algo. ¿Por qué no iba a haber una crisis terminal?

Macri tampoco resuelve el problema. La columna se explayó en críticas sobre el seudogradualismo de Cambiemos, inspirado también por el socialismo elegante de Alfonso de Prat Gay, que terminó combatiendo el populismo kirchnerperonista con más populismo. 




















Este nuevo gobierno de Cristina, con la máscara de un presidente que se vuelve transparente a cada minuto, profundiza la línea socialpopulista que ha traído al país hasta acá. Esto ocurrió desde antes y durante la pandemia y empeorará en la pospandemia. El plan que se ha empezado a difundir sutilmente implica más dádivas, más reparto sin creación de , más carga impositiva, menos gente trabajando y más subsidiados. Ese será el pago por la impunidad, la reforma judicial antirrepublicana, el cambio de las leyes electorales, la perpetuidad chavista. 

Argentina está en estado terminal por haber aplicado anticipadamente lo que el socialismo del mundo, en una gran pirueta dialéctica, intenta que sea el nuevo capitalismo: salario universal estatal, redistribución de la riqueza vía impuestos, estatismo creciente y proteccionismo laboral y empresario. 

Quien quiera oír, que oiga. 




El futuro

Será imposible lograr consensos sobre el camino a tomar, pero se debe empezar a caminarlo



Es bueno que abunden las notas sobre las opciones de Uruguay de aquí en más. La búsqueda de nichos, inserciones y oportunidades implica reconocer que los recursos actuales han dejado de ser suficientes para proveer al bienestar general y sostener un sano crecimiento. También implica la aceptación de que la riqueza debe ser creada, no redistribuida, porque de ese modo se agota en poco tiempo. 

Se ha puesto de moda sostener que el trabajo agoniza o ha muerto, lo que debería preocupar a quienes defienden la teoría marxista, que hasta ayer se basaba en el principio de que toda riqueza provenía del trabajo y ahora ha mutado a que toda riqueza proviene de lo que el  estado reparta, (tras sacárselo a los que aún generan riqueza) para saciar las necesidades crecientes que en nombre de los supuestos derechos constitucionales y humanos, de la justicia social y divina o de la solidaridad se reclaman cada vez con más violencia y con menos evidencia empírica. Por eso es valioso partir de aceptar que hay que salir a buscar modos de ganarse la vida, sencillamente. Se trate de una persona o de un país. 

También es positivo que se concluya que no existe una salvación del estilo UPM2, con costos y efectos aún a evaluar, basados en exoneraciones y tratamientos especiales, que tienen un efecto casi cosmético en el PIB. La columna ha venido sosteniendo estas líneas de pensamiento, que no cambian con las dificultades de la pandemia ni aún con el proteccionismo populista de Trump y todo el efecto negativo sobre la humanidad que acarreará, como también muestra la evidencia empírica irrefutable. 

Falta pulverizar la creencia de que es el estado quien se debe ocupar de crear riqueza, tarea para la que es incompetente, como lo demuestran los costosos intentos locales. Son los privados quienes deben cumplir esa tarea. La de encontrar mercados, nichos, hacer alianzas, interesar a inversores, intentar y fallar una y otra vez, emprender, perseverar, aprender de los errores. Todo lo que el mundo online puso de moda, pero que es una constante desde siempre, desde Leonardo a Edison y Ford, desde los hermanos Wright a Boeing, desde von Newman a Apple. 

Este principio se declama bastante, pero no siempre se termina de digerir. La frase “Uruguay debe buscar nuevos mercados” no debe interpretarse como que el estado debe salir a buscar oportunidades. Los emprendedores son los que deben salir a buscar e inventar negocios. El estado puede ayudar en las negociaciones internacionales. Debe facilitar el camino garantizando un esquema impositivo perdurable que no cambie con los avatares electorales, otro modo de robustecer la seguridad jurídica. Y una educación de excelencia e igualitaria, aunque suene a utopía. 

Debe liderar un cambio revolucionario en el sistema de negociación y legislación laboral, que algunos consideran moderno y sin embargo es obsoleto y será un duro obstáculo en la creación de empleo en la pospandemia, tanto para pymes como para grandes empresas. El empleo seguirá siendo el mejor indicador de bienestar global. Mucho más que la pobreza, de las que es sólo una de las causales. Los teóricos del estatismo, que ven caer su paradigma, tratan de reemplazar el empleo que mataron y matan abogando por el salario universal, idea autodestructiva que hará perder mucho tiempo y recursos donde se aplique. El sindicalismo uruguayo es estatista y como tal corresponsable de la pérdida de empleo y enemigo de la inversión privada. Lograr mayor empleo sin perder nivel salarial sólo es posible con un output de alto valor agregado, que no es exactamente producir cinturones en vez de vender vacas en pie, ni exonerar a la producción de pulpa de celulosa. Invertir el orden, o sea mantener el nivel salarial y luego tratar de agregar valor para sustentarlo, es un intento ridículo. Requiere, además, un grado de subsidio estatal ineficiente e imposible de financiar.

Un ejemplo de lo que sí puede hacer el estado: se discute la dificultad de avanzar en la humanización de las cárceles con escaso presupuesto. Si se abandonasen los prejuicios, ideologías y otros proteccionismos, se podría licitar la construcción privada de cárceles con un peaje o alquiler futuro, más barato que endeudarse. Aunque seguramente se cree más nacional y popular tratar a los presos como a perros rabiosos. 

El gobierno acierta al impulsar la radicación permanente de extranjeros con potencial de alto consumo e inversión. No hace falta para ello cambiar las reglas de residencia fiscal doméstica. Es irrelevante. Sí es fundamental asegurar las otras condiciones que se mencionan al comienzos. El entorno, dirían los economistas. Esas condiciones son vitales también para los uruguayos, acostumbrados por tantos años de prédica socialista a no tener confianza en sí mismos y ahora arrasados en sus pequeños emprendimientos. En el caso de los argentinos, que pueden aportar no sólo consumo sino la vocación de emprendedores, sobran incentivos. De eso se está ocupando el gobierno de Cristina, todos los días, a toda hora, en todos los temas. 

Pero para lograr ese entorno, los cambios a realizar son muy importantes. No están en la LUC, ni siquiera esbozados en ella. Y como el sistema educativo, el sistema sindical y el Frente Amplio y el sector que representa jamás aceptarán semejante adaptación a una realidad que su relato se especializa en negar, no serán fáciles de implementar. Con lo que no se podrán realizar por consenso. Tremenda disyuntiva para la idiosincrasia oriental. 

Sin embargo, pese a que la pandemia obligue globalmente al descalabro presupuestario y a todas las protestas de buena o mala fe para que la vida sea bella y fácil, el camino es el mismo de siempre. Sólo que ahora es único. No hay disyuntiva para quien gobierne. 


El conocimiento es la nueva riqueza, es hora de redistribuirlo

Entre un cambio drástico y difícil en la educación y la mentira del salario universal 





















No debe existir un solo político, sociólogo ni economista en el mundo que no sostenga que la educación es la herramienta fundamental para luchar contra la pobreza, reducir la desigualdad y mejorar la calidad del empleo y el bienestar. Uruguay, en este aspecto, no es una excepción. Tampoco lo es en la renuencia a la aplicación concreta de la fácil frase, que luce tan elegante y sensible de repetir, pero pareciera tan difícil de llevar a la práctica. 

El desastre causado por la pandemia – o por la lucha contra la pandemia – en países potencialmente tan relevantes para la economía local como Brasil o Estados Unidos, más la desgracia adicional de que sea Donald Trump quien esté a cargo de chocar el Titanic, aumenta la necesidad de contar con una sociedad de individuos con herramientas de conocimiento cada vez más poderosas. 

La crisis sanitaria ha apresurado algunos cambios que se sabía que llegarían, pero que se esperaban que ocurriesen a lo largo de un lustro o una década. Ahora se han perdido empleos que ya no volverán a recuperarse y que afecta a toda la pirámide laboral. En ese contexto, se debilitará el formato de la relación de dependencia, y aumentará peligrosamente el trabajo en negro, alentado por la supuesta defensa del trabajador que hacen los sindicatos al negar cualquier flexibilización. 

Luego de varios años de formar, o deformar, un modelo de individuo sin confianza en sí mismo, dependiente del estado o de sus gremios, la tarea educativa requiere una revolución que implique la primera y más importante política de estado. Esto debe empezar con la aceptación de que se ha llegado al borde de la deseducación. En esa tarea el sindicalismo, en manos del trotskismo, estrategia común a tantos países, ha tenido un triple protagonismo. En la pretensión consentida de opinar e influir en los contenidos, en resumir el problema a los montos presupuestarios y en usar las aulas y las cátedras para transmitir ideologías de resentimiento y, peor aún, de teorías fracasadas que han llevado a la pobreza extrema a todos los países que las aplicaron. 

Basta leer los programas y currículos de primaria para concluir que la vaguedad y escasez de sus contenidos presagian un resultado evidente: la educación pública está formando mendigos del estado y acentuando todas las desigualdades. En el otro extremo, la educación superior, al combinar la libre e ilimitada elección de carreras con la gratuidad, más el agregado ideológico, se está sembrando frustración, además del desperdicio de los recursos de todo tipo. Ya antes de la pandemia se estaba formando a una gran cantidad de profesionales (si egresaban) sin inserción económica posible. 

Es injusto atribuir este defecto solamente a la educación oriental. Si se observa el panorama estadounidense, se hallarán las mismas frases, las mismas oposiciones, el mismo odio a las pruebas de evaluación que permiten comparar los resultados por escuela, el terror al sistema de vouchers, o a las charter schools, que en definitiva son planteos sindicales e ideológicos. EE.UU los está aplicando de a poco, como la mejor manera de combinar excelencia con inclusión. (Las charter schools reciben mayores fondos en función de los chicos cuyo nivel mejoran) Además, el sistema privado de educación superior garantiza el alto nivel de calidad en los estamentos de conducción, pero nada puede hacer en favor del resto de la pirámide, ya que no nivela para abajo, afortunadamente. 

Es obvio que los sindicatos no aceptarán nunca perder la hegemonía sobre el sistema educativo. Algo así como si la política sanitaria de un país fuera diseñada por los sindicatos de médicos, enfermeros o paramédicos. Para que comprendan y acepten que no es esa su tarea, son imprescindibles las políticas públicas y la ley. Es entonces necesario un replanteo integral de los contenidos y de los sistemas educativos, que deberían combinar todos los medios: la educación privada, la educación publica, las charter schools y el método de vouchers. A lo que ahora debe agregarse la educación a distancia con igual peso académico, como se ha probado. 

Este gobierno, o cualquier otro, pasaría a la historia por el solo hecho de haber capitaneado un consenso político capaz de crear una política de estado que contemple semejantes cambios que perduren en el tiempo y sean una nueva bandera que levantar en pro del bienestar de la sociedad. Cuando se habla de que se viene un tiempo nuevo, un mundo diferente, otra vez se abre la disyuntiva: un mundo donde cada individuo tenga un ingreso universal que le pague el estado, un concepto sólo dialéctico como todo el socialismo, además de esclavizante, infinanciable e inviable, por un lado. 

Del otro lado, sociedades con individuos libres, con confianza en ellos mismos, formados para evolucionar, para inventarse y reinventarse sus propios trabajos, para innovar, para emprender en grande o en chico, que finalmente terminen agregando valor a toda la economía y bienestar para ellos y para la comunidad. El cambio es tan complejo que seguramente muchos pueden sostener que se trata de un sueño imposible, que es lo que se dice hasta que otros lo logran. Pero mucho más difícil es la idea de pagar un salario universal cuando no se pueden pagar ni las jubilaciones que corresponden. O la de seguir ordeñando desde el sindicalismo a un sector trabajador cada vez más pequeño y más sometido. 

Se repite, también hasta el aburrimiento, que el conocimiento es el capital del siglo XXI. Será por eso por lo que el socialismo en todos sus ropajes lo combate tanto. Si el conocimiento es la nueva riqueza, el trotskismo debería empezar por distribuirlo universalmente, no por retacearlo







La Suecia americana

La actitud pospandemia es volver a confiar en la fuerza de la creatividad, del esfuerzo y del talento


Como siempre se recuerda, Uruguay supo ser llamada la Suiza americana. No es exacto que el apelativo se debiese únicamente a su secreto bancario y fiscal, sino que también tenía que ver con su condición de santuario político y jurídico, refugio de perseguidos por sus ideas y creencias. Mereció también ese mote por sus principios de neutralidad y sus valores democráticos. No es casual que se ganara el odio de Perón y otros totalitarios.

Ese símil nunca fue peyorativo. Al contrario, fue usado como reconocimiento a una conducta y a una actitud de libertades, respeto y derechos. La dialéctica socialista local y la prédica de alguna delirante mandamás vecina hicieron que el elogio implícito se transformara en insulto. Por eso frente a la idea de tentar inversores para radicarse en el país se escuchan berridos que insisten en que se está convocando a ricos evasores y tramposos argentinos para ocultar sus fortunas y sus trampas.

Simplemente falso. Sólo un idiota ocultaría hoy sus fondos negros en Uruguay, que adhiere a todas las prácticas antilavado impuestas por el GAFI y la OCDE, tanto a aquellas lógicas e imprescindibles como a las exageraciones europeas que hasta imponen mínimos en las alícuotas impositivas, un modo de garantizar la impunidad del gasto público y de evitar la competencia de los países fiscalmente más austeros. Hay otros modos y lugares para hacerlo. Recuérdese la desaparición houdiniana de los 700 millones de dólares de la provincia kirchnerista de Santa Cruz, y más acá los viajes con raras y valiosas escalas técnicas de la señora de Kirchner. Consúltela.  

Los emprendedores no tienen lugar en la Argentina de hoy. No sólo por la carga impositiva, sino porque el sistema se ha transformado en anticapitalista, antiproducción, antiahorro y antiempleo. En tales condiciones, ni un quiosco subsistirá. Cuando se analizan los números del agro se aprecia que el sector está virtualmente estatizado. Si se agregan los efectos de una cuarentena fellinesca, es fácil colegir que, si alguien quiere emprender cualquier actividad lícita, no puede hacerlo en el vecino país.

Uruguay es una opción sensata y posible, como lo fue en los otros mandatos de la señora Fernández y lo será en éste. Lo que hace el gobierno de Lacalle Pou es atraer inversores valiosos, que usufructuó el Frente Amplio en sus dos primeros términos. No necesita ofrecer incentivos adicionales. Ya se ha ocupado de eso la mandataria del otro lado del río. Y no se trata solamente de cuestiones económicas. Se trata de la libertad. Por ahora, ni la AFIP ni la OCDE tienen la potestad de suprimirla.

La migración todavía no ha comenzado. Sólo hay lluvia de consultas. Y sobre esto habrá que hacer algunas recomendaciones. Hay un único modo de perder la residencia fiscal argentina que nadie puede atacar ni impedir. Empieza por vivir 183 días en un solo país. Los otros mecanismos que aparecen en los chivos que suelen publicarse como notas periodísticas no son sólidos. De modo que lo saludable es consultar a los pocos expertos cisplatinos. Que le dirán lo mismo: vaya a Uruguay a emprender o a jubilarse, sin que lo roben.  

Y aquí es donde hay que empezar a imaginar. El mercado oriental es pequeño. Pero el mundo es grande. Por caso, alguien que quiera desarrollar una app, o cualquier negocio online, no conseguirá por muchos años inversores ni crédito en Argentina. La combinación default-peronismo-cristinismo hace que la confianza tienda a cero.

La columna ya ha planteado ideas tales como la transformación de Punta del Este en una ciudad de la educación y de la salud, con alcances regionales. Las implicancias y posibilidades son incalculables. El mayor emprendimiento educativo en esa ciudad fue obra de un capricho o un enojo, y es un éxito. No hay que esperar que el gobierno haga más concesiones, o tome una actitud dadivosa tipo UPM2. Al revés. Siguiendo los principios del capitalismo, es tarea del emprendedor empujar los cambios. No ha sido así en este caso. Las inmobiliarias siguen en su pequeño negocito. Y el país se da el lujo de tener una gran ciudad desierta el 80% del año. Es hora de que vengan algunos locos a alterar la paz de los cómodos jerarcas y ediles.

La educación, ya a nivel nacional, es otra oportunidad, aunque requiere el coraje de enfrentarse al trotskismo sindical, como en muchos países. Un sistema de vouchers y de charter schools, como en Suecia, ofrece enormes posibilidades que, además de las oportunidades comerciales, implica algo más importante: un rescate para un amplísimo sector de la población, a la que hoy el sistema público está deseducando alevosamente.

Suecia tiene otros conceptos copiables. Como su reforma jubilatoria, otra oportunidad de inversión y de solución de un problema socioeconómico de fondo. Tras la quiebra del socialismo sueco en 1993, jóvenes políticos plantearon inteligentes reformas, entre ellas la del sistema de retiro. Que no se hizo en una semana, sino con un plan gradual que se implementó en un lapso de 20 años, con reformas previstas y medibles. La dialéctica neomarxista sigue considerando a Suecia un país socialista. Pero el marxismo nunca se ha preocupado ni por la verdad ni por la realidad.

Los datos empíricos muestran irrefutablemente que lo importante para conseguir inversión y crecimiento es el entorno de libertad,  seguridad y previsibilidad. Uruguay tiene esos atributos, hoy como nunca. No necesita hacer mucho más. Sólo tirar la pelota a la cancha e invitar a más jugadores a que arriesguen.

La primera ley, creador: crear. ¡Bufe el eunuco! - Decía Rubén Darío. No es cuestión de evadir. Es cuestión de crear. Eso sólo lo entienden algunos pocos privilegiados. Son los futuros ganadores.




No hay capitalismo sin capital  (III)


Globalmente: sin moneda no hay paraíso, ni recuperación





















Se sabe que el valor de una moneda se basa en la confianza, más si está respaldada por oro.  En 1971 Estados Unidos, al estiloTrump, abandonó la convertibilidad del dólar con ese metal, pactada en los acuerdos de Breton Woods, que lo ungieron rector del orden mundial desde 1944, pero que lo obligaban a esa disciplina monetaria. 

Roto ese corsé, en 1977 la única misión de la Reserva Federal de preservar el valor del dólar se relegó por ley a segundo lugar. La primera pasó a ser procurar el máximo nivel de empleo. Un antiobjetivo para un Banco Central. 

Las teorías monetarias de Friedman y Nash, opuestas al keynesianismo, fueron usadas y deformadas por teorías ad hoc como la Modern Monetary Theory más la reinterpretación inversa de la dudosa curva de Philips, que creen que en ciertas condiciones la emisión monetaria no produce inflación y, en el extremo, que una “sana” inflación produce más empleo.

Ese desvió de los fundamentals se exageró cada vez que la FED sintió la necesidad de salvar a Wall Street de sus aventuras, lo opuesto a los principios liberales que apuntalan al capitalismo. Al aflojar la mano en la emisión, se condenó a tener que esterilizar los excesos manipulando la tasa de interés; poco de capitalismo y nada de liberalismo. Esa práctica fue exitosa y seria en la época de Paul Volcker, errática durante Alan Greenspan (duro y exitoso con Bush padre, concesivo y poco serio con Bush hijo), desesperada con Ben Bernanke, prolija y lenta con Janet Yellen, sin luces con Jerome Powell. 

Al autoadjudicarse la nueva función de salvar a los Gordon Gekko, la FED destrozó sus mandatos, aunque no se note al instante. La mezcla es fatal: escasa regulación sin ninguna consecuencia económica para los prestidigitadores, más dos conceptos perversos: el de Too Big to Fail y el Moral Hazard. Al saber que siempre el superman de la FED acudirá a salvarlo, los ejecutivos toman riesgos absurdos y a veces delictivos porque además saben que nunca irán presos. (Moral Hazard es un término que aplica al tenedor de una póliza de seguros que actúa desaprensivamente porque su asegurador pagará) Si se une a la trampa de los bonus y las stock options de la nota previa, se está ante una asociación ilícita tácita y continua. 

El rally de delirantes moderno se inicia con el Long Term Capital Management, un Hedge Fund, fondo de riesgo, o timba creado en 1994 por John Meriwether, despedido de Salomon Brothers y sancionado por prácticas poco claras. El fondo contrató a dos premios nobel, logrados por sus ecuaciones para prever el comportamiento de los derivados, que son otro invento o humo, del que toda entidad seria debería huir. Igual ocurre con los Hedge Funds, que deberían estar bajo la órbita de la Dirección de Casinos. La FED y la SEC no los supervisan, pero los salvan cuando colapsan. 

El LTCM produjo en tres años ganancias de 43% anual. (¡Y bonus!) Los grandes bancos le prestaron insólitas cantidades para las apuestas, sin ningún respaldo ni análisis, lo que habría merecido al menos una investigación sobre los CEO’s. En 1998, como era obvio, el fondo se fundió. En vez de una demanda penal, la FED forzó a varios bancos a comprar el fondo y liquidarlo a pérdida, quien sabe con qué promesas y garantías. La libertad de emisión y la generosa ceguera regulatoria compensaron las pérdidas. Al poco tiempo Meriwether creaba otro Hedge Fund. 

La crisis de 2008 fue aún peor. Un grupo de audaces securitizó hipotecas de alto riesgo. Los bancos las ofrecieron a sus clientes como grado inversor, apoyados en un seguro que otorgaba una sola compañía: ING. Cebados, compraron su propia basura para aumentar su ganancia nominal. Los CEO’s ganaron fortunas en bonus y los bancos en comisiones e intereses ante la mirada mansa de Greenspan, que en sus memorias balbucea al explicarlo. Al estallar la estafa la burbuja era tan grande que la FED y el BCU debieron salvar a todos. Sólo cae Lehman Brothers, que llevó su soberbia y el concepto de Too Big demasiado lejos. Nadie fue preso. 

Merrill Lynch, en manos de unos pillos, rifa su visión de banca irlandesa católica, y compra a sabiendas esas acciones basura, una estafa al sistema. Luego engaña a su comprador-salvador obligado, el Bank of América, y paga los bonus a sus ejecutivos luego de la venta, sobre papeles que ya no valen nada. Nadie fue preso. 

Bernanke, reparte billones, compra acciones privadas para no caer en el error de la FED en 1929Los bancos centrales del mundo salvan a todas sus empresas involucradas, ING incluida, con el método de emitir más moneda y comprar acciones privadas. 

La reabsorción de tanta emisión y la reventa de activos privados comprados apenas promediaba cuando llegó Trump con su idea de devaluación y tasa cero. Powell opuso una vacilante resistencia que terminó de caer con la pandemia, como en tantos países. 

Pero la tasa cero es la negación del capitalismo. Facilita y aumenta la deuda privada y así perpetúa las empresas ineficientes. Vuelve invisible el déficit de los países. Adjudica al voleo los recursos. Las salvaciones estatales impiden la depuración de mercados y empresas obsoletas y el surgimiento de nuevas alternativas. Tratar de evadir los ciclos económicos y las recesiones también impide corregir los excesos en precios relativos. La combinación de esos elementos y la creación de una moneda que ya es siempre falsa con la pulsión de la emisión no conforman un capitalismo sostenible, son apenas un avatar, un zombi de él. 

Un capitalismo sin moneda ni tasa no traccionará del mundo. Tal vez pueda recuperar parcialmente a EE.UU. pero nada más. Un nuevo Breton Woods es imprescindible pero inviable. A menos que el próximo presidente americano sea un estadista de mirada universal. De lo contrario el estadista tendrá ojos rasgados. 








Vicentin: madura el nocaut


La Argentina de Cristina se imita a sí misma obsesivamente en sus fracasos, pero en el fondo quiere ser Venezuela

















El canciller Talvi debería ir buscando algún eufemismo para definir el sistema de gobierno al que inevitablemente marcha Argentina, no sea cuestión de que cuando madure -o madurice- el plan de Cristina Kirchner no encuentre palabras para definirlo sin comprometer su neutralidad. Suponiendo que un canciller deba ser neutral. 

La intervención con anticipo de expropiación de la concursada aceitera y operadora de oleaginosas Vicentin, anunciada el lunes, es un compendio de la historia económica del estatismo argentino de los últimos 75 años, y también un vademécum de las barbaridades sistémicas en que ha incurrido el país cada vez que el mesías de turno decidió meter sus dedos en las empresas privadas con cualquier excusa. 

En primer lugar - aunque esto no sea relevante para una sociedad ya acostumbrada a que la Constitución es de goma y la ley es optativa, la medida de la intervención es tres veces inconstitucional. Primero, porque el Poder Ejecutivo no tiene facultad alguna para intervenir una empresa privada. Segundo porque una empresa en Concurso preventivo de acreedores sólo está bajo el poder del juez, y debe ser gestionada por sus dueños. Tercero, porque el presidente emite a estos efectos un DNU al que no está autorizado por el Congreso en su también inconstitucional delegación de poderes. 

Obviando esos detalles habrá que recordar que absolutamente en todos los casos, desde 1946 hasta aquí, en que el estado metió sus manos en una empresa privada, además de incurrir en gastos y dispendios (legítimos y no) exorbitantes, terminó perdiendo juicios monstruosos. Sin excepción. El caso YPF es un fácil ejemplo. Pero hay cientos de casos en que, al intervenir una empresa con deudas y problemas, el país se terminó comprando todas las culpas. Como se sabe, el estado argentino es especialista en perder juicios. Al punto que algunos mal pensados, como este columnista, creen que deliberadamente se cometen errores que dan pie a estos reclamos. La Corte del Distrito Sur de Nueva York y el Ciadi están llenos de los carísimos cadáveres de estos experimentos. 

El anuncio de que, además, se expropiará la empresa, (que exportó alrededor de 3000 millones de dólares el año pasado y es una de las 20 más grandes del país y propietaria mayoritaria de la mayor planta de procesamiento de soja del mundo) abre otra etapa costosísima y peligrosa. Al saltear el procedimiento concursal incipiente, el precio a pagar será siempre discutible. Nadie puede olvidar la bravata de Axel Kicillof, el minúsculo gobernador de Buenos Aires, que sostuvo que Repsol tendría que pagarle a Argentina por la expropiación, con el final – aún abierto – conocido. 

La insistencia discursiva innecesaria de Fernández explicando cual el doctor Strangelove de Peter Sellers que se trata de una idea de su coleto que viene elaborando hace tiempo, confirma que ha recibido instrucciones de la señora de Kirchner, que no hace estas cosas para la historia sino para su hijo y heredero político, a quien sueña ver con la banda (presidencial). Los bonistas y el FMI seguramente tomarán nota de que lo que más temían ha ocurrido: Cristina conducción. Más de un acreedor se está preguntando hoy si tiene sentido aceptar una reestructuración de una deuda que no hay modo de cobrar en un país que no tendrá dólares. Ni siquiera cabe hablar de lo que la medida significa para la inversión, porque la inversión no tenía ya oportunidades.

Cada uno de los argumentos de apuro esbozados en la decisión que se atribuye Fernández es evidentemente falso, al punto que se vuelven ofensivos para los ciudadanos. La soberanía alimentaria por caso, frase que retrotrae a Perón, a Castro, a Chávez a Maduro y a tantos populistas, no es aplicable a una empresa exportadora de productos no alimenticios, menos en un mercado que funciona hace más de un siglo y que es simplemente tomador de precios. 

Tampoco ayudará a los productores acreedores, ni el gobierno explica de dónde sacará los fondos para pagar la deuda de la empresa. Ni hacía falta asegurar la compra de la producción a los agricultores de la zona. Sobran acopiadores, operadores y factores en el mercado, además de que había interesados en participar de un rescate de Vicentin, que no parece haber incurrido en una maniobra dolosa, sino que llegó al Concurso por dificultades originadas en el tipo de cambio y los mercados futuros, avatares no desconocidos en la actividad agropecuaria. Tampoco despidió trabajadores ni incumplió con el pago de sus sueldos. 

El peronismo tiene un toc con el campo. Por los dólares que genera, porque no entiende el negocio y cree en complots cambiarios, y porque Cristina siempre quiso domar a un sector al que considera insubordinado y rebelde. Ahora se agrega la desesperación por la falta de divisas y la idea de crear una empresa testigo, argumento también estúpido en un mercado experimentado y global. No se puede omitir el recuerdo del IAPI, el engendro de Perón, que monopolizaba la exportación. 

La idea de pasar el gerenciamiento de la futura expropiada a YPF es todavía jurídicamente más delirante, como sabe Uruguay. No sólo la petrolera está al borde del nocaut, sino que se trata de una empresa que cotiza en bolsa en Argentina y sus ADR en Wall Street. Otra mezcolanza legal dudosa y litigiosa. 

El miedo a la intromisión de una empresa extranjera en la compañía en dificultades omite el hecho de que el kirchnerismo ha hecho todo lo posible por debilitar al sector local del negocio, partiendo del sistema de retenciones ahora exagerado por un mecanismo multi-tier cambiario que lo condena a la dependencia de grandes capitales. Nada mejor que el cepo y correlatos para debilitar a los acopiadores locales y ponerlos en manos del cuco extranjero. Queda por ver si los productores que vendían a Vicentin colocarán ahora sus cosechas en la Vicentin estatal, a menos que sean obligados, otro despropósito.  

Más allá de todas las declaraciones y dialécticas, el mensaje de esta medida, del tipo de las que Fernández aseguró hasta hace dos días que jamás tomaría, (su palabra también se devalúa) es un avance y un mensaje que no sólo el campo sino todos los mercados tomarán en cuenta. Con el temor y fuga correspondientes. Y con el riesgo de que todo populismo que fracasa se convierte en opresor, lo que la ciudadanía debe tomar en cuenta. 

El agro argentino es el equivalente al petróleo venezolano en varios sentidos. Y está sufriendo hace tiempo los mismos ataques. Y tendrá las mismas consecuencias que en Venezuela: pérdida de generación de dólares. Algo fatal para un país endeudado. Por eso los bonistas estarán ahora repensando y recalculando la sustentabilidad de la deuda, sobre la que tanto alardea el ministro Guzmán, que curiosamente, no parece ser parte ni opinión en este asunto crucial. Es cierto que él es sólo ministro de la deuda, no de economía. 

Subyacentemente, debe recordarse que el peronismo nunca toma medidas con un solo objetivo. Siempre sus reglas deben ser miradas al dorso. Siempre hay un negocio para alguien oculto. Mucho más en estos caprichos-imposiciones de la dueña del poder. 

Con la excusa de la pandemia, (el caso de Vicentino no se origina en ella) el gobierno viene tomando una serie de decisiones cambiarias y de exportaciones e importaciones que claramente atacan la única fuente de ingresos de divisas del país, además de su negocio más importante, y ahuyentan la creación de cualquier nuevo emprendimiento. Este es sólo un paso más. Así lo cree el mercado y así actuará en consecuencia. 

Es doloroso contemplar cómo Argentina marcha aceleradamente hacia su extinción-venezolanización. Aunque, para Uruguay, ofrece una vez más un gran ejemplo de lo que no hay que hacer. Y al mismo tiempo constituye una enorme múltiple oportunidad, sin necesidad de tener que hacer demasiado para aprovecharla.

Nota del autor. Luego de publicada esta nota, se conoció que uno de los accionistas principales de la empresa se había comunicado telefónicamente con Fernández, y segú el presidente habían tenido una "muy buena charla". 
Luego se hizo público un comunicado de la empresa donde en principio acata la intervención, aunque sometiéndola al juez de la quiebra. El proceso ahora se parece más al salvataje de Ciccone que a la expropiación de YPF, aunque las irregularidades, los costos, las sospechas y los delitos terminarán siendo los mismos, o peores. 
La aceptación de la empresa de la intervención no tiene efecto jurídico ni económico alguno, pero sí es un indicador de la gravedad que tiene esta compleja trama, y permite predecir que las irregularidades aumentarán en gravedad, costo y número. 




Volver al capitalismo (II)

La mano invisible es la solución, pero no debe ser una mano de tahúr


















¿Por qué la columna, en vez de hablar de la pandemia, se empecina en repasar las desviaciones del sistema capitalista? Porque cuando se canse el virus y cese la repartija de subsidios, el mundo deberá levantar de urgencia la hipoteca del miedo. Se sabe que el estado es incapaz de generar riqueza, y es iluso soñar con un capitalismo bondadoso repartiendo alegrías, ya en eso fracasa el populismo. En cambio, es imprescindible contar con un mejor capitalismo que borre los excesos en que incurrió gracias a su propio éxito, que ayudó a taparlos o disculparlos. Más que nunca hace falta un funcionamiento fluido y sano de los mercados, como demostró el fracaso keynesiano de Roosevelt en la depresión de los años 30. 

Las Stock Options de la nota anterior – un altísimo bonus a los ejecutivos basado sólo en el aumento del precio de la acción - luce lógico a primera vista. Como al accionista recibe más por su tenencia, cabe premiar a los CEO’s si la acción sube, un elemental criterio capitalista. Falso de toda falsedad. El capitalismo, que como se dijo aquí es la extensión aplicada del liberalismo bajo una ética protestante, pone énfasis en la empresa. La unión del capital, el trabajo, la innovación y la capacidad de anticipación de las necesidades del mercado. No en el valor de la acción, que es apenas uno de los modos en que puede financiarse.

Benjamin Graham, icono de Wall Street, jefe entonces del hoy billonario Warren Buffet, sostenía en su libro El Inversor inteligente que sólo había que tener acciones de empresas que pagaran sistemáticamente dividendos. Su discípulo agregó el concepto de mantener fuertes posiciones en las empresas que tuvieran buenos managements, ideas innovadoras y gran potencial, sin importar si las acciones no se apreciaban por años. Preguntado sobre el secreto de su rutilante éxito, Warren respondió: “hace 40 años que vivo en la casa que compré cuando me casé”. 

Todo lo opuesto ocurrió con los bonus sobre el valor accionario. Los ejecutivos se dedicaron a hacer subir el precio de la acción por cualquier método, no ya por el éxito de la empresa. Los Mergers & Acquisitons populares en los 80 y que aún hoy ocupan los titulares han servido casi siempre sólo para aumentar el valor de la acción sin correlato con la performance de las empresas. Muchas de esas operaciones jamás se justificaron operativamente, ni en los dividendos. Sólo fueron negocio para un grupo de ejecutivos, sus abogados y sus bancos. 

Esa práctica generó ineficiencias graves en las corporaciones, y traspasó varias veces los límites de la moral. Lejos de la esencia del liberalismo y de la infalibilidad de los mercados, la ley de oferta y demanda o la teoría subjetiva del valor. No es capitalismo. Al contrario. Lo lastima. Transforma a los CEO’s en millonarios sin ningún correlato con el éxito empresario, que sería lo justo. Concentra la riqueza entre pocos, pero no engrandece a la empresa, no colabora con la creación de bienestar, empleo o desarrollo. Una riqueza inmerecida, muchas veces un delito. 

La compra de un competidor, a veces una concentración monopólica, hace la magia de duplicar la ganancia de una compañía de modo instantáneo, creando el espejismo de un éxito de gestión, aunque en realidad se aumenta dramáticamente el nivel de endeudamiento, y/o se licua el poder del accionista. Se podría aducir que en un sistema liberal todo esto está permitido. Tampoco es cierto. O no debería serlo. Pero Wall Street, y la SEC convalidaron esta práctica. Buffet es una excepción. 

Por la misma razón, y con iguales efectos, se recurrió a la recompra de acciones. Como es sabido, las empresas se financian de dos modos: con la colocación de acciones, o con préstamos directos de bancos o emisión de bonos. La combinación de esos modos de financiamiento es lo que se conoce como levarage. La empresa usa el mix de financiamiento que le conviene, según las condiciones del mercado. Hasta que los ejecutivos deciden recomprar las acciones de la compañía. Para eso, consiguen la ayuda de un banco-socio, que presta los fondos y emite los bonos si hace falta. (y los ayudan a comprar previamente acciones de la empresa)

Las acciones se recompran en el mercado, lo que eleva inmediatamente el precio, y el ejecutivo consigue un bonus fenomenal al apreciarse su Stock Option. De paso, al haber menos acciones, el ejecutivo y el banco, con las acciones propias que no rescatan, se aseguran el control de la corporación. Se supone que esto también está permitido dentro del sistema capitalista. No debería estarlo. Se contrapone a los principios económicos y éticos. Para peor, aumenta dramáticamente el nivel de deuda general, que después se traduce en crisis de endeudamiento que siempre son subsanadas con emisión monetaria, intervención directa del estado en la bolsa, baja de tasas de interés, compra de activos basura por la FED, un estatismo que difícilmente tenga algo que ver con el liberalismo o el capitalismo. 

Cuando Donald Trump bajó los impuestos a las empresas con activos en el exterior y permitió el reingreso de capitales, supuso que se aplicarían a la inversión y consecuentemente a generar empleos y mejores sueldos. Salvo algunos gestos simbólicos, la mayor parte de esos fondos se aplicó a la recompra de acciones. 

Estos vicios no son “travesuras” o simples consecuencias no queridas. Están torpedeando la filosofía liberal-capitalista en sus mismas bases e impidiendo el juego libre del mercado, a la vez que recurriendo al salvavidas del estado cuando hacen crisis, aumentando la burbuja de la emisión y la deuda. El capitalismo es el único sistema que puede sacar al mundo de esta crisis. Por eso no hay que cambiarlo, hay que aplicarlo bien. 

La columna, ensañada, promete una nota más para el debate.